Autos, mota y rocanrol: un encuadre excesivamente cerrado para un evento histórico
Como estrategia de marketing para promocionar una carrera de autos, Justino Compeán (Emiliano Zurita) y Eduardo “El Negro” López Negrete (Alejandro Speitzer) contactan con el promotor musical Armando Molina (Ianis Guerrero) para organizar un “pequeño” concierto de rock que se sale de control.
El hecho de que el título (autocensurado) evoque a una canción de Fandango en vez de alguna letra de Peace and Love ya es señal sobre el tipo de perspectiva que encontrarás en Autos, mota y rocanrol (2025), filme nostálgico que “da voz” a quienes hicieron posible el evento más importante del México enardecido por la Masacre de Tlatelolco y El Halconazo.
Aunque la intención de J.M. Cravioto (director) era producir una feel-good movie sobre los organizadores, resulta inquietante que la masa de asistentes y bandas musicales sean personajes incidentales en la aventura de dos hijos del nepotismo, teniendo como contexto la herida abierta del ‘68. El argumento cae en la óptica “fresa” de las producciones más comerciales de Cravioto, especialmente durante su epílogo, pero al menos aborda con seriedad la importancia del Festival Rock y Ruedas de Avándaro en la cultura popular.
A grandes rasgos, la comedia gira en torno a la subestimación de los movimientos contraculturales por parte de las clases privilegiadas del país, representadas por Justino (Zurita) y “El Negro” (Speitzer), quienes son incapaces de dimensionar la magnitud del evento debido a que habitan en burbujas llenas de sesgos ideológicos. El prejuicio de una sociedad idiotizada por “el futbol y las telenovelas” es derrumbado por olas de “minorías” que se encuentran fuera del mainsteam, fuerza colectiva que puede tirar cualquier sistema de poder o económico si se lo propone.
El movimiento jipiteco pudo tener mayor desarrollo, aunque es ingenioso cómo el largometraje juega con la divertida imagen de dos empresarios poseídos por un espíritu anarquista más intenso que el frívolo fanatismo por los autos de carreras. Mediante las drogas y el himno We Got the Power, los aburguesados protagonistas se vuelven parte de la amenaza tan temida por los de su clase: una multitud subversiva que estallará con cualquier chispa, ya sea una canción o la furia alimentada por los crímenes militares.
Lo trascendente del filme no está en su contenido sino en sus formas, con valores cinematográficos que recrean el pasado como pocas producciones nacionales y extranjeras. El formato de falso documental es efectivo a la hora de entremezclar la ficción con imágenes de archivo, no solo para reducir costos de producción, también le permite a Martha Poly Vil (Déjame estar contigo) realizar una alucinante edición que abruma desde la llegada de los primeros hippies con cobijas. El largometraje no solo dio una segunda vida al material restaurado en 4K de la Filmoteca de la UNAM, la producción también re-grabó canciones para llevar a la pantalla grande el misticismo del rock chicano en todo su esplendor.

El gran obstáculo de Autos, mota y rocanrol para alcanzar la perfección fue la falta de visión para explotar al gran coro de estrambóticas personalidades inmortalizadas por el material de archivo y las fotografías de Graciela Iturbide (punto de partida del proyecto), puesto que el potencial del filme es limitado por la historia del malogrado emprendimiento de los protagonistas.
Los mejores momentos del filme son los artistas en escenario, Manny (Manuel Calderón), la jerga subtitulada de Ianis Guerrero o la hipnótica secuencia de “la encuerada de Avándaro”, fragmentos que integran un espectacular montaje que deja con ganas de más.
En contraste, la precisión histórica pierde autenticidad con la ingenua representación del círculo de Justino y “El Negro”, ejemplificado con la escena de Vicente Fox diciendo “chavos y chavas” o el slang contemporáneo de Zurita y Speitzer cuando improvisan.
Siguiendo la fórmula de otras comedias nacionales, los guionistas recurren a innecesarios arquetipos que intentan dar sazón al humor local, como sucede con la aparición de Javier Bátiz “El Brujo” (Ruy Senderos), donde la sobreactuación y el cliché de estrella narcisista convierten a la parodia en burla y pena ajena. Por otro lado, la película tiene recursos cómicos más orgánicos, como el uso del cinéma vérité, la diálogos “popis” de los protagonistas o el momento psicodélico de Justino.
En lugar de ampliar la panorámica con el caos desatado en el concierto, la película acorta el plano hasta llegar a un desenlace transigente con las repercusiones del subversivo evento y las represalias del Estado y Telesistema Mexicano. No obstante, sin importar su ligereza argumental, el título tiene calidad cinematográfica por encima de cualquier producto comercial mexicano, al mismo tiempo que J.M. Cravioto realiza otra valiosa retrospectiva semi-documental que da continuidad a Olimpia (2019). Así como Avándaro es etiquetado como el Woodstock nacional, Autos, mota y rocanrol podría considerarse el 24 Hour Party People (2002) mexa con esencia de Richard Linklater, un largometraje que debe ser disfrutado estrictamente en pantalla grande.
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