Auge y ocaso de la comedia ranchera

Por: Cuauhtémoc Juárez Pillado (@cuaupillado)

Son las siete de la mañana, el sol se asoma por el horizonte y un caballo cruza las veredas a todo galope, acercándose a una barranca. En su lomo lleva montado a un jinete vestido de charro, quien detiene al animal, se baja de la montura y desde la orilla de la cañada observa el paisaje mientras se acomoda el sombrero. Esta imagen del ranchero mexicano aficionado al canto y a las mujeres es un estereotipo que al día de hoy no hemos erradicado.

Parte de esa imagen viene de medios como el cine y la televisión, los cuales produjeron durante décadas contenido que impulsó este arquetipo. La representación no sólo generó un público consumidor, también fomentó una percepción idealizada de México ante el extranjero y de pasada sirvió a los intereses del gobierno como un elemento para la identidad nacional.

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La llamada Época de oro del cine mexicano es fundamental en tal construcción. Con el estreno en 1936 de Allá en el rancho grande, del director Fernando de Fuentes, hubo una explosión de historias desarrolladas en el campo y que se conocerían como “comedia ranchera”. Este género llenó salas y atrajo al público al cine durante algunas décadas. La gente no sólo empatizaba con las historias melodramáticas, también deseaba ver de cerca a aquellos ídolos que interpretaban sus canciones favoritas. Tito Guizar, Jorge Negrete y Pedro Infante, los protagonistas más importantes de este cine musical, fueron elevados a la categoría de súperestrellas por las multitudes; a ellos se les unirían después intérpretes como Miguel Aceves Mejía, Jose Alfredo Jiménez, Javier Solís y Lola Beltrán.  

Allá en el rancho grande

El auge y la realización masiva de estos filmes derivó en un conjunto de perfiles que marcaron al mexicano ante el mundo: las locaciones rurales pintorescas, los protagonistas vestidos de charro, las mujeres enamoradizas, el espíritu romántico –pero extremadamente machista- de los hombres y el exceso de tequila o de canciones con mariachi. El ejemplo más claro es la imprescindible Dos tipos de cuidado del director Ismael Rodríguez, una película que aborda una serie de enredos amorosos que afectan la amistad de Jorge Bueno y Pedro Malo (personajes interpretados por Jorge Negrete y Pedro Infante, respectivamente) y donde podemos observar una representación bastante clara de ese galán idealizado, muy macho pero de corazón noble y bueno para la cantada.

Después de la época de oro, los estudios siguieron con la producción de películas con esta fórmula-ya muy gastada por el paso del tiempo- al punto de realizarse filmes bastante mediocres con cantantes de dudosa calidad histriónica (aunque sumamente populares entre el público).

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Por ello, en los años 70 y 80 vieron la luz un sinfín de comedias en las que intérpretes como Vicente Fernández y Antonio Aguilar hacían gala de su talento musical. Tales melodramas ya no contaban con historias entrañables, guiones con cierta propuesta y una fotografía impecable; en cambio apostaban por la picardía y por el humor absurdo propio del cine de ficheras que dominaba la pequeña producción cinematográfica del país. Películas como El albañil (José Estrada, 1975), La ley del monte (Alberto Mariscal, 1976) o Por tu maldito amor (Rafael Villaseñor Kuri, 1990) gozaron de cierto éxito y solamente reafirmaron la popularidad de los solistas y sus canciones con el público mexicano.

La ley del monte

Para el final del milenio, la comedia ranchera prácticamente ya no se producía. La creciente popularidad de géneros musicales como la cumbia, la balada grupera o la norteña abrieron espacio para que músicos como Rigo Tovar, Los Temerarios o Los Tigres del Norte mostraran en películas y videohomes sus éxitos para las nuevas generaciones que ya no escuchaban música ranchera. Además, el llamado “nuevo cine mexicano” también traía nuevas propuestas cinematográficas acorde con las inquietudes y los problemas de fines de siglo, por lo que el melodrama musical ya se sentía bastante obsoleto.

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Sin embargo, ha habido intentos recientes por revivir la comedia ranchera: Una última y nos vamos (2015), del director Noé Santillán-López, juega con los estereotipos del género e incluso se burla de ellos; no obstante, la historia del grupo de mariachis que deben arreglar sus problemas entre ellos para poder ganar un concurso musical, tuvo un desempeño en taquilla relativamente modesto ($11.90 millones de pesos y poco más de 290 mil personas en asistencia). 

Como caído del cielo (2019), la producción estelar de Netflix para Latinoamérica y dirigida por José Bojórquez, se aproxima a la comedia ranchera insertando a Pedro Infante en un contexto contemporáneo: al revivir el ídolo de Guamúchil, éste debe de cumplir con una serie de pruebas para resarcir el daño que hizo en vida y por fin ganarse la entrada al cielo. Aunque la producción juega con eventos sobrenaturales y aborda levemente el tema del feminismo para “deconstruir” al galán ranchero y mujeriego, es en la parte musical donde se percibe un acercamiento más sincero a la comedia ranchera, aunque con sus errores y aciertos.

Como caído del cielo

De acuerdo con Netflix, Como caído del cielo se posicionó como la tercera producción más vista de su catálogo en México (y la primera en idioma español), a una semana de su estreno en diciembre de 2019. Aunque son muy buenos números para la plataforma de streaming, el éxito de la película queda un poco lejos de aquellos melodramas rancheros del cine de oro, capaces de inmortalizar a sus protagonistas y a sus canciones.

Grandes escritores mexicanos en el cine nacional

A lo largo de su historia, la pantalla grande nacional ha sido testigo del ingenioso trabajo creado por algunos de los escritores más importantes del país. Su talento en varias ocasiones traspasó las páginas de los libros hacia el libreto de largometrajes; su intelecto combinó con la astucia de los cineastas para crear obras que hasta hoy en día se preservan como parte de nuestra memoria cinematográfica. 

A continuación algunos de los autores más destacados que encontraron en el cine una forma diferente de desahogar su arte. 

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Vicente Leñero y Luis Carrión Beltrán – Los albañiles (1976) 

El amor que Vicente Leñero sentía por las letras lo llevó a debutar en diferentes escenarios del ámbito periodístico, teatral y cinematográfico. Siempre impregnó con su sentido del humor entre lo satírico y lo picaresco a sus personajes, espejo de la vida diaria e inconformes con la sociedad, característica compartida con los protagonistas de Luis Carrión: artista marginado que luchó contra el sistema motivado por sus ideales; sus textos incómodos para los altos mandos nunca tuvieron la oportunidad de distribuirse de manera regular, y aunque no tuvo la misma suerte que muchos otros, su talento, al igual que el de Leñero, quedará para siempre plasmado en sus múltiples guiones y novelas. 

Los albañiles

Cinco años después de escrita la novela Los albañiles y luego de adaptarla para su estreno teatral en 1969, Leñero junto a Luis Carrión y el cineasta Jorge Fons, se encargaron de adaptar la pieza para su estreno en las salas de cine. Esta última readaptación dejó un poco de lado el tema central del asesinato para enfocar su discurso en los marginados, procedentes de una clase social baja que es explotada y manipulada por los más poderosos. 

Laura Esquivel – Como agua para chocolate (1992) 

Este segundo trabajo que realizaron Marco Leonardi y Lumi Cavazos fue el más fructífero. Anteriormente, Alfonso Arau (guionista y director) ya había realizado una película cómica protagonizada por Mario Almada, pero Como agua para chocolate, basada en el debut homónimo de Laura Esquivel, fue un parteaguas para los dos; Esquivel continuó con éxito su carrera como escritora y Arau fue reconocido mundialmente por su sexto trabajo y tuvo la oportunidad de dirigir en Estados Unidos A walk in the clouds (1995). 

Como agua para chocolate

La labor de Esquivel como guionista de la cinta fue adecuar el lenguaje metafórico, propio del realismo mágico, y que Arau trasladó a la pantalla grande con ambientes delicados y planos suaves. 

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Gabriel García Márquez y Carlos Fuentes – Tiempo de morir (1966) 

Ambos literarios de gran importancia para el siglo XX, cómplices y culpables del estallido de la bomba artística en toda América Latina: el Boom Latinoamericano. Uno bajo el sello de la escritura “menos mexicana de todos los mexicanos” y el otro siendo colombiano, lograron desembocar en una adaptación libre y bien lograda el relato homónimo de Juan Rulfo, uno de los escritores más influenciados por el México antiguo, El gallo de oro (1964), dirigida por Roberto Gavaldón y fotografiada por Gabriel Figueroa.  

Tanto Márquez como Fuentes encontraron en el cine una fuente de inspiración necesaria para alimentar su arte; el primero participó en diversas producciones mexicanas de los años 60, entre las más nombradas está Patsy, mi amor (Manuel Michel, 1968), Presagio (Luis Alcoriza, 1974) y El año de la peste (Felipe Cazals, 1979) -guion coescrito con José Agustín-. Por su parte, Fuentes es conocido por adaptar varios textos de Rulfo entre ellos Pedro Páramo (Carlos Velo, 1967), y ¿No oyes ladrar a los perros? ( François Reichenbach, 1974), además de trabajar con Juan Ibáñez en Los caifanes (1966). 

Tiempo de Morir

Pero fue en el debut de un joven Arturo Ripstein donde el talento de los tres se unificó. El resultado: Tiempo de morir, una cinta tan importante para la época, pues no sólo desmitifica la figura del macho bragado (personificado por Jorge Martínez de Hoyos) dentro de un ambiente en el que bien podría tomar acción Cien años de soledad o La muerte de Artemio Cruz. La película también representó una forma de hacer cine de manera diferente, en la cual la visión creativa importó más que los protocolos acostumbrados. Un aire de frescura para las producciones mexicanas.  

Inés Arredondo y Juan García Ponce – Mariana (1967) 

Aunque su participación en la creación de guiones cinematográficos fue breve (dos títulos), Inés Arredondo dio muestras de virtuosismo en la adaptación a la pantalla grande de sus propios cuentos junto a Juan García Ponce. A través de la cinta Mariana, dirigida por Juan Guerrero, la cuentista deja huella de toda su obra en la pantalla grande; ahí viven los ambientes opresores descritos por la escritora en sus relatos, lugares que suprimían a sus protagonistas ya sea por medio de la religión, el machismo o una maniática tradición.  

Mariana

El erotismo es una constante en el trabajo de Arredondo y en el de García Ponce. Para la ensayista, la pasión siempre fue un arma de doble filo, a veces para liberar a la protagonista de su oprimido mundo, pero en otras era un tipo de maldición, un sentimiento cuyo final será hacia la locura o hasta la muerte, como el fatídico final que tuvo el personaje interpretado por Pixie Hopkin y Julio Alemán en la producción de Guerrero. 

José Revueltas y José Agustín – El apando (1976) 

Felipe Cazals, otro de los directores incómodos para el entonces gobierno priista por sus ideales, quien al contrario de cineastas involucrados en la industria, su interés se inclinó en filmar historias más personales del México herido y al que pocos se arrimaban con la cámara. Trabajó con José Revueltas y José Agustín para adaptar la novela corta escrita en 1969 por el mismo Revueltas mientras se encontraba preso en Lecumberri; relato que entre sus reflexiones asoma la duda del hombre sobre la libertad y la crueldad humana. 

El apando

Un año antes de su estreno en salas de cine, Cazals sorprendió a los espectadores con Canoa (1975) historia basada en hechos reales suscitada dentro de la época de la masacre de Tlatelolco. 

El apando significó otro duro golpe a la corrupción del sistema gubernamental, en específico al liderado por Luis Echeverría, y que aún actualmente tiene la virtud, tanto la novela como la cinta, de sacudir nuestra memoria histórica.  

Fallece el cineasta mexicano Jaime Humberto Hermosillo

Alejandra Frausto, secretaría de Cultura, informó el fallecimiento del cineasta mexicano Jaime Humberto Hermosillo, director de títulos como Doña Herlinda y su hijo (1985) y La pasión según Berenice (1976).

Humberto Hermosillo, quien cumpliría 78 años el próximo 22 de enero, es considerado uno de los cineastas nacionales más destacados de la década de los 70 y 80. Estudió en el entonces Centro Universitario de Estudios Cinematográficos (CUEC) y debutó con La verdadera vocación de Magdalena (1972), cuya protagonista es una joven de 26 años que decide dejar su vida frustrada y convertirse en estrella musical; en el camino se enfrentará con temas familiares y de pareja.

Durante su trayectoria, el también director de Doña Herlinda y su hijo (1985) fue reconocido con el premio Ariel por los títulos La pasión según Berenice, Las apariencias engañan (1983), De noche vienes, Esmeralda (1997). Esta última estuvo nominada a los premios Goya. 

Instituciones como la Filmoteca de la UNAM, la Cineteca Nacional, el IMCINE, y cineastas, han lamentado en redes sociales la perdida.

Hasta el momento no se han dado a conocer detalles sobre la causa de fallecimiento.

(Información en proceso de actualización)

Sonora: un imperfecto paraíso desértico

Por: Karla León (@klls_luu)

Nueve viajeros surcan el desierto para llegar a Mexicali. Es 1931, la frontera México–Estados Unidos se encuentra ante una crisis sociopolítica irremediable. La deportación de ciudadanos mexicanos, así como las actividades de grupos extremistas para expulsar a la comunidad china que décadas atrás se había asentado en el norte del país, enmarcan la línea argumental de Sonora (2018), el cuarto largometraje de Alejandro Springall.

Basada en La ruta de los caídos de Guillermo Munro Palacio, la película retrata los hechos históricos de manera acertada y bajo una adaptación casi impecable; sin embargo, avanzada la trama y sin llegar a su punto más crucial, la estructura se vuelve monótona y premeditada, a tal punto que sólo se rescata por la fotografía, la cual enaltece los paisajes desérticos y el buen desarrollo de los personajes que encarnan grandes actores como Joaquín Cosío, Giovanna Zacarías, Juan Manuel Bernal y Dolores Heredia.

En plena época posrevolucionaria y ante la ola de violencia que se vive en Sonora, una pareja (Flavio Medina y Giovanna Zacarías) decide emprender un negocio para trasladar personas a destinos poco concurridos. Tras un evento desafortunado -el primero de los muchos que se ven a lo largo de la película- el hombre debe quedarse en un pueblo cercano para someterse a una operación. Los pasajeros, enardecidos y ansiosos por llegar a Baja California, convencen a la mujer para viajar por el desierto aún cuando ella desconoce la ruta. 

De esta forma, seis viajeros iniciales, entre quienes se encuentra un exvillista (Erando González), una mujer que busca cruzar la frontera para rescatar a sus nietos (Dolores Heredia) y un militar mexicano supremacista (Juan Manuel Bernal), son guiados por Emeterio (Joaquín Cosío) y por su sobrino (Harold Torres) por las veredas y dunas del camino más peligroso del norte del país. 

A lo largo del recorrido, más personas se suman al viaje, entre ellos, un par de contrabandistas (Rafael Cebrián y Ben Milliken) y una familia asiático-mexicana (Jason Tobin y Patricia Ortiz) que huye de las represalias del Estado. Estas adiciones son fundamentales para darle vida al planteamiento original de la película, pues de vez en cuando, se retoman algunos diálogos interesantes y reflexivos sobre el clasismo y la discriminación. 

Con todo esto, pareciera que Springall, quien produjo La delgada línea amarilla en el 2015, trató de dirigir una fórmula bastante similar a la obra de Celso García, al trazar una situación en la que domina un trayecto lleno de circunstancias aparatosas y un destino –o meta– que parece casi inalcanzable. Al final, esto no fue del todo acertado. 

Si hay algo que debemos aplaudirle a Sonora es el diseño de producción a cargo de Carlos Lagunas, por la adaptación de época y las locaciones, además del diseño sonoro de Pablo Lach y la música original de Jacobo Lieberman y Leo Heiblum, quienes elevan la poca capacidad de la producción por mantenernos apegados a las altas y bajas que sufren cada uno de los personajes durante la travesía, la cual de buenas a primeras concluye con una nueva hazaña de Cosío, la ayuda de una nativa de la región y la ubicación de lo que, para ellos, es un nuevo paraíso de oportunidades.

Las mejores películas mexicanas del 2019

En esta contraparte del primer conteo – el cual agrupa a los títulos que brillaron por sus aspectos…menos brillantes- se contempla a las producciones nacionales que tuvieron riqueza expresiva en alguna forma; aunque este año fue más complicado armar un conteo sobre lo mejor, pues el 2019 no fue un buen ciclo para el cine nacional.

Una de las luces altas fue la mejora del “cine comercial”, pues sus creadores elevaron los valores de producción e incluso pulieron narrativas. No elaboraron historias más complejas o pertinentes, sino que a pesar de sus limitantes idiosincráticas, una estructura sencilla y con el objetivo único de generar ganancias, hubo un mejor desarrollo de las situaciones para lograr comedia de más calidad. 

En el siguiente listado sólo se incluyen las producciones estrenadas oficialmente durante el 2019; es decir que aquellos largometrajes presentados en festivales importantes como Mano de obra (David Zonana) no fueron considerados. 

Menciones honoríficas: El complot mongol (Sebastián del Amo), Witkin y Witkin (Trisha Ziff), Mentada de padre (Mark Alazraki y Fernando Rovzar), Tod@s caen (Ariel Winograd) y Yo no soy guapo (Joyce García).

Mención especial: Soles negros (Julien Elie)

No es una película mexicana formalmente, pero se siente como una. Un documental que aborda un tema tan actual y pertinente como la violencia sistémica característica de este país y con tal potencia narrativa que merece una consideración especial. México es un país de documental, pues ocurren tantas situaciones, que de no retratarse con una cámara, serían totalmente increíbles. Este es mi primer puesto personal.

10. Esto no es Berlín (Hari Sama)

Con tintes autobiográficos recrea la escena ochentera de antros y la vida de unos jóvenes clasemedieros aspirantes a punketos, Carlos y Gera, quienes son los protagonistas. La aspiración inherente a la cultura mexicana -por supuesto, inserta en su cine- vira hacia una óptica diferente al representar una época de evolución en el arte y sus expresiones (como el performance), la cual no suele abordarse en producciones nacionales si no es por eventos trágicos.

Sí, hay muchos clichés de esa época, pero son manejados con la suficiente virtud para no sobrecaricaturizar la trama. Esto no es Berlín, pero hay cierta valía en retratar el centro de la Ciudad de México y Ecatepunk con la cercanía necesaria para hacer un cuadro fehaciente.

9. Guadalupe Reyes (Salvador Espinosa)

La única comedia que logró entrar al conteo. Ante las fórmulas que suelen imponerse a los géneros predominantes en la cartelera “comercial” mexicana, es complicado que una resalte por dar algún tipo de giro a su trama.

Guadalupe Reyes, una historia sobre dos viejos amigos que han ido por caminos diferentes -uno por el lado de los excesos y el otro por el godinato- se juntan para cumplir el quizá no tan ficticio reto Guadalupe Reyes, que consiste en embriagarse todos los días desde el 12 de diciembre al 6 de enero. Suena banal y algo que no se separa mucho del resto de sus hermanas comedias, sin embargo, esta destaca por la sorprendente efectividad de sus líneas cómicas y por los giros que logra introducir, leves reflexiones sobre la edad y las etapas de la vida; además de su producción algo más pulida. Punto adicional: tiene la mejor escena de godínez que se ha hecho desde su incorporación al vocabulario mexicano.

8. Belzebuth (Emilio Portes)

En este país el cine de terror/horror es casi tan consumido como el de comedia. Sin importar qué tan mal luzca, el género no suele irse desapercibido en taquilla. Qué mejor cuando una producción nacional de horror como Belzebuth es filmada con tal competencia y no fue ignorada por la audiencia mexicana.

La película destaca por las grandes licencias creativas que se toma en su historia sobre dicotomías divinas, alusiones al salvador y curas excomulgados. Eso no es común en el cine mexicano, que suele inclinarse a apariciones de una niña con apariencia cutre en una casita o en una mina -te miro, La niña de la mina-. Tal compromiso con el argumento, el cual fue llevado con la suficiente virtud para no volverlo ridículo, es un punto alto que merece gran consideración.

7. Solteras (Luis Javier M. Henaine)

En esta época de transición de ideas -y cuando el cine mexicano se resiste a modificarse, para bien o para mal- hay ciertos temas que, dependiendo de su tratamiento, se vuelven incómodos.

Las aspiraciones de las mujeres han cambiado con el paso de los años. En Solteras vemos a una mujer cuyo mayor objetivo en la vida es casarse, lo cual la lleva a tomar un curso con una especie de gurú de amarrar hombres.

Al colocarse en una cómoda zona gris entre la comedia pura y el melodrama cómico, la película no tiene tapujos para desarrollar su gracia y menos para hacer expreso el deseo de la protagonista de contraer nupcias para sentirse realizada. Con el transcurso del tiempo se desarrolla un giro que salva a la trama de caer en el irreflexivo machismo permeado en casi todas las hermanas comedias, convirtiéndola en un relato algo más consciente y actual.

6. Disparos (Elpida Nikou y Rodrigo Hernández Tejero)

La única entrada documental del conteo. Disparos se elabora a partir de los tiros fotográficos y de los balazos como tal, pues cuenta la historia de Jair Cabrera, un fotoperiodista reconocido quien, al inicio, pide refugio al gobierno español, pues es perseguido por el crimen organizado de México.

A la par del interesante relato del fotógrafo, originario de un barrio de Iztapalapa y quien justamente comenzó su carrera retratando la cotidianidad de su entorno, se hace un recuento de la violencia sistemática extendida en México, donde ya no queda nada. Desde hace algunos años el documental es la categoría que saca la cara por el cine mexicano y este año no ha sido diferente.

5. El ombligo de Guie’dani (Xavi Sala)

Guie’dani es una niña indígena zapoteca que se ve forzada a mudarse a la Ciudad de México por el trabajo de su madre, quien es empleada doméstica de una familia -muy- acomodada.

Por el desarrollo de su planteamiento, hay quien dice que se trata de la anti-Roma. No estaría tan de acuerdo ni creo que por ser ambas de un tema similar, se les deba comparar. Quizás El ombligo de Guie’dani tenga un presupuesto menor, pero la idea de la rebeldía ante la impuesta docilidad que involucra servir en la casa del otro, es virtuosa, especialmente porque eso habla de una consciencia del personaje, de un argumento con bases sólidas y un discurso ajeno a las regularidades, donde suele mostrarse a los empleados domésticos de raíces indígenas como los sirvientes ideales y siempre agradecidos con los patrones blancos.

Además, este título contribuye a la visibilización y extensión de las historias indígenas. No hay tal cosa como películas necesarias, pero sí hay algunas que son más que bienvenidas.

4. El sueño de Mara’akame (Federico Cecchetti)

Nieli es un joven huichol que tiene el sueño de dar un concierto en la gran ciudad, así como lo han logrado otros en su comunidad. Pero su padre se opone a ello, pues lo considera impuro y fuera de su la tradición de su pueblo; él cree que su hijo debe seguir su linaje y convertirse en Mara’akame (un chamán).

La historia del hijo que no quiere seguir el mandato parental no es nueva, pero lo es para el cine nacional al mostrar la mentalidad de un joven indígena que sí, probablemente fue permeado por el capitalismo y las ideas de consumo, pero que su visibilización favorece a la desestigmatización de las poblaciones indígenas. Aunado a esto, la película no abandona la iconografía huichol ni sus creencias tradicionales, creando una peculiar mezcla idiosincrática.

3. La camarista (Lila Avilés)

Rankeada quizás erróneamente -lo admito- en el conteo de 2018La camarista tuvo su estreno oficial durante el 2019 y se llevó el reconocimiento del público durante un rato considerable. Ya hemos hablado de ella antes, pero es importante ponerla en su debido puesto en este top. Un filme sobre una vida encerrada en otras.

2. Las niñas bien (Alejandra Márquez Abella)

Basada en el texto homónimo de Guadalupe Loaeza, relata la debacle de Sofía (excelente Ilse Salas), una mujer de abolengo que ve su estatus derrumbarse por las crisis que azotaron a México durante los ochenta.

El discurso narrativo, encarnado en Sofía en su entorno, revela la marcada división que existe en la sociedad mexicana: ellos y nosotros, independientemente de donde se vea. Una excelente adjetivación fílmica del imaginario mexicano, el cual constantemente persigue el imaginario burgués. Postales en movimiento de la aspiración y la crisis. Reconocimiento aparte el de ser la película que pudo quitarle varios Arieles a Roma.

1. Cómprame un revólver (Julio Hernández Cordón)

El séptimo largometraje de Julio Hernández Cordón matiza el tema de la narcocultura en un relato de un México no muy lejano, donde las mujeres casi han desaparecido totalmente y la natalidad ha bajado. El país está ya totalmente controlado por el crimen organizado y las autoridades son figuras simbólicas (les digo, no está tan lejos). En ese marco vemos a Huck, una pequeña niña que vive con su padre, un empleado de loss narcos, quienes se llevaron a su madre y hermana. 

La verosimilitud es el aliciente más grande, pues su relato nos es tan terriblemente cercano que se vuelve contundente, en especial con su armado fílmico tan virtuoso, particularmente en el aspecto fotográfico y de libreto. La inocencia infantil inserta en un contexto que arrebata eso y más a todos. Recordatorio y presagio que nos demuestra la valía de la suerte y la pesadez de la realidad.

Las peores películas mexicanas del 2019

Se acerca el final de otro año y es momento de cortar caja con el cine mexicano. Al parecer, la Cuarta Transformación -o Transformación de Cuarta, según su ala ideológica– no afectó la producción cinematográfica, pero ya será cosa de esperar al anuario estadístico. 

Después de un 2018 con Roma y Museo, este fue un año -a mi parecer- muy malo para el cine mexicano. Hubo reducidas luces y bastantes títulos desabridos que ni consideración merecen, pero este conteo va para aquellos largometrajes nacionales que destacaron por sus fallas y carencias; de nuevo, predominan los géneros favoritos del segmento con pretensiones industriales: la comedia y comedia romántica.

Menciones deshonrosas: Nuestro tiempo (Carlos Reygadas), Sonora (Alejandro Springall), No manches Frida 2 (Nacho G. Velilla) y Mirreyes vs Godínez (Chava Cartas).

El diablo entre las piernas (Arturo Ripstein)

Arturo Ripstein es uno de los cineastas mexicanos más importantes, eso es incuestionable, pero desde hace varios años -podríamos decir que desde el inicio del siglo y siendo generosos-, su cine ha ido en franca decadencia y El diablo entre las piernas es la confirmación del desgaste de Ripstein como cineasta. En su momento, su estilística se distinguió por el manejo de tabúes como la homosexualidad, el incesto, la religión, etc., pero la historia de un sujeto (Alejandro Suárez, quien resulta lo ‘rescatable’ la película) llamándole “puta” por dos horas a su esposa, no es disrupción alguna. Gracias por los recuerdos, Arturo, pero ya es momento.

Mamá se fue de viaje (Fernando Sariñana)

Andrea Legarreta es una de las pocas figuras televisivas reconocibles que quedan en Televisa y su influencia permanece gracias a su programa matutino. Ella hace de la ama de casa perfecta en Hoy y en Mamá se fue de viaje, dirigida por la maravilla de una sola vez (one-hit wonder para los exquisitos) Fernando Sariñana, quien aprovecha su influencia para meter a su hija en el soundtrack, así como hace Legarreta e incluye a su hija en el elenco.

Esta historia, sobre una casa de cabeza tras la partida de la madre a un merecido descanso, es absolutamente aburrida. A la fecha de estreno, Martín Altomaro parecía ir en el camino de los papeles que dejan buena ganancia, pero casi todos encaminados a la estructura de su reconocidísimo Nico (Soy tu fan).

La apariencia de los sets, del armado cinematográfico y de los diálogos es sumamente televisivo, confirma a esta película como una extensión en gran formato de un raro crossover entre Hoy y Soy tu fan, pero con un libreto todavía más torpe.

#LadyRancho (Rafael Montero)

Cuando vi el póster de la primera película mexicana que maneja un hashtag en su título -esperemos más lucidez en los intentos que vengan-, me encontraba en Monterrey y pensé que era una broma local o algo que iría directo a su afamada e infame cadena televisiva principal. Me equivoqué.

#LadyRancho, al intentar emular la fórmula alazrakiana del pudiente quien descubre el trabajo digno y la vida humilde más uno que otro giro, resulta interesante por expresar la aspiración inherente a la mentalidad mexicana y, por supuesto, impregnada en su entretenimiento. Fílmicamente es terrible, por supuesto. Gris por donde se le vea, salvo alguna risa que arranca el espontáneo chiste afortunado, que demuestra las enormes dificultades de los guionistas pertenecientes al sector “comercial” del cine nacional para escribir una historia cercana a la actualidad, incluida su terminología y vocabulario común.

Como novio de pueblo (Joe Rendón)

Martín Altomaro, ¿de nuevo por aquí?

Después de que uno de ellos fuera plantado en el altar, un grupo de chavorrucos decide viajar para revivir los viejos tiempos. De nuevo, planos de televisión que cumplen una función publicitaria de Puerto Vallarta encima de un objetivo narrativo. En el sitio encuentran a Regina Blandón, quien decide no esforzarse en expresar emoción alguna y completar el grupo de no-intérpretes en una cinta sin argumento y con líneas sumamente extrañas que la asemejan a una comedia cringe, pero que obviamente no lo es (eso sería demasiado avanzado para un relato y producción así).


En las buenas y en las malas (Gabriel Barragán Sentíes)

Otras menciones de esta lista son remakes, una tendencia actual en la producción nacional, pero de este título al menos había una idea que perseguir. Inspirada -por decir lo menos- en la chilena Qué pena tu boda, la película cuenta, desde una perspectiva masculina, las relaciones amorosas, especialmente los matices de la presión y la interacción con la pareja. Buena idea, pero horriblemente ejecutada. 

Los diálogos -de verdad se les complica-, los gráficos de telenovela y la cinematografía plana como las actuaciones no ayudaron al caso de En las buenas y en las malas, otra descendiente infame de la maldita televisión que ha hecho un daño incalculable en el pensamiento fílmico de los realizadores.

Como si fuera la primera vez (Mauricio T. Valle)

Proveniente del nuevo clásico homónimo protagonizado por Adam Sandler y Drew Barrymore, esta adaptación se vale de Vadhir Derbez -con todo el poder contenido en su apellido- y Ximena Romo en su lastimoso primer gran protagónico para estropearla. Digo, todo viene de la terrible dirección de Mauricio Valle, caso de comentócrata no transformado en cineasta con virtud alguna. Un extraño uso del desenfoque -que en realidad luce como un fuera de foco como tal- y, de nuevo, diálogos absolutamente ridículos, más una fome “actuación” de Derbez, es la sentencia de esta película, perdida desde el inicio. ¿Por qué digo que todo viene desde la dirección? Porque Ximena Romo también aparece en la mucho más decente Esto no es Berlín demuestra que posee cierta soltura histriónica. El problema eran las hojas y quien coordina.

Loco fin de semana (Kristoff Raczynski)

Espero que nadie llegue a decirme que este bodrio tiene una justificación -o sí vengan, total- porque así lo dijo su director en el video equis de la fecha yé. Da lo mismo.

Como dijimos antes, ni siquiera tenía que entregar la nueva Amores perros, sino algo medianamente decente, con lo cual se llevaría el reconocimiento de alguien más aparte de su público. Un largometraje enlazado con resistol, actuaciones terribles y una de las escenas de fiesta más lastimosas que he visto.

Día de muertos (Carlos Gutiérrez Medrano)

El extraño caso de una producción mexicana con la opinión pública a favor antes de estrenarse, algo parcialmente imposible de lograr en esta época. Después de armar tanto alboroto contra Disney por salir antes, por querer registrar “Día de muertos” y demás… para esto, un producto final que se percibe como una decepción.

Una historia que combina portales, hechizos, calacas gringas en el inframundo y sin sentido o justificación alguna, no puede salir bien y mucho menos con una animación tan desastrosa que busca imitar modelos estadounidenses. No hay ni un ápice de imaginación fílmica. Reconocimiento aparte a la infamia de uno de los peores trabajos de doblaje que he escuchado, a cargo de Fernanda Castillo, Alan por el mundo y Memo Aponte, quienes demuestran la importancia y valía de los actores de doblaje profesionales y competentes. ¡E inauguró un festival!

La boda de la abuela (Javier Colinas)

Las secuelas en el cine mexicano contemporáneo son extrañas. Si algo hay que reconocerle -supongo- a esta historia de …la abuela es que logró sacar la segunda parte en una industria que no propicia eso. La continuación de El cumple de la abuela, relato anecdótico que va alrededor de los secretos y disputas de una familia que se reúne por el cumpleaños de la abuela, es exactamente lo mismo, pero alrededor la boda de la señora, quien desposa a su jardinero.

Como una comedia mexicana común y bastante corriente, el clasismo, el humor de pastelazo (slapstick para los exquisitos), mezclado con doble sentido y/o chistes situacionales, son la base no sólo de lo cómico, sino de toda la película: una gran broma sin detonar. Además, luce como si fuera editada por un amateur o bien, un osado genio que gusta de experimentar (más lo primero que lo segundo, honestamente). Y viene la tercera que ya hasta está filmada; ¿La muerte de la abuela? ¿La herencia de la abuela? ¿La elevación de la abuela?

Locos por la herencia (Juan Carlos de Llaca)

Desde hace algunos años he notado que la deshonrosa merecedora del primer lugar siempre tiene una característica: incomodidad visible del elenco en pantalla. Paulette Hernández intenta esconderlo con sobreactuaciones, pero es Alberto Guerra quien se delata constantemente. Y cómo no estarlo en una historia que durante en sus tres cuartos maneja el incesto como un punto importante de la trama, supuestamente sobre unos (medios) hermanos que pelean por las acciones de una gran compañía.

El montaje da ñañaras, la mezcla de sonido da ñañaras, las actuaciones y la dirección las dan. Es un trabajo sumamente raro, incómodo y cinematográficamente descompuesto. De lo más bizarro -en el sentido anglosajón de la palabra, como se diría por ahí- que he visto en el cine nacional. Un bodrio digno de cine para televisión.

Macario: fantasía, tradición y pobreza

Nos pasamos la vida muriéndonos de hambre.

Macario

La dupla en el guion escrito por Roberto Gavaldón y Emilio Carballido (basado en la novela del alemán Bruno Traven), la puesta en escena, el cuidado de los personajes y la fotografía de Gabriel Figueroa, hicieron de Macario (1960) un clásico del cine mexicano que representa la relación indivisible entre la vida y la muerte.

La cinta, que fue la primera mexicana en contender por el Oscar como Mejor película de habla no inglesa, se aleja de la intención de mostrar el inframundo o los muertos, sino que utiliza la folclórica fiesta del Día de Muertos para sumergirnos en temas sociales como la pobreza a partir del personaje de Macario (Ignacio López Tarso).

Macario es un título obligado respecto al tema de la relación del mexicano con la muerte, así como al hablar de cómo el cine ha personificado la muerte.

Aquí nuestro análisis: