Chicas Pesadas: no es tan “fetch”, pero pudo ser peor
La adaptación del musical de Broadway –basado en Chicas Pesadas (Mark Waters, 2004)– abre con una advertencia: “esta historia tiene moraleja”. Da un poco de miedo que se involucre a “la integridad moral” tan de golpe, cuando la historia de origen –y todo el cine adolescente de aquellos años– era una celebración de la incorrección juvenil; incluso Janis (Lizzy Caplan) y Damian (Daniel Franzese), ahora convertidos en narradores, también eran algo nefastos, como todos en ese caldo de hormonas que es la preparatoria.
La nueva Chicas Pesadas (Samantha Jayne y Arturo Perez Jr., 2024) está atravesada por un filtro de buenrollismo que purga la toxicidad adolescente que justificaba el liderazgo de alguien como Regina George: adiós lenguaje sexista, términos LGBTfóbicos, humor racista y un entrenador que pudo omitirse si la otra opción era el Jon Hamm más tonto de toda su carrera. Existiendo títulos como Euphoria o We Are Who We Are –dialogando de forma directa con la Generación Z estadounidense–, resulta excesivamente naif la visión musical de Tina Fey sobre la “era del TikTok” y la vida social de los adolescentes.
Un gran problema es que la adaptación se rige bajo estereotipos del 2000, pero la producción intentó mezclarlos con actualidad centennial. Obviamente, la generación que evita “subir fotos” por ansiedad o piensa que los stickers de WhatsApp son para viejos no está representada en este musical. Entonces, ¿cuál es el target de Chicas Pesadas? Dado que requiere un forzoso visionado de la película de 2004 (bastantes situaciones no tienen lógica sin el referente), la nueva versión tuvo la oportunidad de convertirse en un producto más adulto, sin tanta advertencia sobre moraleja final ni mensajes de “quiérete mucho”. No obstante, el resultado final es un filme demasiado aniñado para un espectador cercano al tercer piso y poco irreverente para un puberto.

Las composiciones de Jeff Richmond y las letras de Nell Benjamin son el tipo de música genérica producida en Broadway, pero que jamás escucharían estos adolescentes que ponen Te Boté en sus fiestas. Lo irregular de Chicas Pesadas es la suma de malas decisiones a la hora de crear un producto nostálgico, pero al mismo tiempo “moderno” y rentable para todo público. Cuando la producción decide alterar escenas memorables lo hace mal y cuando no, también comete errores. Pasamos de un decepcionante Talent Show que exagera el alcance de las redes sociales a una réplica exacta de la escena del gimnasio: en ambos momentos la adaptación se vuelve una vergonzosa parodia del original.
Lo mismo sucede con la estética general del filme. Las plásticas están más cerca de ser las frikis de su escuela (obsesionadas con el color rosa) que de las porristas inalcanzables de Bottoms (Emma Seligman, 2023). La “abeja reina” de Reneé Rapp y su séquito de seguidoras no logran transmitir lo “pesadas” que son, porque sus diálogos e intrigas son reducidos en beneficio del romance de Cady o las intervenciones de Janis y Damian. Si jamás hubieras visto la película de Lindsay Lohan, quizás podrías pensar: “bueno, tampoco son tan malvadas estas chicas”.
Sin embargo, valorando que muchos de estos aspectos negativos ya estaban presentes en la puesta en escena de Broadway, lo positivo son logros de la traducción al lenguaje fílmico. Es bastante ingeniosa la interacción entre realidad cinematográfica y canciones, jugando con diferentes niveles de irrupción musical; esto hace que la adaptación no sea algo monótono y tradicional como Mamma Mia! (Phyllida Lloyd, 2008), porque se busca sorprender en la medida de lo posible. Un ejemplo es “I’d Rather Be Me”, convirtiendo lo burdo del montaje teatral (con esa Regina volando en la pantalla) en algo inesperado, llevando el accidente de autobús a un cómico segundo plano.
Algunas cosas funcionan mejor que en la versión del 2004: como el romance entre Cady (Angourie Rice) y Aaron (Christopher Briney) o la fiesta de Halloween, donde Reneé Rapp y Avantika (brutal) nos regalan los mejores performances de todo el montaje, una desenfrenada bacanal pop que debió salpicar al resto del metraje.
El filme no es la West Side Story (Steven Spielberg, 2021) de los millennials a la hora reimaginar un referente cultural, pero sí es bastante superior a los productos nostálgicos de Disney. Considerando lo mediocre de la escritura musical y los retos que implica llevar un espectáculo de Broadway al cine (Cats no se olvida), los realizadores de Chicas Pesadas (el musical) lograron una película aceptable que seguramente encontrará un público que la ame con todas sus fuerzas… el de Mamma Mia! y El gran showman (Michael Gracey, 2017), probablemente.
Chicas pesadas está en cines de México
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