Crítica ‘Joker Folie à deux’: la tragedia de Arthur Fleck en una fallida secuela
Joker Folie à deux resulta una película que “habla” torpemente y que nunca se atreve a dar un golpe sobre la mesa más que al final. Asimismo, Todd Phillips elige la forma y el lenguaje cinematográfico más encogido posible, el más convencional, pero sin habilidad.
Por: Carlos Carrizales
Hace cinco años, Joker (Todd Phillips, 2019) tomó al villano más conocido del repertorio de antagonistas de Batman, bebió (algunos dirían más bien “robó”) todo lo que pudo del imaginario del cine de renegados sociales que se embarcan en venganzas reaccionarias contra el sistema (inevitable su comparación con Taxi Driver y El rey de la comedia (Martin Scorsese, 1976, 1983) y logró posicionarse como una película exitosa para la industria. Ahora, Phillips regresa con Joker Folie à deux, en una secuela medianamente inesperada que resulta desconcertante e impredecible en varios aspectos, con cierta profundidad temática pero ensimismada, de ejecución indecisa y, en última instancia (aunque sin sorpresa), fallida.
Dos años después de la primera película, Arthur Fleck (Joaquin Phoenix) se encuentra recluido en el asilo Arkham mientras espera un juicio por sus asesinatos. Ahí conoce a otra paciente: Lee Quinzel (Lady Gaga), con quien comienza una fascinación/romance que lo lleva a encontrar un nuevo sentido a su existencia y lo impulsa a aceptar, paulatinamente, su rol del Guasón.
Joker Folie à deux: Arthur Fleck nunca había sido más víctima
Antes que otra cosa, debe destacarse que, a su modo, Joker Folie à deux es una película profundamente triste. Trágica en el sentido más clásico de lo que implica el género: un protagonista que, haga lo que haga, pierde, al enfrentarse contra un destino irremediablemente marcado. No solo es una secuela que profundiza las cicatrices mentales y físicas del personaje principal, sino que continuamente le arrebata todos y cada uno de los pilares que lo hicieron “célebre”, tanto al interior de la ficción como entre su fandom, cosa que probablemente disguste a más de un fanático de la primera entrega.
Su adición más destacada se da en la forma de secuencias musicales que cada tanto irrumpen, ya sea de manera sobria con los personajes cantando una canción de pronto o en números de gran producción. Como en todo musical, las canciones funcionan a modo de segmentos cuyo carácter es expresivo/narrativo, aclarando estados de ánimo, sueños y pesadillas, tomas de consciencia. Aunque este medio pie dentro del musical está menos fuera de lugar de lo esperado, lo cierto es que como decisión creativa se inserta de manera irregular, creando una atmósfera intrigante por su estilo, aunque poco sólida para considerarla una ejecución audaz.

Lo verdaderamente interesante de esta secuela es que Arthur Fleck nunca había sido más víctima. Si en la primera película el personaje era un marginado social que, no obstante (y de forma cuestionable, pero efectiva), lograba una clase de emancipación a través de su cambio de rol de víctima a victimario, así como una reivindicación al alzarse como ícono de un estallido social contra los privilegiados, en esta segunda parte el personaje de Phoenix es continuamente pisoteado, agredido y aún más: ahora es explotado de múltiples formas, tanto físicamente como en el plano de lo simbólico.
Se nos cuenta y muestra que las industrias culturales sacaron leña del árbol caído con un libro sobre el asesinato de Murray (Robert De Niro) y una película de la vida de Fleck basada en lo acontecido en la primera parte, pero centrada en los detalles más escabrosos. Por otro lado, su abogada lo enfrenta a un entrevistador abusivo que lo expone en cadena nacional, los guardias de Arkham lo usan como bufón personal y el fiscal Harvey Dent busca sentenciarlo a la pena de muerte para que sea el chivo expiatorio del aparato de justicia.
La propia Harley Queen, que en el imaginario popular funciona como la cómplice ideal del payaso, aquí es un personaje cuya existencia sirve para acentuar el saqueo emocional y experiencial de Fleck. Lejos de una relación “romántica”, Gaga interpreta al prototipo de “fanático” que no ve en su ídolo más que eso: una idea satisfactoria, una personalidad atractiva, un símbolo… pero no un humano. Lee Quinzel se configura como alguien que quiere que Fleck sea lo que ella quiere que sea, independientemente de lo que él quiera o necesite ser.
En última instancia, podría decirse que el propio “personaje” del Guasón es el sinónimo último de la explotación de este marginado abusado por su madre, abandonado por el Estado y espectacularizado por las masas; justamente lo que lo volvió un ícono en la primera película, esa figura de cara pintada, pelo verde y traje rojo, es ahora una especie de “sombra” (como se nos sugiere en el corto animado al principio) que pesa sobre Fleck como un ente que, a medida que avanza el metraje, intenta salir y manifestarse. Solo que, en el proceso, consume al hombre e incluso nos impide verlo en toda su patética, triste e indigna posición social y humana.

Con todo esto podríamos interpretar a Joker Folie à deux como una historia que busca desmitificar el significado que se construyó en la primera película, incluyendo las lecturas políticas y sociales que glorificaron al Guasón, a través de la idea de que Joker es una ficción que se vuelve tan impactante, tan espectacular, que borra la distancia con lo real, al grado de que esta última deja de importar, que es lo mismo que decir que Arthur Fleck deja de importar.
Es así que Joker: Folie à deux es la historia de cómo el Guasón en tanto sombra, ficción, doble maligno (doppelganger), ícono social y máscara, se emancipa del cuerpo y la mente del triste Arthur. Y cuando no hay Guasón, solo nos queda el marginado. Nos queda un hombre abusado, asustado, con problemas psicológicos, desatendido y explotado. Y eso ya no es tan divertido de ver.
Joker Folie à deux es la historia de cómo el Guasón en tanto sombra, ficción, doble maligno (doppelganger), ícono social y máscara, se emancipa del cuerpo y la mente del triste Arthur.
Con todas estas ideas latiendo en la narrativa e incluso ancladas a cosas que efectivamente suceden, podría pensarse que Joker Folie à deux tenía mucho para ser una película decente. Pero no es así. Todd Phillips elige la forma y el lenguaje cinematográfico más encogido posible, el más convencional, pero sin habilidad, en una mezcla de géneros inconsistente y temerosa de explorar todas las aristas que propone.
La interesante idea de la explotación de Arthur se pierde al ser explorada desde la perspectiva de la “identidad partida” sin que se le añada nada nuevo o interesante. La fanática que interpreta Gaga también es retratada desde una perspectiva anodina, ya vista en muchas otras narraciones; la suma de tragedia más musical, lejos de ser un pastiche novedoso termina por ser una decisión extraña, que a veces fluye y a veces no.

Vista de principio a fin, Joker Folie à deux resulta una película que “habla” torpemente y que nunca se atreve a dar un golpe sobre la mesa más que al final, quizás, en un desenlace acorde con la temática general pero que deja con la sensación de dar un frenazo en seco luego de un tercer acto repleto de curvas erráticas (y que dará mucho de qué hablar).
Decisiones extrañas de guion dejan en un limbo de buenas intenciones, pero mala ejecución, a una historia arrítmica y sin mucho sustento para existir. Joker Folie à deux no termina de funcionar ni como entretenimiento industrial ni como cine de autor, a pesar de que, si intenta adivinarse dónde prefiere estar, sería en la segunda clasificación; solo que para ello necesitaría haber sido dirigida por un director más competente.
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Qué buena reseña. No estoy de acuerdo en todo pero está muy bien sustentada. Se puede dialogar.