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Babygirl: Reijn juega con el límite entre fantasía y comportamiento inapropiado

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Babygirl no será una película memorable, pero sus destellos de sensualidad la hacen una obra digna de verse en salas. 

Romy (Nicole Kidman) es una líder del comercio electrónico que tiene un problema conyugal: nunca ha llegado al orgasmo con su esposo (Antonio Banderas). La conexión masoquista con un pasante (Harris Dickinson) le lleva a explorar zonas oscuras de su propia sexualidad, encontrando un placer inesperado en las relaciones de control y sumisión.

Babygirl (2024) es más compleja que un thriller erótico convencional, porque Halina Reijn (directora y guionista) integra a su ficción conflictos que no se resuelven con “buen sexo”; de hecho, la sexualidad es entendida por la realizadora como una extensión de la personalidad que es imposible modificar a voluntad. Así como la psicóloga de Instinto (Instinct, 2019) se enfrentaba al dilema ético de anteponer el deseo sobre su profesión, Romy (Kidman) intenta ocultar aquello que rivaliza con el rol de mujer exitosa: su gusto por la sumisión.  

La película resuena con mayor intensidad en sociedades donde las etiquetas sociales tienen relevancia en la identidad de las personas. En el contexto de la era post-girlboss y el resurgimiento del bimbocore u otras estéticas que abrazan lo estereotípicamente “femenino”, la directora crea una protagonista atormentada por la vergüenza de su reprimida sexualidad, opuesta al perfil profesional como figura de autoridad. Sin embargo, Babygirl no presenta su discurso feminista con tanta obviedad, ya que está oculto  detrás de una densa capa del radical erotismo que escasea en el cine contemporáneo.

En la línea de Elle (2016) de Paul Verhoeven (con quien trabajó en El Libro Negro), Reijn parte de un escenario extremo para ser aún más incisiva en sus mensajes. No se trata de una historia de “descubrimiento”, sino del empoderamiento de Romy (Kidman) sobre su placentera vulnerabilidad. Babygirl remarca la barrera entre lo público y lo privado, frontera que queda desdibujada con la aparición del manipulador becario. El personaje interpretado por Harris Dickinson utiliza el pudor de la protagonista para activar una dinámica de control y abuso que pasa de lo sexual al ambiente laboral. Quizás el conflicto no sería tan profundo, si no fuera por el entorno de competencia que rodea a la protagonista. 

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‘Babygirl’ (Halina Reijn, 2024)

Las secuencias que nos muestran las entrañas de un ficticio Amazon conectan la travesía sexual de Romy (Kidman) con una crítica a los efectos del actual modelo capitalista en la vida íntima de quienes están inmersos en carreras desesperadas por lograr efímeros “éxitos”, como también lo ejemplificaba la fascinante Juego limpio (Fair Play, 2023). La mojigatería estadounidense va de la mano de la obsesión por la rentabilidad extrema, anulando en el camino cualquier “mensaje nocivo” de los contenidos comerciales y sus productores. 

Paradójicamente, la cabeza de quien gestiona dichos procesos de “automatización” y “productividad” está llena de tantos pensamientos lascivos que solo necesitan un poco de seducción malsana para explotar en excitante perversión. El filme reflexiona sobre tales contradicciones en sociedades progresistas, prefiriendo censurar antes de analizar los diferentes matices en una relación como la de Romy (Kidman) y su pasante. Para hacerla más morbosa y retorcida, Reijn ambienta su trama en un círculo de hegemónico privilegio blanco, como cualquier thriller sexual de los 90

Ojos bien cerrados (Eyes Wide Shut, 1999) es una referencia obvia, incluyendo el tema principal (Mommy’s Dollhouse) compuesto por Cristóbal Tapia de Veer (autor de la intro de The White Lotus), el cual claramente imita al Waltz No. 2 de Dmitri Shostakóvich. Es casi humorística la explotación de recursos propios del erotismo barato de 365 días (365 dni, 2020), con el objetivo de hacer aún más hipnótico e irresistible al personaje de Dickinson. Entre cursi y de mal gusto, el largometraje juega con códigos del “vampirismo”, los cuales son una tradición en el cine dirigido por mujeres: desde el hosco policía de En carne viva (In the Cut, 2003) hasta el diplomático ruso de Pura pasión (Passion simple, 2020). 

Entre cursi y de mal gusto, Babygirl  juega con códigos del “vampirismo”, los cuales son una tradición en el cine dirigido por mujeres.

Ya sea un vaso de leche o la asociación del placer con caninos, la directora tiene talento para crear símbolos sugestivos que transforman en imágenes las desbordadas fantasías de la protagonista. En contraste, hay una dimensión narrativa más clásica, donde Hedda Gabler y un hombre incómodo con la idea de convertirse en “villano” son los elementos clave. El esposo de Romy (Banderas) representa el lado más “romántico” de la historia y del público, siendo el principal obstáculo para que Babygirl esté a la altura de La pianista (La pianiste, 2001), una de tantas inspiraciones en la escritura del guion. 

El principal problema del largometraje es lo irregular de su tono argumental: espectacular cuando intenta ser controvertida pero insoportable y monótona en sus largos tramos de drama familiar y corporativo, los cuales apagan todo el fuego que Kidman y Dickinson encienden en pantalla. No será una película memorable, pero los destellos de sensualidad (especialmente el baile al ritmo de Father Figure o el desenlace) hacen de Babygirl una obra digna de verse en salas.

Babygirl está en cines de México 

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Irving Javier Martínez Ver todo

Licenciado en Comunicación. Redactor especializado en cine.

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