Crítica de ‘Desprecio’: deslumbrante como melodrama, pero exagerada en su estética
A golpe de preciosismo visual, Desprecio es un melodrama que camina por vías no convencionales, dándole al género un peso existencial.
Catherine Ravenscroft (Cate Blanchett) recibe un libro con demasiados paralelismos entre la ficción y un viaje a Italia que realizó hace muchos años. El remitente y autor del incómodo regalo resulta ser Stephen Brigstocke (Kevin Kline), el padre del joven fotógrafo con quien ella tuvo un romance aquel verano y cuya muerte podría ser su responsabilidad.
Es posible que la fría recepción de la miniserie Desprecio (Disclaimer) se deba al uso de demasiados recursos demodé del cine dosmilero que creíamos superados, como narradores explicando las emociones (sin mucho margen para la subjetividad) o el drama íntimo sobredimensionado, con una cinematografía estilizando las salidas al supermercado con la misma ampulosidad de un viaje al espacio exterior.
El estilo metatextual de Las Horas (The Hours, 2002) o El ladrón de orquídeas (Adaptation, 2002) —filmes a la baja en popularidad— tiene un segundo aire en Desprecio (escrita y dirigida íntegramente por Alfonso Cuarón), la cual explota el barroquismo audiovisual para subrayar lo trascendental de la ficción, pretendiendo replicar la profundidad discursiva del arte literario mediante imágenes. Sin embargo, llevar el formato de “gran novela” al cine no ha dado buenos resultados durante los últimos años, básicamente porque se traduce a convertir lo sublime del papel en una suma de vacíos narrativos que podrían haberse suprimido para perfeccionar el ritmo de la trama.
No obstante, aunque las formas son exageradas (contratar a Delbonnel y Lubezki tal vez fue demasiado ambicioso para este proyecto), la serie logra causar el mismo efecto de desconfianza que provoca la novela Observada (Salamandra) de Renée Knight; especialmente en los últimos tres episodios, cuando el suspense se vuelve más convencional y la venganza de Stephen Brigstocke (Kevin Kline) se torna visceral. Quizás lo único cuestionable en la visión de Cuarón sea lo formal en “las versiones” del viaje a Italia, evitando la confusión o sospecha del espectador hasta muy avanzada la trama.

Si bien la voz en off parece un exceso durante los primeros capítulos, al final termina siendo un elemento que da a la historia un plano metafísico interesante. Dejando de lado los testimonios en primera y segunda persona, la voz de Indira Varma se vuelve en un testigo omnipresente de los hechos —al estilo de Secretos Íntimos (Little Children, 2006) y su narración con Will Lyman— que parece describir obviedades, pero remarca un problema sobrevolando en el aire: la dolorosa soledad de los personajes, interiorizando pensamientos de formas tan tóxicas que terminan transformándose en irracionales odios y vergüenzas.
El rencor de Stephen (Kline) nace de unas fotos sin contexto y el descuido de una madre, solamente. Incluso si la versión del libro fuera verdadera, la prejuiciosa opinión de los lectores sobre Catherine Ravenscroft como “una mujer desagradable” es bastante desproporcionada, pues la miniserie cuestiona la persistencia de sesgos misóginos a la hora de juzgar las acciones de personajes femeninos en la ficción.
En la misma línea de Anatomía de una caída (Anatomie d’une chute, 2023), aunque menos ambigua, la adaptación de Cuarón subraya los prejuicios e imposiciones morales sobre los roles que las mujeres desempeñan en el ámbito social, laboral y familiar, siendo cualquier variación mínima a la norma motivo de un inexorable ostracismo, sin lugar para la duda razonable.
Así mismo, la muerte moral se convierte en el verdadero escenario trágico para los protagonistas de Desprecio, desorientados por el miedo a descubrir o aceptar “zonas oscuras” en la personalidad de sus seres amados. La venganza de Stephen, los celos de Robert Ravenscroft (Sacha Baron Cohen) y el amor maternal no correspondido de Catherine son alimentados por la negación a reconocer dolorosas verdades. Curar las heridas dejadas por la tragedia sólo es posible rompiendo todos los lazos con el pasado y comenzar desde cero.
La muerte moral se convierte en el verdadero escenario trágico para los protagonistas de Desprecio.
Resultado de una larga filmación (febrero de 2022 a abril de 2023), el elenco tuvo la oportunidad de dar hipercomplejidad a dichos arcos dramáticos, alcanzando una fuerza melodramática que supera las aspiraciones estéticas de la producción. El manierismo de los actores (principalmente Blanchett y Kline) potencializa lo patético de los personajes, esencial para hacer verosímil el destructivo viaje hacia la verdad.

Ya sea el primer hogar de Catherine, la descuidada casa de los Brigstocke o el inmundo apartamento donde Nicholas Ravenscroft (Kodi Smit-McPhee) se deja llevar por las drogas, cada personaje se refugia en las ruinas del lugar donde alguna vez fueron felices; golpes de crudeza dramática más trascendentales que los apantallantes encuadres, las variaciones de fotografía o la intensa banda sonora compuesta por Finneas O’Connell.
El estilo relamido de Desprecio no es nuevo en la carrera de Cuarón, pues Grandes Esperanzas (Great Expectations, 1998) ya tenía ese aspecto de embellecido desencanto, donde lo decadente se vuelve un aspecto central en todos los departamentos artísticos. Lamentablemente, la rebuscada cinematografía (con ecos del Terrence Malick del siglo XXI) no explota la descomposición de los espacios físicos como extensiones de las devastadas mentes de sus habitantes.
Como todos los proyectos personales en la carrera de Alfonso Cuarón, Disclaimer es otra producción con mucha banalidad condescendiente que no llega a ningún punto discursivo relevante. Aunque también es notable la osadía de llevar el melodrama por vías no convencionales, dándole al género un peso existencial, cocinado a fuego lento y a golpe de preciosismo visual. En resumen, una propuesta que seduce, pero demasiado naif para arder de la forma salvaje que prometía.
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Agradezco mucho su punto de vista porque en mi ignorancia de las formas, no podía explicar el fondo de por qué no terminó por gustarme, «tanto para dar y tan poco transmitido».