Nosotros: entre lo primitivo y lo racional

Dentro de los relatos escritos por el autor estadounidense Edgar Allan Poe y con los cuales aterrorizó a gran parte de la población mundial- y lo sigue haciendo- existe uno en concreto que no puedo dejar de recordar cada vez que se habla del creador de El corazón delator (1843).

Se trata de un cuento corto sobre un hombre cuya identidad esconde bajo el seudónimo de William Wilson. Durante el relato nos cuenta que gran parte de su vida estuvo en constante lucha con el fin de destacar por encima de su mayor rival; un sujeto idéntico a nuestro narrador, con quien compartía los mismos rasgos genéticos sin tener ningún lazo parental. La única diferencia palpable entre ambos personajes es que el Wilson intruso fue alguien de valores bien aterrizados, mientras que el protagonista, digamos que no conocía los límites de la moral.

En esta historia, que recomendaría ampliamente, se puede leer entre líneas que Allan Poe habla sobre el eterno enfrentamiento con nuestra consciencia, cuya existencia negamos, o reprimimos mejor dicho, en determinadas ocasiones en las que domina ese ser primitivo por encima de la racionalidad o viceversa, y cuya voz se manifiesta en contra apenas como un susurro, como el del falso (o tal vez no tanto) William Wilson.

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Mucho de este relato se encuentra en Nosotros (2019), el más reciente largometraje del director Jordan Peele. Autor que encontró en las películas de género el canal predilecto para abordar los conflictos que aquejan a la sociedad actual americana, desarrollando en sus historias una trama entretenida con la balanza ente los elementos cómico-terroríficos que resultaron en su primer Oscar gracias a su cinta ¡Huye! (2017).

En esta ocasión, el también productor se aleja de los conflictos raciales y desciende al campo de las historias Dooplengänger. Temática utilizada durante siglos, tanto por escritores como cineastas, ofreciendo en cada entrega diferentes usos simbólicos; desde un augurio de la inevitable muerte hasta reconocer el lado más oscuro del ser humano a través de su parte “malvada”. Nosotros parte de la segunda idea.

Una familia afroamericana llega a una casa de verano para descansar durante las vacaciones, alejados de la vida citadina. Durante una noche, los Wilson son sometidos por un grupo de delincuentes en su propio hogar (sí, es una referencia a Michael Haneke).

Conforme la secuencia avanza, descubrimos junto a los protagonistas que los perpetuadores de tales actos no son más que ellos mismos, la única diferencia es la vestimenta roja y los guantes con los que sostienen unas enormes tijeras, las cuales pretender ser el instrumento para asesinarlos.

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Lo que al principio nos dicta esta cinta llena de referencias a cineastas como Hitchcock, Steven Spielberg, Joel Shumacher, entre muchos otros, es la clásica trama del hermano gemelo “malvado” contra el “bueno”, sin embargo, pronto nos vamos dando cuenta que el enfrentamiento va más allá de un idea tan abstracto como la oscuridad y la luz. Es más una cuestión psicológica, concepto utilizado por Dostoyevski en su novela El doble (1846) o por Freud para explicar su teoría del psicoanálisis.

Los dobles de la familia Wilson pueden ser, entre muchas de las interpretaciones que el público le ha dado a la película,  la parte más primitiva del ser humano, la que vive en constante lucha con la parte racional de nosotros mismos y que nos hace diferentes a los animales.

Y aunque Nosotros es una obra menor en comparación al primer largometraje de Peele, debido en parte a las inconsistencias del guion; los diálogos innecesariamente explicativos; la trama predecible desde los primeros minutos y la comedia por momentos excesiva, la obra no debe ser menospreciada. En años recientes las propuestas al cine de terror han traído cineastas como Ari Aster o el debut a este campo de Luca Guadadgnino, personajes que aportan su visión a este amplio género.

En 2019 el universo de El Conjuro sigue activo, y cada vez más decadente que el año anterior. Por eso resulta agradable conocer el punto de vista de diferentes creadores como Jordan Peele, que no se conforman con una historia dedicada plena y exclusivamente a asustarte por medio del jumpscare.

Jordan Peele nos muestra en Nosotros– y a nosotros, sin mayúscula- que aunque luchemos por reprimir nuestra parte más “salvaje” y la encerremos como a los conejos de esta narración, en algún punto nos veremos frente a frente con ello o ellos. Como bien lo dicta el falso William Wilson en su relato: “en mi existías, y observa esta imagen, que es la tuya, porque al matarme te has asesinado a ti mismo”.

Diana Mendoza 

Editora audiovisual del Museo de Antropología y admiradora del séptimo arte.

Belzebuth: el demonio en cámara

¿Qué se puede decir del cine mexicano de horror? Realmente muy poco. Recientemente se le ha valorado más a Carlos Enrique Taboada por su filmografía que posee un particular encanto -algo formulaico-, además de ser apreciado por el público. El libro de piedra (1969) -personalmente, creo que es la película más escalofriante del cine nacional-, Más negro que la noche (1975) y Veneno para las hadas (1984) son los referentes mexicanos dentro del género. Siendo muy espléndido, Kilómetro 31 (2006) por ser la última que causara revuelo… y párale de contar.

A pesar de que esta categoría está decadente en todo el mundo, no deja de ser atendida por los creadores nacionales -aunque con cada vez menos intentos-, pero casi siempre fracasando por falta de creatividad narrativa aderezada con motivos presupuestales. Hace mucho que no llega algo rescatable.

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Emilio Portes, creador cercano pero no inserto a las dicotomías religiosas con su Pastorela (2011), decidió intentar con Belzebuth, proyecto que tardó tres años en concretarse. La historia versa alrededor de Emmanuel Ritter (Joaquín Cosío, viejo conocido de Portes), un agente policiaco que debe investigar una serie de crímenes contra niños que le recordarán la trágica muerte de su hijo en un despiadado asesinato aparentemente inmotivado y, hasta entonces, inexplicable.

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Al tratarse de un desarrollo que involucra investigaciones, la trama combina con suficiente provecho el cine policiaco con el subgénero de posesiones demoníacas al no perder el hilo conductor primario, la resolución de los siniestros, sin dejar de lado el aspecto paranormal. Con el pasar de los minutos ambas corrientes se juntan cada vez más hasta el punto climático que involucra una secuencia de posesión que refleja cierta escasez presupuestal por la apariencia del ente, pero es adecuadamente sostenida por el cuadro escénico general como para no ser cómica. De hecho, hay numerosas escenas que involucran efectos visuales sorprendentes para el estándar de una producción mexicana.

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En la construcción del protagonista vemos a un polizonte endurecido por la crueldad que la vida -y otras entidades- tuvieron con él, supuestamente escéptico con las pendejadas de fantasmas y la magia; pero, destaca el sentimiento de culpa no sólo por la muerte de su hijo que no pudo evitar, sino por su esposa fallecida a causa de un suicidio apoyado por su constante ausencia al no querer enfrentar el duelo con ella, el cual es reflejado en su comportamiento y expresado en momentos clave con flashbacks montados precisamente. La desolación que se enfrenta con la dureza propia de su oficio. Vaya, no es ninguna maravilla dentro del subgénero, pero aún para los mínimos hay que reconocer las virtudes.

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Ahora bien, lo más interesante de la película es el compromiso que tiene para con su propio argumento y el universo que construye alrededor de él. Veamos -y tratando de no adelantar nada-: una pareja de agentes, uno crédulo y el otro dudoso sobre lo paranormal, con cierta esencia del estereotípico policia mexicano corrupto y bravucón, deben resolver una serie de asesinatos contra niños y son apoyados por el tímido gringo especialista en fenómenos paranormales con formación eclesiástica (sí, el gringo es el segundón y eso también es de apreciarse) para descubrir que hay un cura excomulgado por “satánico” que posiblemente es la mente maestra, y todo el asunto podría tener implicaciones gigantescas para la humanidad. Sin lugar a dudas, es una trama sumamente inventiva y hasta viajada, y ahí está el encanto. Estas son licencias creativas que el canon nacional no suele otorgarse y que, aparte, no suele apoyar con su propia adjetivación en pantalla. No importa qué tan extraño sea todo, el filme lo sustenta con su libreto, el trabajo actoral -un amplio rango de Cosío y aceptable labor del resto del elenco- y la realización con un notable diseño de producción y sonoro para crear atmósferas posiblemente inquietantes para buena parte del público.

Es decir, Belzebuth es una obra de género con todas las letras. Salvo el desenlace donde sí se dispara el cliché como programa paranormal de televisión y de las convenciones genéricas, es una película consciente de su relato y que toma muchos riesgos aceptables, elaborada con gran decencia y con numerosos puntos altos. Planteando una analogía, éste es un vídeo de apariciones o demonios donde sí se ve algo, y eso ha sido filmado con notoria competencia.

Mauricio Hernández

(R) egresado de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Colaborador en la Revista Encuadres. 

La posesión de Verónica y el regreso de Paco Plaza

El cine de terror español siempre ha ofrecido cintas de calidad cada tres o cuatro años, y de Paco Plaza (director y escritor de REC) la mayoría de veces se puede esperar algo arriesgado o interesante. Tal es el caso de La posesión de Verónica (2017), donde abandona su estilo habitual para ofrecernos una experiencia más cinematográfica del terror. La película, basada en un caso no resuelto de los años noventa, se distingue por una historia bien construida y técnicamente impecable; lo suficiente potente como para hipnotizar al espectador.

La narrativa se centra en Verónica (Sandra Escacena), una adolescente española del barrio de Vallecas en Madrid que sufre el clásico hecho de la posesión y que inclusive fue noticia de la época. No obstante, el personaje no sólo enfrenta los embates del diablo, sino que por momentos sufre de la antipatía de sus compañeras de escuela y de una difícil relación con su madre y hermanos menores.

Plaza nos ofrece su propia versión de los hechos en donde Verónica, después de una sesión de espiritismo con sus compañeras, se ve oprimida por una rara entidad que inunda de terror y misterio la atmósfera. El montaje es convencional, con un buen ritmo y un estilo bastante lineal que la hace superficialmente predecible en ciertos momentos, pero al mismo tiempo carece de brincos o prisas narrativas que entorpezcan su propia trama.

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La producción de Apache Entertainment se convirtió en una de las películas revelación del 2017; contó con muchas nominaciones en los premios Goya, incluyendo mejor película, de las cuales sólo ganó efectos de sonido. A pesar de la excesiva expectativa publicitaria que bien afectó en cierta medida el raiting del filme de Paco Plaza como la película más aterradora de la plataforma, la historia fue bien recibida por la mayoría de la opinión pública.

Quizá el miedo no es la característica latente más sobresaliente del filme, sino la intención cinematográfica que deja el sello de Plaza, la creación de atmósferas con la iluminación y los movimientos de cámara, los cuales sugestionan, y que a pesar de que todos sabemos que en las esquinas se esconde el monstruo, la imagen nunca obvia el camino a seguir del personaje para llegar donde todos sabemos. Es claro que Verónica no reinventa el subgénero de la posesión demoníaca pero sí crea una sólida entrada en el cine hispano, y que al final puede dejarte con una grata impresión de una propuesta decente de Netflix en el género de terror.

Luis Zenil Castro 

Productor audiovisual y dibujante.

El estilo de Sam Raimi

Sam Raimi accedió a una cámara súper 8 mm con la que dirigió varios cortometrajes en compañía de sus amigos de la preparatoria. Quizá no imaginaría que en algunos años iba a ir de producciones de bajo presupuesto a grandes blockbusters. Su filmografía es única debido a su notable manejo del género fársico, que utiliza para desarrollar un terror con tinte cómico. 

Orígenes y caracterización del cine de terror

Fueron las novelas góticas inglesas de los siglos XVIII y XIX, tales como El castillo de Otranto, Los misterios de Udolfo o El monje, las influencias iniciales que generaron una inquietud en lo que a construcción de atmósferas refiere. La obra de Robert Louis Stevenson fue la primera en realizarse en cine, la Selig Polyscope Company produjo Dr. Jekyll y Mr. Hyde. Edison haría lo propio un par de años después con Frankenstein. Sin embargo, el género no ganaría relevancia hasta la llegada de El gabinete del Doctor Caligari de Robert Wiene. 

George Romero: el genio detrás del zombie moderno

Mientras Coppola, Spielberg y demás estadounidenses estudiaban, Romero se desempeñaba en la televisión en el programa Mister Roger Neighborhood. Con los productores de dicho programa se asoció  y con la cantidad de 114 mil dolares dieron vida a una película que lo cambiaría todo: La noche de los muertos vivientes.

Voraz: oscuro, cruel y erótico horror

Con arriesgados paralelismos a David Cronenberg, Julia Ducornau aprovecha la publicidad y despega con su primer largometraje con Garance Marillier como protagonista: Voraz (Raw, 2017). Un Hogwarts sangriento, un todo explicito para poner a prueba el nervio de la audiencia. Psicodramas de adolescente es la alternativa para empatizar con la nueva ola de espectadores.

Un triller emocional que utiliza toda la gama de las sensaciones humanas para provocar discusión sobre la dificultad de navegar en la emergente adolescencia. Ducornau usa un amplio rango de escenarios para generar reacciones extremas de disgusto, para reflejar que tan dañina y conflictiva es la común relación de los estudiantes en la universidad.

Justin (Garance Marillier) es una adolescente de 18 años que ingresa a la carrera de veterinaria en la universidad donde ya la espera su hermana Alexia (Ella Rumpf) de quien aprende lo que parecen rituales en la nueva vida universitaria.

Voraz se centra en los cambios de roles de las relaciones carnales, el poder de las mismas y los efectos sexuales de la inducida hambre que sufren los jóvenes en ciertas etapas. Es un oscuro, cruel y erótico horror en el que los eventos son indetenibles; todo funciona por un verdadero e inspirador guion que corre tras la inteligente alegoría sobre la débil sexualidad en un ambiente represivo.

Quizá lo más interesante es que  toca en diferentes emociones complejizando la adolescencia; devora la precaución, manejando las percepciones. La directora francesa entrelaza intensamente ese disgusto emocional en las escenas con situaciones cercanas a la realidad para mantener al espectador enganchado. Aunque se considera una de las mejores cintas del presente año, todavía es muy temprano para definirla como tal.

La película está grabada en su mayoría con telefotos, tratando de encajar al personaje en una realidad poco convencional que se va deformado. El encasillamiento del personaje en este aspecto cumple, y logra transmitir ese ambiente de creciente hostilidad aunado a la locura que va desatando el personaje. Los efectos y el maquillaje, así como los prostéticos son un gran trabajo de la producción de Petit Film.

Con un trailer lo suficientemente provocativo, y un perverso sentido del humor, el público responde a la expectativa.  La fórmula del éxito no es el éxito en sí. Ya veremos si el tiempo juzga con la misma consideración una cinta que hasta ahora ya la han comparado con Martyrs de Pascar Laugier.

Un guiño de la provocación, del decadentismo actual. Las películas se aproximan a la sensación, a vivir un realismo explicito, para llenarse de cumplidos. Una prometedora cineasta sin duda, pero se espera que los medios no endurezcan la percepción del espectador, ya que el filme que se perfilaba como la nueva obra maestra del horror posmo francés, al llegar a la sala atiborrada y en su transcurrir, se llega a la sensación que una película como un aperitivo, queda hambre de más. Aunque su realización es redonda, Raw es de esas cintas que en el papel cumplen con casi todos los requisitos, pero que aun uniéndose, deja un sabor agridulce y no termina de gustar.

Luis Zenil Castro 

Productor audiovisual y dibujante.

 

 

Kilometro 31-2: una carretera sin rumbo

Si las taquillas determinaran el valor cinematográfico, estaríamos jodidos. No estoy diciendo que todas las películas con alta demanda sean deficientes, pero sí, sí existe una tendencia: la gran cantidad de venta de boletos es directamente proporcional a la casi nula calidad de la propuesta cinematográfica. ¿Será que al público le gusta que le den atole con el dedo?
Y entre uno de lo éxitos (en cifras) de esta semana, se encuentra Km 31-2, que se posicionó en el cuarto lugar con 92 mil espectadores (¡y lo que le falta!). Allá en el 2007 se estrenó la primera parte que causó un gran interés en el público y que logró llenar un poco las expectativas, quizá porque en nuestra nula industria cinematográfica del género, presentaba efectos novedosos como los que observamos en la mujer fantasma y en las alucinaciones. Tuvo gran respuesta como propuesta nacional porque no había, ni hay, muchos puntos de comparación.
Una extraña sensación desde que inicia la película invade mi mente y desemboca en un pensamiento frío y directo; y efectivamente, mi augurio se hizo realidad, me encuentro con una historia fofa y superflua. Trato de encontrarle pies y cabeza pero solo identifico un forzado intento por articular la nueva historia con la primera cinta, que no encaja ni con calzador.
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La película inicia con la última escena de Km 31, y en los próximos minutos, se muestra la técnica que se utilizará a lo largo de todo el filme: slow motion, planos holandeses, planos cerrados, y movimientos de cámara sin ninguna justificación.
La historia (si es que la hay) trata de recuperar la figura del detective Ugalde en un nuevo caso: la desaparición del hijo de una candidata a diputada. Renuente de llevar el mando del caso, el detective se topará con un científico y su hijo vidente que le harán cambiar de opinión.
Cada año durante siete días se desaparece un niño cada noche y todo apunta a que los actores del delito forman parte de una banda de secuestradores, sin embargo, la actividad paranormal localizada en la casa de la diputada Fuentes Cotija, dará respuestas que ligan a una mujer involucrada en los hechos y que se relaciona con Ágata, una de las gemelas en Km31. Los cabos se comienzan a atar de la manera más inverosímil, y los personajes nunca resuelven la misión. El detective se vuelve el héroe, aunque no sabemos por qué o de qué.
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Los principales errores se encuentran en el guion, con un sinfín de lagunas y datos que sacan definitivamente al espectador de la ficción, así como la falta de elementos para justificar a los nuevos personajes, como por ejemplo, la diputada de quien por cierto, es totalmente irrelevante su profesión. O Tomás, el niño vidente y su papá. Así, el director intenta construir un camino coherente muy a su pesar.
Las escenas de sobra abundan. La utilización de grúas para ubicarnos en un lugar determinado y los movimientos de cámara con pésimo timing y sin ningún aporte narrativo desesperan y contrario a mantener la tensión, distraen a la audiencia. Para rematar, vemos pésimos efectos visuales que por mucho el primer filme de la franquicia supera abismalmente.
Decepcionante desde las primeras apariciones, las cuales más que dar miedo causan… risa. Ni con una previa experiencia lograron sobrellevar la necesidad de la audiencia ni la de la crítica. Así es como Km31-2 se accidenta en la carretera que no lleva a ningún lugar.

Fan Valdés

Pedagoga de formación pero cineasta por convicción, artista plástica en el tiempo libre.

Hasta el viento tiene miedo: clásico del cine de terror mexicano

El viento abre una ventana con estrépito, se refleja la sombra de una mujer ahorcada. Y en la penumbra, se escucha un grito. Destaca un magistral uso de las sombras;  en general, una realización impecable. Se trata de Hasta el viento tiene miedo (1968), la obra más popular de Carlos Enrique Taboada, quien antes de comenzar a filmar, elaboró 11 guiones para cine y televisión, de los cuales destacó El espejo de la bruja (1962), considerado uno de los mejores guiones escritos del género de terror.

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La historia de Hasta el viento tiene miedo, contada de forma fina y elegante, nos adentra en un ambiente gótico y de suspenso, apartado del urbanismo, lleno de oscuridad. La trama se desarrolla en un colegio femenino donde se imparte una dura disciplina por parte de la directora Bernarda (Marga López), quien  desempeña un gran papel de antagonista.

Claudia (Alicia Bonet), Kitty (Norma Lazareno), Lili (Rita Sabre Marroquín) y otras amigas, suben a una torre donde se les tiene prohibido el paso. El objetivo es averiguar el porqué de una pesadilla recurrente de Claudia. Al ser descubiertas por la directora, el castigo es pasar las vacaciones dentro del colegio. Serán 10 noches en los que vivirán hechos que días antes jamás imaginaron. Cabe mencionar que por fuentes de las mismas actrices como Norma Lazareno, durante el rodaje era incómodo permanecer solas durante mucho tiempo en algún lugar de la locación, pues se percibía un ambiente lúgubre y extraño que sobrepasaba la intención cinematográfica.

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En las películas de Taboada siempre hay advertencias que pueden provocar impresiones fatales, como una sencilla frase, o un pequeño dialogo entre los personajes. Sigilosa información que alimenta la imaginación e insinúa.

Uno de los principales aportes del cineasta mexicano son los personajes tragicómicos en un entorno de suspenso, susceptibles al fetiche y a otras creencias. En Hasta el viento tiene miedo, los personajes además contienen una dosis de ingenuidad y comedia; juegan con su propia inconsciencia de la situación. Por otra parte, Taboada siempre incluía una porción de realismo, atacando directamente la mente del espectador con la duda.

La escena del striptease, además de funcionar como pre cargando toda la atención del espectador, refleja la vida tan recluida que tienen las alumnas, e inclusive los deseos reprimidos de toda una época.

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La naturaleza asume una característica de personaje que funciona. Y aunque poco a poco se descubre la identidad de aquel misterioso ente que se escabulle en lo alto de la torre, la construcción perceptiva y metafórica del viento carga con el poder de terror.

Los quejidos generan un estado de hipnosis a través del sueño y el inconsciente impulsa el cuerpo de la joven Claudia fuera de su dormitorio; este tipo de situaciones que juegan con el misterio y que provocan a otros personajes, refuerzan con maestría el suspenso, algo que convierte este clásico en un trabajo pulcro en su género, no sólo hablando de México sino de toda América Latina.

El cine nacional nunca ha sido fuerte en este género, y tampoco ha sido constante. Escasas películas de terror sobresalen. Empero el filme de Carlos Enrique Taboada trasciende por la manipulación subconsciente, el adecuado aprovechamiento de pocas locaciones y de un excelente manejo con bajo presupuesto, tomando en cuenta tanto el orden de las ideas, hasta la ejecución de las mismas.

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La películas de Taboada son como lo fue él, y como lo definían personas que trabajaron con él: educado y amable, pero exigente. Siempre rehuía de una secuencia rara, o una escena explicita o de alguna una acción morbosa. Alejándose por mucho de la funesta burla que suele dar el género. Taboada tomó el viejo cliché de la torre maldita o del fantasma y ejecutó un horror eficaz  que provocó en los que vimos el filme desde niños, un temor genuino a los relámpagos, a las horcas y a las ventanas que azotan, pero más que nada a los silbidos del viento.

Soplaba el viento,  y Claudia seguía el lamento

Aunque parecía exento en el lugar ocurría algún evento

Claudia, Claudia… era el quejido en la tormenta…

Y ella no sabía sólo hasta que estuvo delante del muerto

que le robó a la directora el resuello de su último aliento.

Luis Zenil Castro 

Productor audiovisual y dibujante.

 

El Conjuro 2: El caso Enfield

El Conjuro 2, secuela de la primera entrega del 2013, se centra en otro relato verídico del expediente Warren, el cual describe un caso poltergeist que sufre una familia londinense del distrito de Enfield en la década de los setenta.

Peggy Hodgson (Frances O’Connor) es una madre soltera que vive tranquilamente con sus cuatro hijos hasta que Janet (Madison Wolfe) la segunda más grande, experimenta una infestación espiritual. El director australiano de origen malayo muestra cómo los demonólogos se enteran del caso por medio de la Iglesia Católica y acuden en ayuda de la familia.

Ed (Patrick Wilson) y Loraine Warren (Vera Farmiga) ofrecen actuaciones no muy diferentes a El conjuro, no obstante se profundiza más la en relación de ambos, descubriendo nuevos elementos. Farmiga y la pequeña Madison destacan con papeles bastante más sólidos que ayudan a dramatizar e involucrar al resto de los personajes.

Visualmente se nota un gran dominio técnico de la utilización de la luz con respecto a la circunstancias, haciendo de las imágenes terror genuino y clásico al más puro estilo. Resalta cómo la trama se impone sobre los efectos y evita que la cinta caiga en la fórmula de la basura fantasmagórica que hemos visto repetida hasta el cansancio.

Ya desde hace un tiempo Wan había pasado de las franquicias low cost, que significaron su éxito, a una consecución en taquilla y fama; una nueva franquicia terrorífica high budget de Dead Silence (2007) se siente posible.

Lo Bueno

Wan muestra su experiencia en el género con el control del ritmo, en una historia que por lo general esquiva lo predecible. Utiliza un relato diferente de principio a fin, con relación a su predecesora. Además, los tintes romanticistas ayudan a dar un rumbo más sutil que acompañan el retro terror del filme, y armoniza mejor con una atmósfera de la década funk.

El Amityville británico dispone de dilemas más particulares en los personajes y con una subtrama variante, que aunque exagera, es efectiva para el desarrollo de la cinta, haciéndola más entretenida. Esto convierte a la película en un deber de todos los fans del terror.

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El Conjuro 2 reafirma y quizá comienza a fortalecer la fórmula del poseído. Su estructura narrativa sabe resolver en buena medida la mayoría de los obstáculos sin caer en mundanidades o en el tedio. Mantiene a la audiencia alerta y parece no haber perdido la pericia de manejar sus propios entornos.

Lo Malo

Los desenlaces de Wan son todavía demasiado sencillos para los tremendos poderes del Chamuco, lo cual antoja por lo menos más imaginación en la elaboración de sus resoluciones. Aunque las actuaciones son de calidad, por momentos se desearía que los actores hicieran algo más que sólo gritar.

A diferencia de su precuela, esta vez hallamos más altibajos. El también director de Saw (2004) abusa de los planos secuencia y hace que las apariciones terroríficas se sientan forzadas.  Aunque es de los pocos directores que en su mayoría utiliza apropiadamente los viejos recursos del terror (screamers), esta vez aturde por momentos a la audiencia con el sonido, y en otras incluso raya en lo cómico.

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Quizá se continúa sin satisfacer completamente, ya que la intención de un enfrentamiento decisivo con el mal, y la ausencia de una unión perfecta entre la narrativa, los efectos y los recursos cinematográficos, dejan a la cinta con la frase de “menos es más”.

La película muestra cierto avance y en otros tantos momentos, retrocesos. Y aunque es cierto que el drama tradicional del productor de Anabelle (2014) tampoco es para esperar o aplaudir demasiado, la expectativa era que superará lo que ya había ofrecido antes. Uno desearía que Wan armonizara mejor su dominio del ritmo con el resto de los aspectos, que son igual de importantes.

Aun después de los todos ruidos, chillidos y soluciones efectistas, El Conjuro 2 es el ejemplo de que con tiempo e inversión todavía se pueden lograr secuelas decentes, sin chorros de sangre de un terror más típico, habitual, y en un género que es tan difícil de innovar, más por su encasillamiento en un sistema.

Luis Zenil Castro 

Productor audiovisual y dibujante.