Saltar al contenido

Crítica de ‘Un poeta’: Simón Mesa Soto desmonta el mito romántico del artista

critica de un poeta de Simon mesa soto

Por: Andrea Blanco

Durante décadas, el cine ha contribuido a construir la imagen romántica del artista como una figura excepcional, incomprendida y destinada a trascender su tiempo. Sin embargo, Un poeta (2026), escrita y dirigida por Simón Mesa Soto, desmonta ese imaginario para presentar a un protagonista vulnerable, contradictorio y profundamente humano. A través de una narrativa que oscila entre el humor y la melancolía, la película no sólo cuestiona la noción de talento, sino también la fragilidad de una identidad construida alrededor de él: no trata sobre un hombre que quiere ser poeta, sino sobre un hombre que necesita ser poeta para saber quién es.

Lejos de idealizar la vocación creativa, el cineasta colombiano (ganador de la Palma de Oro en 2014 a Mejor Cortometraje en Cannes por Leidi) construye un retrato íntimo sobre el fracaso, la persistencia y la necesidad casi desesperada de reconocimiento. En este sentido, Un poeta no reflexiona únicamente sobre el oficio artístico, sino sobre aquellos que continúan persiguiendo una versión de sí mismos que el mundo parece no necesitar. 

Desde sus primeras escenas, la película presenta a su protagonista lejos de la imagen tradicional del genio creativo. En lugar de un artista admirado por su entorno, vemos a un hombre que carga con el peso de las expectativas incumplidas y la imposibilidad de encajar su vocación en una realidad que privilegia el éxito medible sobre cualquier forma de sensibilidad.

Crítica de Un Poeta de Simón Mesa Soto
‘Un poeta’ (2026)

Oscar, el personaje principal, es un hombre que alguna vez fue joven, poeta y premiado, y que ahora sobrevive entre el alcohol, la frustración y la sensación persistente de haber sido expulsado de la historia. Vive con su madre, pero insiste en ser tratado como un adulto, le pide dinero a su hija, no para sostenerla, sino para sostener sus propios hábitos. Hay en él una mezcla incómoda de arrogancia e inmadurez, una tendencia constante a culpar al mundo sin detenerse a mirarse a sí mismo. No es un personaje fácil de querer, y la película no intenta hacerlo más amable. Por el contrario, Simón Mesa Soto lo expone con una crudeza que obliga al espectador a atravesar primero el rechazo, antes de encontrar —casi a pesar suyo— una forma extraña de empatía.

El protagonista de Un Poeta no parece buscar la poesía en sí misma, sino la idea de ser poeta, como si ese título pudiera otorgarle una forma de sentido, una prueba íntima de que su vida a pesar de todo ha valido la pena.

En este contexto, la poesía deja de ser únicamente una práctica artística para convertirse en un espacio de confrontación personal. Más que un medio de expresión, aparece como un lugar incómodo, un ejercicio que obliga a detenerse y formular preguntas para las que no siempre se está preparado. El protagonista no parece buscar la poesía en sí misma, sino la idea de ser poeta, como si ese título pudiera otorgarle una forma de sentido, una prueba íntima de que su vida a pesar de todo ha valido la pena.

¿Qué ocurre cuando la aspiración artística deja de ser suficiente para encontrar un lugar en el mundo? Un poeta sugiere que, entonces, la poesía deja de ser una búsqueda de pertenencia externa para convertirse en un encuentro personal. No se trata ya de ocupar un lugar en el mundo, sino de reconciliarse con el lugar en el que se está. En ese desplazamiento, la escritura pierde su necesidad de validación y se transforma en una forma de certeza íntima; no la de ser visto, sino la de sentirse, por un momento, en el lugar correcto.

Es en el poema final donde esta transformación se vuelve evidente. Despojado de cualquier pretensión de prestigio o reconocimiento, el protagonista ya no escribe para sostener la idea de sí mismo como poeta, sino para sostenerse a sí mismo. La página deja de ser un escenario y se convierte en un refugio mínimo, casi silencioso. Ahí, más que encontrar respuestas, parece permitirse, por primera vez, habitar la pregunta. Y quizá, en ese gesto casi imperceptible, Un poeta sugiere algo más difícil de aceptar que a veces no se trata de encontrar un lugar en el mundo, sino de dejar de huir del que ya nos tocó.

Crítica de Un Poeta de Simón Mesa Soto
‘Un poeta’ (2026)

Sin embargo, la paradoja que atraviesa al personaje es que, aunque insiste en definirse como poeta, gran parte de la película lo muestra incapaz de escribir. La poesía existe más como una identidad que como una práctica, como una certeza a la que se aferra cuando todas las demás han comenzado a desmoronarse. Su condición de poeta parece ser el último refugio de una vida marcada por los fracasos afectivos, económicos y profesionales. Renunciar a ella implicaría aceptar una pregunta mucho más dolorosa: si no es poeta, ¿quién es entonces?

Quizá por eso resulta significativo que el poema más importante de la película aparezca sólo cuando ha perdido casi todo aquello que intentaba preservar. Es en medio del duelo, de la soledad y de la evidencia de sus propias limitaciones donde finalmente logra escribir. El poema feliz del acto final no surge como consecuencia del éxito ni de la plenitud, sino como una respuesta inesperada a la pérdida. Como si la escritura sólo pudiera aparecer cuando deja de funcionar como una prueba de valor personal y se convierte, simplemente, en una forma de habitar la experiencia.

Un poeta parece sugerir que la poesía no consiste en alcanzar una versión ideal de uno mismo, sino en encontrar palabras para permanecer cuando esa versión se derrumba. En ese sentido, el poema final no representa la consagración del poeta, sino el descubrimiento del ser humano que existía detrás de esa necesidad de ser reconocido como tal.

Un Poeta está disponible en HBO Max

¿Ya viste Un Poeta? ¿Qué te pareció?

Categorías

Crítica

Etiquetas

,

Deja un comentario

Descubre más desde ZoomF7

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo