Ready player one: el rey midas y el octavo arte

Para Ernest Cline, guionista de Ready player one (Steven Spielberg, 2018), la película es: “Un homenaje al cine ochentero, principalmente al de Steven Spielberg, Wade está inspirado en la figura de Indiana Jones.” Cline vendió los derechos de su obra homónima en la que está inspirado el filme; para él, recibir la noticia de que el rey midas haría la adaptación fue un sueño cumplido.

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En Ready Player one la literatura, el cine y los videojuegos se encuentran, no necesariamente en ese orden pero siempre en constante influencia uno a otro. La película replica la jornada del héroe mientras se alimenta de la estructura de niveles del videojuego; el OASIS es el anhelo del octavo arte, la idea de ser algo más y de formar parte de una realidad virtual inexistente, pero de la cual estamos muy cerca.

Aquí nuestro análisis:

 

The Post, el filme pro-feminista de Spielberg

Por: Irving Javier Martínez  (@IrvingJavierMtz)

Con All the President’s Men (1976) se definió la fórmula del thriller de escándalo político, modelo que persiste hasta nuestros días (Spotlight es el caso contemporáneo de mayor éxito). Incluso, The Post se asume como una precuela de la obra de Pakula (obviamente lo es) y he ahí el problema: es una película escrita para otro tiempo. Aunque se intenta dar un giro actual (con ese Nixon-Trump amenazando al teléfono), el largometraje no simpatiza con el espectador con iPhone y cuenta de Twitter. No obstante, el filme es una joya más en la filmografía de Steven Spielberg.

Sinopsis: Kay Graham (Meryl Streep, en su mejor interpretación desde Doubt) intenta meter su diario, The Washington Post, en la Bolsa de Valores –para consolidar el “negocio familiar” en un gran corporativo informativo–. A nada de lograrlo, se enfrenta al dilema de publicar información secreta del gobierno sobre Vietnam o mantenerse al margen para no perder su libertad y la empresa. Ben Bradlee (Tom Hanks), editor en jefe del periódico, insiste para obtener la primicia.

El problema con estas películas es que se desarrollan en un mundo utópico de periodismo responsable. Aunque existen pedradas sobre los nexos de los protagonistas con las administraciones de Nixon y Kennedy, la reproducción final del discurso pro-democracia informativa hace inverosímil la vigencia del largometraje. Hoy, esos mismos medios han dejado de lado la convicción de Graham (sobre la “rentabilidad y calidad de la mano”) por mantenerse en el mercado online.

Por otro lado, The Post también nos da una mirada sobre los vicios que llevaron al periodismo convencional a su actual decadencia (no es claro si voluntaria o involuntariamente). Se nos muestra el mundo de Bradlee como una elite prepotente en un reino escalonado. Es decir, lleno de subordinados “ninguneados”. En la escena del “informe en la caja” el redactor es anulado por todos los editores y la cámara hace notoria la minimización del empleado. A discreción, se presenta a Bradlee como egocentrista (principalmente, en las pláticas con su esposa), ensimismado en su “profesionalismo” periodístico.

La caricaturización de los “grandes” hombres del periodismo lleva a una crítica severa pro-feminismo (algo nuevo en el formalismo de Spielberg). En contraste, el retrato de Kay Graham es de gran relevancia, principalmente por la puesta en escena que la coloca en planos rodeada de hombres (el momento de “luz verde al teléfono” es supremo). El periodismo tradicional era inequitativo con las mujeres y el filme intenta resaltar esa idea.

Sin embargo, esa feminidad empoderada se pierde en el formalismo y frialdad del largometraje. The Post repite los clichés de su referente al impostar la complejidad ilegible de Pakula. El filme naufraga durante su primera hora en el abismo de los detalles y sólo encuentra dirección hasta la llegada de la investigación a la casa de Bradlee. Esto se debe a que la película aborda la política norteamericana como un tema universal y no se detiene a contextualizar (la supremacía del occidentalcentrismo).

Estos fallos clasicistas pasan factura al ritmo de la película y han obstaculizado el éxito taquillero de las recientes películas de Spielberg: con excelentes valores de producción pero dirigidas a un público noventero. La hechura añeja se hace evidente en la introducción, cuando Daniel Ellsberg (Matthew Rhys) fotocopia los documentos mientras los lee en voz alta; una contextualización insuficiente e inconexa con el tono verista del largometraje.

The Post sobrevive por su profundidad temática. Los densos diálogos escapan del acartonamiento por el extremo cuidado al detalle psicológico (compatible con el buen manejo de la profundidad de campo en la fotografía). Con este filme, Spielberg demuestra su rigurosidad y talento para crear narrativas de elegante suspenso; lamentablemente, se acerca más al cementerio de los referentes de cajón.

Las cinco mejores películas del Universo Star Wars

Para celebrar el Día de Star Wars, a continuación una recopilación de las cinco mejores películas de la saga creada por George Lucas.

5.  Episodio III: The Revenge of the Sith

Sí, desde el inicio comenzamos con la arena. Para cerrar la infame segunda trilogía, esta película plagada de efectos especiales innecesarios es también la más oscura de todas: la conversión de Anakin Skywalker como el temido Darth Vader, quien funge como corolario de la segunda trilogía. Vale la pena darle un ojo y clavarse con el tercer acto, que responde las dudas que se tienen sobre el Imperio Galáctico y todo lo que acontece con Luke Skywalker.

4. Episodio IV: A New Hope

La primera realizada en 1977, en la que arrancan las aventuras del joven Skywalker. Es una tragicomedia en toda la extensión de la palabra desde su ascenso como héroe; destaca el uso de una narrativa convencional, que fue la fórmula para hacer el Blockbuster más exitoso de todos los tiempos, con Tiburon de Steven Spielberg. La primera en estrenar y en cuestiones cronológicas la cuarta. Imperdible aunque sea como mero trámite.

3. Episodio VI: El Regreso del Jedi

Después de la tragedia acontecida en el corolario pasado, Luke Skywalker tiene que resolver y completar su ciclo para ser el Jedi que derrote a los Siths. Pero en ese camino se enfrenta a situaciones que impiden el regreso a la paz y el orden de la galaxia. Es, además, la despedida de la segunda trilogía en la que se enfrentan a retos más complicados. El punto flojo del filme dirigido por Richard Marquand es la inclusión de los Ewoks. La  última batalla entre Darth Vader y Luke revela diversos puntos.

2.  A Star Wars Story: Rogue One

La más reciente del universo Star Wars fue también una gran película. Muchos tienen duda sobre su lugar, el cual es entre el Episodio III y Episodio IV. La premisa es un grupo reducido de la Alianza Rebelde que obtiene información para robar los planos de la temida estrella de la muerte. Es un filme emocionante y que cuenta con la conjunción de efectos especiales físicos y CGI. Quién ya la haya visto sabrá la emoción que representa, junto con la dosis de nostalgia que trae.

1.  Episodio V: El imperio contraataca

Después de destruir la primera estrella de la muerte, la alianza rebelde en vez de estar fortalecida, se encuentra regada por toda la galaxia. El imperio persiguiéndolos por todos lados y la encomienda de la descendencia de Anakin para formalizar su entrenamiento. Pero las fuerzas imperiales tienen una sorpresa para Luke y sus amigos, por lo que usa los sentimientos para ponerle una trampa y llevarlo al emperador. Noticias sorprendentes y un enfrentamiento que lleva al límite a los protagonistas, sin duda la mejor de las seis primeras películas.

 

Sebastián Ortiz 

Comunicólogo que habla mucho y escribe (mal) sobre cine, música y ciencia ficción.

 

 

 

Kong: La Isla Calavera, bajo las voces de la fanaticada

Por: Rodrigo Garay Ysita

Un anonimato heroico cobija al responsable de este aforismo popular: “Lo peor que le pudo haber pasado a Star Wars son sus fans”. Los argumentos sobran en el último par de entregas de la saga y, sea filósofo o galleta de la suerte al que estamos citando, no estaba menos lejos de una realidad infeliz para las audiencias que somos menos candorosas en lo que a la cultura pop respecta: cuando el fanático dicta los parámetros del contenido, empiezan los ejercicios estériles de complacencia.

Por eso cabe la enorme coincidencia de que, tres años después de que el público fatigó el internet con quejas de que en Godzilla (Gareth Edwards, 2014) casi no salía Godzilla, sus atentos productores estrenaron la segunda entrega del universo cinematográfico ahora conocido como el Legendary MonsterVerse con un King Kong impudoroso, que no deja nada a la imaginación al mostrarse a cuadro a los pocos minutos de iniciada la función estrepitosa. En Kong: La Isla Calavera (Kong: Skull Island, 2017), no hay lugar para sorpresas.

Para compensar esta falta de misterio, que había sido tan atinado al generar atmósfera y expectativa en la película de Edwards, un giro: la nueva versión del gran chango no está situada en el Nueva York de los años treinta, sino en las postrimerías de la Guerra de Vietnam. Ya no es una tragedia de romance o ambición desmedida, sino una incursión selvática en lo maravilloso desconocido: en un remix de Jurassic Park (Steven Spielberg, 1993), Moby Dick (Herman Melville, 1851) y las locas aventuras sesenteras animadas con maestría por el gran Ray Harryhausen —como Mysterious Island (1961) o Jason and the Argonauts (1963)—, el extrovertido Kong se enfrenta con una expedición científica y militar que irrumpe a bombazos en su isla y termina defendiéndolos de una tropa de lagartos gigantes.

La respuesta a la audiencia de Godzilla y el collage de referencias que se acaba de dictar son dos muestras del predominante influjo de fanatismo presente en La Isla Calavera: por un lado, la producción entregada al fan service y, por el otro, un director convencido de que la mejor manera de volver a vincular a un viejo ícono del cine es a través de guiños perfectamente reconocibles a sus películas favoritas. Jordan Vogt-Roberts, en esta su segunda película, cede ante las tentaciones del cliché.

Por ejemplo: en la mentalidad fetichista de un fanático cinéfilo, la manera de representar la invasión estadounidense de Vietnam es siempre a través de un bombardeo rocanrolero insoportable porque, si algo le aprendimos a Francis Ford Coppola en Apocalypse Now (1979) o a Stanley Kubrick en Full Metal Jacket (1987), es que a la Guerra Fría hay que llegarle por Creedence Clearwater Revival, Black Sabbath, David Bowie y Creedence a huevo otra vez. Las secuencias de acción (y de transición) de Kong están marcadas por el ritmo de los videoclips musicales que se suceden uno tras otro, casi sin descanso. Hay que agradecerle también al éxito enorme de Guardians of the Galaxy (James Gunn, 2014), desde luego, por iniciar esta tendencia de convertir a los blockbusters en rocolas de Universal Stereo.

Esta incontinencia radiofónica no es la única parodia involuntaria de Apocalypse Now en la película (como es ya evidente en el bello póster promocional). Toda la iconografía militar; como los ocasos contrastantes, su fijación por el vuelo de los helicópteros o el estereotipo de capataz brutal de Samuel L. Jackson; está hecha de referencias a la obra de Coppola (o, en su defecto, a la de Kubrick) pero, a diferencia de otros plagiadores compulsivos como Quentin Tarantino, la falta de imaginación (o, quizás, la falta de experiencia) de Vogt-Roberts para armar un mosaico de citas resulta en una puesta en escena bastante genérica.

La que no es para nada plana —y qué mejor manera de cerrar esta agresión verborreica que con un aplauso para una de las bondades de Kong, que no son tan pocas como parecen aquí— es una línea argumental que quedó ligeramente eclipsada por los minutos a cuadro que desperdician a Tom Hiddleston y a Brie Larson: la historia de un Robinson Crusoe gordito (el simpático John C. Reilly) que aprendió a quitarse las vestiduras de la milicia para encontrar a un hermano en el enemigo, y que se reincorpora al flujo de la Historia, ahora avanzada treinta años, con la excentricidad que hubiera tenido Robin Williams si le hubieran dado rienda suelta en Jumanji (Joe Johnston, 1995). En lugar de que la empatía se la gane el héroe de acción o la mujer independiente y aventurera, el personaje humorístico es el que carga con la sensatez y la voz más humana de la película (como tantos bufones lo han hecho en la historia de la dramaturgia).

Entonces, a pesar de la caricatura estupidizante de un conflicto bélico y de la nulidad creativa al evidenciar a sus criaturas fantásticas (ambos pecados principalmente formales), Kong: La Isla Calavera se toma el atrevimiento de dejar al rey mono en donde pertenece, en la naturaleza, y entregar una especie de mensaje ecologista y antibélico sumergido en balazos y trepidantes secuencias de acción. Y aunque está vestida de parafernalia de segunda mano, la aventura posmoderna tiene buenas intenciones, quizás también contagiadas por el entusiasmo esencial del aficionado: un atributo que ni el más amargado de nosotros debería de reclamarle a nadie.

Trailer:

Ficha técnica

Dirección: Jordan Vogt-Roberts

Guión: Dan Gilroy, Max Borenstein, Derek Connolly; basado en una historia de John Gatins

Producción: Alex Garcia, Jon Jashni, Mary Parent, Thomas Tull

Reparto: Tom Hiddleston, Brie Larson, Samuel L. Jackson, John C. Reilly, John Goodman, Corey Hawkins

Dirección de fotografía: Larry Fong

Edición: Richard Pearson

Música: Henry Jackman

País: Estados Unidos

Año: 2017

La lista de Schindler: quien salva una vida, salva al mundo entero

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Por: Leslie Valle

Septiembre de 1939: el Partido Nacionalsocialista invade Polonia. Judíos son asesinados a diestra y siniestra. Los sobrevivientes son internados en guetos o enviados a los campos de concentración donde realizan trabajos forzados.

En tal situación el empresario alemán Oskar Schindler (Liam Neeson) ve la ocasión perfecta para cumplir su sueño: prosperar económicamente; por ello se inmiscuye en las fiestas y asuntos del Partido Nazi —del cual es miembro—. Esto le permite crear una fábrica de artículos para cocina;  todo con la ayuda de un contable judío Itzhak Stern (Ben Kingsley), quien se convierte en el verdadero encargado del negocio. ¿La mano de obra? Ningún problema: toda proveniente de judíos polacos del gueto de Cracovia, la cual era la forma más barata y sencilla de conseguir trabajadores. De algo debían servir los contactos en las SS, ¿no?

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Poco a poco, lo que comienza como la oportunidad lucrativa perfecta, se transforma en todo lo contrario, ya que el corazón de Schindler se conmueve y no le importa quedarse en la ruina y arriesgar su futuro con tal de salvar alrededor de mil 100 judíos de manos del despiadado Amon Goeth (Ralph Fiennes) de ser enviados a Auschwitz —donde les esperaba un destino terrible—.

Basada en hechos reales, La lista de Schindler (Steven Spielberg, 1993) destaca de entre todas las de su tipo. Y es que, en un mundo plagado de películas sobre el Holocausto y la Segunda Guerra Mundial, ¿qué tiene ésta que la hace tan especial? Sencillo, la pulcritud con que se llevó a cabo: es una obra donde, en más de tres horas, nada sobra ni está de más (no por nada la Academia la honró con siete premios).

Dentro de los elementos más destacables de la cinta se encuentran el sonido y la fotografía:

La banda sonora (a cargo de John Williams) traslada y conmueve. No se trata ya sólo de las imágenes en pantalla, la música desgarra por sí misma y toma el lugar de un profundo lamento, materializando el dolor, hiriendo profundamente.

Por su parte, la fotografía (bajo la dirección de Janusz Kaminski) con los diversos planos utilizados, permite observar la situación tanto desde afuera como desde adentro, la diferencia en las tomas muestra cómo vivían pero también cómo se sentían todos los implicados. Además la utilización del blanco y negro, junto con los títulos indicando fechas y ubicaciones dan la impresión de que, por momentos, se trata de un verdadero documental.

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En este apartado destaca la utilización del color, y es que aunque la película está completamente rodada en blanco y negro existe un elemento a color en la escena del desalojo del gueto de Cracovia: una niña pequeña vestida con un abrigo rojo se pasea entre la furia de los miembros de las SS y los montones de muertos y judíos asustados; de esta forma, junto al personaje principal, el espectador se conmueve y la realidad le golpea la cara y sacude la conciencia. No podemos hacer otra cosa: quedamos prendados a ese abrigo que, posteriormente, se reconoce entre una montaña de cadáveres. Ese tinte rojo se convierte en el parteaguas de la historia, es lo que marca el antes y el después del proceder de Oskar Schindler: muestra que aun en las peores situaciones se esconden vestigios de humanidad.

El filme cierra con broche de oro: con un epílogo que muestra cómo Schindler y su lista con los nombres de 1100 judíos permitieron la vida de muchísimas generaciones; enfatizando que “quien salva una vida, salva al mundo entero”.

Trailer:

Ficha técnica

Dirección: Steven Spielberg.

Guión: Steven Zaillian.

Reparto: Liam Neeson, Ben Kingsley, Ralph Fiennes, Caroline Goodall, Jonathan Sagall,        Embeth Davidtz.

Música: John Williams.

Fotografía: Janusz Kaminski.

Año: 1993.

 

El buen amigo gigante: El tedio de dos cabezas

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Por: Rodrigo Garay Ysita

Ecos de Khalil Gibran llegaron, como por capricho arbitrario de las musas de los literatos, a las páginas de una novela de Roald Dahl. Así como John Lennon tomó prestada la frase del libanés para abrir su emotiva Julia (1968), el escritor galés favorito de la fijación hipster por los libros infantiles transformó el “Half of what I say is meaningless…” de Gibran en una de las citas más memorables de The BFG (1982): “What I mean and what I say is two different things”, o, en mexicano, “lo que quiero decir y lo que digo es dos cosas diferentes”.

La contradicción del gigante amistoso, parte del desastre lingüístico que lo hace tan simpático, es curiosamente compartida por el gigante del cine espectacular Steven Spielberg, que, en términos menos agradables que los de su protagonista animado, quiso decir y dijo dos cosas distintas a la hora de adaptar la novela en El buen amigo gigante (The BFG, 2016).

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Sin afanes adivinatorios ni presunciones irrespetuosas del talento artesanal de Spielberg, que quien esto escribe no es vocero ni traductor de nadie, es seguro apuntar que lo que el director quiso decir está apegado al relato original, hecho y derecho, de Roald Dahl. La historia de una huérfana medio excéntrica secuestrada por un gigante bonachón que, luego de superar su cobardía y poner a sus enemigos en su lugar, le cambia la vida a la niña como en un cuento de hadas.

La diferencia entre cualquier historia de princesas y la de la pequeña Sophie es que en El buen amigo gigante no hay mucho conflicto verdadero. A pesar de la amenaza que representan los otros gigantes de Giant Country—más grandes, estúpidos y carnívoros que el titular—, la aventura de la insoportable Ruby Barnhill (otro caso ejemplar de los peligros de trabajar con niños en el cine) y el monstruo atrapasueños nunca toca fondo, y el guion de Melissa Mathison tiene que recurrir a separar a los protagonistas mediante una despedida más forzada que la de las peores comedias románticas de Hollywood, resuelta tan veloz e incoherentemente como llegó.

Podría aclararse, sin embargo, que esa vaguedad narrativa viene de la novela misma y que, si The BFG ha sobrevivido al paso de los años, es en parte gracias al prestigio de su creador. Lo que en realidad la hace memorable son aquellas curiosidades accesorias, como el vocabulario quimérico del gigante, sus orejotas, sus repugnantes snozzcumbers y sus tragos de frobscottle, su trabajo como repartidor y catalogador de sueños. En resumen, el encanto de su interpretación depende casi completamente de la forma.153859

Ahí es donde la contradicción Spielberg-Dahl se siente más fuertemente, ya que parece que en El buen amigo gigante hay dos películas. O hasta más. Una de ellas con la estética de E.T., el extraterrestre (E. T. the Extra-Terrestrial, 1982): la cara asomada entre las cobijas del alien, la cara asomada entre las cobijas de Sophie. El retrato de la niñez medio abandonada y la atención excesiva a la actuación de la joven Barnhill, que como ya ha sido mordazmente señalado, brinda una experiencia tan entretenida como compartir hora y media con ese sobrino rarito que lo único que quiere es llamar la atención.

Por otro lado, la película animada con el brillo y el dinamismo de Las aventuras de Tintín – El secreto del Unicornio (The Adventures of Tintin, Steven Spielberg, 2011), lucidora del mejor motion capture de la industria a través de secuencias tan creativas como el escape sigiloso del BFG entre las sombras, en donde Mark Rylance es el jugador más valioso. La imagen fascinante del País de los Sueños, o del abusador Fleshlumpeater irrumpiendo en casa ajena (igualmente grandiosa actuación de Jemaine Clement), está tristemente manchada por la presencia humana que, contrastando con el resto de la puesta a computadora, deshace años de avance tecnológico para regresarnos a los collages inverosímiles de ¿Quién engañó a Roger Rabbit? (Who Framed Roger Rabbit, Robert Zemeckis, 1988) y Space Jam: El juego del siglo (Space Jam, Joe Pytka, 1996).

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La irregularidad visual terminó por robarle a El buen amigo gigante lo que generalmente hace especiales a las historias de Roald Dahl y la confinó a la mediocridad creativa de los remakes que brotan como yerba en la cartelera comercial. El carácter fantasmagórico y casi funeral de Giant Country fue mejor ilustrado por la primera adaptación al cine de The BFG, de Brian Cosgrove (1989), en donde la animación acartonada y fría, con paisajes desolados y gigantes monstruosos, está más cercana al “yellow wasteland” del texto de Dahl que los paisajes genéricos y sobresaturados de Spielberg (que recuerdan, más bien, a la otra adaptación desalmada que Sam Raimi hizo en Oz, el poderoso [Oz the Great and Powerful, 2013]).

Si el lector se encuentra valeroso (o tiene estupefacientes a la mano), estará mejor acompañado de la extrañeza de esa primera versión de El buen amigo gigante. Aunque es igual de aburrida que esta nueva entrega, es al menos una fuente concisa de humor involuntario.

Trailer:

Ficha técnica

Dirección: Steven Spielberg.

Guión: Melissa Mathison.

Producción: Frank Marshall, Sam Mercer, Steven Spielberg.

Edición: Michael Kahn.

Dirección de fotografía: Janusz Kaminski.

Reparto: Mark Rylance, Ruby Barnhill, Penelope Wilton, Jemaine Clement, Rebecca Hall, Rafe Spall.

Diseño de producción: Rick Carter, Robert Stromberg