Ripley: la reinvención que el personaje necesitaba
El falsificador Tom Ripley (Andrew Scott) acepta la misión de viajar a Italia para persuadir a Dickie Greenleaf (Johnny Flynn) de volver a Estados Unidos con sus padres. Pese a ganar la confianza del bohemio heredero, la presencia de Tom despierta la desconfianza y los celos de Marge Sherwood (Dakota Fanning), la novia de Dickie.
Tras el estreno de Saltburn (2023) —el cual evidenciaba que para el público joven únicamente existía el Tom Ripley de Matt Damon—, quedó claro que la saga de Patricia Highsmith necesitaba una nueva adaptación. La serie escrita y dirigida por Steven Zaillian (guionista de La lista de Schindler y Moneyball) no sólo omite la fantasía naif de Grand Tour creada por las dos adaptaciones previas, también devuelve a la historia su esencia de thriller psicológico, donde al fin podemos disfrutar en todo su esplendor ese “talento” que tanto nos presume el título de la novela.
Aunque la monocromía es lo más discutido, Ripley es un portento visual y sonoro que tiene por objetivo crear una atmósfera de peligro latente. La fotografía de Robert Elswit (There Will Be Blood, 2007) convierte cada rincón de Italia en terreno hostil para el criminal protagonista. Evocando las horas muertas en el cine de Michelangelo Antonioni, el showrunner construye un increíble espectáculo donde el espacio y el tiempo (en términos de montaje) tienen especial protagonismo a la hora de crear tensión, especialmente cuando Ripley debe mancharse las manos de sangre.
Los dos episodios destinados a los homicidios cometidos por Tom son de un suspense tan brillante que parecen producciones del siglo XX. Tomando el riesgo de perder a la mayor parte de su audiencia, Zaillian desacelera el ritmo en dichos capítulos para explotar la ansiedad de un criminal inexperto. En la línea del homicidio en Investigación sobre un ciudadano libre de toda sospecha (Elio Petri, 1970), Andrew Scott interpreta a un desesperado asesino que lucha cuerpo a cuerpo con el entorno, donde hasta lo inanimado (como una barca o un ascensor) parece cobrar vida para obstaculizar los intentos del asesino por cometer el crimen perfecto.

Con un performance a la altura del sombrío vaquero de Dennis Hopper (El amigo americano, 1977), el actor se convierte en un Tom Ripley diferente a lo antes visto en la pantalla grande, que salta del patético oportunista al psicópata seductor. Apoyado por la brutal cinematografía que remarca su pequeñez frente a la imponente arquitectura, el mezquino y frío Ripley de Scott se enfrenta a lo impredecible en tierras extranjeras, donde perfeccionará su talento: volver invisible su verdadera personalidad.
Es ingenioso cómo Zaillian hace de Ripley “el enemigo del pueblo” cada vez que detalles revelan su foraneidad, no del país, sino de la burbuja de privilegiados extranjeros viviendo en Italia. Protestar por el cobro de una factura y otros descuidos lo delatan en su aspiracionista intento por infiltrarse en la élite europea, dejando atrás al miserable estafador que siempre viste una vieja chamarra de cuero. Sin embargo, el Tom del último episodio tampoco es un sinvergüenza victorioso y libre de culpas. Andrew Scott logra transmitirnos un estado de caos controlado, motivado por el miedo constante a exponer su verdadera identidad, la cual solo vislumbramos cuando el fantasma de Dickie Greenleaf aparece en pantalla o Ripley pierde el control por la paranoia.
La académica escritura de Steven Zaillian perfecciona algunos aspectos de la novela, omitiendo pasajes inverosímiles a nivel audiovisual –el testamento falsificado de Dickie, por ejemplo– y añade otros elementos que dan profundidad al relato, como la analogía entre Ripley y Caravaggio. La “luz” de los cuadros y la biografía del pintor se convierten en metáforas complementarias al juego entre justicia y suerte que lleva al protagonista a salirse con la suya.
Si bien los primeros episodios del programa están cargados de seriedad dramática y un ritmo lento, el showrunner va aligerando el tono con la introducción del inspector Pietro Ravini. La actuación de Maurizio Lombardi da a Ripley un estilo de intriga melvilliana que devuelve a la trama el suspenso policíaco presente en la saga de Highsmith. Como arquetipo del detective astuto, pero bonachón, el protagonismo de Ravini aporta al thriller psicológico un refinado humor negro, basado en la astucia de Tom para burlar al incompetente sistema judicial.
Es asombrosa la reinvención de los roles secundarios, cambiando drásticamente las personalidades antes vistas en las adaptaciones previas. Todos los personajes parecen perder su toque burgués, siendo Ripley el único que ambiciona esa “buena vida” a la que ni siquiera aspira el millonario Herbert Greenleaf, una especie de “empresario-obrero” interpretado por Kenneth Lonergan, coguionista con Zaillian en Pandillas de Nueva York (Martin Scorsese, 2002). Tampoco Dickie (Flynn) es el playboy desinhibido y mujeriego de las películas; el joven heredero muestra el abolengo de otras formas, como su discreta homofobia oculta en ese “otro problema” que insinúa en San Remo. No obstante, el mejor tratamiento lo tiene Marge (Fanning), quien adquiere una madurez y dureza emocional, que sirve de contrapeso al protagonista durante el último episodio.
Esta producción de Showtime (distribuida por Netflix) está llena de detalles, como la presencia de John Malkovich interpretando a Reeves Minot –personaje de La máscara de Ripley (editado por Anagrama)–, quien abre la puerta a la adaptación de otras novelas de la saga y funciona como homenaje al filme de Liliana Cavani (El juego de Ripley, 2002). Steven Zaillian logra superar sus propias ambiciones, al ejecutar con maestría todos los recursos de la mejor novela negra, convirtiendo a Ripley en una gran maquinaria de hermosas imágenes monocromáticas que dan justicia al legado de Patricia Highsmith.