El Estudio: humor inofensivo con destellos de genialidad visual
En El Estudio, Seth Rogen y Evan Goldberg entregan una metaficción llamativa y entretenida que guarda en su sofisticada parodia del medio más fantasías que verdades.
Tras ser ascendido en Continental Studios, Matt Remick (Seth Rogen) enfrenta su primer reto como el nuevo director de la major: replicar el éxito taquillero de Barbie (2023) con una película sobre Kool-Aid. No obstante, el antipático productor también es un cinéfilo empedernido, pasión que lo llevará a sabotear cada proyecto en su cartera de próximos estrenos.
Frente a la imposibilidad de retornar al tono sucio y ofensivo de Superbad (2007) o This Is the End (2013), Evan Goldberg y Seth Rogen decidieron crear una comedia sobre la propia industria hollywoodense, dando como resultado una sátira que es más simpática que incendiaria. Hay humor sobre drogas y temas raciales, pero toda su artillería está cargada con balas de salva que no hieren a nadie en la industria.
Teniendo un abanico de perfiles tóxicos en el gremio (desde productores neuróticos hasta depredadores en prisión), la serie se inclina hacia una representación ingenua de los ejecutivos cinematográficos. Lo anterior no es negativo, pero hace que la propuesta sea más cercana a un nuevo 30 Rock (NBC) que a la “carta de amor al cine” que pretende ser, pues la falta de ética se justifica como un mal necesario en la producción de películas. Sin ninguna crítica al ambiente fílmico, el final de cada episodio deja la sensación de estar frente a un chiste local entre empresarios y celebridades.
Ya que la irreverencia del pasado no tiene cabida en El Estudio (The Studio, Apple TV+), el dúo creativo da mayor protagonismo a su particular homenaje a The Player (1992) de Robert Altman, pero añadiendo la presuntuosa esencia “alternativa” de Birdman (2014), incluyendo la batería jazzística de Antonio Sánchez. Las ambiciones “experimentales” de la producción dan como resultado una temporada caótica y sin homogeneidad, donde comparten programación un vanguardista plano secuencia (The Oner) y una mediocre parodia del cine de género (The Missing Reel).
La metaficción de Rogen y Goldberg funciona mejor en su recreación del lado menos amable de la industria (como la versión desagradable de Ron Howard) que cuando se pone gentil con sus artistas invitados. Tiene su mérito traer a Ted Sarandos a un título de Apple TV, pero pierde su impacto cuando el cameo solo funciona para dar el mensaje “correcto” de la historia (“los productores no somos artistas”), especialmente si sabemos que ese empresario no tienen las mejores prácticas en la vida real. Hay demasiada credulidad hacia las buenas intenciones de los ejecutivos y los dueños del mercado cinematográfico, porque la serie termina siendo condescendiente con quienes se llevan la mayor tajada de las ganancias en taquilla.

Por otro lado, los guionistas tienen especial interés en definir al cine como la suma de movimientos financieros, mercadotecnia y mucho trabajo de oficina, dejando a la autoría y lo estético en un segundo plano. Bajo un sistema totalmente capitalista, la esencia artística del cine es otra cualidad al servicio de la taquilla, donde realizadores como Stanley Kubrick o Michael Cimino son “secuestradores” de rodajes que ponen en riesgo a la maquinaria económica. La serie es cínica respecto a esta cuestión, pues reconoce el crimen cultural de arruinar la última película de Martin Scorsese, pero también lo justifica como daño colateral, porque: “¡hey, el cine basura (que recauda millones) también es arte!”.
El Estudio da mayor importancia a los problemas derivados de la urgente necesidad de ser cool y progres, cuando al interior de los estudios siguen teniendo ideologías del siglo XIX. La preocupación primermundista de no estar haciendo lo correcto (mientras su enfoque comercial depende de hacer lo incorrecto) es transformada por los escritores en diálogos hilarantes que muestran los absurdos dilemas en las mesas directivas llenas de tanta blanquitud y poca sensibilidad. El caos desatado por la elección de un elenco o la humillación a Remick cuando intenta dar un “comentario” son momentos que proyectan la propia banalidad en la producción de la serie, recordando que en Apple intentaron persuadir a los showrunners de cambiar a Sarandos por Tim Cook.
Pasando por alto los detalles frívolos del proyecto, El Estudio tiene varios momentos de lucimiento conceptual, como el birdmaniano plano secuencia del segundo episodio o la fiel recreación de los Golden Globes en el Beverly Hilton. Los lugares comunes del guion se compensan con lo caótico de la cámara y su sofisticada fotografía, donde Adam Newport-Berra (Blink Twice) recrea la atmósfera cálida del típico “drama oscarizable” para hacer todavía más grotesca la decadencia hollywoodense, extravagancia coronada por una incómoda actuación de Bryan Cranston en Las Vegas.
A nivel argumental, la cinefilia que los guionistas aportan a la serie responde más al fanatismo millennial que a los cánones cinematográficos. Es decir, el show tiene un trasfondo nostálgico que no va más atrás de los 80, entregándonos otro genérico compilado de referencias pop y no un tributo particular al Gran Cine. Un ejemplo es cuando se “homenajea” al noir (en La cinta perdida), ya que la producción lo hace desde el cliché, sin las referencias que los verdaderos amantes del “celuloide” recrearían a la menor provocación.
Si el espectador conecta o no con la serie depende de su simpatía hacia el humor desbordado de Seth Rogen, quien luce mejor cuando se inclina hacia el patetismo de buscar un agradecimiento de Zoë Kravitz que cuando simula un atracón de alucinógenos. En esta primera temporada, no todos los cameos son golosinas baratas, ya que las participaciones de Scorsese, Sarah Polley, Nick Stoller o Howard no serán tan atractivas para el espectador promedio, pero son el componente que da autenticidad a la separación entre películas comerciales y filmes artísticos.
El Estudio tiene detalles notables que la separan de otras panorámicas de la industria, como la discusión sobre las profesiones (The Pediatric Oncologist) o el estilo overdress de Matt Remick, una representación visual de su absurdo sueño de defender el cine como producto artístico. Aunque la temporada es irregular (algunos episodios funcionan más que otros), Rogen y Goldberg entregan una metaficción llamativa y entretenida que guarda en su sofisticada parodia del medio más fantasías que verdades.