1917: arte al servicio de la técnica

Irving Javier Martínez (@IrvingJavierMtz) 

Los soldados Blake (Dean-Charles Chapman) y Schofield (un desbordante George MacKay) son enviados a cruzar el campo de batalla para entregar una orden de retirada al coronel MacKenzie (Benedict Cumberbatch), cuya tropa (en la que pelea el hermano mayor de Blake) se aproxima a una trampa del ejército alemán. Y… ¡Esa es toda la premisa! El resto es una odisea a través de varios escenarios devastados y situaciones adversas.

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Ya sean realizadas en una sola toma (El Arca Rusa, Victoria) o truqueadas (Birdman), las películas en plano secuencia son el “¿a ver quién la tiene más larga?” del cine de autor. Sam Mendes entra a la competencia con 1917, título que también coquetea con la idea ambiciosa de filmar “la mejor película bélica” –últimamente, cambiada por “la mejor película con astronautas”–. No obstante, se abstiene de montar ostentosas batallas y opta por una historia más depurada (sin las líneas temporales paralelas o las pretensiones visuales de Nolan y Spielberg).

Si nos ponemos esnobs, es evidente la pobreza del relato de Mendes, una trama ramplona al servicio del plano secuencia simulado. 1917 es el conjunto de espectaculares momentos oníricos (Écoust en llamas, la mano en las tripas o el momento “Ofelia” en el río) hilados con anodinos convencionalismos del cine bélico. Los diálogos entre Blake y Schofield son básicos y sin demasiado desarrollo; conversaciones carentes del repudio contra la guerra o el pánico a morir en el fango, muy lejos del pesimismo antibélico de clásicos como Sin novedad en el frente (Lewis Milestone, 1930).  

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En cambio, la producción sí se interesa por el heroísmo de propaganda y los buenos valores de la Triple Entente (vamos, la misma estereotipación de siempre: aliados buenos, alemanes malos). Todos los soldados británicos en la película son de “buen corazón” y jamás apreciamos los conflictos dentro del mismo bando; degradación humana que hemos visto en películas como Largo domingo de noviazgo (Jean-Pierre Jeunet, 2004) o Marta, la promesa del día (Jean-Loup Hubert, 1997).

Sam Mendes afianza lo minimalista del “viaje” advirtiendo que la trama fue construida a partir de las memorias de su abuelo Alfred Mendes (una variación del “basado en hechos reales” de siempre). Sin embargo, las viñetas del filme no superan en crudeza y originalidad a otras cintas del pasado reciente. Por poner un punto de comparación, Expiación, deseo y pecado (Joe Wright, 2007) tiene el emotivo plano secuencia en Dunkerque con el protagonista (a punto de morir) dando un siniestro paseo entre soldados varados en la playa. En 1917 no hay ninguna imagen poética de ese calibre, debido a lo impersonal de la trama y la vacuidad de las anécdotas, muy en la línea de Dunkirk (Christopher Nolan, 2017).  Además, muchos elementos de la historia son tan forzados que rayan en deus ex machina, como el avionazo en el establo o la ayuda de la chica francesa. 

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El largometraje tiene ecos de László Nemes, a propósito de la perspectiva subjetiva y el tema principal difuminado. Se intuyen los garabatos de una crítica a la prepotencia militar y el ego inflado por medallas. Dejando de lado el asedio alemán, el conflicto real es convencer al coronel MacKenzie de detener el ataque (un Patton cegado por su estrategia militar). El capitán Smith (Mark Strong) le advierte a Schofield la necesidad de tener testigos al momento de entregar la notificación, porque “hay hombres que quieren pelear”. Esa pequeña subtrama da ligero brillo a la plana narrativa, pero no el suficiente para remontar en su bucólico desenlace.

De acuerdo con entrevistas, esta película es la primera incursión de Sam Mendes en la elaboración de un guion (apoyado por Krysty Wilson-Cairns), lo que explica la importancia de la imagen sobre el diálogo. En términos visuales, el filme tiene un sublime momento con la llegada de Schofield a Écoust, donde la fotografía de Roger Deakins crea una hermosa y pesadillesca huida entre sombras formadas por bengalas, fuego y disparos. A partir de entonces, la obra gana suspenso y ritmo.

El efecto de 1917 en la audiencia anglosajona es parecido al de Roma el año pasado: una historia austera promocionada como un trabajo introspectivo y autoral (cualidades un tanto cuestionables). Lo malo del largometraje no es el desabrido guion, sino lo ingenuo de la mirada (basada en el idealizado recuerdo de su abuelo); extraña ligereza argumental para un realizador que ha dirigido retorcidos dramas como Belleza Americana (1999) o  Revolutionary Road (2008). Posible ganadora del Oscar, pero muy lejos de ser la mejor entre las nominadas. 

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