Un Poeta: poesía y el mito del artista latinoamericano
Por: Aldo Ramírez Martínez
¿Qué lugar ocupa la poesía en una sociedad latinoamericana que camina a prisa, tratando de alcanzar el primer mundo, con la mirada en el suelo y el bolsillo en la mente? Esta es la pregunta que plantea Un Poeta (2026), dirigida por Simón Mesa Soto. La narrativa se sostiene sobre la fragilidad, inestabilidad y la terquedad de Óscar Restrepo (Ubeimar Ríos), un hombre que se niega a dejar morir su oficio y sueños, que se niega a participar en sociedad y que además se define a sí mismo de manera segura como “un sempiterno, un perpetuo soñador, buscador de quimeras a través de la palabra”. A partir de esta poderosa premisa, la obra funciona como una radiografía que nos muestra la fractura entre las aspiraciones literarias que nos imponen las grandes utopías y la cruda realidad de la cotidianidad en Latinoamérica.
Al situar este drama en la periferia de Medellín, el colombiano Simón Mesa Soto se distancia de la crudeza directa de su ópera prima, Amparo (2021), para conversar con el cine contemporáneo de la región; ahí está Los reyes del mundo (Laura Mora, 2022), con la cual comparte esa mirada poética y dolorosa sobre la juventud y el desamparo en entornos hostiles, en los que aún ante la adversidad logran encontrar en cosas sencillas, como la poesía y los amigos, una válvula de escape. Así, Mesa Soto expande su rango como director, demostrando que la obsesión por la belleza en un contexto de promesas rotas puede ser, al mismo tiempo, el delirio de un hombre alienado y la única trinchera posible contra el olvido y los golpes de una sociedad rota.

Con Un poeta, Simón Mesa Soto expande su rango como director, demostrando que la obsesión por la belleza en un contexto de promesas rotas puede ser, al mismo tiempo, el delirio de un hombre alienado y la única trinchera posible contra el olvido y los golpes de una sociedad rota.
Existe un puente invisible que une la Bogotá de finales del siglo XIX con la Medellín contemporánea que retrata Mesa Soto. El fantasma de José Asunción Silva, escritor, novelista y poeta que eligió el suicidio antes de ver su sensibilidad triturada por una sociedad mercantilista, deambula por las calles de la película encarnado en Óscar Restrepo (Ubeimar Ríos), personaje de una textura orgánica que emana directamente de su propia experiencia como poeta y profesor de colegio en la vida real; un doble rol donde el gusto por las letras se confronta con las urgencias de las aulas. El personaje principal es un hombre de 52 años estancado en el cliché romántico del artista maldito, deprimido y obsesionado con la obra de Silva. Óscar enfrenta la amarga realidad que implica la supervivencia social, donde su propia madre le recuerda «usted no es un poeta, usted es un desempleado».
Con sus problemas de alcoholismo (y cargando con la culpa de ser un padre ausente que incluso llega a pedirle dinero a su hija Daniela para continuar bebiendo) Óscar decide aceptar un trabajo como profesor en un bachillerato. Este camino, motivado por la necesidad de pagar la universidad de su hija, lo lleva a conocer a Yurlady (Rebeca Andrade), una adolescente con una capacidad literaria auténtica y libre de pretensiones. Para Óscar, Yurlady representa una última oportunidad de redención personal y profesional… puede que ella sea su Magnum Opus.
La relación entre ambos navega entre negros y blancos: ella acepta que Óscar se convierta en su mentor y la lleve por el camino que la convertirá en una gran poeta. Él representa al creador atrapado en el canon europeo y la formalidad académica, asfixiado por un contexto que castiga la contemplación y exige ser práctico para sobrevivir. Por otro lado, Yurlady emerge desde los alrededores de Medellín no como un producto de la academia, sino como la manifestación del arte en su estado más puro y visceral; ella ve la poesía como un medio que resuelve problemas a corto plazo, nunca pretende ser artista, ni mucho menos tener reconocimiento, sin embargo, lo que busca Óscar es todo lo contrario, que ella logre lo que él nunca pudo: ser un famoso, reconocido y millonario poeta.

Con la terquedad que lo caracteriza, Óscar logra que Yurlady asista a la escuela de poesía, donde conoce a una mujer holandesa que patrocina a la escuela y que está ansiosa por escuchar un poema de Yurlady en el Festival de Poesía. Pero no espera escuchar un poema sobre el amor, flores o incluso el sol: lo que quiere escuchar es el falso discurso que habla sobre la pobreza, el color de piel, la inseguridad, etc. Es entonces cuando Yurlady sube al escenario, ese espacio institucional de la cultura que se ve conmovido por la crudeza de su voz al leer el poema sobre su vida en una supuesta marginalidad; es ahí cuando termina por exponerse el ecosistema cultural decadente en el que se encuentra toda Latinoamérica, donde la poesía (o cualquier forma de arte) es reducida a una herramienta de validación ética y moral para las élites que instrumentalizan y comercializan con este falso retrato que implica nacer, crecer y crear de este lado del mundo. Revela la explotación simbólica del sistema y el profundo sentimiento de desamparo que conlleva habitar una sociedad que consume, de forma sistemática, cualquier anhelo de progreso.
En una sociedad fracturada por traumas profundos, donde la marginalidad y la ignorancia no dejan espacio para una relación pedagógica entre profesor y alumna, en un malentendido después de la fiesta, Óscar deja a Yurlady frente a la puerta de su casa al borde de un coma etílico y con algunos golpes derivados de su borrachera, quebrantando la relación por una acusación falsa de abuso hacia ella, sellando el fracaso absoluto del protagonista, despojándolo de su última trinchera de orgullo profesional y demostrando que, en un entorno donde sobrevivir es la prioridad, la poesía es incapaz de proteger a nuestro triste poeta de las dinámicas de sospecha y violencia de su propia realidad.
Sin embargo, el verdadero desenlace se escribe desde la generosidad de Yurlady, quien en un acto de justicia poética y humana decide buscar a Daniela, la hija de Óscar, para entregarle una carta llena de honestidad y certificar que su padre es un hombre bueno que jamás le hizo daño. Esta revelación propicia el reencuentro entre Óscar y su hija, generando un espacio de perdón donde aquel personaje que esperaba ser el mentor de una reconocida poeta, conmovido por el gesto, se enfrenta al texto de su alumna. Es en ese instante de reconciliación íntima cuando Óscar, despojándose por fin de la carga del “poeta triste”, del “artista frustrado”, decide sentarse a escribir su primer poema feliz. No sé si Mesa Soto pudo haber escrito y dado vida a un final más poético, pero sobre todo, humano.
Un poeta nos demuestra que el arte en nuestras tierras no está para decorar las estanterías del éxito económico o social, ni para alimentar el ego de intelectuales presuntuosos; su lugar es el de un salvavidas invisible ante la tormenta de adversidades. En una región que camina con el bolsillo en la mente, como lo mencione al principio del texto, el poema feliz de Óscar no es un triunfo financiero ni una beca en el extranjero, sino el milagro silencioso de haber encontrado, entre el mar del fracaso, las palabras exactas para sanar el dolor de una hija, de un padre, de un profesor y una alumna, y detener, aunque sea por un segundo, la prisa de un mundo que olvida detenerse para respirar.
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