Furiosa: una precuela de alto octanaje
Cuando de relanzamientos de franquicias en el nuevo milenio se trata, entre remakes desastrosos como Robocop (Jose Padilha, 2014), pasando por las secuelas de Star Wars, hasta ejemplos más notables como El Planeta de los Simios y su fantástica trilogía de César, son pocos los que pueden igualar la frescura e innovación de Mad Max: Fury Road (2015). Tras una preproducción infernal de casi tres décadas, la magnum opus de George Miller regresaba a la gran pantalla en todo su esplendor con una entrega a la altura del mito, película que no se conformó con ser la carta de presentación para las generaciones no familiarizadas con la trilogía original y que buscó activamente una reinvención completa del Wasteland, presentando su versión más potente y ultra estilizada.
La secuela opuso resistencia a entrar a los cánones del cine de acción moderno, entonces enfrascado en coreografías copiadas del estilo grandilocuente pero plano de Michael Bay. Mad Max: Fury Road, por su parte, propuso secuencias imaginativas que destacaron por su espectacularidad, realismo y técnicas de dirección y montaje para ordenar el caos de sus persecuciones. Su trama fue sencilla pero de situaciones complejas y, sobre todo, de personajes de nivel; un muy enigmático Max Rockatansky, aunque en la mayoría de escenas eclipsado por el mejor personaje femenino de la saga: la imperator Furiosa.
Situada 47 años después de la crisis que llevó a la humanidad a la barbarie, Furiosa (2024) nos relata la tragedia del personaje homónimo: desde su despojo de un edén matriarcal para ser entregada a Dementus, el líder de una pandilla de motociclistas que quiere gobernar el Wasteland, hasta cómo se volvió la mano derecha del temible villano Inmortan Joe.
En ese sentido, Furiosa se caracteriza por presentar una de las historias más ambiciosas en el universo postapocalíptico de George Miller, quien, en su mayoría, nos ha acostumbrado a tramas anecdóticas que llegan del punto a al punto b. Es así que quinta película de la franquicia es mucho más parecida a la primera entrega del 79, en la que predomina el desarrollo dramático de su protagonista, así como la comprensión de las dinámicas de su mundo y los eventos que los corrompieron.
Incluso así, Furiosa va más a allá en la exploración de estos aspectos, adentrándose en la mitología de su protagonista y su mundo a un nivel que capítulos anteriores no se habían atrevido, lo que refuerza nuestra comprensión de su diégesis, pero que no deshace el misterio que la envuelve. Concentrado en narrar con acciones y procurando no apoyarse en el diálogo, Miller traza ágilmente una guía del Wasteland que nos ayuda a entender las características de cada facción y terreno, sin estancar el cauce narrativo, como sucede en entregas como la duología Dune y sus didácticos interludios para explicar maniobras diplomáticas y repercusiones políticas.

Este trasfondo que nutre su universo no empaña la tragedia de Furiosa y su arco de venganza, que construye varias capas de grandeza sobre lo que se estableció en torno al personaje en Mad Max: Fury Road, a la que, como buena precuela, nutre y llena de significados ocultos. El australiano bebe de la tradición griega y hace de este un viaje de perdida muy doloroso, basado en una relación entre héroe y villano que se fortalece del replanteamiento constantemente de uno y otro a partir de sus caracteres sumamente complicados, impulsados por las interpretaciones de su dúo protagonista.
Por un lado, tenemos a Anya Taylor Joy, que, si bien recupera la esencia de la propuesta de Charlize Theron, agrega matices valiosos a su personaje partiendo del robo de su inocencia, forzada por las circunstancias, valiéndose de rasgos mínimos como el silencio y la mirada para transmitir sus emociones. En otro extremo tenemos a Dementus, un retorcido Prometeo enaltecido por un Chris Hemsworth totalmente fuera sí, cuyo carisma, desparpajo e inesperado trasfondo emocional le hacen un villano memorable, de esos que llegas a odiar, pero que tampoco quieres dejar de ver en la pantalla.
En cuanto a sus escenas de acción, aunque llega a heredar ciertos detalles de Fury Road, la aproximación de Furiosa a las persecuciones es diferente, lo cual no significa menos adrenalina, sino que condiciona su frenetismo al movimiento de la cámara y al montaje interno. Con ello, el director crea escenas audaces de coreografías trepidantes, diseñadas para abarcar toda la acción posible sin recurrir al corte. El resultado son secuencias delirantes que te mantienen al filo del asiento y conservan ese espíritu que inmortalizó las aventuras del guerrero de la carretera.
Eso sí, hay que destacar que la película se apoya más en los efectos digitales que su antecesora, hecho que llega a problematizar su uniformidad estética, debido al irregular uso del CGI en ciertos fragmentos. Claro, no llega a descuidarse al grado de otras películas —como los trabajos más recientes del Universo Cinematográfico de Marvel— pero sí hace extrañar ese riesgo que hacía sentir la practicidad en su predecesora. En este punto es donde el largometraje puede dividir a la opinión, puesto que, para algunos, dichos cambios a ciertos sistemas establecidos en Mad Max: Fury Road pueden representar un retroceso en la línea subversiva que parecía seguir el nuevo capítulo dentro de la saga.
Finalmente, Furiosa mantiene una categoría bastante alta dentro de su franquicia, con una epopeya que consolida a su protagonista como uno de los personajes más ricos en el universo postapocalíptico de George Miller, quien entrega un blockbuster atrayente y desenfrenado totalmente digno de experimentar en pantalla grande.
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