Dune 2: una película enteramente transparente
Dune 2 es una digna sucesora de su primera entrega; los detalles visuales y sus simbolismos están tan bien logrados que resulta doloroso que el director entorpezca el devenir de su ritmo en explicaciones que por momento se sienten innecesarias.
Tres años después del estreno de la primera parte de la adaptación de Dune, Denis Villeneuve retoma la historia de los Atreides y la pelea por el control de la especia, la búsqueda de la venganza por la ruptura de la familia y el camino iniciático de Paul hacia su destino mesiánico como el Muad’Dib. Tras el asesinato y traición que sufren los Atreides en la primera parte de la saga, Paul Atreides, junto a Lady Jessica, se unen a los Fremen, quienes se dividen entre aceptarlo o no como el Muad’Dib, el elegido que ha de llevarlos a su “tierra” prometida. Sin embargo, el único objetivo de este es vengar el asesinato de los suyos y recobrar la administración de Arrakis, lugar que cayó en manos de los Harkonnen.
Por momentos, la solemnidad de Dune 2 recuerda al cine de Hollywood de los 50, específicamente a filmes como Ben-Hur (William Wyler, 1959), con un gusto por la magnanimidad técnica, aspecto que rebasa al resto de las característica de la película, que termina por no complicarse con tramas ni personajes complejos; se limita a llegar del punto A al punto B, haciendo de los momentos de acción —en esta segunda entrega más constantes que en la primera— la parte más destacada. Batallas épicas que para propios y extraños hacen pensar en la trilogía de El Señor de los Anillos, de Peter Jackson, otra adaptación de la literatura que muchos consideraban inadaptable, y dejan de manifiesto una vez más el alcance artístico de Villeneuve en la construcción de esta trilogía.
No es la primera vez que esto sucede con el cine post-pandémico. Tanto Top Gun: Maverick (2022) como Avatar 2 (2022) o incluso la más reciente película de Christopher Nolan, Oppenheimer (2023) han recurrido a su destreza técnica como un argumento para hacer volver a las audiencias a las salas de cine. Esto convence de emprender la búsqueda de la sala con el formato idóneo, propone amar el soporte sobre la creación, para lo cual Dune 2 funciona a la perfección. Su manufactura no es poca cosa, fruto de una carrera exitosa y bien establecida por su director. Las grandes secuencias bélicas, el cambio de blanco y negro a color para delimitar castas, así como ejes morales de sus personajes, crean en el espectador un sentido de lo épico que se alimenta con una banda sonora excelentemente pensada y ejecutada.
Más allá de eso, Dune 2 deja poco espacio a cuestionamientos, es decir, cuando aparenta vislumbrar una suerte de duda, la explica: el significado de los nombres, los simbolismos, el paralelismo entre los Atreides y la cultura ibérica (como de los Fremen con la árabe) son algunos ejemplos. En ese sentido, la película es enteramente transparente, pero no sólo eso, sino que limita la interpretación de los bandos al establecer que los buenos son buenos y los malos son malos. Lo dicho no es nuevo; Villeneuve emula lo de su primera parte, en la cual la explicación funciona, pues sirve como prefacio y asentamiento de las bases del universo de Frank Herbert, sin embargo, en Dune 2 se cae en la reiteración, que entorpece el fluir de los sucesos y la trama. La contemplación de los usos y costumbres fremen, más que insinuarse, se esclarecen como si el espectador no tuviera la capacidad de decodificar lo que no se verbaliza en la pantalla.

Por otra parte, uno de los grandes aciertos del largometraje reposa en el terreno de la interpretación actoral. En las actuaciones protagónicas de Zendaya y Timothée Chalamet recae el peso de la trama, al ser quienes mantienen la tensión dramática y encuentran su respuesta ya sea en el antagonismo de Butler o su remate en los diálogos de Bardem.
Los temas de la primera entrega parecen repetirse en la segunda: ecología, manejo desigual de recursos, despojo de tierras, colonialismo… todo ello trasplantado de la mitología de Herbert de manera cuidadosa y muy bien lograda. Al igual que en la primera película llaman la atención aquellos detalles que buscan ser un símil con la sociedad de la obra, en la cual la lucha por la especia es la lucha por el petróleo. En este sentido, si los Fremen fungen como una una referencia a la cultura árabe, ¿podemos entender a los Atreides como una referencia a la cultura española? Esto daría cabida a lecturas relacionadas con las amplias referencias a la tauromaquia, ya presentes en la primera cinta y que, según se entiende, se encuentran también en la obra literaria. Desde la forma en que son domados los gusanos del desierto, donde quien los monta recrea el tercio de banderillas, los duelos en las dunas (que son una arena literal), como el perpetrado por los Harkonnen, así como la batalla final entre Paul y Feyd-Rautha, que rememora al tercer tercio de una corrida de toros y donde Paul utiliza lo que queda de fuerza tras una estocada no certera para matar a quien intentó matarlo.
Dicho lo cual, es importante pensar a Dune 2 como una digna sucesora de su primera entrega; los detalles visuales y sus simbolismos están tan bien logrados que resulta doloroso que el director confíe tan poco en su público y entorpezca el devenir de su ritmo en explicaciones que por momento se sienten innecesarias. Ahora que la película se encuentra en streaming habrá que ver si logra sortear la barrera del formato y es igual de impresionante como resultó serlo en su proyección en IMAX o, si por el contrario, se trata de un artificio cuya grandeza reposa únicamente en su proeza técnica. Sin duda Dune 2 se encamina a ser un cine por y para sus fans, quienes han encontrado en la adaptación de Villeneuve una versión satisfactoria a lo que imaginaron al leer las épicas novelas del escritor estadounidense.
Dune 2 está disponible en Max y Claro Video
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