Presenta Festival Sitges lo más destacado del cine fantástico y de terror actual

Del 8 al 18 de octubre se llevará acabo el Festival Sitges, una cita obligada para los amantes del cine fantástico, la cual este año se realizará de manera presencial y online, esto a través del servicio de streaming de Shift 72. La función inaugural será Malnazidos de Alberto de Toro & Javier Ruiz Caldera, una película bélica de zombies.

En su competencia oficial, el festival que le dio oportunidad a las primeras producciones de cineastas como Quentin Tarantino, J.A. Bayona o Robert Eggers, trae títulos como: Relic, el primer largometraje de Natalie James, bien recibido en Sundance; Península de Yeon Sang-Ho, la continuación de la exitosa Tren a Busan (2016) que retoma la amenaza zombie cuatro años después de los sucesos de la primera entrega. Estará también Possessor de Brandon Cronenberg (antiguo ganador del festival en el 2012 con Antiviral), película sobre una organización secreta que, por medio de implantes cerebrales, ocupa el cuerpo de otras personas para que cometan asesinatos.

Otro título que forma parte de la cartelera es Mandibules, del también productor musical Quentin Dupieux, quien llega con otro personaje peculiar como ya lo hizo en Rubber (2010). Una revisión al personaje del cuento de Peter Pan llega con Wendy de Benh Zeitlin, director de Beasts of the Southern Wild. Rusia se presenta con una historia de ciencia ficción: Spuntnik de Egor Abramenko.

Se añade la comedia Save yourselves! de Alex Fisher y Eleanor Wilson acerca de una pareja que no se entera de una invasión alienígena por estar alejada de toda comunicación. Y el multipremiado texano, Terrence Malick, llega al festival en calidad de productor con el primer largometraje de Carlo S. Hintermann, The book of vision, la historia de una joven doctora que hace un viaje a través del tiempo al leer un manuscrito del siglo XVIII que recoge las emociones, temores y sueños de varios pacientes.

La lista de los 33 contendientes se completa con Mosquito State de Filip Jan Rymsza, Post mortem de Péter Bergendy, Sea fever de Neasa Hardiman, She dies tomorrow de Amy Seimetz, Teddy de los gemelos Ludovic Boukherma y Zoran Boukherma, The dark and the wicked de Bryan Bertino, The education of Fredrick Fitzell de Christopher Macbride, The owners de Julius Berg, The silencing de Robin Pront, Archenemy de Adam Egypt Mortimer, Archive de Gavin Rothery, Baby de Juanma Bajo Ulloa, Becky de Cary Murnion y Jonathan Milott, Come true de Anthony Scott Burns, Comrade Drakulich de Márk Bodzsár, Cosmética del enemigo de Kike Maíllo, Cosmogonie de Vincent Paronnaud, Fried Barry de Ryan Kruger, Initiation de John Berardo, Inmortal de Fernando Spiner, Kandisha de Julien Maury y Alexandre Bustillo, Savage state de David Perrault, La nube de Just Philippot, La vampira de Barcelona de Lluís Danésmy Le dernier voyage de Paul W.R de Romain Quirot.

El nombre de la mexicana Andrea Santiago aparece en Sitges con su cortometraje de animación A la cabeza, que compite en la sección Anima’t. En caso de llevarse el premio, la directora oaxaqueña sería considerada por el Comité de Selección de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood para competir en los premios Oscar.

Dentro de las proyecciones especiales del festival se contemplan Flash Gordon de Mike Hodges, y en homenaje a sus 40 años, El hombre elefante de David Lynch cerrará el festival con una versión remasterizada en 4K. A su director se le reconocerá con el Gran Premio Honorífico.

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Lo mejor y peor del Festival Macabro 2020

El 2020 ha sido un año difícil para cualquier evento multitudinario y, obviamente, la décimo novena edición del Festival Internacional de Cine de Horror de la Ciudad de México ‘Macabro’ no sería la excepción.

Gran parte del encanto del festival de terror más importante en la Ciudad de México (y probablemente en todo el país) recae en “la experiencia” más que en sus propuestas cinematográficas. Es decir, los voluntarios vestidos como zombis que andan por las sedes, las fiestas en bares y antros, las proyecciones temáticas especiales… Es más el ambiente, el marco del evento, que lo que hay en él, honestamente.

Para esta ocasión, en la cual se suspendió casi toda actividad por ya saben qué, Macabro se realizó de forma remota en diversas plataformas digitales, algo que es de reconocer y laudar. Sin embargo, viene el tema de la selección, que es, irónicamente, su eslabón más débil. No adjudico toda la responsabilidad al equipo de programación, pues aunque este género cuenta con recurrentes producciones, presenta complicaciones para hallar un número de propuestas lo suficientemente competentes para armar una selección íntegra, esto sin contemplar las complicaciones para la exhibición de películas internacionales. 

Parece que el evento se realizó sin mayores desperfectos, pues las plataformas digitales y televisivas elegidas funcionaron adecuadamente. Lo único que quedaría por saber es el número de reproducciones que hubo. 

Fue un año complicado tanto para la organización como para su pantalla, pues la mayoría de las películas fueron más macabras por sus deficiencias que por sus argumentos. Pero no podemos decir que todo fueron espantos… Aquí enlisto lo que considero lo mejor y peor de Macabro XIX:

Lo mejor

Las funciones especiales: De esto no cabe duda. Esta edición celebró el expresionismo alemán, movimiento estético fundamental para la historia del arte, por lo que en las proyecciones especiales se contempló a El gabinete del Dr. Caligari (Robert Wiene, 1920, restaurada) y Nosferatu (F.W. Murnau, 1922, restaurada). Del lado del México Macabro, la homenajeada fue El esqueleto de la Señora Morales (Rogelio A. González, 1960, restaurada), cinta imprescindible en la historia del cine mexicano por explorar con gran virtud el subgénero de la comedia negra, no muy recurrente en nuestra cinematografía. Además, muestra una de las mejores actuaciones de Arturo de Córdova antes de caer en mal estado por su enfermedad.

Independientemente del estado de las copias (en el caso de los filmes europeos), revisar estos clásicos cinematográficos es siempre una experiencia interesante para cualquiera. Un acercamiento al pasado para comprender las referencias del presente.

The Vice Guide to Bigfoot: Resulta un tanto irónico que —a mi parecer— la mejor película del festival no esté estrictamente inserta en los confines temáticos del evento. Esta película, dirigida por Zach Lamplugh, es un falso documental que sigue a Brian Emond (haciendo de él mismo), reportero esperanzado en salir de los hechos no noticiosos para convertirse en corresponsal de guerra o algo relevante dentro del periodismo. En su búsqueda, que lentamente se inclinaba al fracaso, es enviado a cubrir una convención de cazadores de Pie Grande —una de esas asignaciones irrelevantes—, encargo que termina siendo su gran viaje de autodescubrimiento.

Sin ser nada extraordinaria en términos formales, la entrega sigue todas las convenciones de su categoría de falso documental al mantenerse fiel a la cámara en mano y la interacción de ésta con su protagonista. Además, interviene su relato con otras formas peculiares de edición como gráficos característicos de los medios que parodia: VICE y similares. Entretenida, congruente y de realización por demás competente. Debió ganar Mejor Largometraje Internacional.

The Berlin Bride: Indaga alrededor de la relación entre un hombre desgraciado y su recién adquirida relación con un maniquí que termina teniendo gran influencia sobre él. Las vías oníricas de esta película aumentan de forma considerable la potencia del relato, pues lo van aclarando, dotando de sentido y haciendo lujo de su ingenio. La fotografía y el montaje hacen muchos favores a una producción que luce de bajo presupuesto, ya que construyen una atmósfera auténticamente tormentosa para este hombre que forma una amalgama con su pareja. Gran banda sonora, por cierto.

Lo peor:

Zombies en el cañaveral: Este falso documental elabora alrededor de una película inexistente, supuestamente pionera en el género de zombies llamada Zombies en el cañaveral, la cual se habría filmado algunos años antes que La noche de los muertos vivientes de George A. Romero. Con una línea muy difusa entre el “mockumentary” y el documental real, el encanto de la farsa e ingenio que pudieron haber implementado para un relato interesante, se perdió totalmente. Además, las recreaciones insertas parecían de principiante.

El cerro de los dioses: Otro falso documental. Éste comienza con la investigación policiaca a un involucrado en la desaparición de un miembro de la producción de El cerro de los dioses, cinta que investigaría un lugar extraño donde las celebridades en decadencia consiguen revivir su carrera. No sólo el relato es absolutamente desordenado y difuso, también ignora principios básicos en la construcción narrativa de un “mockumentrary” como es el posicionamiento de la cámara y la congruencia temporal. Es decir, si supuestamente hay una persona grabando y no se muestra que cambie su posición, no es posible que cambie el plano si no ha cambiado el tiempo. ¡No hay dos cámaras! De amateur…

Estación central: Existen propuestas que deliberadamente buscan alejarse del cine narrativo, y consiguen hacer sentido en los confines expresivos que elijan. Estación central no es el caso. Son sólo supuestos fragmentos de una perspectiva onírica —más bien, irónica—que, como muchas otras viciadas, está adornada con luces neón y música electrónica. Ni el surrealismo tiene tan poco sentido como esto.

Nosotros: entre lo primitivo y lo racional

Dentro de los relatos escritos por el autor estadounidense Edgar Allan Poe y con los cuales aterrorizó a gran parte de la población mundial- y lo sigue haciendo- existe uno en concreto que no puedo dejar de recordar cada vez que se habla del creador de El corazón delator (1843).

Se trata de un cuento corto sobre un hombre cuya identidad esconde bajo el seudónimo de William Wilson. Durante el relato nos cuenta que gran parte de su vida estuvo en constante lucha con el fin de destacar por encima de su mayor rival; un sujeto idéntico a nuestro narrador, con quien compartía los mismos rasgos genéticos sin tener ningún lazo parental. La única diferencia palpable entre ambos personajes es que el Wilson intruso fue alguien de valores bien aterrizados, mientras que el protagonista, digamos que no conocía los límites de la moral.

En esta historia, que recomendaría ampliamente, se puede leer entre líneas que Allan Poe habla sobre el eterno enfrentamiento con nuestra consciencia, cuya existencia negamos, o reprimimos mejor dicho, en determinadas ocasiones en las que domina ese ser primitivo por encima de la racionalidad o viceversa, y cuya voz se manifiesta en contra apenas como un susurro, como el del falso (o tal vez no tanto) William Wilson.

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Mucho de este relato se encuentra en Nosotros (2019), el más reciente largometraje del director Jordan Peele. Autor que encontró en las películas de género el canal predilecto para abordar los conflictos que aquejan a la sociedad actual americana, desarrollando en sus historias una trama entretenida con la balanza ente los elementos cómico-terroríficos que resultaron en su primer Oscar gracias a su cinta ¡Huye! (2017).

En esta ocasión, el también productor se aleja de los conflictos raciales y desciende al campo de las historias Dooplengänger. Temática utilizada durante siglos, tanto por escritores como cineastas, ofreciendo en cada entrega diferentes usos simbólicos; desde un augurio de la inevitable muerte hasta reconocer el lado más oscuro del ser humano a través de su parte “malvada”. Nosotros parte de la segunda idea.

Una familia afroamericana llega a una casa de verano para descansar durante las vacaciones, alejados de la vida citadina. Durante una noche, los Wilson son sometidos por un grupo de delincuentes en su propio hogar (sí, es una referencia a Michael Haneke).

Conforme la secuencia avanza, descubrimos junto a los protagonistas que los perpetuadores de tales actos no son más que ellos mismos, la única diferencia es la vestimenta roja y los guantes con los que sostienen unas enormes tijeras, las cuales pretender ser el instrumento para asesinarlos.

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Lo que al principio nos dicta esta cinta llena de referencias a cineastas como Hitchcock, Steven Spielberg, Joel Shumacher, entre muchos otros, es la clásica trama del hermano gemelo “malvado” contra el “bueno”, sin embargo, pronto nos vamos dando cuenta que el enfrentamiento va más allá de un idea tan abstracto como la oscuridad y la luz. Es más una cuestión psicológica, concepto utilizado por Dostoyevski en su novela El doble (1846) o por Freud para explicar su teoría del psicoanálisis.

Los dobles de la familia Wilson pueden ser, entre muchas de las interpretaciones que el público le ha dado a la película,  la parte más primitiva del ser humano, la que vive en constante lucha con la parte racional de nosotros mismos y que nos hace diferentes a los animales.

Y aunque Nosotros es una obra menor en comparación al primer largometraje de Peele, debido en parte a las inconsistencias del guion; los diálogos innecesariamente explicativos; la trama predecible desde los primeros minutos y la comedia por momentos excesiva, la obra no debe ser menospreciada. En años recientes las propuestas al cine de terror han traído cineastas como Ari Aster o el debut a este campo de Luca Guadadgnino, personajes que aportan su visión a este amplio género.

En 2019 el universo de El Conjuro sigue activo, y cada vez más decadente que el año anterior. Por eso resulta agradable conocer el punto de vista de diferentes creadores como Jordan Peele, que no se conforman con una historia dedicada plena y exclusivamente a asustarte por medio del jumpscare.

Jordan Peele nos muestra en Nosotros– y a nosotros, sin mayúscula- que aunque luchemos por reprimir nuestra parte más “salvaje” y la encerremos como a los conejos de esta narración, en algún punto nos veremos frente a frente con ello o ellos. Como bien lo dicta el falso William Wilson en su relato: “en mi existías, y observa esta imagen, que es la tuya, porque al matarme te has asesinado a ti mismo”.

Diana Mendoza 

Editora audiovisual del Museo de Antropología y admiradora del séptimo arte.

Belzebuth: el demonio en cámara

¿Qué se puede decir del cine mexicano de horror? Realmente muy poco. Recientemente se le ha valorado más a Carlos Enrique Taboada por su filmografía que posee un particular encanto -algo formulaico-, además de ser apreciado por el público. El libro de piedra (1969) -personalmente, creo que es la película más escalofriante del cine nacional-, Más negro que la noche (1975) y Veneno para las hadas (1984) son los referentes mexicanos dentro del género. Siendo muy espléndido, Kilómetro 31 (2006) por ser la última que causara revuelo… y párale de contar.

A pesar de que esta categoría está decadente en todo el mundo, no deja de ser atendida por los creadores nacionales -aunque con cada vez menos intentos-, pero casi siempre fracasando por falta de creatividad narrativa aderezada con motivos presupuestales. Hace mucho que no llega algo rescatable.

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Emilio Portes, creador cercano pero no inserto a las dicotomías religiosas con su Pastorela (2011), decidió intentar con Belzebuth, proyecto que tardó tres años en concretarse. La historia versa alrededor de Emmanuel Ritter (Joaquín Cosío, viejo conocido de Portes), un agente policiaco que debe investigar una serie de crímenes contra niños que le recordarán la trágica muerte de su hijo en un despiadado asesinato aparentemente inmotivado y, hasta entonces, inexplicable.

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Al tratarse de un desarrollo que involucra investigaciones, la trama combina con suficiente provecho el cine policiaco con el subgénero de posesiones demoníacas al no perder el hilo conductor primario, la resolución de los siniestros, sin dejar de lado el aspecto paranormal. Con el pasar de los minutos ambas corrientes se juntan cada vez más hasta el punto climático que involucra una secuencia de posesión que refleja cierta escasez presupuestal por la apariencia del ente, pero es adecuadamente sostenida por el cuadro escénico general como para no ser cómica. De hecho, hay numerosas escenas que involucran efectos visuales sorprendentes para el estándar de una producción mexicana.

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En la construcción del protagonista vemos a un polizonte endurecido por la crueldad que la vida -y otras entidades- tuvieron con él, supuestamente escéptico con las pendejadas de fantasmas y la magia; pero, destaca el sentimiento de culpa no sólo por la muerte de su hijo que no pudo evitar, sino por su esposa fallecida a causa de un suicidio apoyado por su constante ausencia al no querer enfrentar el duelo con ella, el cual es reflejado en su comportamiento y expresado en momentos clave con flashbacks montados precisamente. La desolación que se enfrenta con la dureza propia de su oficio. Vaya, no es ninguna maravilla dentro del subgénero, pero aún para los mínimos hay que reconocer las virtudes.

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Ahora bien, lo más interesante de la película es el compromiso que tiene para con su propio argumento y el universo que construye alrededor de él. Veamos -y tratando de no adelantar nada-: una pareja de agentes, uno crédulo y el otro dudoso sobre lo paranormal, con cierta esencia del estereotípico policia mexicano corrupto y bravucón, deben resolver una serie de asesinatos contra niños y son apoyados por el tímido gringo especialista en fenómenos paranormales con formación eclesiástica (sí, el gringo es el segundón y eso también es de apreciarse) para descubrir que hay un cura excomulgado por “satánico” que posiblemente es la mente maestra, y todo el asunto podría tener implicaciones gigantescas para la humanidad. Sin lugar a dudas, es una trama sumamente inventiva y hasta viajada, y ahí está el encanto. Estas son licencias creativas que el canon nacional no suele otorgarse y que, aparte, no suele apoyar con su propia adjetivación en pantalla. No importa qué tan extraño sea todo, el filme lo sustenta con su libreto, el trabajo actoral -un amplio rango de Cosío y aceptable labor del resto del elenco- y la realización con un notable diseño de producción y sonoro para crear atmósferas posiblemente inquietantes para buena parte del público.

Es decir, Belzebuth es una obra de género con todas las letras. Salvo el desenlace donde sí se dispara el cliché como programa paranormal de televisión y de las convenciones genéricas, es una película consciente de su relato y que toma muchos riesgos aceptables, elaborada con gran decencia y con numerosos puntos altos. Planteando una analogía, éste es un vídeo de apariciones o demonios donde sí se ve algo, y eso ha sido filmado con notoria competencia.

Mauricio Hernández

(R) egresado de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Colaborador en la Revista Encuadres. 

La posesión de Verónica y el regreso de Paco Plaza

El cine de terror español siempre ha ofrecido cintas de calidad cada tres o cuatro años, y de Paco Plaza (director y escritor de REC) la mayoría de veces se puede esperar algo arriesgado o interesante. Tal es el caso de La posesión de Verónica (2017), donde abandona su estilo habitual para ofrecernos una experiencia más cinematográfica del terror. La película, basada en un caso no resuelto de los años noventa, se distingue por una historia bien construida y técnicamente impecable; lo suficiente potente como para hipnotizar al espectador.

La narrativa se centra en Verónica (Sandra Escacena), una adolescente española del barrio de Vallecas en Madrid que sufre el clásico hecho de la posesión y que inclusive fue noticia de la época. No obstante, el personaje no sólo enfrenta los embates del diablo, sino que por momentos sufre de la antipatía de sus compañeras de escuela y de una difícil relación con su madre y hermanos menores.

Plaza nos ofrece su propia versión de los hechos en donde Verónica, después de una sesión de espiritismo con sus compañeras, se ve oprimida por una rara entidad que inunda de terror y misterio la atmósfera. El montaje es convencional, con un buen ritmo y un estilo bastante lineal que la hace superficialmente predecible en ciertos momentos, pero al mismo tiempo carece de brincos o prisas narrativas que entorpezcan su propia trama.

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La producción de Apache Entertainment se convirtió en una de las películas revelación del 2017; contó con muchas nominaciones en los premios Goya, incluyendo mejor película, de las cuales sólo ganó efectos de sonido. A pesar de la excesiva expectativa publicitaria que bien afectó en cierta medida el raiting del filme de Paco Plaza como la película más aterradora de la plataforma, la historia fue bien recibida por la mayoría de la opinión pública.

Quizá el miedo no es la característica latente más sobresaliente del filme, sino la intención cinematográfica que deja el sello de Plaza, la creación de atmósferas con la iluminación y los movimientos de cámara, los cuales sugestionan, y que a pesar de que todos sabemos que en las esquinas se esconde el monstruo, la imagen nunca obvia el camino a seguir del personaje para llegar donde todos sabemos. Es claro que Verónica no reinventa el subgénero de la posesión demoníaca pero sí crea una sólida entrada en el cine hispano, y que al final puede dejarte con una grata impresión de una propuesta decente de Netflix en el género de terror.

Luis Zenil Castro 

Productor audiovisual y dibujante.

El estilo de Sam Raimi

Sam Raimi accedió a una cámara súper 8 mm con la que dirigió varios cortometrajes en compañía de sus amigos de la preparatoria. Quizá no imaginaría que en algunos años iba a ir de producciones de bajo presupuesto a grandes blockbusters. Su filmografía es única debido a su notable manejo del género fársico, que utiliza para desarrollar un terror con tinte cómico. 

Orígenes y caracterización del cine de terror

Fueron las novelas góticas inglesas de los siglos XVIII y XIX, tales como El castillo de Otranto, Los misterios de Udolfo o El monje, las influencias iniciales que generaron una inquietud en lo que a construcción de atmósferas refiere. La obra de Robert Louis Stevenson fue la primera en realizarse en cine, la Selig Polyscope Company produjo Dr. Jekyll y Mr. Hyde. Edison haría lo propio un par de años después con Frankenstein. Sin embargo, el género no ganaría relevancia hasta la llegada de El gabinete del Doctor Caligari de Robert Wiene. 

George Romero: el genio detrás del zombie moderno

Mientras Coppola, Spielberg y demás estadounidenses estudiaban, Romero se desempeñaba en la televisión en el programa Mister Roger Neighborhood. Con los productores de dicho programa se asoció  y con la cantidad de 114 mil dolares dieron vida a una película que lo cambiaría todo: La noche de los muertos vivientes.

Voraz: oscuro, cruel y erótico horror

Con arriesgados paralelismos a David Cronenberg, Julia Ducornau aprovecha la publicidad y despega con su primer largometraje con Garance Marillier como protagonista: Voraz (Raw, 2017). Un Hogwarts sangriento, un todo explicito para poner a prueba el nervio de la audiencia. Psicodramas de adolescente es la alternativa para empatizar con la nueva ola de espectadores.

Un triller emocional que utiliza toda la gama de las sensaciones humanas para provocar discusión sobre la dificultad de navegar en la emergente adolescencia. Ducornau usa un amplio rango de escenarios para generar reacciones extremas de disgusto, para reflejar que tan dañina y conflictiva es la común relación de los estudiantes en la universidad.

Justin (Garance Marillier) es una adolescente de 18 años que ingresa a la carrera de veterinaria en la universidad donde ya la espera su hermana Alexia (Ella Rumpf) de quien aprende lo que parecen rituales en la nueva vida universitaria.

Voraz se centra en los cambios de roles de las relaciones carnales, el poder de las mismas y los efectos sexuales de la inducida hambre que sufren los jóvenes en ciertas etapas. Es un oscuro, cruel y erótico horror en el que los eventos son indetenibles; todo funciona por un verdadero e inspirador guion que corre tras la inteligente alegoría sobre la débil sexualidad en un ambiente represivo.

Quizá lo más interesante es que  toca en diferentes emociones complejizando la adolescencia; devora la precaución, manejando las percepciones. La directora francesa entrelaza intensamente ese disgusto emocional en las escenas con situaciones cercanas a la realidad para mantener al espectador enganchado. Aunque se considera una de las mejores cintas del presente año, todavía es muy temprano para definirla como tal.

La película está grabada en su mayoría con telefotos, tratando de encajar al personaje en una realidad poco convencional que se va deformado. El encasillamiento del personaje en este aspecto cumple, y logra transmitir ese ambiente de creciente hostilidad aunado a la locura que va desatando el personaje. Los efectos y el maquillaje, así como los prostéticos son un gran trabajo de la producción de Petit Film.

Con un trailer lo suficientemente provocativo, y un perverso sentido del humor, el público responde a la expectativa.  La fórmula del éxito no es el éxito en sí. Ya veremos si el tiempo juzga con la misma consideración una cinta que hasta ahora ya la han comparado con Martyrs de Pascar Laugier.

Un guiño de la provocación, del decadentismo actual. Las películas se aproximan a la sensación, a vivir un realismo explicito, para llenarse de cumplidos. Una prometedora cineasta sin duda, pero se espera que los medios no endurezcan la percepción del espectador, ya que el filme que se perfilaba como la nueva obra maestra del horror posmo francés, al llegar a la sala atiborrada y en su transcurrir, se llega a la sensación que una película como un aperitivo, queda hambre de más. Aunque su realización es redonda, Raw es de esas cintas que en el papel cumplen con casi todos los requisitos, pero que aun uniéndose, deja un sabor agridulce y no termina de gustar.

Luis Zenil Castro 

Productor audiovisual y dibujante.

 

 

Kilometro 31-2: una carretera sin rumbo

Si las taquillas determinaran el valor cinematográfico, estaríamos jodidos. No estoy diciendo que todas las películas con alta demanda sean deficientes, pero sí, sí existe una tendencia: la gran cantidad de venta de boletos es directamente proporcional a la casi nula calidad de la propuesta cinematográfica. ¿Será que al público le gusta que le den atole con el dedo?
Y entre uno de lo éxitos (en cifras) de esta semana, se encuentra Km 31-2, que se posicionó en el cuarto lugar con 92 mil espectadores (¡y lo que le falta!). Allá en el 2007 se estrenó la primera parte que causó un gran interés en el público y que logró llenar un poco las expectativas, quizá porque en nuestra nula industria cinematográfica del género, presentaba efectos novedosos como los que observamos en la mujer fantasma y en las alucinaciones. Tuvo gran respuesta como propuesta nacional porque no había, ni hay, muchos puntos de comparación.
Una extraña sensación desde que inicia la película invade mi mente y desemboca en un pensamiento frío y directo; y efectivamente, mi augurio se hizo realidad, me encuentro con una historia fofa y superflua. Trato de encontrarle pies y cabeza pero solo identifico un forzado intento por articular la nueva historia con la primera cinta, que no encaja ni con calzador.
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La película inicia con la última escena de Km 31, y en los próximos minutos, se muestra la técnica que se utilizará a lo largo de todo el filme: slow motion, planos holandeses, planos cerrados, y movimientos de cámara sin ninguna justificación.
La historia (si es que la hay) trata de recuperar la figura del detective Ugalde en un nuevo caso: la desaparición del hijo de una candidata a diputada. Renuente de llevar el mando del caso, el detective se topará con un científico y su hijo vidente que le harán cambiar de opinión.
Cada año durante siete días se desaparece un niño cada noche y todo apunta a que los actores del delito forman parte de una banda de secuestradores, sin embargo, la actividad paranormal localizada en la casa de la diputada Fuentes Cotija, dará respuestas que ligan a una mujer involucrada en los hechos y que se relaciona con Ágata, una de las gemelas en Km31. Los cabos se comienzan a atar de la manera más inverosímil, y los personajes nunca resuelven la misión. El detective se vuelve el héroe, aunque no sabemos por qué o de qué.
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Los principales errores se encuentran en el guion, con un sinfín de lagunas y datos que sacan definitivamente al espectador de la ficción, así como la falta de elementos para justificar a los nuevos personajes, como por ejemplo, la diputada de quien por cierto, es totalmente irrelevante su profesión. O Tomás, el niño vidente y su papá. Así, el director intenta construir un camino coherente muy a su pesar.
Las escenas de sobra abundan. La utilización de grúas para ubicarnos en un lugar determinado y los movimientos de cámara con pésimo timing y sin ningún aporte narrativo desesperan y contrario a mantener la tensión, distraen a la audiencia. Para rematar, vemos pésimos efectos visuales que por mucho el primer filme de la franquicia supera abismalmente.
Decepcionante desde las primeras apariciones, las cuales más que dar miedo causan… risa. Ni con una previa experiencia lograron sobrellevar la necesidad de la audiencia ni la de la crítica. Así es como Km31-2 se accidenta en la carretera que no lleva a ningún lugar.

Fan Valdés

Pedagoga de formación pero cineasta por convicción, artista plástica en el tiempo libre.