Bi Gan: de cine, sueños y largos viajes hacia la noche
Un hombre llega a un karaoke, ubicado al lado de un patio lleno de escombro. Parece un basurero, y en él sólo esperan clientela un puñado de prostitutas. El hombre les pregunta por una mujer que ha estado buscando desde hace días: le dijeron que canta canciones japonesas por las noches. Una de ellas siente lástima por él, y, en su intento por tranquilizarlo, le recomienda que vaya a ver una película mientras el día llaga a su fin. Tal vez después de ir al cine pueda encontrarla.
Por: Gerardo Martínez
Era el año 2019. Cursaba la universidad e iniciaba en lo que apenas era un pasatiempo, una curiosidad, pero que ahora, después de tantos años y tantas horas invertidas, puedo afirmar es de mis grandes pasiones. Era un invierno helado, de los más fríos que la nostalgia me deja traer de regreso. Había terminado el semestre de manera prematura y disponía de dos semanas para asistir de manera más asidua al cine (¡de noche y entre semana!), sin ninguna evaluación ni tarea como grilletes en mis tobillos. No tenía ni idea de qué ver esa tarde de jueves… la opción era una película ¿china? ¿A las 8? Entré, me acomodé en mi asiento y… me quedé dormido.
Me hubiera gustado que la historia de amor con Largo viaje hacia la noche (Bi Gan, 2018) fuera impoluta, pero aún con la fallida primera cita fue amor a primera vista. Alcancé a despertar a tiempo, en medio de la sala oscura (justamente a la mitad de la película) y experimenté algo que todavía me llena de ternura. No entendía absolutamente nada de lo que desfilaba ante mis ojos, pero estaba fascinado: sin conocer (ni remotamente) a Bresson, viví en carne propia su famosa frase: “sentir la película antes de entenderla”. Decidí regresar al otro día por un segundo round. Lleno de cafeína, por si acaso, entré y… el resto es historia.
Me obsesioné, la volví a ver una y otra vez y la recomendé casi hasta el hartazgo. Se instaló como la película fundamental de mi vida porque me hizo descubrir no solamente que había otro tipo de cine por explorar, sino uno que encajaba conmigo a la perfección. Pero aún no podía poner todo esto en palabras, ni enumerar las razones de tanta fijación.
No fue hasta que llegó a mí un fragmento de Fernando Pessoa que, por fin, pude aterrizar mejor por qué Largo viaje hacia la noche se convirtió en algo tan querido. Pessoa, uno de los más grandes soñadores que han pisado esta tierra, escribió:
Los sueños también serán, tal vez, o una dimensión más en que vivimos o un cruce de dos dimensiones; como un cuerpo vive en lo alto, en lo largo y en lo ancho, nuestros sueños, quién sabe, vivirán en el ideal, en el yo y en el espacio. En el espacio por su representación visible; en el ideal por su representación de género diferente a la materia; en el yo por su íntima dimensión de nuestros.
Ahí estaban las claves en bandeja de plata. Lo sentí, pero entonces pude racionalizarlo. Me enamoré de la película porque había dado con el tipo de cine que tiene la bendición de hacer, así sin más, un milagro: transmutar algo inasible, los sueños, en algo tangible. No sueños en el sentido de anhelos que deseamos con todas nuestras fuerzas, sino esa sustancia en la que podemos navegar cada noche al descansar. Después de entender el truco de magia, estaba listo para explicar un amor sigue hasta la fecha.

Desde su ópera prima, el director Bi Gan se encargó de explorar, de manera genial, la representación visible de los sueños, haciendo parte de su firma autoral los espacios oníricos laberínticos. Lo hace en Kaili Blues (2016), película en la que incluso inventa una aldea donde es posible la coexistencia del pasado, el presente y el futuro, lo cual potencia en Largo viaje hacia la noche. Esta vez, la segunda mitad de la película se desarrolla en una cárcel abandonada, que se convierte en la representación perfecta del sueño de Luo Hongwuo, nuestro protagonista. Recorremos con él esa cárcel, espejo de su psique, y es por esos larguísimos paseos por callejones, pasillos, escaleras y puertas que lo conocemos a profundidad. Hay un diálogo casi al inicio que nos anuncia todo esto:
Los sueños se levantan y me pregunto si mi cuerpo está hecho de hidrógeno. Entonces, mis recuerdos serían de piedra.
Esos muros que encausan el viaje, que dejan a la cámara entrar, salir, subir, bajar, no están hechos realmente de piedra, metal o cemento. Es una cárcel con muros hechos de memoria. Y, así como Luo, tal vez cada uno de nosotros tenemos una arquitectura propia dentro de la cabeza. Arquitectura en la que podemos pasear gracias al sueño y, por supuesto, el cine.
Queda en cada espectador decidir si este paseo resulta un premio o un castigo, porque la película es exquisita en su labor de desorientarnos, de arrojarnos a la confusión absoluta (y puede que a la frustración también) si no fuimos atentos en la primera mitad, donde se nos arrojan pistas, herramientas simbólicas para guiarnos después en el viaje subconsciente. Y puede que aun con ellas sigamos siendo incapaces de entender el viaje, pero tendremos la capacidad de al menos intuirlo, o mejor aún, de sentirlo. Esa es la lección y regalo que este cine-sueño tiene para quien quiera aceptarlo: no sabemos qué nos espera a la vuelta de una esquina, qué está al otro lado de una cortina; no sabemos si lo que encontraremos será triste, dichoso o si lo podremos aprehender, pero el simple hecho de transitar, ya sea en la realidad tangible o en la ideal, es sinónimo de vivir.
Si vivo, sueño. Si sueño, siento, y si siento, vivo.

Bi Gan entendió que no sólo necesitaba de espacio y elementos visuales para materializar un sueño. Estoy seguro de que el director chino lo descubrió a través de Tarkovski (él mismo ha manifestado que Stalker fue un parteaguas en su quehacer). El maestro ruso que vino a aclarar, de una vez por todas, lo que hace al cine ser cine: su capacidad de capturar no sólo imágenes y movimiento, sino una matriz real de tiempo.
El Tiempo, fijado en su formas y manifestaciones factuales: esa es la idea suprema del cine como arte y nos lleva a pensar en la abundancia de recursos inexplotados del cine, en su colosal futuro.
Andrei Tarkovski
Algo me dice que esa otra dimensión en la que habitan los sueños, de la que hablaba Pessoa, es el Tiempo. Entonces, uno de esos recursos inexplotados del cine empata con la noble labor de Largo viaje hacia la noche: para filmar de la manera más vívida posible la experiencia onírica, hace falta encapsular el Tiempo.
Y es fácil entenderlo. En mis sueños, y en los de millones de seres humanos, el transcurrir es confuso. Puede pausarse, puede ir más rápido, puede ir más lento. Puede seguir su curso rectilíneo, puede ir hacia atrás, puede ser circular. Pueden sentirse como si pasaran horas, cuando en la realidad han transcurrido apenas minutos. ¿Con qué otro medio podemos aproximarnos más a esa experiencia congénita sino es con el tiempo capturado a 24 cuadros por segundo?
Pero hay algo a destacar, y que hace brillar aún más a Largo viaje hacia la noche: no se conciben los sueños con cortes. Los sueños no se experimentan con transiciones, sino que son un flujo continuo que, debido a su complejidad, nuestra mente nos lo termina ordenando, en la rebaba que queda al despertar, como un conjunto de escenas. Bi Gan lo sabe, y por eso el gran e hipnótico sueño es un enorme plano secuencia de una hora. Se manifiesta en plenitud esa dimensión trastocada donde es posible prender una bengala, perseguir a un antiguo amor, hacer girar una casa recitando un poema, dar un beso imposible y, después de todo eso, no haber habitado ni cinco segundos en la idealidad del sueño.
Tiempo contenido dentro de nosotros. Eternidad aún sin entender.
La ensoñación de Luo Hongwuo termina siendo el resultado, sí, de muchas de sus heridas pasadas, de preguntas que nunca se respondieron (¿qué hay más personal que los traumas que cada quien lleva a sus espaldas?), pero principalmente surge de la búsqueda por un amor que se fue sin dar explicación. Luo pasa primero de ser un exiliado trabajador promedio a ser un empedernido detective, para finalmente convertirse en una especie de psiconauta. No por la noticia del fallecimiento de su padre, esa es sólo su excusa para regresar a Kaili, su pueblo natal. Lo que realmente mueve a nuestro héroe en sus dos aventuras es la misión de recuperar un amor que fue peligroso, breve y después inalcanzable. Absolutamente nadie lo podrá negar: son esos amores los que nos sacuden, nos cambian cualquier esquema y nos convierten, sin excepción, en soñadores. Nos invaden (si no es que infectan) de tal forma que, después de la convalecencia y vistos a la distancia, quedan enmarcados como sagrados.
No es exageración, y Yukio Mishima lo explica:
Todo lo sagrado tiene la sustancia de los sueños y los recuerdos, y así experimentamos el milagro de que lo que está separado de nosotros por el tiempo o la distancia se haga repentinamente tangible. Los sueños, los recuerdos, lo sagrado, todo es semejante en cuanto que está más allá de nuestro alcance. Una vez que nos separamos de lo que podemos tocar, ese objeto se santifica; adquiere la belleza de lo inalcanzable, la cualidad de milagroso.
Nuestros sueños no sólo pueden aliviar, sino que también santifican: son un divino medicamento. Nos envuelven y se convierten en un sedante ante la enfermedad del enamoramiento: acortan distancias, hacen tangible lo que no lo es y nos salvan de volvernos locos.
En esta línea, del sueño, la locura y lo inalcanzable, no es casualidad que Largo viaje hacia la noche haga clara referencia a la película, por excelencia, sobre conquistas imposibles para el ser humano: Vertigo (1958). El guiño extremadamente obvio es el vestido esmeralda de la femme fatale, pero para el ojo observador la trama entera resulta siendo no sólo un homenaje, sino una calca. Analizadas ambas bajo la lupa, las dos son películas idénticas: primera mitad, colección de estratagemas que sólo sirven para sostener un espejo; segunda mitad, escape hacia ese “otro lugar” donde se recupera lo perdido.
Esta teoría de la caída y la fuga en Vértigo no es mía, sino que se la estoy robando al inmenso Chris Marker, que dejó no sólo un texto maravilloso donde explica su lectura de la cinta, sino la fórmula que hace falta para resolver el sueño de Luo.
La idea de resucitar a un amor perdido puede tocar cualquier corazón humano, independiente de lo que él o ella pueda decir. “¡Eres mi segunda oportunidad!” grita Scottie mientras arrastra a Judy por las escaleras de la torre. Nadie quiere interpretar estas palabras en su sentido superficial: se trata de aliviar un momento perdido en el pasado, de devolverlo a la vida sólo para perderlo otra vez. Uno no revive a los muertos, uno no mira atrás hacia Eurídice. Scottie experimenta la mayor alegría que un hombre puede imaginar, una segunda vida, en intercambio por la mayor tragedia, una segunda muerte.
Chris Marker
Bi Gan y Hitchcock le dan su segunda oportunidad a sus Orfeos: a uno en una sala mugrienta, al otro en un estado de catatonia, respectivamente. Pero como nos dice Marker, el mito no cambia. Donde Alfred nos muestra sin reparos esa segunda muerte, Bi Gan no se atreve a confesarnos la tragedia, pero la podemos predecir en las lágrimas de Luo antes de recitar el poema del final. Nuestro héroe también lo infiere. Logra hacer las paces con la inevitable pérdida, pero alcanzo algo aún más bello: adivinar lo que nosotros ya sabemos desde hace muchos minutos, y es que está habitando la divinidad del sueño.
Luo lo entiende, y presintiendo que no hay vuelta atrás, decide de una vez por todas ensancharse, expandirse en todas las direcciones que Pessoa nos advirtió tiene el sueño. Wan Qiwen esta vez no se escurrirá de entre sus dedos, pues está hecha de memoria y es solamente suya. Hará girar una habitación bajo la luz de la luna, porque el espacio es de su propiedad. Alargará un beso en la pequeña eternidad que dura encendida una bengala, porque el tiempo ahí le pertenece.
Después de todo, la tragedia sí puede esperar.
Créditos. Una canción de cuna que sonará en bucle por siempre.
Han pasado ya casi siete años desde que encontré, por pura suerte, mi película favorita. Y aunque en ese lapso de tiempo he visto muchísimas (y mejores) cosas, siempre volveré a ella para asombrarme como la primera vez. Esa vez en la que no entendí nada pero, paradójicamente, lo entendí todo.
Entendí mi amor por la imagen-tiempo y desde entonces sigo emulando a Luo Hongwuo, yendo a una sala mugrienta de cine cada que tengo oportunidad. ¿A incrementar números? ¿A fingir algo que no soy? No. A soñar. Como Luo, voy al cine a soñar.
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