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La hora de la desaparición: la tragedia y el duelo en su versión más hilarante

Weapons 1

Dejando de lado los típicos bestiarios, La hora de la desaparición  logra sofisticar el horror sin olvidar la función del género como entretenimiento. 

En una comunidad desaparecen diecisiete niños y la única conexión entre todos los infantes es Justine (Julia Garner), la maestra de tercer grado. Obsesionado con el video que muestra a su hijo desvanecerse en la oscuridad, Archer (Josh Brolin) acosa a la profesora hasta que ambos se topan con una fuerza maligna.

El aspecto más notable en la corta filmografía de Zach Cregger (director y guionista) es su talento para diseñar espectáculos narrativos no-lineales. Así como Bárbaro (Barbarian, 2022) era una muñeca rusa que revelaba a un nuevo depredador con cada plot-twist, La hora de la desaparición (Weapons, 2025) está compuesta por fragmentos que construyen el camino hacia Gladys (Amy Madigan), una de las villanas más escalofriantes del terror contemporáneo. Sin embargo, el horror viene acompañado por una comedia negra con ecos de El dulce Porvenir (The Sweet Hereafter, 1997), donde el realizador estadounidense sustituye el drama por un humor desinhibido que se burla de la tragedia. 

Consternado por la muerte de su amigo Trevor Moore (co-creador de The Whitest Kids U’ Know), Cregger convirtió su propio duelo en una historia oscura y pesimista que va más allá de la simple amenaza sobrenatural. Similar a otras películas o series que abordan desapariciones y retornos (Les Revenants, The Leftovers), la huida de los niños es un pretexto para hablar sobre sociedades descompuestas por la corrupción, el bullying y demás abusos que integran el tejido social. De forma simbólica, la tía Gladys o La Madre de Bárbaro son personificaciones siniestras de “elefantes en la habitación” que han sido ignorados, llevando al terreno de lo fantástico la crueldad del mundo real.

Evocando a una novela de Tom Perrotta, el cineasta envuelve a sus protagonistas con una atmósfera sórdida que remarca lo patético y amoral de sus existencias. La experiencia es más shockeante cuando descubrimos que en este universo la inocencia y los actos de bondad reciben castigos extremos, como lo demuestra los destinos de Marcus (Benedict Wong) y los padres del pequeño Alex. La cínica ausencia de justicia en la historia lleva a que la idea de “víctima” sea demasiado ambigua, ya que hasta los niños desempeñan un rol activo en la malsana cadena de eventos perversos. 

Con la intención de incorporar elementos autorales, el director y  Joe Murphy (también editor de Bárbaro) vuelven a jugar con las expectativas del público mediante subtramas que desvían la atención del verdadero origen del mal. Así como Bill Skarsgård y Justin Long nos ofrecían otras caras del abuso sexual en Bárbaro, la trama de corrupción policial protagonizada por Alden Ehrenreich y Austin Abrams es un extraordinario intermedio cómico que relaja el tono dramático de una producción que constantemente esquiva los clichés esnobs del “terror elevado”, sin perderse en la mediocridad del cine comercial. 

'La hora de la desaparición' (Zack Creeger, 2025)
‘La hora de la desaparición’ (Zack Creeger, 2025)

Recordando que Jordan Peele tuvo interés por el guion, La hora de la desaparición comparte con ¡Huye! (Get Out, 2017) la ambición creativa por sofisticar el horror sin olvidar la función del género como entretenimiento. Dejando de lado los típicos bestiarios (zombis, vampiros, posesiones), Cregger desempolva el vudú y la magia negra para escribir una inquietante metáfora sobre su experiencia personal con el alcoholismo, donde la fantasía conecta “el miedo a perder la voluntad” con la devastación que provocan la adicciones en entornos familiares; en ambos escenarios (ficción y realidad) los daños son irreparables, como lo remarca la narración del desenlace. 

La hora de la desaparición es tan ostentosa en recursos cinematográficos que puede inspirar múltiples lecturas, incluso si solo se consume como entretenimiento. No obstante, ninguno de esos mensajes es tan obvio al primer vistazo, razón por la que el críptico misterio que enlaza las perspectivas de los personajes es tan efectivo a la hora de inquietar al espectador. El horror de Cregger es todavía más perturbador cuando se analiza su concepción de maldad como una fuerza oscura invencible, la cual solo evoluciona a otras formas de crueldad cuando es aparentemente derrotada. 

A grandes rasgos, el mayor atractivo del largometraje es el montaje y la forma de fragmentar el argumento sin desacelerar su impecable suspenso in crescendo, utilizando un modelo “hipersubjetivo” inspirado por Magnolia (1999). Todos los episodios y perspectivas que conforman al filme tienen una armonía que jamás recurre a la confusión para impacientar al espectador, siendo el único elemento transgresor la original visión morbosa de la producción. 

Con la irreverencia de los giallos y slashers del siglo pasado, el director presume su falta de mesura a la hora de ejecutar a víctimas y victimarios, diseñando una estética grotesca que ha convertido a los cráneos reventados en su fetiche favorito. Sin embargo, La hora de la desaparición no es impactante por su violencia gráfica o la sombría cinematografía de Larkin Seiple (colaborador de los Daniels), lo realmente asombroso es cómo Zach Cregger encuentra diversión en zonas lúgubres de la condición humana, algo que ha dejado de ser una llamarada de cineasta emergente para transformarse en ardiente fuego creativo.

¿Ya viste La hora de la desaparición, qué te pareció?

Irving Javier Martínez Ver todo

Licenciado en Comunicación. Redactor especializado en cine.

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