El Tiempo que Tenemos: la belleza trágica de vivir a destiempo
A través de una narrativa no lineal, El tiempo que tenemos (We Live In Time, 2024) es una melancólica película que evoca lo imperfecto de vivir a destiempo. Aun con ello, evita el pesimismo, optando por la ternura y delicadeza melodramática.
La película nos presenta la historia de Almut (Florence Pugh) y Tobias (Andrew Garfield) a partir de tres momentos importantes en su relación: el inicio del romance en un accidente automovilístico, el difícil embarazo de la pareja y el proceso de aceptación de un diagnóstico de cáncer terminal.
El trailer de El tiempo que tenemos (We Live In Time, 2024) nos vendía un filme más convencional y genérico de lo que en realidad es, porque el argumento escrito por Nick Payne (guionista de la fallida serie Wanderlust) nos regala un tierno conjunto de fragmentos narrativos que reflexionan acerca del tiempo y las huellas que dejamos en el corazón de quienes nos rodean. Tomando como base los clichés de dramas sobre enfermedades, la película profundiza en lo absurdo de planear “proyectos de vida”, ya que la existencia se rige básicamente por la incertidumbre. Paradójicamente, los rasgos más banales de una persona (como “la forma correcta de partir un huevo”) pueden tener mayor trascendencia que las grandes hazañas profesionales.
El tiempo que tenemos: una película de delicadeza melodramática
Si bien la trama es una formal love story, el núcleo del filme está en el afecto dividido de Almut (Pugh) entre su familia y su carrera como chef. Presionada por Tobias (y la obsesión por “el reloj biológico”) o su propio cuerpo, la protagonista debe realizar a contrarreloj todos sus proyectos planeados, pues se niega a simplemente desaparecer sin dejar rastro de su existencia. El inevitable destino de Almut no es una muerte literal, sino la heroica renuncia de una competencia, perspectiva simbólica que es aún más devastadora que mostrar la agonía de forma explícita.
Mientras en Wanderlust el “poliamor” era una medida desesperada para salir de la monogamia y ampliar el paladar afectivo de los protagonistas, en El tiempo que tenemos, el espíritu competitivo de Almut (en la cocina o la pista de hielo) le permite vivir un placer que no experimenta con sus roles como madre o esposa, detalle que desencadena las únicas peleas entre los protagonistas. Conectando con Brooklyn (2015) y El jilguero (2019), el nuevo filme de John Crowley (director) también explora los límites que la condición humana pone al individuo para no alcanzar propósitos superiores; de hecho, los personajes ni siquiera se enfrentan a una disyuntiva, directamente se les obliga a huir hacia adelante.

Para dar mayor complejidad al relato, Crowley vuelve a experimentar con narrativas no lineales. A diferencia de su desastrosa adaptación de El Jilguero, los episodios que integran El tiempo que tenemos poseen frescura y espontaneidad, básicamente porque la producción explota el encanto de Garfield y Pugh fuera de cámaras, es decir, sus perfiles como celebridades.
Evitando el drama denso y pesimista, la película opta por la ternura y delicadeza melodramática de Brooklyn, rescatando algunos rasgos del estilo indie de la década pasada –como la banda sonora con influencia folk compuesta por Bryce Dessner de The National o la etérea cinematografía de Stuart Bentley–, lo cual exalta el lado “mundano” de las oscarizables estrellas, sobre quienes recae todo el peso emotivo del filme.
Como sucedía con Brooklyn, Crowley dirige otro largometraje visualmente ligero, pero con gran sensibilidad en los detalles dramáticos, haciendo que escenas como el inesperado parto o la competencia de cocina sean tan entrañables sin saber específicamente el porqué. Incluso, aunque la película se parezca a otras tantas del mismo género, la falta de originalidad es compensada con la extraordinaria química entre los protagonistas, aun cuando el montaje hace todo lo posible por matar los puntos climáticos de la historia.
Lo sobresaliente de El tiempo que tenemos viene de una notable dirección de actores y buenas decisiones en la sala de montaje, donde surgió la idea de romper el orden de las escenas para provocar la sensación de estar frente a un filme inacabado. El planificado caos en la edición lleva a lo cinematográfico la idea general de ficción sobre la imposibilidad de construir un futuro a base de planes y promesas, puesto que todo lo bello de la vida es efímero, inesperado y finito. En conclusión, una melancólica e imprescindible obra que evoca lo imperfecto y trágico de vivir a destiempo.
El tiempo que tenemos está en cines de México
Categorías