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Daredevil: Born Again T2. El defensor necesita enfrentarse a nuevas batallas

Daredevil: Born Again temporada 2 crítica

SINOPSIS: Mientras Wilson Fisk (Vincent D’Onofrio) continúa su cacería de justicieros en Nueva York, los prófugos Matt Murdock (Charlie Cox) y Karen Page (Deborah Ann Woll) organizan una resistencia contra la Fuerza Especial Anti-Vigilantes (AVTF), misión que se complica por la captura de todos sus aliados.  

Aunque la primera temporada de Daredevil: Born Again (Disney+) fue un afortunado retorno a la serie estrenada en Netflix, también es evidente que muchas líneas argumentales fueron producto de un arriesgado volantazo al tono infantil de Marvel, con humor burdo que aún es apreciable en el innecesario asalto a un banco (T.1 Ep.5). Con el showrunner Dario Scardapane a cargo desde el inicio, la segunda entrega de episodios se siente más planificada, mejorando situaciones que se sentían improvisadas en la temporada anterior, como las efímeras apariciones de otros superhéroes (Swordsman, White Tiger), el poco tiempo en pantalla de Bullseye (Wilson Bethel) y Karen Page o la unidad policial creada por Fisk, la cual era una referencia superficial al ICE de Trump. 

Algunos logros, como el vínculo de la doctora Glenn (Margarita Levieva) con el fantasma de Muse o el protagonismo de la sobrina de White Tiger (Camila Rodríguez), son muestras del esfuerzo de los guionistas para corregir subtramas que no tuvieron desarrollos tan acertados durante la primera temporada. Desafortunadamente, esa misma continuidad también da segundas oportunidades a otros personajes o líneas argumentales que ocupan más tiempo en pantalla del necesario, como el rol de Daniel Blake (Michael Gandolfini) en la administración de Fisk o ese activismo de BB Urich (Genneya Walton) que intenta imitar el anarquismo de V for Vendetta (2005), pero que solo nos recuerda la banalidad de Marvel para hablar sobre luchas sociales.  

Sin embargo, el verdadero problema podría ser el excesivo protagonismo que tiene la villanía de Willson Fisk, lo cual no nos ha permitido ver al Diablo de Hell’s Kitchen en otros contextos. Esto no quiere decir que al programa le beneficie la ausencia de Vincent D’Onofrio, pero su rol en el universo callejero de Marvel ha limitado el campo de batalla a una cuestión política que mantiene al protagonista en prolongada clandestinidad. Por tal motivo, resulta tan satisfactorio el rumbo que el último episodio le ofrece al público, cerrando varios ciclos con el derrocamiento momentáneo de Kingpin, ya que la serie pedía a gritos nuevas amenazas para las calles de Nueva York.

A pesar de que la intriga política no aporta novedades a la lucha contra la corrupción de las temporadas anteriores, la escritura de los nuevos episodios es una excelente base dramática que prepara el terreno para la llegada de Jessica Jones y otros personajes que tuvieron particular relevancia en el universo creado por Drew Goddard, como el detective Brett Mahoney (Royce Johnson) o el editor en jefe del New York Bulletin. Por si quedaban dudas, la producción puso especial esmero en reafirmar la conexión entre Born Again y las temporadas estrenadas en Netflix, devolviéndole a Matt Murdock los fundamentos básicos de su personalidad, incluyendo esos escrúpulos morales tan extremos que contribuyen al triunfo de los criminales. 

Esa revisión al Daredevil del pasado, antes de la muerte de Foggy (Elden Henson), le permitió a los guionistas dar mayor cohesión a los conflictos éticos y las pasiones que impulsan a héroes y villanos. Los guionistas dan mayor relevancia al trasfondo psicológico de los personajes en lugar de desviar la trama hacia la misma dirección multiversal del MCU, incluyendo a un personaje bisagra (el señor Charles de Matthew Lillard) que conecta al tráfico de armas con los planes de Valentina Allegra de la Fontaine​ (Julia Louis-Dreyfus​) sin la necesidad de referenciar directamente a los Thunderbolts* (2025) u otros productos de la franquicia. 

Daredevil: Born Again temporada 2 crítica

La seriedad en la sala de escritores y el set de filmación se evidencia en el desarrollo de un capítulo (T.2 Ep.5) para justificar las razones que motivan la piedad de Murdock hacia sus enemigos. A la serie regresan los principios católicos en la moral del protagonista y su conflictiva incapacidad para matar criminales, lo cual es más defecto que virtud. Es interesante cómo los guionistas equilibran la balanza del desorden moral desatado por la ingenua misericordia de Matt, ya que el propio justiciero recibe su castigo por intervenir en un proceso de justicia que debió terminar con el linchamiento de Fisk o la venganza contra Bullseye (Wilson Bethel) por el homicidio de Foggy. 

Por fin, la producción aprovecha los perfiles criminales de villanos que no son Fisk ni Vanessa (Ayelet Zurer), como Poindexter, Buck Cashman (Arty Froushan) o la doctora Heather Glenn (Margarita Levieva), quien inesperadamente se convierte en el futuro de la serie. La transición de Bullseye a antihéroe podrá disgustar al fandom de los cómics, pero su contradictoria moralidad le dio a la temporada una alternativa antiheroica que fácilmente puede sustituir el rol del Frank Castle de Jon Bernthal. Igualmente, otros personajes de relleno (como la abogada Mcduffie de Nikki M. James) dejan de ser incidentales para ganar peso real en la trama, ampliando el número de recursos que los guionistas pueden utilizar en las siguientes etapas del show. 

El intenso final de Daredevil: Born Again T2 es el resultado de la suma de acertados riesgos, como revelar públicamente la identidad del justiciero, los cuales convierten al último episodio en un puente hacia nuevos escenarios que permiten el diseño de espectaculares secuencias de acción…

La producción rescató lo que el público tanto amó del primer Daredevil de Charlie Cox para perfeccionarlo con valores más cinematográficos, sacando provecho a la libertad para salpicar la pantalla con sangre, dar tiros de gracia en primer plano y mostrar la violencia gráfica que Marvel necesitaba. Sin embargo, toda la artillería visual es guardada para el capítulo final, donde la fotografía (Jeffrey Waldron) y el montaje (Cedric Nairn-Smith) nos muestran un asalto del tribunal que transmite la sensación de estar frente a una auténtica rebelión contra el autoritarismo, con esa marea roja de manifestantes o las peleas simultáneas de los justicieros y un Fisk que evoca al Darth Vader de Rogue One (2016).

El intenso final de la serie es el resultado de la suma de acertados riesgos, como revelar públicamente la identidad del justiciero, los cuales convierten al último episodio en un puente hacia nuevos escenarios que permiten el diseño de espectaculares secuencias de acción… el componente central de ese microuniverso. Con un desenlace insuperable, la tercera temporada tiene el terreno listo para que el show siga demostrando que es uno de los mejores títulos que Marvel ha producido.



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Irving Javier Martínez Ver todo

Licenciado en Comunicación. Redactor especializado en cine.

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