Crítica ‘El Día de la Revelación’: mismos aires de esperanza, pero con exceso de ingenuidad
El tratamiento de Spielberg en El día de la revelación ofrece los mismos vientos de esperanza del pasado, pero con una mirada infantil que no corresponde a un director de su generación.
SINOPSIS: En vísperas de la Tercera Guerra Mundial, un grupo de disidentes del corporativo Dexnor organiza la filtración de videos que comprueban la existencia de extraterrestres. Aunque el director de la institución, Noah Scanlon (Colin Firth), lidera un operativo para capturar al fugitivo Daniel Kellner (Josh O’Connor) y detener la divulgación de los archivos, la meteoróloga Margaret Fairchild (Emily Blunt) se convierte en un riesgo mayor cuando aparece en la TV local hablando un dialecto alienígena.
Es importante que cineastas del calibre de Steven Spielberg tengan descalabros creativos, porque nos recuerda que hasta los realizadores más consagrados están a dos pasos de tener su The Happening (2008). Como en las películas de M. Night Shyamalan, el guion de El día de la revelación (Disclosure Day, 2026) está repleto de endebles explicaciones a situaciones que requerían un mejor desarrollo argumental, como las azarosas reglas que justifican los poderes de Margaret Fairchild (Blunt), los cuales constituyen un deus ex machina que se explota en más ocasiones de las necesarias.
Teniendo fuertes influencias del cine clásico y la propia filmografía de Spielberg, la producción confía demasiado en que el bagaje del público sobre ciencia ficción le ayudará a atar cabos sin tantas explicaciones, lo cual fue un grave error, porque la trama comienza a sentirse incompleta cuando el suspenso se desvía hacia un drama nostálgico que replica la ingenuidad de Cocoon (1985) y otros títulos ochenteros. Buscando un retorno a los grandes thrillers políticos del pasado, El día de la revelación nos demuestra por qué las últimas películas del director solo eran homenajes al esplendor fílmico del siglo XX, ya que su mirada crítica está atrapada en el optimismo de Close Encounters of the Third Kind (1977), algo que le impide ver hacia un futuro más realista.

Tras sus elogiadas colaboraciones con Steven Soderbergh, el guionista David Koepp (Mortdecai) retorna a su gusto por saturar sus historias con información que solo obstaculiza el curso de la trama principal, como las ideas místicas del personaje de Eve Hewson o la presencia de un villano secundario interpretado por Henry Lloyd-Hughes. Se entiende que muchos “agujeros de guion” sean “intencionales” para mantener el misterio, pero sí desconcierta la falta de reglas en la tecnología que integra esta imprecisa ciencia ficción, con huidas fáciles en un mundo hipervigilado o esos MacGuffins disfrazados de dispositivos mágicos y protagonistas omnipotentes. Con tantas piezas imperfectas, se nos promete que llegaremos a una emotiva epifanía que nunca llega, finalizando con una representación alienígena más caricaturesca que el mismísimo E. T., el extraterrestre (E.T. the Extra-Terrestrial, 1982).
El Día de la Revelación llega tarde a todas las conversaciones que intenta comenzar, sobredimensionando la reacción de sus personajes con el material leakeado, especialmente cuando la realidad es todavía más cruda.
A grandes rasgos, la producción deja claro qué emociones quiere provocar, pero no sabe cómo estimularlas, ocasionando peligrosas ambigüedades en los significados del contacto extraterrestre. A esto se suma que el montaje no define concretamente el objetivo del filme, el cual se tambalea entre película comercial y una deconstrucción del género que obliga al espectador a llenar los huecos con rebuscadas lecturas, como si el guion estuviera escrito por Alex Garland. Lo extraño de muchas secuencias causa intriga sobre el proceso de escritura y edición de un thriller que está compuesto por preocupaciones políticas y “filosóficas” muy peculiares.
El Día de la Revelación llega tarde a todas las conversaciones que intenta comenzar, sobredimensionando la reacción de sus personajes con el material leakeado, especialmente cuando la realidad es todavía más cruda. Tratándose de un director tan político como Spielberg, el largometraje es un lamento desganado que pretende ser subversivo, pero no incomoda a nadie. Por otro lado, el asunto religioso es una buena aportación, aunque reducirlo al catolicismo fue evadir tramposamente ese lodazal de supersticiones cristianas que fundamenta al conservadurismo estadounidense. Al final, la película parece un compilado de paranoias y conspiraciones que solo preocupan a hombres blancos.
Sin ninguna necesidad, Spielberg realiza un esfuerzo por modernizar su lenguaje cinematográfico, cambiando los homenajes al cine clásico por una versión solemne de Don’t Look Up (2021). Dicho volantazo a su estilo autoral demuestra ingenuidad a la hora de imaginar escenarios hipotéticos que solo son impactantes y verosímiles en la mente del cineasta. Con ecos de The Manchurian Candidate (1962), el director soluciona la intriga como si aún estuviéramos en plena Guerra Fría, sustituyendo a los actuales villanos políticos por el inofensivo cliché de una genérica corporación que opera desde las sombras.

Sin embargo, no todo es negativo en este universo que conserva la esencia del mejor Spielberg, principalmente por todas esas secuencias que nos llevan a olvidar lo malogrado de su trama. Viniendo de un referente en la enseñanza de lenguaje cinematográfico, es valioso que el realizador aún intente romper las reglas asociadas a su filmografía, mostrándonos el lado informal de su registro autoral, algo demostrado con la emotiva visión del “cuento de hadas”, el escape en el tren o esa bizarra persecución con el único propósito de ver a los personajes reflejados en la hoja de un cuchillo.
Actoralmente, Blunt y O’Connor aportan la profundidad dramática que la historia no logra alcanzar por sí sola, ni siquiera con el sobrado tono épico que añade la partitura de John Williams. En realidad, es el histrionismo de los actores lo que da sentido a su mensaje sobre la empatía, el cual se diluye entre tanta ocurrencia visual.
Sería falso decir que El Día de la Revelación no es entretenimiento puro, pero tampoco es justo pasar por alto su mediana calidad al tratarse de un producto creado por quien transformó nuestra manera de imaginar la vida en otras constelaciones. El tratamiento de Spielberg ofrece los mismos vientos de esperanza del pasado, pero con una mirada infantil que no corresponde a un director de su generación, pensando que el mundo se paralizaría con “una verdad” que no daría solución a ninguno de los problemas del planeta.
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