La primera profecía: impía historia de origen a la altura de los clásicos de horror
Por: Fernando Lucio Escalera
Revivir el universo de una de las películas de género más famosas de la historia no es tarea fácil. El reto es aún mayor cuando el proyecto será tu ópera prima en la dirección, pero se favorece por el hecho de abordar acontecimientos primigenios que ni la novela en la que está inspirada ni la primera película ahondan. Ni David Seltzer, autor del libro, ni Richard Donner, director del legendario filme homónimo (ambos trabajos de 1976) se tomaron la molestia de decir mucho más allá de lo necesario para atraparnos en el horror: “His mother was a jackal!!”.
Así debuta la directora norteamericana Arkasha Stevenson, con una precuela que ha cumplido con las expectativas de los fanáticos de la saga original (sobre todo de las dos primeras entregas) en el marco del terror religioso que ha llegado a las pantallas de cine en la última década; La bruja (Robert Eggers, 2015), Saint Maud (Rose Glass, 2019) o la —aunque un tanto mediocre— Inmaculada (2024), por mencionar algunas… por supuesto que tú no, El exorcista: creyentes (David Gordon Green, 2023).
La primera profecía (2024) nos lleva a la Roma de 1971, a inicios de los llamados ‘años de plomo’ de 1969 hasta finales de la década de los 80, en los que el movimiento estudiantil pedía más justicia social y menos autoritarismo, sumándose después las reivindicaciones obreras; un contexto propicio para el caos y la pérdida de la fe. En este entorno —meses previos a los hechos que narra la película original de Richard Donner— es donde la historia comienza a desenredar los hilos sobre el origen y motivaciones de altos mandos de la jerarquía católica para recuperar la fe de las personas, a costa de lo que sea.
Es entonces que Margaret —nuestra brillante protagonista, interpretada por Nell Tiger Free, a quien ya hemos visto en Game of Thrones (2011-2019) y Servant (2019-2023)— llega a un convento para tomar sus votos, no muy convencida. Ahí comienza a interactuar con las pequeñas niñas a quienes esta institución católica recibe y procura, así como con las monjas. Una serie de situaciones grotescas coinciden con su llegada: el suicidio de una de las hermanas, visiones espectrales durante la noche, el trato injusto para con una de las niñas huérfanas y partos violentos que parecen traer al mundo a criaturas demoníacas, más que a bebés inocentes.
El diablo anda suelto y Stevenson nos lo deja saber en los detalles y secuencias, a través de las que se acelera poco a poco el ritmo de la película. La dirección de fotografía de Aaron Morton —con tomas cenitales sobre la ciudad de Roma, close ups a rostros desencajados por el dolor de dar a luz o siniestros ante la locura— se complementa con el inquietante y característico trabajo musical de quien también le dio vida sonora, oscura y perversa a la ya mencionada La bruja, Mark Korven, con un coro de 35 personas y una orquesta de cuerdas… todo en una mezcla disonante y escalofriante. Gracias a esto tenemos momentos como la oscura y diabólica secuencia del nacimiento, con esa oda satánica por excelencia resucitada de forma magistral por Korven: Ave Satani, de la mente del inigualable Jerry Goldsmith, a la cual considero la banda sonora más aterradora, más perfecta y más pavorosa que existe en la historia del cine de terror. Toda mi piel se erizó cuando retumbó en la sala de cine.
Es así como la propuesta de Stevenson y la coguionista Keith Thomas llega como resurgimiento del terror religioso que abre la puerta a historias que ponen como núcleo la fe y el fanatismo, lo cual generalmente es una combinación mortal en la vida real (Jonestwon y la secta del Templo del Pueblo, por poner sólo un ejemplo), así como a temas de relevancia social y a “miedos en común”, como lo dice la misma directora, “de cuando existe la desconfianza en las instituciones y en la autoridad”, y de qué manera las generaciones más jóvenes se enfrentan a ello. Por otra parte, la maternidad, toma forma de body horror. Tenemos a un cuerpo cambiante, invadido y que sirve como simple recipiente para una criatura no deseada; para una finalidad maligna, desconocida e impuesta en la madre.

La película da pie a la revalorización de los clásicos del género, que mucho tienen que ver con religión y sectas. El bebé de Rosemary (Roman Polanski, 1968), El exorcista (William Friedkin, 1973), La primera profecía (Richard Donner, 1976) y la contemporánea de esta trinidad diabólica, la mexicana Alucarda, la hija de las tinieblas (Juan López Moctezuma, 1977), que también se desarrolla en un convento sacado de las pinceladas más retorcidas de Beksiński. Incluso mencionaría —sin temor a estar de más— a la brutal The Devils (Ken Russell, 1971), la cual va muy de la mano con la temática fanática religiosa y las atrocidades que ello conlleva.
En definitiva, Stevenson le da raíz y aire fresco a una historia que no sabíamos que seguíamos necesitando, pero también La primera profecía es un grandioso homenaje al cine de terror, al trabajo de Donner (a quien Arkasha Stevenson respeta y honra de manera oscura y efectiva), con esas muertes impactantes que incluyen otro salto al vacío con una cuerda al cuello y otro auto contra un cuerpo indefenso, con un uso exactamente medido de CGI y la recreación perfecta de esa atmósfera inquietante y sobrenatural de las primeras entregas de la saga; a su vez, la película funciona como prólogo perfecto para adentrarse de lleno en el universo iniciado por David Seltzer y que posiblemente se expanda en un futuro no muy lejano. Un híbrido hereje entre la mencionada El bebé de Rosemary y Posesión (Andrzej Żuławski, 1981), retorcida, visceral, temible —con anécdotas sobrenaturales ya incluidas—, y teniendo al Diablo como ominoso protagonista.
Crítica realizada en el Taller de crítica y ensayo, impartido por ZoomF7
La primera profecía está en Disney+
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