Saltar al contenido

Crítica de ‘Backrooms’, la lección no es contratar cineastas jóvenes, sino apostar por nuevas ficciones

Crítica de Backrooms Kane parsons

SINOPSIS: Afectado por su divorcio y los números rojos de su negocio, Clark (Chiwetel Ejiofor) encuentra el portal a otra dimensión en el sótano de su tienda de muebles. Dado que no convence a su terapeuta Mary (Renate Reinsve) sobre la existencia de los backrooms, el vendedor se aventura en una expedición para filmar las entrañas de los espacios liminales.  

El hecho de que largometrajes basados en creepypastas tengan un mínimo de calidad ya es digno de aplausos, porque tales proyectos suelen generar exageradas expectativas que no son cumplidas por los ambiciosos estudios y sus desgastadas fórmulas para explotar nuevas formas de terror. En el caso de Backrooms (2026), los productores de A24 apostaron por el camino menos convencional: fichar a alguien que ya había trabajado con el concepto y facilitarle el camino para la filmación de una versión más académica de su contenido subido a YouTube. El emergente Kane Parsons no solo ofrece una película aceptable, también amplía y perfecciona la mitología de los espacios liminales para el posterior desarrollo de una franquicia. 

Aunque los usuarios de foros online ya habían construido un amplio universo con niveles y múltiples peligros, la película arranca con algo más básico: los motivos que podrían llevarte a ingresar voluntariamente a ese siniestro laberinto. El director conecta el banal morbo por leyendas urbanas y teorías conspirativas con tópicos más humanos, como la memoria nostálgica o los duelos no superados. Sin necesidad de recurrir al catálogo de entidades que circulan en Internet, Parsons se limita a jugar con el espacio y la iluminación como únicos recursos para viciar la atmósfera al interior y exterior del laberinto, ya que hasta el cielo parece una simulación en la que no se puede confiar.

Teniendo en cuenta que el éxito de una creepypasta depende de su potencial para que cada usuario agregue miedos personales a la leyenda, resulta ingenioso que la trama verse sobre la capacidad humana de perturbar cualquier entorno con traumas del pasado, sin importar la insignificancia de tales recuerdos. En lenguaje millennial, Backrooms es como si las trampas de El Cubo (Cube, 1997) de Vincenzo Natali estuvieran determinadas por los conflictos de cada personaje en el exterior. Con el apoyo del guionista televisivo Will Soodik, Parsons desarrolla una trama aparentemente “simple” para evitar que el sugestivo vacío del umbral sea alterado por exceso de información dramática.

Resulta ingenioso que la trama de Backrooms verse sobre la capacidad humana de perturbar cualquier entorno con traumas del pasado, sin importar la insignificancia de tales recuerdos.

Condensando la psicología de los personajes en un par de sesiones terapéuticas, los guionistas confían en la agudeza del público para identificar en el diseño de producción de Danny Vermette (Longlegs) algunos elementos que aluden a la masculinidad herida de Clark (Ejiofor) y la “ruidosa” naturaleza oscura de su psicóloga (Reinsve). Para darle significados más profundos a la fantasía, los aterradores monstruos son convertidos en recuerdos abstractos que se manifiestan en forma de un pirata gigante (referencia a The Oldest View) o el evocativo montaje que deconstruye la casa de Mary; dos momentos que ejemplifican la clara intención del director de darle seriedad al folclore digital

Los backrooms de Parsons no son los espacios aleatorios y bizarros que encontramos en videos y foros de 4chan, dado que el laberinto del filme tiene interruptor y razón de existencia. La “acumulación de ciclos” es una idea que se aleja de la desconexión del mundo real que fundamenta el creepypasta, pero se acerca a experiencias más reales, como quedarse atascado en el pasado o el recuerdo de una infancia rota. A diferencia de los hermanos Philippou, Curry Barker y otros directores que comenzaron en YouTube, Parsons se olvida de los conflictos centennials para explorar las aflicciones y frustraciones adultas de una generación que no daba mucha importancia a la salud mental

A pesar de su corta edad, el cineasta logra recrear la falsa vacuidad del cine indie noventero, el cual solía utilizar la austeridad para representar la soledad y desesperanza del individuo. Siguiendo la narrativa de sus cortometrajes, Parsons también añade algunas fobias conspiranoicas que dan versatilidad al horror, jugando con la obsesión estadounidense por las organizaciones secretas que controlan el mundo desde las sombras. Sin problemas, la película pudo ser una colección genérica de jumpscares baratos, luces fluorescentes y monstruos amorfos que cumplieran con las expectativas del fandom; no obstante, la producción se esforzó por encontrar valores técnicos que pudieran inquietar al espectador de otras maneras, como planos que juega con la realidad, una irritante banda sonora o su final con múltiples interpretaciones. 

Crítica de Backrooms Kane parsons
‘Backrooms’ (2026)

La intervención del productor Osgood Perkins (The Monkey) ayudó a que la visión del director se contagiara de un surrealismo que inevitablemente evoca al David Lynch de Inland Empire (2006), especialmente por su forma de transitar entre lo experimental y lenguajes más formales. Perkins también vino acompañado por su equipo de colaboradores, quienes dieron armonía a las imágenes de baja calidad que han ilustrado niveles de los backrooms. Gracias al trabajo de Jeremy Coxen en la fotografía y Greg Ng en la edición, la película nos recuerda la necesidad de retornar cada tanto al found footage y otras estéticas del cine analógico, ya sea por el grano en la fotografía o para dar mayor verosimilitud a ficciones ambientadas en la vida antes de los smartphones. 

Los cuatro sets de rodaje y sus 30 mil pies cuadrados de laberintos decorados son el escenario de un milagro que la industria necesitaba: demostrar a los productores que la libertad creativa sigue siendo rentable. A grandes rasgos, la serie de Kane Parsons ya había establecido las bases de un terror psicológico que ampliaba los horizontes del lore original, fusionando el pánico que despiertan los inmuebles abandonados con fantasías paranoicas de instituciones realizando experimentos que se salen de control. En la película solo se añade el factor humano mediante dos personajes que sintetizan un mensaje concreto: “ nadie tiene una mente perfectamente clara”. Con su abiertísimo desenlace, Parsons mantiene el misterio necesario para dar continuidad a lo perturbador del creepypasta, guardando bastante información para una probable franquicia que tiene habitaciones de sobra por visitar.

 

Categorías

Crítica

Etiquetas

,

Irving Javier Martínez Ver todo

Licenciado en Comunicación. Redactor especializado en cine.

Un comentario sobre "Crítica de ‘Backrooms’, la lección no es contratar cineastas jóvenes, sino apostar por nuevas ficciones" Deja un comentario

Deja un comentario

Descubre más desde ZoomF7

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo