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Amor a la mexicana: 18 imprescindibles comedias románticas clásicas

Mediante la ficción podemos aproximarnos a la realidad de una sociedad, por lo menos de forma simbólica y a través del filtro de sus creadores. Si tomamos como referencia a la cinematografía nacional, ¿qué nos dicen las películas sobre el amor? Es interesante hacer una revisión del cine mexicano desde los valores afectivos, porque nos encontramos con una diversidad de narrativas que desembocan en un mismo lugar: la moral del momento histórico.  

Como escribía Salvador Elizondo, el mexicano es un “cine de moraleja, y lo que es peor, un cine de moraleja condenatoria”, incluso cuando su tono es más ligero. La comedia romántica nacional inicia formalmente con Allá en el Rancho Grande (Fernando de Fuentes, 1936), película inaugural de la Época de Oro y que, paradójicamente, gira en torno al “derecho de pernada” y la virginidad de la protagonista. Las producciones de este periodo establecieron las bases de un género que estuvo fuertemente ligado al melodrama, la picaresca y el matrimonio como fin máximo del amor.

En todas las cinematografías del mundo, las películas románticas construyeron una imagen idealizada de las relaciones sentimentales de acuerdo a los patrones de una sociedad heteronormada. En el caso mexicano, el flirteo y enamoramiento estuvieron determinados por el machismo arraigado a la cultura popular. Ya fuera una comedia de vecindad, una historia ranchera o un romance entre ricos, los (casi siempre) inalterables roles de género tenían fuerte influencia en toda trama romántica, por encima de los sentimientos.   

El siguiente listado pretende hacer un recorrido a través de una selección de títulos imprescindibles, para entender cómo la industria nacional abordó a mediados del siglo XX una de las manifestaciones más sublimes de la condición humana: el amor.

18 comedias románticas clásicas mexicanas 

18. Sor Ye-yé (Ramón Fernández, 1968)

18 imprescindibles comedias románticas clásicas mexicanas

Son inapropiadas las comparaciones, pero Hilda Aguirre es nuestra Audrey Hepburn mexicana, y este filme es la mejor demostración. En plena liberación sexual, María (Aguirre) toma una radical decisión para darle sentido a su errática vida: convertirse en monja. Adaptación libre de una novela de Armando Palacio Valdés (La hermana San Sulpicio), la coproducción México-España fue básicamente un pretexto para introducir canciones de Manuel Alejandro en alguna película, pero termina siendo un entrañable musical sobre encontrar lo trascendental de la vida, independiente a la perspectiva religiosa del filme.

El cantante Ernesto (Enrique Guzmán) y el doctor Juan (Manuel Gil) representan los dos tipos de amor conocidos por Sor Ye-yé: el pasional y el espiritual. La rivalidad inicial entre la novicia y el médico se transforma en amor, a la par del arco dramático de la protagonista, quien pasa de una irresponsable banalidad a ser consciente sobre los problemas de su entorno.

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17. Nosotras las sirvientas (Zacarías Gómez Urquiza, 1951)

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Un perfecto ejemplo de cómo el clasismo atraviesa bastantes narrativas románticas de nuestro imaginario colectivo, porque no hay nada más propio del melodrama mexicano que una trabajadora enamorada de su empleador. Claudia (Alma Rosa Aguirre) llega a la capital para convertirse en “señora” y el primer paso es trabajar como maid en la mansión de Felipe (Rubén Rojo), el pasajero del taxi que la atropelló. 

Esta versión rocambolesca del arquetipo popularizado por María Isabel (publicada un año antes) está repleta de escenas chuscas del México de Chava Flores, donde la patanería más chilanga (de todas las clases sociales) recibe con los brazos abiertos a la protagonista, quien solo vive para soñar con despertar sentimientos en su sofisticado (pero engreído) “patrón”. Además, la película tiene una escena de baile (sí, ESE mambo) que es indiscutiblemente uno de los momentos más memorables de la comedia mexa.

16. Yo soy muy macho (José Díaz Morales, 1963)

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Una mujer suplantando la identidad de un hombre y que en la misión termina enamorada de su jefe (sí, nuevamente) es otra de las premisas más incómodas del cine mexicano. Este malabar argumental supone el “picante” escenario de un macho besando a otro, sin transgredir la decencia de los espectadores. En otras palabras, un malogrado intento de toque Lubitsch bastante moralista, misógino y homofóbico. 

Desde Me ha besado un hombre (1944, con guion de Díaz Morales), pasando por Yo quiero ser hombre (1950) y Me ha gustado un hombre (1965), hasta el infame telefilme Quisiera ser hombre (1989), todas las versiones abordaron con desaciertos el breve momento donde el protagonista –escandalizado por un beso– cree sentirse atraído por su colega, condenables escenas a años luz del desparpajo bisexual de John Gilbert en Queen Christina (1933). En México no había Código Hays, pero bastaba con las mojigatas mentes de cineastas y productores.

Yo soy muy macho es la entrega menos incorrecta de esta categoría, ya que el argumento es consciente sobre lo pernicioso del machismo mexicano, frente a la racional y empática postura del doctor (Miguel Ángel Ferriz), quien incluso se permite juguetear con el absurdo delirio homofóbico del protagonista. El personaje de Miguel Torruco resulta una divertida caricatura del macho mexicano, convertido en miserable pelele por Mario/María (Silvia Pinal), quien lo desarma hasta dejarlo en su versión más frágil. 

15. Mi adorada Clementina (Rafael Baledón, 1953)

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Influenciada por la literatura de Oscar Wilde (especialmente El abanico de Lady Windermere), el filme es una sátira sobre los vestigios de la rancia sociedad porfiriana en los modelos contemporáneos de vida conyugal. Para solucionar la crisis matrimonial de su nieta, el espíritu de la fallecida Clementina (Marga López) toma el cuerpo de la joven Clemen (también interpretada por López), quien vive fascinada con las modas vintage de principios de siglo. La fantasía une a dos generaciones para hablar sobre los peligros de añorar el pasado, especialmente en una sociedad tan patriarcal y misógina como la mexicana.

La abuela Clementina juega con las inseguridades del esposo de Clemen (Antonio Aguilar) para borrar la desventaja de su nieta en esa relación sin afinidades. La trama se complica cuando el abuelo (Joaquín Pardavé) cree estar enamorado de su nieta, porque el fantasma de Clementina también busca aclarar una acusación de infidelidad del pasado. 

14. Los novios de mis hijas (Alfredo B. Crevenna, 1964)

Si Sara García es la abuela de México, Amparo Rivelles era la madre de México (o al menos durante el colofón sesentero que tuvo el final de la Época de Oro del cine nacional). Con historia de Mario García Camberos, pero adaptada por la escritora Josefina Vicens (importantísimo este dato), Los novios de mis hijas no sólo es otro pretexto para reunir a un grupo de jóvenes celebridades; el filme va adquiriendo matices en la medida que conocemos a las “hijas” y sus “novios”. Si bien la premisa es un tanto “conservadora”, vemos como la misión de buscarle esposo a las cuatro chicas casaderas va marcando cierta distancia sobre lo institucional del matrimonio en el pasado. Sí, hay un entusiasmo por la vida conyugal, pero eso no incapacita la posibilidad de cumplir otros sueños.

Sin tomar en cuenta su secuela (Los problemas de mamá, 1970), que altera radicalmente la personalidad de los personajes, esta película presenta a cuatro mujercitas decididas a no casarse hasta encontrar hombres parecidos al padre muerto, un amoroso científico loco que dejó huella en sus impulsivos retoños. Lo mejor del filme es la líder del hogar, interpretada por Rivelles, una madre insistente en preferir a cuatro hijas solteras y libres de relaciones destructivas, porque su verdadera preocupación son los proyectos de vida de las chicas, a veces desproporcionados y peligrosos.

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13. ¡Baile, mi rey! (Roberto Rodríguez, 1951)

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En el cine, las competencias de baile son los mejores escenarios para encontrar el amor verdadero, especialmente si se trata del Esmirna Dancing Club. Agobiado por unos calambres en la pierna, Resortes (sin su característica voz y más patán que nunca) tiene otra oportunidad para disputar un trofeo en la pista con Conchita (Silvia Derbez), su nueva pareja de baile e hija del pachuco Tony (Carlos Valadez). La mezcla de barriada, cancionero y dancing nocturno convierte a esta película, con altas cargas de cine negro, en una inmejorable muestra de la vibrante comedia popular mexicana

Este Pigmalión de vecindad ofrece dos caras del amor: una malsana (Josefina del Mar) y otra inocente (Derbez), pero la marginalidad y el crimen terminan borrando la línea entre ambas. Las adversidades de este thriller pachuco escrito por Rodríguez y Carlos González Dueñas (guionista de Nosotros los pobres) se resuelven al ritmo de boogie woogie y mambo, en una batalla final de baile que nos regala uno de los mejores performances de Resortes sobre la pista. 

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12. Quinceañera (Alfredo B. Crevenna, 1960)

Quinceanera pelicula mexicana

Imitando la política paternalista del Estado, la industria cinematográfica asumió la misión de construir un discurso hacia los jóvenes que condenara conductas ajenas a los valores patriarcales más tradicionales. En un intento por alejarse de arquetipos pandilleros y “rebeldes sin causa”, Edmundo Báez, Jorge Durán Chávez y Alfonso Rosas Priego escribieron este melodrama coral que explora los problemas sentimentales de tres adolescentes con diferentes niveles socioeconómicos; modelo explotado durante años posteriores, hasta su evolución en ficciones críticas y oscuras como El primer paso… de la mujer (1974). 

Pese a que este melodrama prioriza las adversidades económicas y familiares para realizar las tres fiestas de XV años, Leonor (Velázquez) y Pancho (Alfonso Mejía) protagonizan un adorable romance saboteado por la ambiciosa madre de ella. Esa pareja inspiró el remake televisivo de 1987, pues nos brinda el descanso cómico con una desbordada y escandalosa Tere Velázquez (en el buen sentido) y un Alfonso Mejía (Pedro de Los olvidados) en su mejor momento. Comparten crédito con Maricruz Olivier y Héctor Godoy, quienes volverían a coincidir el año siguiente en otro tríptico sentimental llamado Chicas Casaderas (1961), también dirigido por Crevenna.

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11. La muerte enamorada (Ernesto Cortázar, 1951)

18 imprescindibles comedias románticas clásicas mexicanas

Versión tropical de Death Takes a Holiday (1934), retoma el imaginario mexicano sobre la muerte como dama estoica y fría que sube a la tierra para experimentar los placeres terrenales. El también músico Ernesto Cortázar (coautor de varios clásicos populares) demuestra en este filme un abanico creativo que no da tregua, ya sea por sus hilarantes situaciones sin intermedios dramáticos o un número musical en el inframundo con esqueletos bailando mambo. En otras palabras, es Macario (1960) en tono ligero y guapachoso.

El guion juega con la ironía y el sentido literal de las palabras, construyendo una cadena de malentendidos que finaliza en remates cómicos ingeniosos, la mayoría sobre dificultades económicas y la imposibilidad para alcanzar la prosperidad plena, felicidad frustrada por el eterno acecho de la muerte. El flirteo entre Tasia (Miroslava) y Jorge (Jorge Reyes, haciendo gala de subrayado acento argentino) es un prolongado chiste rematado con el icónico viaje nocturno hacia salones y cantinas del entonces Distrito Federal.

10. La mujer que no tuvo infancia (Tito Davison, 1957) 

En la cinematografía mexicana es común encontrar filmes a medio camino entre película infantil e historia para adultos. Ese es el caso de La mujer que no tuvo infancia, el melodrama sobre una viuda superando los traumas resultantes de un matrimonio infantil, que al mismo tiempo es un ameno musical con canciones de Cri-Cri (Francisco Gabilondo Soler). En la trama, Rosaura (Libertad Lamarque) tiene episodios postraumáticos que la llevan a actuar como si fuera una niña, situación que es aprovechada por la ambiciosa familia de su fallecido esposo para quedarse con la herencia, siendo el encantador licenciado Alberto Garza Cifuentes (Pedro Armendáriz) su único aliado en esa batalla. 

Tito Davison y guionistas abordan el amor como particularidad de los “tiempos modernos”, frente a un pasado donde la violencia institucionalizada llevaba a cometer crímenes como el matrimonio de la protagonista. Con la intriga de los 15 Años y el rol de “El Pichi” (Freddy Fernández) en un flirteo malentendido, la película nos dice que no hay edad para vivir el primer amor, especialmente cuando es la oportunidad para olvidar los horrores del ayer. 

9. El Rapto (Emilio Fernández, 1953)

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Este largometraje es importante para el cine mexicano por varios motivos: ver a María Félix y a Jorge Negrete actuando juntos después de su matrimonio; también es la última película de “El Charro Cantor”, y Emilio Fernández vuelve a dirigir otra comedia romántica con guion de Mauricio Magdaleno. Si bien el director repite la fórmula de Enamorada (1946), protagonizada por dos rivales que terminan enamorándose, El Rapto es una experiencia diferente, porque es comedia en todo el sentido de la palabra, sin los descansos dramáticos que requería el contexto revolucionario

La disputa entre los personajes es por la posesión de una propiedad que los poderosos del pueblo decidieron vender ante la desaparición del primer dueño. Félix y Negrete participan en uno de los juicios más hilarantes de toda la historia del cine, jugando (peligrosamente) con la doble moral, el machismo y la corrupción arraigada en la sociedad mexicana. Ver a estas dos estrellas con personalidades explosivas lanzarse insultos y darse cachetadas es el atractivo principal de esta comedia.

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8. Me gustan valentones (Julián Soler, 1959) 

Me gustan valentones pelicula mexicana

Muy parecida a The Quiet Man (1952), la película es una hiperbolización de la violencia machista presente en la sociedad del momento. Para terminar con el acoso del forajido Pantaleón, una joven hacendada (Rosita Quintana) se casa por correspondencia con un ex militar (Luis Aguilar), pero él resulta ser pacifista. Filmado en Toluca, esta producción resultó cuestionada por el retrato negativo de la provincia mexicana, una sátira del infierno vengativo de El río y la muerte (1955), pueblos donde el estereotipo del ranchero pistolero era realidad. El personaje de Rosita Quintana plantea cómo en ocasiones la “hombría” es un concepto inherente a la idea de amor romántico. 

Como una anticipación de las nuevas masculinidades resultantes de la segunda mitad del siglo, el veterano de la Guerra de Corea interpretado por Luis Aguilar es llevado al límite, hasta olvidar su espíritu antibélico, para obtener el “respeto” del pueblo. Como en la película de John Ford, la solución del conflicto matrimonial es simular una farsa de puertas para fuera, donde él aparenta ser el macho alfa que la sociedad espera.

7. Orquídeas para mi esposa (Alfredo B. Crevenna, 1954)

18 imprescindibles comedias románticas clásicas mexicanas

Durante los 60, Edmundo Báez fue el guionista de los filmes juveniles más memorables (Quinceañera, Teresa, Una joven de 16 años), antecedidos por este argumento que ya vislumbra un cambio en la forma de abordar los problemas de alcoba, relajando el rigor de los votos matrimoniales y acuerdos de pareja. En Orquídeas para mi esposa, Elena (Marga López) inventa un amorío para motivar los celos de su carismático esposo Carlos (Jorge Mistral), ante la sospecha de una infidelidad… ¿Tóxico? Sí. En realidad, no existe tal traición y a quien asume como “amante” es la hija no reconocida del marido. 

En contraste con melodramas que idealizaban el “sacrificio” como muestra de amor, esta película humoriza sobre la intensidad desbordada y el tono trágico en tramas sentimentales de la época. El personaje de Mistral (a quien solo le encanta flirtear, sin concretar nada) se enfrenta a las exigencias pasivo-agresivas de su esposa, quien no considera suficiente la convivencia diaria como muestra de afecto; ella necesita una explosión de detalles cursis para sentirse correspondida. Una absoluta joya del género infravalorada. 

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6. Mi desconocida esposa (Alberto Gout, 1958)

Silvia (Silvia Pinal), la redactora de una columna sentimental, llega a la ciudad para trabajar como secretaria de la prestigiosa escritora María Linz (Ofelia Guilmáin), pero una serie de confusiones la llevará a simular un matrimonio con el director musical Ricardo Aliaga (Rafael Bertrand). Esta es otra adaptación fiel de la novela rosa La vida empieza a medianoche, pero a diferencia de la versión española (Juan de Orduña, 1944), la dupla Pinal-Bertrand tiene una extraordinaria química en pantalla que da singularidad a la trama. 

La villana interpretada por Ofelia Guilmáin (elegante y malévola como ninguna) y un maletín extraviado da a la historia chispas de suspense hollywoodense que convierten al flirteo de pocas horas en febril deseo. Como varias películas de este listado, Mi desconocida esposa no es un portento de logros cinematográficos, pero su encanto radica en la mágica pareja protagonista que hace verosímil este fugaz enamoramiento de una noche de enredos y malentendidos. 

5. Cartas Marcadas (René Cardona, 1948)

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Rivales obligados a casarse para cobrar la herencia es un lugar común en el cine mexicano –Tu recuerdo y yo (1953) es otro ejemplo notable de dicha fórmula–, pero tener en créditos a Pedro Infante es algo que engrandece cualquier argumento convencional. Cartas Marcadas trasciende por el trabajo de Marga López e Infante, quienes convierten las bromas pesadas entre los protagonistas en algo hilarante y memorable.

Esta comedia de enredos ironiza sobre lo naif del cortejo romántico, remarcando el trasfondo tóxico y agresivo de cada “muestra afectuosa”, como sucede en la serenata de Victoria (López) a Manuel (Infante), donde se declama el inolvidable: «¿Qué te pasa, no me ves? ¡Aquí me tienes, tendida, de rodillas y a tus pies!». Esta “batalla de los sexos” era inusual, ya que el argumento ponía en igual nivel de arrogancia a ambos protagonistas y la consumación del romance no implicaba “domar a la fierecilla” o aleccionarla sobre las normas patriarcales. Los diálogos (o pleitos) escritos por Baéz y su elegante modo de tirar la barrera entre los personajes dan a este filme un toque muy especial. 

4. Una gallega en México (Julián Soler, 1949)

Una gallega en mexico pelicula mexicana

Primera de nueve películas que protagonizó Niní Marshall durante su exilio en México. Aunque este título es una continuación al personaje arquetípico que la actriz ya había desarrollado en la radio y el cine argentinos, la estancia de Candida en nuestro país es una oportunidad para abordar la xenofobia latente en el “cálido” pueblo mexicano. El filme nos presenta los encuentros y desencuentros entre un carnicero (Joaquín Pardavé) y una vendedora de pan española (Marshall) calumniada sobre su pasado.  

Mediante analogías con rivalidades deportivas (Atlas vs Asturias o Manolete vs Silverio), Joaquín Pardavé escribe un divertido romance entre dos idiosincrasias antagónicas, separadas por prejuicios nacionalistas y unidas por la nobleza de ambos protagonistas. La “barriada” de tianguis, la verbena en vecindad y los salones mexicanos son telones de fondo para este vibrante romance otoñal que capturó la esencia popular de mitad de siglo. 

3. Los tres García (Ismael Rodríguez, 1947)

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En México la discordia tiene rostro: Marga López. Tres primos se disputan el amor de  su prima Lupita (López), pero ella debe decirse entre el pedante Luis Manuel (Víctor Manuel Mendoza), el derrotista José Luis (Abel Salazar) y el mujeriego Luis Antonio (Pedro Infante). Los tres García y su secuela (Vuelven los García, 1947) son un hito en la comedia ranchera y un golpe de suerte en la filmografía de Rodríguez, básicamente por encumbrar las carreras artísticas de Pedro Infante y Sara García como los arquetipos del “mil amores” y la abuela de México, respectivamente. 

Lo divertido de este excepcional romance ranchero es lo sincero que es el argumento (y la prima) sobre lo tóxico de estos machos “majaderos”. Más allá de ser la abeja reina que alborota la colmena, Lupita (López) llega a convertirse en un personaje con la misma autoridad de la abuela (García), domando a golpe de sarcasmo a ese trío de tercos indomables. Su corazón pertenece solo a uno, pero la chica llega a establecer un fuerte lazo afectivo con los tres primos, algo que se ve desarrollado en la trágica secuela.

Disponible en Claro Video  

2. Una familia de tantas (Alejandro Galindo, 1948)

18 imprescindibles comedias románticas clásicas mexicanas

Son bastantes las capas temáticas que conforman a esta postal sobre los decadentes valores porfiristas arraigados a la tradicional familia mexicana. No obstante, las escapadas de Maru (Martha Roth) para comprar el pan, donde Roberto (David Silva) comparte su moderna visión sobre la vida matrimonial, son los momentos más tiernos que podrás encontrar en todo el cine nacional. 

Ambientada en la acomodada colonia Juárez (Ciudad de México), esta historia ilustra cómo la familia nuclear está cimentada en el poder despótico del patriarcado –representado por Fernando Soler en esta y otras películas, como La Oveja Negra (1949) o Cuando los hijos se van (1941)–, el cual sistemáticamente anula cualquier posibilidad de afecto entre los miembros de la familia. En ese ambiente de opresión, casarse por amor se convierte en un sueño imposible para la protagonista (Roth).  

El guion de Alejandro Galindo entiende al romance fuera de los cánones sexistas del momento, haciendo entrañable a Roberto por su pensamiento progresista y no por la virilidad alineada al ideal de “macho mexicano que no se raja”. 

Disponible en Tubi 

1. Enamorada (Emilio Fernández, 1946)

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Tras la desastrosa producción de Bugambilia (1945), Emilio Fernández dirigió esta libre adaptación de La fierecilla domada, que presentaba a María Félix como el nuevo rostro femenino en su universo cinematográfico. El argumento de Benito Alazraki, Íñigo de Martino y Mauricio Magdaleno –quien realizó la reescritura de los diálogos de Beatriz Peñafiel (Félix)– parece un romance ligero, pero Enamorada es un paso adelante en el modelo de “comedia ranchera”, ya que sustituye los convencionalismos chuscos del género por un sofisticado amour fou entre una prejuiciosa “burguesa” frívola y un “pelado” con poco tacto a la hora de flirtear.

Si el largometraje se hubiera producido en Hollywood, quizás el desenlace habría sido algo parecido a la “domesticación” misógina de La mujer del año (George Stevens, 1942). En cambio, los guionistas solucionan el enredo amoroso con un momento epifánico, cuando la “fierecilla” toma conciencia sobre la causa revolucionaria.

Gabriel Figueroa y Emilio Fernández lograron transformar los convencionalismos del romancero popular en momentos canónicos de la cinematografía nacional, como la serenata con los ojos de María Félix en primer plano, la secuencia del “chamorro” o el desenlace con las sombras de los zapatistas proyectadas en las calles, el cual recuerda a Morocco (1930) de Josef von Sternberg. Sin lugar a dudas, la mejor película para entender cómo se ama en México. 

Disponible en Amazon Prime Video 

¿Cuál son tus comedias románticas clásicas favoritas?



Irving Javier Martínez Ver todo

Licenciado en Comunicación. Redactor especializado en cine.

3 comentarios sobre “Amor a la mexicana: 18 imprescindibles comedias románticas clásicas Deja un comentario

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