Cuatro películas bélicas (y una serie) desde la perspectiva alemana

Irving Javier Martínez (@IrvingJavierMtz) 

Lo dice Chris Hedges: “war is a drug”. ¿Por qué nos siguen gustando las películas sobre la Primera y Segunda Guerra Mundial? De acuerdo con el guionista Frank Cottrell Boyce, “la guerra se ha convertido en una metáfora; no sólo en la historia puedes configurarla como quieras”. En este sentido, la representación de los alemanes durante la guerra ha sufrido demasiadas “transformaciones” en beneficio de las versiones oficiales de Hollywood e Inglaterra.

En 1917 (Sam Mendes, 2019) una avioneta enemiga se desploma. Los dos protagonistas intentan salvar al piloto, pero este apuñala a un soldado británico. Más tarde, Schofield (George MacKay) se enfrenta en Écoust a un grupo de diabólicos y psicópatas alemanes emergidos de entre las llamas y las sombras. Es interesante cómo la imagen se asemeja más al aspecto de los soldados nazis que a los del Imperio Alemán.

Títulos como Sin novedad en el frente (Lewis Milestone, 1930) permiten comparar la idea del enemigo alemán antes y después del nacionalsocialismo: carniceros cegados por el fanatismo, con una xenofobia traída en las venas –idea validada por obras maestras como The Nasty Girl (Michael Verhoeven, 1990), La cinta blanca (Michael Haneke, 2009) o En la penumbra (Fatih Akin, 2017)– . Esa situación no sucede con los enemigos japoneses e italianos, a quienes se les da la oportunidad de la autoindulgencia (Cartas desde Iwo Jima, 2007), recordando que Hiroshima y Nagasaki son la deuda moral de Estados Unidos.

Según Umberto Eco, la demonización del enemigo extranjero es un proceso innato en la humanidad, dotándolo de características que lo diferencien de nuestro bando. En la corta historia del cine, el nazismo dio un pretexto a Hollywood (y otras industrias) para afianzar estereotipos. Los alemanes también abordan el tema, pero mayoritariamente desde la culpa (Phoenix, 2014) o el humor negro (El tambor de hojalata, 1979) –situación muy justificable, por respeto a las víctimas–. Esta perspectiva es positiva, ya que recordar los exterminios nos lleva a evitar la filmación de atrocidades como En tierra de sangre y miel (Angelina Jolie, 2011).

Pocos realizadores se atreven a superar la frontera de la autocensura, retratando el campo de batalla desde una mirada “patriótica”. Curiosamente, estas producciones suelen ser más antibélicas que las hollywoodenses (donde no se cansan de exaltar su triunfo). A continuación mencionamos algunas.

Sin novedad en el frente (Lewis Milestone, 1930) y Westfront 1918 (Georg Wilhelm Pabst, 1930)

Basada en la novela de Erich Maria Remarque y ambientada durante la Primera Guerra Mundial, la oscarizada Sin novedad en el frente es uno de los primeros discursos antibélicos más contundentes en la historia del cine. Parte de la crítica a la propaganda impartida a las juventudes alemanas –en vísperas del ascenso de Hitler– y la desilusión posterior de las víctimas retornadas desde el infernal campo de batalla.

El mismo año se estrenó Westfront 1918 (1930) de Georg Wilhelm Pabst, filme que arranca de lleno con el día a día de cuatro soldados de trinchera (sin concesiones poéticas como “la mariposa” en Sin novedad en el frente). A diferencia de la película de Lewis, cuenta con una aproximación más desgarradora sobre los hombres hambrientos y enloquecidos por las bombas y el fango.

Es interesante comparar ambos trabajos para tener un panorama amplio: mientras la primera tiene un abordaje a la distancia, la segunda (una de las primeras producciones en integrar el sonido directo) tiene un catálogo de momentos siniestros que lanza alertas sobre los riesgos de una nueva guerra (discurso acusado de “derrotista” por Goebbels).   

El Puente (Bernhard Wicki, 1959)

En Jojo Rabbit (Taika Waititi, 2019) se ridiculiza a las Juventudes Hitlerianas como un squad de niños diabólicos obsesionados con el odio contra los judíos (verdad a medias). En El Puente (Bernhard Wicki, 1959), basada en un supuesto hecho sucedido en 1945, un grupo de adolescentes son asignados a la defensa de un puente. Tras eventos desafortunados, los chicos organizan un bloqueo contra los soldados estadounidenses sin saber que el verdadero plan de sus superiores era volar el lugar con explosivos.

El mismo año que El diario de Ana Frank (George Stevens, 1959) llegaba a carteleras, esta película intentaba humanizar a los jóvenes alineados a la ideología nazi. ¿Qué tan lejos podrían estar de un adolescente norteamericano deseando convertirse en héroe de guerra? La película no niega la ideología subyacente en la cotidianeidad de los alemanes; sin embargo, previo al trágico final, vemos una amplia gama social que muestra a los pequeños soldados desde diferentes sectores de un mismo pueblo (ajenos a la perversión de los adultos). Esta película abriría la puerta a la diversificación de versiones, tras la que vendrían El día más largo (Ken Annakin, Andrew Marton, Darryl F. Zanuck, Bernhard Wicki y Gerd Oswald, 1963) o La cruz de hierro (Sam Peckinpah , 1977).

El submarino (Wolfgang Petersen, 1981)

Según un artículo de Andrew Pulver para The Guardian, las películas bélicas intentan crear una verosímil y memorable idea “totémica” sobre los hechos. El Submarino es eso para el cine alemán –estatus validado por Estados Unidos con las 6 nominaciones al Oscar–. La película recrea el viaje de la patrulla submarina U 96, en su patrullaje por la zona. En el Submarino no hay demasiada complicación en el argumento, debido a la falta de escenas cuerpo a cuerpo contra los Aliados; razón por la cual fue aceptada unánimemente por audiencia y crítica de todo el mundo.

En esta superproducción –la más costosa de la nación, hasta ese momento– los marinos alemanes tienen una dimensión heroica parecida a la hollywoodense, donde se enarbolan la fraternidad y la camaradería (sin las actitudes criminales de los estereotipos fílmicos). No por eso, la película se libra de la desmoralización y locura del cine bélico, alcanzando su cenit en el incidente del estrecho de Gibraltar (uno de los momentos más claustrofóbicos en la historia del cine). 

Stalingrado (Joseph Vilsmaier, 1993)

Leyendo diarios descubrimos que a principios de la década de los 90 se vivió una oleada de movimientos neonazis en Alemania –odio racial parecido al desatado tras el triunfo de Trump–. En ese contexto se estrenó Stalingrado, una superproducción sobre la fallida invasión a las gélidas tierras rusas. La controversia de esta película se encontraba en su asimilación del pasado, carente de culpa y con una “cínica” victimización. Los protagonistas no son los rubios arios de la propaganda ni el maquiavélico asesino despiadado de Notorious (Alfred Hitchcock, 1946), sino hombres mundanos intentando escapar del infierno invernal.

Con más de 50 años de distancia, la película se interesó por los conflictos dentro del mismo bando –como la constante amenaza de los altos mandos militares contra sus mismos combatientes, aplicando castigos por placer–, llevando a los subordinados a la deserción o el suicidio. Después de un ataque, el magnífico personaje de Dominique Horwitz reconforta a otro soldado diciendo: “alégrate de poder llorar”, el tipo de gestos y diálogos que intentan borrar la idea de los militares adiestrados para no sufrir por el dolor ajeno. 

Los hijos del Tercer Reich (2013)

En la década que terminó, surgieron interesantes revisiones sobre el pasado reciente de Alemania. Quizás la más ambiciosa sea esta producción, miniserie de tres episodios que entrelaza las vidas de cinco jóvenes durante la Segunda Guerra Mundial. El drama se toma bastantes licencias, la más controvertida es que uno de los chicos protagonistas es judío. Dejando de lado las imprecisiones históricas, la audiencia se preguntó: ¿cómo pueden estos chicos (adoctrinados en el nazismo) ser amigos de un judío? Como en su momento con La caida (Oliver Hirschbiegel, 2014), la crítica especializada calificó de banal y perturbadora la justificación del apoyo social a Hitler.

A causa de las implicaciones morales de cada personaje (con su propio muerto en la consciencia), es complicado adentrarse en esta serie. La antes mencionada deuda por el holocausto hace difícil aceptar las redenciones finales planteadas por la trama, la cual tira de hilos acusatorios nunca considerados (como el antisemitismo de los partisanos). Estas contradicciones adquieren una mayor coherencia tras ver la Babylon Berlin de Tom Tykwer, thriller ambientado en el periodo entreguerras que da un vistazo a las ideologías decisivas en el futuro apoyo al führer. 

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