Amores Compartidos: no hay nada más cómico que un hombre herido en su orgullo
Recién cortado por Ashley (Adria Arjona), Carey (Kyle Marvin) tiene una aventura con la esposa de su único amigo. No obstante, aunque Julie (Dakota Johnson) y Paul (Michael Angelo Covino) tenían una relación abierta, la “infidelidad” desata el caos en la vida de los cuatro personajes.
Las dos comedias escritas por Michael Angelo Covino (director) y Kyle Marvin (guionista) giran en torno a la decadencia de la masculinidad tradicional. Dando continuidad a los tópicos abordados en The Climb (2019), Amores Compartidos (Splitsville, 2025) humoriza sobre arcaicas obsesiones de los hombres, como la paternidad, el poder adquisitivo o la virilidad, atributos que se desmoronan cuando la monogamia pierde su valor y la libre sexualidad entra a sus vidas.
Como si fuera una película del New Hollywood —al estilo de Carnal Knowledge (1971), Husbands (1970) o Manhattan (1979)—, los protagonistas son heridos en su orgullo al ver que su ideal de masculinidad se derrumba. Abrumados por la confusión, los personajes improvisan soluciones desesperadas para salvaguardar los restos de su “hombría” perdida, como devolver la afrenta con otra infidelidad o fraternizar con los novios de sus esposas. Llevando las situaciones a incómodos extremos, la dupla Covino-Marvin convierte esa fantasiosa derrota en un divertido enredo sentimental que se burla de la patética obsesión por lo moderno en el amor.
La película no juzga ningún tipo de relación afectiva, pero sí cuestiona la actual sobrevaloración de las etiquetas por encima de las palabras. Los malentendidos, separaciones y demás reacciones infantiles son producto de la incomunicación y la nula inteligencia emocional de los protagonistas. Al final, las exageradas respuestas de Carey y Paul son más performativas que pasionales, puesto que no hay intención de daño, tan solo buscan desfogar el primitivo machismo que sus impostadas deconstrucciones han sometido.
Los guionistas de Amores Compartidos juegan con los códigos románticos en su forma más irrisoria, desdibujando la frontera entre el amor libre y la falta de responsabilidad afectiva.
Los guionistas juegan con los códigos románticos en su forma más irrisoria, desdibujando la frontera entre el amor libre y la falta de responsabilidad afectiva. De hecho, la comedia no solo aborda los conflictos en las relaciones de pareja, también la falta de madurez de cierta generación para afrontar la vida adulta. El miedo al compromiso es alimentado por la frivolidad y el narcisismo, los cuales distorsionan la trascendencia de las cosas al nivel escandalizarse por la mancha en una alfombra y no por la mala conducta de niños criados mediante TED Talks. Aunque director y guionista evitan el clásico moralismo del cine indie, la película lanza un sutil mensaje sobre cómo el irracional comportamiento de los padres influye en la actitud cínica de las próximas generaciones, ya que la principal lección aprendida por el hijo de Julie y Paul es que “las intenciones no tienen importancia”.
Además del retorcido humor y su estética cargada de detalles, la película tiene otro gran atractivo durante su segundo capítulo: una larga pelea entre Covino y Marvin, donde los actores mezclan la comedia física más tonta y divertida con elevados valores de producción. Aunque los guionistas tiene bases cinematográficas clásicas, también es evidente el gusto por la escuela de Judd Apatow o los hermanos Farrelly, fascinación que es evidente en la creación de situaciones grotescas con el único propósito de robarle risas al público.

Sin embargo, pese a que la irreverencia de Jim Carrey (ídolo del director) tiene ecos en Amores Compartidos, los guionistas demuestran ingenio a la hora de ponerse vulgares sin caer en incorrecciones, incluso cuando recurren a gags falocentristas muy dosmileros o desarrollan antipáticos personajes femeninos. La clave se encuentra en cómo el dúo utiliza a sus alter egos para ejecutar las ideas más excéntricas, como desnudar a Kyle Marvin a la menor provocación o exagerar la estupidez de Carey y Paul.
El largometraje parece ligero hasta que la edición y la fotografía se vuelven ostentosas, embelleciendo gratuitamente una escena de bullying escolar o el altercado de los protagonistas. No obstante, el aleatorio preciosismo tiene la intención de remarcar los absurdos giros de una trama romántica que termina en el mismo lugar donde comenzó. Inspirándose en los melodramas setenteros de Ettore Scola (C’eravamo tanto amati) o Lina Wertmüller (Mimí metalúrgico), el cine de Covino es tan ecléctico como efectivo, logrando la extraña armonía entre el tontísimo malabarismo con peces en bolsas y la lectura de una carta que expresa la fragilidad del amor en tiempos metamodernos.
El objetivo era producir una película comercial, pero el resultado final tiene mayor profundidad que The Climb al momento de explorar en las regiones tóxicas del amor. Covino y Marvin repiten temas y arquetipos, pero perfeccionan la fórmula para hacer más placentero lo ácido del humor. Dicho lo anterior y sin miedo a exagerar, Amores Compartidos sería lo más cercano a Jules y Jim (Jules et Jim, 1962) si François Truffaut hubiera dirigido su obra maestra en la actualidad.
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