Desafiantes: los triángulos amorosos jamás habían sido tan frenéticos
Desafiantes no es otro convencional “triángulo amoroso”, ya que el romance es sólo el vehículo de una inteligente reflexión sobre cómo el crecimiento personal y las relaciones sentimentales van fuertemente entrelazados a lo largo de nuestras vidas.
La entrenadora Tashi Duncan (Zendaya) inscribe a su esposo Art Donaldson (Mike Faist) en un torneo Challenger, con el objetivo alcanzar la redención tras una racha de derrotas. Inesperadamente, a la misma competencia se inscribe el tenista en decadencia Patrick Zweig (Josh O’Connor), quien desea ganar algunos dólares para sobrevivir. Mediante flashbacks descubrimos cómo Patrick y Art pasaron de ser los mejores amigos a rivales por el amor de Tashi, la joven promesa del tenis malograda por un accidente.
El punto más alto del precode hollywoodense lo alcanzó el ménage à trois de Una mujer para dos (Design for Living, 1933). En la obra maestra de Ernst Lubitsch, dos amigos (Fredric March y Gary Cooper) encuentran en Gilda (Miriam Hopkins) la motivación para perfeccionar sus talentos artísticos. No obstante, cuando inicia la rivalidad por acaparar el afecto de la dama, todo se derrumba, incluyendo sus carreras en ascenso. ¿La solución? Recuperar la amistad y regresar a ese poliamor que tanta felicidad les había dado en París.
Menciono al clásico de 1933 porque su idea sobre el talento y los lazos afectivos tiene bastantes paralelismos con Desafiantes (Challengers, Luca Guadagnino, 2024), cuyo guion escrito por Justin Kuritzkes es la versión contemporánea del toque Lubitsch, tomando en cuenta la desinhibición y sensualidad de los personajes y sus acciones. Desafiantes no es otro convencional “triángulo amoroso”, ya que el romance es sólo el vehículo de una inteligente reflexión sobre cómo el crecimiento personal y las relaciones sentimentales van fuertemente entrelazados a lo largo de nuestras vidas. Llegada la madurez, los tres “rivales” descubren que el orgullo y la obstinación eran los únicos obstáculos impidiendo la conclusión de ese simbólico “partido” tan mencionado por Tashi.
No obstante, el verdadero origen del guion se encuentra en el US Open de 2018, cuando Serena Williams fue multada por recibir consejos del entrenador Patrick Mouratoglou y romper su raqueta durante el partido contra Naomi Osaka. El guionista se inspiró en dicho escándalo para jugar con los límites del lenguaje no verbal en la cancha, construyendo un diálogo corporal y gestual que sólo los protagonistas entenderían. Es asombroso el trabajo de Kuritzkes, porque llena la historia con dispersos fragmentos del pasado que al final son enlazados en un brutal frenesí audiovisual, el cual utiliza el rostro de Zendaya para mostrarnos el “puntaje” real del pasional duelo entre Art y Patrick.
Por su parte, Luca Guadagnino recurre a la metáfora deportiva para convertir este drama en una literal competencia fuera del campo de juego. El montaje, los encuadres, los movimientos de cámara y la intrusiva música electrónica compuesta por Trent Reznor y Atticus Ross son la base para construir una potente analogía entre las discusiones y los sets en un partido de tenis. La mezcla de elementos tan eclécticos da como resultado la obra más intensa y frenética en la filmografía de Guadagnino.

Si bien el cine del director italiano se ha vuelto muy formal con los años, Desafiantes es un retorno a la vaguedad sentimental de Yo soy el amor (2009), pues sólo al final de las películas conocemos las emociones más honestas en el corazón de los protagonistas. Guadagnino explota el star power de su elenco con tomas que capturan hasta el sudor de los actores, pero ni siquiera esos planos tan cerrados pueden revelar los próximos movimientos de los personajes, especialmente los de Tashi (Zendaya).
Es ingenioso cómo la imagen siempre proyecta de alguna forma las palabras que los personajes no se atreven a decir. Un ejemplo es la relación entre Patrick y Art. Los hombres jamás hablan sobre su propia relación, pero la producción acentúa guiños homoeróticos entre los personajes, ya sea una mano en la pierna, la forma de acercar la silla del amigo o el encuentro incómodo en una sauna. Guadagnino se encarga de que el filme gire en torno a esos detalles —como el baile al ritmo de Love My Way en Llámame por tu nombre (2017)—, que resultan intrascendentes la primera vez que suceden en pantalla, pero después adquieren una fuerza simbólica y emotiva en la historia.
El único obstáculo para conectar completamente con la película es el cruce entre líneas temporales. Algunos saltos del presente al pasado resultan inconexos, porque no se justifica acertadamente la presencia de dichos flashbacks, más allá de respetar la cronología del periodo al que pertenecen. La década de distancia entre la etapa universitaria y el torneo Challenger tampoco es clara, pues los actores mantienen un inmutable perfil “adolescente” durante todo el largometraje. Como consecuencia, jamás vemos la transición entre la inmadurez juvenil y la crisis adulta; la intuimos por el guion y los rótulos, pero no mediante el trabajo de los intérpretes o la caracterización.
Sin embargo, esa caótica edición de los tiempos es nublada por la extraordinaria “química” entre los actores y el talento del cineasta para embellecer (aún más) los atléticos cuerpos de su elenco, logro compartido con el director de fotografía Sayombhu Mukdeeprom, el maestro de la luz en las películas de Apichatpong Weerasethakul. Ya sea Josh O’Connor fumando como Steve McQueen o Zendaya mirando a la nada mientras suena Caetano Veloso, cualquier escena es un pretexto para filmar al trío de estrellas con la belleza banal que pocos cineastas pueden lograr, sin convertir su película en una campaña publicitaria de dos horas. En otras palabras, Desafiantes es el match point en la carrera de Luca Guadagnino.
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