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Abrir las ventanas, adiós moscas en la casa (crítica de ‘Moscas’, de Fernando Eimbcke)

Critica Moscas Fernando Eimbcke

Hace poco más de 20 años, Fernando Eimbcke debutó con una película que se ha colocado como una referencia ineludible del cine mexicano de este siglo: Temporada de Patos (2004). Sumó dos películas subsecuentes a su filmografía (Lake Tahoe, 2008; Club Sandwich, 2013), consolidando un estilo plenamente identificable: ritmo pausado, humor entre absurdo y juguetón, historias sutiles y sensibles sobre crecer y superar dolores de la vida, adolescentes en cruzadas existenciales y adultos con brújulas extraviadas; planos fijos, minimalismo.

Luego una larga pausa de 13 años lo alejó de las pantallas mexicanas. Este año regresa a ellas con Moscas (2026), una película en la que Eimbcke reafirma su estilo, consolidándose como un cineasta más maduro, equilibrado y que ha ampliado sus recursos visuales y narrativos para ofrecer una obra en donde resaltan, sobre todo, la calidez, la sensibilidad y la sencillez.

En Moscas (que se titula así por la canción Moscas en la casa, de Shakira, a decir del propio director) conocemos a Olga (Teresita Sánchez), una mujer solitaria, que lleva una vida sin relaciones ni amistades en un multifamiliar. Un día, por cuestiones económicas, decide rentar un cuarto de su casa para familiares de pacientes del Hospital 20 de noviembre. Esto coincide con la búsqueda de Cristian (Bastian Escobar) y su padre Tulio (Hugo Ramírez), pues esperan noticias del tratamiento de su madre y esposa. Tulio renta el espacio y a escondidas mete a su hijo al cuarto, pero cuando es descubierto, Olga comienza a forjar una relación inesperada con Cristian, que quiere saber la cama en la que está su madre para llevarle unas pantuflas. Esa relación la llevará a abrirse poco a poco a la ternura del niño y a la empatía por su situación, lo que tendrá efectos que quebrarán su coraza armada por un evento doloroso de su pasado.

Crítica de la película Moscas Fernando Eimbcke
‘Moscas’ (2026)

Entre Club Sandwich y Moscasexiste Olmo (2025), aunque de producción estadounidense y sin estreno en cines para México. Tendrá difusión por streaming separadas por varios años, no se encuentra una ruptura en la filmografía de Eimbcke. Hallamos más bien un cambio de pulso. Si en la primera sus tendencias narrativas quizás habían llegado a un impasse, a una reverberación del mismo estilo vertido en tres ocasiones (no por ello vuelto cansado, pero sí quizás más ensayado), en su regreso se encuentra una maduración. Avanza sin desechar nada del encanto que tuvieron sus filmes anteriores y es ahí en donde su competencia como realizador se exhibe con mayor fortaleza.

Y es que el ritmo pausado continúa, pero es ahora muy digerible sin volverse didáctico. Quizás sea la película más entretenida de Eimbcke hasta ahora. No ha renunciado a la calma ni al profundo protagonismo que tiene el lenguaje visual en su cine, solo que ahora dentro del plano y de las secuencias hay más capas, más elementos en los que se posa la cámara y menos entornos vueltos “planos” al optar por una cámara fija que observa generalmente (en Lake Tahoe es donde se puede observar mucho más esta decisión. Y decir “plano” no es con intención negativa, sino solo una descripción).

La fotografía, a cargo de María Secco, le otorga a Moscas una propuesta visual amplia en intereses, con consistencias justas y juegos para el espectador. Pasa de anonimizar y volver fría a una policía filmando únicamente sus manos a través de una ventanita, a volverla cálida al entrar con ella a su puesto de vigilancia y mostrarla de cuerpo entero. Nos enseña el multifamiliar desde afuera, siendo recorrido por las luces de los departamentos como si fueran los marcianos del videojuego Cosmic Defenders Pro, leitmotiv de la película. El chiste recurrente del niño haciendo del baño detrás de un árbol para ser perseguido por un policía. Un abrazo en tono fantástico que se da dentro del videojuego. Estas decisiones visuales hablan de un cineasta que ha encontrado maneras de integrar mucho más movimiento para la evocación de sensaciones con los planos y su montaje.

Continúan también los adultos con la brújula extraviada, aunque ahora el extravío proviene del dolor. Teresita Sánchez da una actuación espléndida como Olga, una mujer contenida, silenciosa, hosca, que se ablanda ante el niño al ver sus necesidades y la impuesta soledad cuando su padre debe dejarlo por trabajo. Comunica todo aquello que late bajo su superficie con miradas severas, con su cuerpo que se mueve lánguido, con sus rutinas obsesivas, entregando sus diálogos con el tono de quien le irrita un mundo que ha perdido todo color. El blanco y negro que habita Olga antes de conocer a Cristian y su padre es el del desencanto.

Crítica de la película Moscas Fernando Eimbcke
‘Moscas’ (2026)

A ella le sucede lo mismo que al repartidor de pizza en Temporada de patos (Enrique Arreola, quien en Moscas interpreta a un trabajador del hospital), que al interactuar con un joven obtiene una revelación que lo lleva a un impulso para al menos intentar superar su estancamiento; Cristian es para Olga una salida del ensimismamiento, la vía para la aceptación del dolor de una pérdida que la ha consumido quién sabe por cuánto tiempo. Si a Cristian el arropo que le otorga Olga es la red que se le extiende para que la caída emocional que le espera no sea destructiva, para Olga ser quien despliega esa red es lo que la salva.

Tulio, el padre de Cristian, también es un adulto con problemas, pero en él se concentra el peso de resistir y de cuidar, de procurar y proveer, de acompañar y de alejarse por necesidad. En algún punto de la película debe dejar a Cristian en el cuarto que renta con Olga para ir a trabajar, sino ¿de dónde saldrá el dinero para las medicinas de su esposa, si de por sí nunca puede pagarlas completas? El actor Hugo Ramírez navega este papel mostrando un padre amoroso, paciente, que hace lo que debe hacer dada la situación, con remordimiento, pero sin alternativa. Quizás sea de los tres actores principales el que posee menos recursos, pero aún así su presencia inunda la historia con calidez.

Un cambio es el registro generacional en su protagonista. Las tres películas anteriores de Eimbcke se centraron en adolescentes; aquí, el protagonista es un niño. Eso moviliza el conflicto existencial. En aquellas, el umbral que marca el punto final de la protección infantil era lo que se delineaba en torno a sus personajes, jovencitos que despertaban a los golpes de la vida, a las responsabilidades, al sexo, al aprendizaje de que todo cambia. Aquí, Cristian no traspasa un umbral de crecimiento; le corresponde un umbral de aceptación. Quien debe pasar de la confusión y el desconocimiento, a la comprensión y a la paz de que las cosas suceden. Cristian se queda “en su edad”, sigue siendo un niño que pasa por momentos complicados pero que nunca deja de estar bajo protección de alguien, ya sea su padre, Olga o algún otro personaje.

A diferencia de lo que le sucedía a Moko y Flama en Temporada de Patos, a Juan en Lake Tahoe o a Héctor en Club Sandwich, Cristian no abandona la infancia. El interés de Eimbcke con esta decisión es resaltar el cuidado, la empatía, la preservación de la ternura incluso ante la tragedia. Resaltar el contraste entre los significados de la infancia (el juego, la ternura, la necesidad de cuidado, el acompañamiento) y los golpes de la ausencia, la forja de la resiliencia, la pérdida.

La mayor consistencia que une Moscas con el resto de la producción de Eimbcke es la calidez y la sensibilidad. Pero en esta ocasión, la sutileza que hubo en Lake Tahoe o Temporada de Patos cede el paso a lo explícito, a la enunciación directa de que el interés del director es hablar con sensibilidad del dolor, reivindicar la salida acompañada de la tristeza, la forja de relaciones que pueden aliviar heridas. Esa es una constante, vuelta en Moscas una tesis fundamental de su cine.

Crítica de la película Moscas Fernando Eimbcke
‘Moscas’ (2026)

La mayor consistencia que une Moscas con el resto de la producción de Eimbcke es la calidez y la sensibilidad. Pero en esta ocasión, la sutileza que hubo en Lake Tahoe o Temporada de Patos cede el paso a lo explícito, a la enunciación directa de que el interés del director es hablar con sensibilidad del dolor, reivindicar la salida acompañada de la tristeza, la forja de relaciones que pueden aliviar heridas. Esa es una constante, vuelta en Moscas una tesis fundamental de su cine.

Ahí reside la belleza y el encanto de su nueva película. Quizás también es lo que la vuelve la más digerible para públicos más amplios, pero no hay en ello ningún problema. Moscas es un gran regreso de un cineasta consistente que reivindica la ternura y la empatía, vertidas en personajes que se sanan mutuamente a través de la compañía y la ayuda, quitándose de encima los días tan oscuros, tan largos y tan grises”. Abriendo las puertas y las ventanas del otro para permitir que entre el aire, para sacar “la chatarra inservible, la basura en el suelo, las moscas en la casa”.

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