De la chinantla oaxaqueña a Annecy: la historia detrás de ‘El canto del jaguar’
Por: Abraham Martínez Hidalgo
Después de cinco años de realización, El canto del jaguar llega Francia para competir en el Festival Internacional de Cine de Animación de Annecy tras haber ganado la Beca Jenkins-Del Toro 2026. Lo que comenzó como un trabajo de titulación se ha convertido en uno de los proyectos de animación de mayor importancia nacional del año. En entrevista con ZoomF7, la directora Antonia Sofía Silva Alvarado, la protagonista y traductora chinanteca Lidia Rivera González y el fotógrafo Bernardo Pérez hablaron sobre la historia detrás del cortometraje, la representación indígena en el cine, el trabajo en equipo y el camino que llevó al proyecto hasta uno de los escenarios más importantes de la animación.
El canto del jaguar sigue la historia de Irma, una joven originaria de la Chinantla que migra a la Ciudad de México en búsqueda de mejores oportunidades y que, por medio de la lengua chinanteca, comienza a recordar su vida pasada en donde ella era un jaguar libre. En este proyecto, donde se retrata esa búsqueda profundamente humana por la libertad, se halla una propuesta estética que mezcla animación digital 2D y stop motion.
El viaje de El canto del jaguar: de su origen a Annecy
La primera vez que Lidia Rivera vio terminada una de las escenas de El canto del jaguar sintió que estaba viendo un recuerdo. Era una casa de madera iluminada apenas por un candil. Desde afuera podían verse los movimientos dentro de la vivienda y el fuego tintineando entre los espacios de las tablas. Así había sido su infancia en San Juan Palantla, en la Chinantla oaxaqueña. Así la recordaba. Y así, años después, la vio convertida en una animación. “Cuando vi la imagen, dije: ‘Guau, lograron plasmar la imagen tal como yo la había pensado», contó durante la entrevista, mientras Antonia Sofía Silva Alvarado sonreía desde la pantalla.
En este tipo de aspectos es donde se encuentra el verdadero corazón de El canto del jaguar. En ese jaguar que se presenta como símbolo, en los años que tomó realizar la animación stop motion a partir de figuras, maquetas, cartones, cámaras improvisadas, en aquellas jornadas que terminaban a las cuatro de la mañana y en el intento de todo un equipo de traducir las memorias, la lengua y las costumbres de una persona a un formato animado. Es evidente que todos estos son los motivos por los que el cortometraje fue ganador de la Beca Jenkins-Del Toro 2026 y por los que ahora competirá en el Festival Internacional de Cine de Animación de Annecy, en Francia. Cabe recordar que dicha beca, impulsada por el cineasta mexicano Guillermo del Toro, la Fundación Mary Street Jenkins, el Festival Internacional de Cine en Guadalajara (FICG) y la Universidad de Guadalajara, es una de las más importantes de México en estudios cinematográficos, y que sus recursos.

Para Antonia Silva, egresada de la Escuela Nacional de Artes Cinematográficas de la UNAM (ENAC), el gran viaje al que le ha llevado su cortometraje de titulación comenzó mucho tiempo atrás. Ella explicó que “las lenguas originarias fueron principalmente lo que inspiró la historia”, pues se dio cuenta de que en cada lengua se encuentran formas diferentes de comunicación, de habitar el mundo y de ver.
Como se ha dicho, la idea terminó por formarse cuando Silva conoció a Lidia Rivera González, hablante de chinanteco y colaboradora del proyecto. Las conversaciones que hubo entre ambas fueron sobre la cultura chinanteca, la migración y la experiencia de vivir entre dos mundos distintos, y poco a poco, aquellas pláticas se convirtieron en imágenes. “Era muy importante conocer el testimonio de Lidia, de cómo era su casa allá en San Juan Palantla y cómo es ahora a partir de que se mudó acá a la Ciudad de México”, recordó Antonia.
La imagen del jaguar llegó poco después.
Desde la preparatoria, Antonia arrastraba una fascinación por un poema de Rainer Maria Rilke, titulado La Pantera. Así pues, la figura del felino terminó siendo central en el proyecto debido a la presencia real de jaguares en la región de la Chinantla, y en donde todavía existen avistamientos del animal. “Se me hace un animal con mucha fuerza y al mismo tiempo muy mexicano”, dijo.

Tener un gran nivel de sensibilidad era importante para el equipo. Sobre todo porque El canto del jaguar no buscaba usar la experiencia de Lidia como simple inspiración estética; para ellos era importante honrar lo más posible sus vivencias. Durante sus conversaciones, Lidia habló de su casa, del pueblo, del candil encendido y la luz atravesando las paredes de madera. Y el hecho de que el equipo escuchara sus historias y lograra reconstruirlas visualmente fue lo más conmovedor para ella: “ellos sí lograron mostrar ese sentimiento”, dijo.
Bernardo Pérez, fotógrafo y responsable de gran parte de la construcción visual de El canto del jaguar, admitió con honestidad que debido a que el proyecto debía construirse desde la empatía, estuvo obligado a confrontar cosas que tenía normalizadas como habitante de la Ciudad de México. “Creo que hay muchas cosas que tenemos súper normalizadas y una de ellas es el maltrato y la discriminación que puede llegar a existir hacia la gente de comunidades indígenas”, compartió.
“Se me hizo muy triste darme cuenta de lo normal que tenemos instaurado el no aceptar lo que entendemos como diferente”.
Bernardo Pérez, fotógrafo de El canto del jaguar
Respecto a la apropiación, reflexionó que “es relativamente sencillo para alguien que se haga llamar cineasta usar experiencias ajenas solamente para hacer algo que le dé reconocimiento. Yo no creo que eso sea lo que hizo Anto”.

Por otra parte, sobre las dificultades de existir entre lenguas distintas, la propia Lidia recordó que durante su infancia creía que todo el mundo hablaba chinanteco, hasta que salió de su comunidad y descubrió que el español dominaba prácticamente todos los espacios. Más adelante entendió también que incluso dentro de Oaxaca existen múltiples variantes lingüísticas y culturales. De acuerdo con Lidia, hablar chinanteco a veces incomoda a los demás, porque esto significa abrirse a una manera diferente de ver y expresarse. Y el miedo junto al desconocimiento lleva a la discriminación.
Por eso, para ella, el proyecto representa algo más grande que un cortometraje. “Es un espacio de apertura para nosotros que hablamos una lengua indígena. No solo para el chinanteco, sino para todas las demás lenguas”.
El canto del jaguar dura apenas seis minutos, pero detrás de él existen años de trabajo. Antonia y Bernardo venían de una formación principalmente enfocada en cine de acción viva y, junto a todo el equipo, tuvieron que aventarse, como ellos mismos dicen, “a lo desconocido”. Construyeron maquetas, diseñaron marionetas, aprendieron animación mientras hacían la película y encontraron soluciones técnicas improvisadas para compensar la falta de recursos.
Hubo jornadas enteras dedicadas a un solo plano. Fotogramas tomados uno por uno durante quince horas seguidas. Movimientos de cámara simulados con cabezales prestados por la escuela. Maquetas construidas con cálculos de perspectiva hechos en Photoshop para ahorrar espacio y dinero. Bernardo bromeó en algún momento diciendo: “no fue un proyecto del cual saliéramos siendo todos millonarios. La gente colaboró porque quiso”.
Esta idea de trabajo colectivo apareció en la entrevista. Antonia regresaba una y otra vez a esa palabra. “Uno no lo hace solo”, expresó al hablar sobre la Beca Jenkins-Del Toro. “Sobre todo en el cine y en la animación”. Cuando recibió la noticia de la beca, la emoción vino acompañada de una sensación de gratitud por todas las personas que lograron que el proyecto se pudiera realizar, porque aunque el reconocimiento lleva oficialmente su nombre, pertenece a muchas personas. A quienes ayudaron a construir maquetas. A quienes apoyaron el Kickstarter. A quienes colaboraron en la postproducción. A quienes prestaron tiempo, materiales o palabras de ánimo… “estamos en esto porque creemos en lo que se está proponiendo artísticamente y cinematográficamente”.

Ahora, El canto del jaguar está en Annecy, el festival de animación más importante del mundo; un espacio donde competirán proyectos provenientes de distintas partes del planeta. Sin embargo, lejos de pensar únicamente en el reconocimiento internacional, el equipo parece seguir viendo el proyecto desde un lugar mucho más íntimo. Antonia cree que una de las razones por las que el corto ha conectado con otras personas es porque “se nota que está hecho con mucho amor”.
Incluso, cuando hablan del plano final donde el jaguar camina entre la multitud en una ciudad llena de figuras hechas con rotoscopia, la conversación vuelve inevitablemente a la sensación de pertenecer y no pertenecer al mismo tiempo. A la migración. A la otredad. A sentirse ajeno dentro de un espacio nuevo. Pero, para Antonia, el plano que ella recuerda con especial cariño es justamente el de la casa vista desde afuera, porque dice que ese fue el momento en que sintió que podía habitar un lugar donde nunca había estado.
Y quizá sea eso lo que hace que El canto del jaguar sea tan especial. Porque dejando de lado la beca, los festivales y el reconocimiento internacional, se trata de una obra construida a partir de una historia local, pero que también es profundamente universal. Muchas de las mejores historias del cine son así. Hablan de lugares específicos, de personas concretas y de experiencias aparentemente lejanas, pero terminan encontrando algo que conecta con todos. Al final, el cine nos enseña a escuchar y a comprender otros aspectos de la realidad y a acercarnos a quienes la viven. Eso es El canto del jaguar.
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