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Crítica de ‘Sujo’: cuando crecer es un acto de resistencia

Critica de sujo pelicula mexicana astrid rondero y fernanda valadez autor braulio garcia

Sujo es la historia de un niño que se esfuerza por llegar a la adultez en un entorno donde simplemente crecer es un acto de resistencia.

Hablar de violencia en México es también hablar de historias no contadas, de resistencias calladas que se enfrentan a un silencio implacable. Sin embargo, mientras la crónica cotidiana nos enfrenta con cifras y titulares que parecen diluir las tragedias en un mar de datos, el cine encuentra una ruta alternativa, una que no esquiva la crudeza de los hechos, pero se atreve a imaginar posibilidades alternas. Luego de un maratónico recorrido por festivales como Sundance, San Sebastián, Berlinale y el Festival Internacional de Cine de Morelia (FICM) —donde obtuvo el premio en la categoría Ojo a Mejor Largometraje Mexicano— Sujo ha llegado a cines mexicanos: un relato en el que las directoras Fernanda Valadez y Astrid Rondero nos llevan a un México en el que la violencia no siempre se ve, pero se siente en cada uno de sus espacios

Para Astrid Rondero, a quien Fernanda Valadez atribuye como la directora principal, el retrato de un joven que le da la espalda a la violencia era una historia que se debía contar como consecuencia del proceso de casting de Sin Señas Particulares (Fernanda Valadez, 2020), en el cual las realizadoras se encontraron con historias difíciles de escuchar: jóvenes que comenzaban a interactuar con el crimen organizado a falta de otra opción para subsistir. Si la película ganadora de nueve premios Ariel seguía el peregrinaje de una madre en búsqueda de su hijo, Sujo cambia su pregunta central para retratar cómo los jóvenes quedan atrapados en ciclos de violencia inevitables y se convierten en perpetradores implacables.

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‘Sujo’ (Fernanda Valadez, Astrid Rondero, 2024)

En el primer trabajo de codirección entre ambas cineastas seguimos a Sujo (Juan Jesús Varela), un niño marcado desde la infancia por el asesinato de su padre, Josué, cuya sombra se cierne sobre él incluso en la distancia. Criado por su tía Nemesia (Yadira Pérez), una mujer que combina una pragmática dureza con una espiritualidad casi mística, Sujo encuentra en ella a una protectora que intenta desviar su destino del legado violento que lo persigue, al mismo tiempo que crece junto a Jeremy y Jai, primos que representan caminos divergentes pero entrelazados en su vida cotidiana.  

Cada capítulo de la película lleva el nombre de una fuerza influyente en la vida de Sujo: Josué ‘El Ocho’, Nemesia, Jeremy y Jai y, finalmente, Susan. Cada uno de ellos se entrelazan con el objetivo primordial de que el protagonista controle su propio destino. Las cineastas a menudo lo enmarcan solo: una figura solitaria rodeada por los paisajes de Michoacán y después de la Ciudad de México. En ambos escenarios, los tonos grisáceos captados por la directora de fotografía, Ximena Amann, presagian la imposibilidad de que la vida prospere: sombras inquietantes y figuras amenazantes intensifican el inevitable miedo que envuelve la frágil existencia del protagonista. 

Entrevista con Fernanda Valadez y Astrid Rondero sobre Sujo

En México, la violencia no es solo un fenómeno, sino una constante que atraviesa generaciones y se agrava con el paso del tiempo, dejando tras de sí una crisis humanitaria que parece no tener fin. La llamada guerra contra el narcotráfico, iniciada en 2006 por el entonces presidente Felipe Calderón, desató un periodo de devastación cuyos efectos siguen marcando al país: desplazamientos masivos, migración forzada, desapariciones y reclutamientos al crimen organizado se han convertido en parte del paisaje cotidiano. Para muchos jóvenes, crecer significa enfrentar decisiones marcadas por la marginalidad, la huida o la integración forzada al crimen, como relataron Astrid Rondero y Fernanda Valadez en sus investigaciones para Sujo: historias de adolescentes abandonados en el desierto, menores obligados a colaborar con cárteles o familias desarraigadas de sus comunidades muestran cómo esta violencia, lejos de ser un fenómeno aislado, ha moldeado el desarrollo de generaciones enteras.

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‘Sujo’ (Fernanda Valadez, Astrid Rondero, 2024)

Ante esta realidad, cabe preguntarse cómo el cine debería mirar la violencia. En una realidad donde el narcotráfico, los feminicidios y las desapariciones forzadas forman parte del paisaje cotidiano, el papel del narrador toma una relevancia fundamental. Durante el Festival Internacional de Cine de Morelia (FICM), Astrid Rondero reflexionó que evitar la espectacularización de la violencia era crucial en su película, cualidad que ya se había demostrado en Sin Señas Particulares, donde la violencia no se presenta como un espectáculo, sino como un eco profundo de la deshumanización que enfrenta el país. Rondero destacó la importancia de abordar estas historias desde una mirada que respete la dignidad de las víctimas y que invite a reflexionar sobre las estructuras que perpetúan estos actos. Para Rondero, la obra del periodista mexicano Javier Valdez, Levantones (2012), fue un punto de inflexión al ofrecer una comprensión profunda de cómo estas tragedias trascienden las estadísticas para convertirse en reflejos de una realidad compartida.

En este sentido, obras contemporáneas como La Civil (Teodora Mihai, 2021) se acercan más a lo que las realizadoras evitan: aunque inspirada por la historia real de Miriam Rodríguez, esta cinta recurre a convencionalismos que diluyen su impacto crítico. Con secuencias que enfatizan la transformación violenta de su protagonista, Cielo (Arcelia Ramírez), la película desliza un discurso problemático: la fuerza y la venganza como herramientas de agencia frente al crimen. Esto no solo simplifica la complejidad del conflicto, sino que, en ocasiones, valida la militarización y las detenciones ilegales como sinónimos de justicia.

Sujo —y el cine de ambas cineastas— escapan de la normalización de la brutalidad a través de una serie de herramientas que vienen desde el guion y una serie de decisiones técnicas visuales. A menudo la cámara nos ubica desde la perspectiva del pequeño Sujo: desde el asiento trasero del auto de su padre sicario o debajo de una mesa para esconderse del peligro que lo rodea. Estas elecciones no solo resaltan la fragilidad del protagonista, sino que también encapsulan su impotencia frente a un mundo que lo supera. Al encuadrar el horror desde la perspectiva de un niño, Sujo nos enfrenta a una dicotomía: la realidad brutal de un contexto deshumanizador y la inocencia que lucha por sobrevivir en medio de ella. En lugar de deleitarse en la brutalidad gráfica o de desplegarla como un recurso narrativo, la película apuesta por sugerir más que mostrar. 

Sujo nos enfrenta a una dicotomía: la realidad brutal de un contexto deshumanizador y la inocencia que lucha por sobrevivir en medio de ella.

La sombra de la violencia estructural no es ignorada; es un personaje más, acechante e inescapable. Sin embargo, tanto Rondero como Valadez encuentran en el detalle humano un contrapeso necesario, recordando que incluso en los entornos más devastados hay lugar para la esperanza. Esta mirada trae a la conversación a cineastas que no se detienen en el fatalismo, sino que exaltan los momentos de humanidad que sobreviven en los contextos más adversos. Si en el cine de Aki Kaurismäki la esperanza se encuentra en un cigarro compartido o una sonrisa inesperada, en Sujo, la resiliencia, los apoyos emocionales y el deseo de trascender emergen de manera similar, no como grandes actos heroicos, sino como la posibilidad de reconstruir lo humano en un mundo fracturado. El cineasta finlandés, conocido por retratar a la clase trabajadora con un humor seco y un optimismo resistente, consigue que sus personajes trasciendan el peso de la realidad a través de gestos pequeños. Esa mirada convencional es desafiada en el más reciente largometraje de las directoras, en la cual se encuentra esperanza en la aparente miseria. 

La educación es uno de los faros de luz en los que se apoya la ficción de Rondero y Valadez: representa una de las pocas posibilidades para quienes han crecido rodeados de dinámicas de reclutamiento forzado y violencia sistémica. Susan (Sandra Lorenzano) aparece como un puente entre dos realidades aparentemente distantes, pero profundamente conectadas por la violencia histórica y el desarraigo. Su carácter, moldeado por la experiencia de exilio de la dictadura argentina, encarna no un papel de salvadora, sino el de una observadora sensible que reconoce las fracturas estructurales desde su posición de extranjera en México. Esta visión le permite ver a Sujo no sólo como un alumno; sino como un reflejo de las heridas latinoamericanas que comparten, un huérfano de la violencia que ella también conoce en carne propia. A través de su labor como profesora, Susan intenta trazar un camino hacia la movilidad, a sabiendas de que este trayecto es precario y está lleno de contradicciones.

Sujo explora la educación como un hilo frágil pero vital en la posibilidad de movilidad social.

En este contexto, Sujo explora la educación como un hilo frágil pero vital en la posibilidad de movilidad social. Susan ofrece más que una enseñanza académica; actúa como un ancla en un entorno donde el desarraigo es la norma. Sin embargo, la relación entre ambos personajes no está exenta de tensiones. Cuando Sujo accede a robar cosas personales de su profesora, la dinámica entre maestra y alumno se revela en toda su complejidad: el acto no es sólo un reflejo de las necesidades urgentes de su primo, sino también una prueba de las grietas en ese intento de conexión. Pero Sujo, lejos de esconderse, da un paso al frente y promete reparar el daño, un gesto que enmarca tanto la lucha por preservar su dignidad como el reconocimiento de la importancia de ese vínculo. Más que un acto de redención, esta confrontación sugiere que el aprendizaje y la educación son un terreno donde las tensiones y los errores también pueden convertirse en oportunidades para construir algo nuevo.

El destino del niño queda suspendido en un momento que parece contener todo el peso de las generaciones que lo precedieron. Valadez y Rondero no ofrecen certezas ni redenciones simples; en cambio, nos invitan a contemplar el abismo entre lo que heredamos y lo que intentamos construir. En este espacio liminal, Sujo no solo lucha por sobrevivir, sino por encontrar un lugar en un mundo que no se lo concede fácilmente. Al final, el relato de las cineastas mexicanas es una historia absorbente y vívida a fondo sobre un niño que se esfuerza por llegar a la adultez en un entorno donde simplemente crecer es un acto de resistencia.

Sujo continúa en la Cineteca Nacional y en la Cineteca Nacional de las Artes

 

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