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La invitación: Olivia Wilde demuestra que la comedia es su mejor terreno

critica de la invitacion olivia wilde

La invitación retrata las crisis de pareja de una generación millennial. Con situaciones incómodas y un reparto en gran sintonía, encuentra sus mejores momentos cuando apuesta por el humor para explorar las relaciones, el fracaso y la inconformidad personal.

Olivia Wilde está forjando su papel como directora de cine desde el punto de la disparidad; pasando entre en la comedia y el drama, su debut con Booksmart (2019) sorprendió por su tono juguetón, revirtiendo hasta cierto punto el cine de comedia adolescente de los 2000, ahora enfocado en la mirada femenina. Después, enredándose entre los chismes que surgieron en su trabajo con No te preocupes cariño (2022) —deudora indiscutible de Las esclavas de Steford (1975)— donde su intento dramático de explorar las dinámicas opresivas quedó tan trunco como su romance con Harry Styles.

Por otro lado, tenemos su aparición en la serie The Studio (Apple TV), interpretándose a sí misma como una directora inmiscuida en una historia noir, donde nos dejó con ganas de ver esa película de misterio, lo cual sí logra en su tercer largometraje como directora: La invitación (2026). La película busca conectar ambas estelas pasadas, la comedia y el drama, con una nueva adaptación de la cinta española Sentimental (2020), del director español Cesc Gay, basada en su propia obra de teatro. Dicho guion ya tiene su adaptación italiana, sueca, francesa, coreana, próximamente una belga y la que nos atañe hoy.

Por otra parte, si bien la premisa de una cena incomoda entre un grupo de vecinos no es lo más original —podemos irnos, por ejemplo, hasta Quién le teme a Virginia Woolf (1966), aunque un tanto más enfocada en el choque generacional— en La invitación es posible encontrar un vistazo de originalidad, aun con que es imposible obviar las referencias al estilo de Woody Allen, sobre todo en el intercambio de intensos diálogos.

Crítica de La invitación película de Olivia Wilde
‘La invitación’ (2026)

En esta ocasión la adaptación estuvo a cargo de la dupla de Rashida Jones y Will McCormack, quienes ya tienen experiencia con historias de matrimonios acabados, como lo demostraron en la gran Esposos, amantes y amigos (2012).  Los personajes que tenemos de La invitación son millenials en sus 40 que han dejado atrás sus sueños de glitter: Joe (Seth Rogen), un músico fracasado casado con Angela (Olivia Wilde), diseñadora de interiores, acaso fracasada, que se contenta con ser ama de casa. Los vecinos son Pina (Penelope Cruz), sexóloga abierta a todo ,y Hawk (Edward Norton), un exbombero sensible.

La película encuentra sus mejores momentos en la comedia, los diálogos arrebatados y en el intercambio de caos entra las parejas, demostrando que Wilde sabe cómo mantener el ritmo dejando que sus actores se luzcan. Y es que la sintonía que muestran los cuatro actores es sin duda el gran logro de La invitación, con la misma Wilde como una esposa exigente, sin caer en la caricatura; un Seth Rogen que se siente cómodo en su estereotipo de drogadicto, pero al que ahora le empiezan a pesar los años y las desilusiones. La contraparte es la pareja liberal y su relación salpicada de sensualidad e intercambios hilarantes en español, quizá demasiados, sin ignorar lo poco ético de que una terapeuta tenga una relación con uno de sus pacientes.

El manejo de cámaras juega con los espacios del departamento, dando profundidad y posicionando a los personajes en planos marcados por las puertas o ventanas del espacio, dotando de simbolismo cada uno de estos, ya sea una oficina caótica o una habitación prácticamente embrujada, pues ¿quién puede sentirse sexy en la misma habitación donde sus padres lo concibieron?

Crítica de La invitación película de Olivia Wilde
‘La invitación’ (2026)

Sin embargo, la película pierde su interesante tono hacia final, cuando su intento de ponerse seria no calza con el resto de lo que nos había presentado. Enfocada al inicio en el descubrimiento sexual de una pareja demasiado atorada en la rutina, se desvía a un intento de disección de cómo la inconformidad personal termina afectando las relaciones personales, donde la conclusión no es cómo solucionar las crisis, sino la lenta aceptación del fin. El estilo mismo también cambia, pasando a planos cerrados y bajando la intensidad de la luz. El ritmo con la música decae al dejar de lado las melodías rítmicas de Devonté Hynes por un silencio sepulcral, que es interrumpido por la cadencia de una canción que parece significativa para los personajes, pero que al dejar abierta la historia pierde sentido. Así, su intento de seriedad navega en la nada, comenzando con una lacrimógena confesión del personaje de Norton… confesión que los demás personajes no toman con la gravedad necesaria.

Finalmente, cabe remarcar que el estilo de Olivia Wilde se nota más libre e interesante al inicio; al dotar a sus personajes de profundidad desde la comedia y otorgándoles un sentido más humano. La generación de nacidos entre los 80 y 90 avanza hacia las crisis que ya vivieron las generaciones pasadas, pero quizá los millenials mismos se niegan a tomarse en serio… o al menos eso demuestra La invitación.

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