No dejes a los niños solos: descendiendo una oscura espiral
Uno de los estrenos recientes del cine mexicano, y uno de los mejores, es No dejes a los niños solos, sexto largometraje del director Emilio Portes, cuya filmografía vale la pena observar. Su nueva película está en las proximidades de la anterior, Belzebuth (2018), más que de otras de su carrera (aunque hay muchas divergencias, no obstante). En su nueva entrega, el realizador presenta una historia de horror psicológico densa, cruel y muy entretenida que se sostiene sobre múltiples elementos que juegan a favor de la predisposición insana, de lo sobrenatural y del trauma.
Dos pequeños hermanos, Emi (Ricardo Galina) y Santi (Juan Pablo Velasco), deben quedarse solos una noche en la nueva casa que acaba de comprar su madre, Catalina (Ana Serradilla), quien debe ir a la fiesta de un abogado que le ayudará a arreglar un dato del contrato. Hace poco tiempo los tres vivieron un evento traumático: un choque fatal y violento en el cual el padre y esposo murió. La tragedia familiar aún enrarece su ambiente, a pesar de que la nueva casa parece prometer un reinicio. Esa noche, que comienza como una oportunidad para Santi y Emi de estar solos y divertirse, poco a poco se convertirá en horas de sugestión tenebrosa, crueldad filial, entidades sobrenaturales acechantes y peligro creciente.

No dejes a los niños solos es una gran propuesta mexicana donde lo terrorífico no proviene tanto de la fuente sobrenatural, sino de la fuerza negativa que adopta la dinámica entre los pequeños hermanos, incentivada tanto por el contexto inmediato (la enorme casa, la noche lluviosa, el perro que no deja de ladrar, la maligna, la soledad) como por el general (el accidente familiar, la llegada a una nueva casa, los problemas psicológicos de Emi, el más pequeño), que cobija al inmediato y le otorga un escenario con rastros y referencias listas para ser interpretadas de la forma más siniestra posible. Las acciones y decisiones de los niños comienzan a torcerse, a hacerse cada vez menos inocentes para decantarse por lo maligno, lo insano, la competencia, el susto, la presión psicológica. Santi y Emi no son retratados como niños a merced de las consecuencias; asumen posiciones activas en todo lo que sucede. Deciden hacer y decir cosas que se van acumulando para hacer de esta noche juntos una pesadilla de múltiples niveles: psicológicos, sobrenaturales, familiares.
El aporte más original de Portes es proponer una historia “de miedo”, miedo que en buena parte de la película se sostiene de la pura sugestión y, cuando por fin entra de lleno en su tramo más escabroso, lo continúa a partir de una serie de acciones mal intencionadas; conducidas, sí, por algo sobrenatural, pero también por un desequilibrio mental y un trauma latente que los habita.
Aquí es donde hay que destacar el gran trabajo de los niños, Ricardo Galina (Emi) y Juan Pablo Velasco (Santi). Ambos entregan un registro en la línea de lo verosímil, se contestan y responden acorde con la edad que aparentan y la situación que viven. No es un aporte menor, pues el cine nacional no abunda en destacados actores infantiles. Ricardo y Juan Pablo destacan en una película que les hace llevar gran parte de su peso y que los coloca en diversas situaciones que exigen de ellos variaciones de tono, de actitud, de crudeza o de reacción. Ambos se conducen entre la inocencia y lo malicioso, entre la conducta que no aparenta saber lo que hace, pero igualmente lo lleva a cabo hasta sus consecuencias y hasta lo planea.

Ana Serradilla, por su parte, construye a una madre agobiada, cercada por diversos frentes, enclaustrada en otra situación: una fiesta de la que quiere salir rápido para volver a casa y estar con sus hijos. A su personaje le toca enfrentarse a un colega que le da vueltas a sus peticiones, a la premura por solucionar la situación del contrato de su casa, al deseo de darse un respiro, al conocimiento de la tragedia que sucedió en su nuevo hogar (lo cual la hace replantearse si comprar el inmueble fue la mejor decisión) y a las llamadas de sus hijos que le hacen saber que las cosas se salen poco a poco de control. Su interpretación es mucho más correcta en aquellos segmentos que le exigen exaltación o reacción ante la incomodidad o la tensión, con lo que logra llegar a una escena climática que hace que el punto final sea una loza que cae, pesada, por fin, sobre quien mira.
No dejes a los niños solos invita a gozar con el desarrollo, pues con él crece la exasperación de ver cómo la discordia y la hostilidad se van extendiendo, cómo la bola de nieve va creciendo, sin prisas y sin pausas.
Por otra parte, el desenvolvimiento es recurso clave del ritmo de No dejes a los niños solos. El fuego en su trama se aviva de a poco. El guion de Emilio Portes y Alan Maldonado va añadiendo combustible de tanto en tanto, atizando la situación inicial con la suma de elementos que contribuyen a la atmósfera y son usados de a poco, dejando que generen expectativa, preguntas sobre su papel y su procedencia o de cuándo cumplirán su promesa: ¿qué hará el perro si se desata? ¿Sí hay alguien detrás de la puerta que está al final del pasillo? ¿Quién acomodó las letras del refrigerador en esa frase?, cuidado con el pedazo de plato roto debajo de la escalera…
Hay algo de lúdico en cómo la trama va tejiendo y sumando sus recursos, un juego con el espectador y con los personajes que perdería sentido si se acelerara. La película de Portes invita a gozar con el desarrollo, pues con él crece la exasperación de ver cómo la discordia y la hostilidad se van extendiendo, cómo la bola de nieve va creciendo, sin prisas y sin pausas. Este manejo permite que haya momentos de todo tipo, incluso algunos toques de comedia, salpicados de vez en cuando. El buen manejo del director con su película, no obstante, hace que el espectáculo nunca se le vaya de las manos y que jamás te pierda la atención ni el ritmo como espectador.
En este sentido, No dejes a los niños solos se erige como uno de los trabajos más sólidos de Emilio Portes, quien siempre ha tenido tramas interesantes, pero también tramos finales que no se sostienen de la mejor forma al caer de lleno en la caricatura o el exceso —pienso en El crímen del Cácaro Gumaro (2014) y Pastorela (2011)—. En esta ocasión, la consistencia logra ser flexible y al mismo tiempo mantenerse de principio a fin, tomando la ruta de una espiral que desciende, cada vez más sinuosa, cada vez más retorcida, cada vez más lúgubre. Entre las grietas de esta familia rota se cuela la oscuridad, supurando la que viene desde adentro y dejando pasar la que toca desde afuera, en forma de lluvia, de ladrido ensordecedor, de espectro, de ausencia, de envidia, de dolor.
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