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Saltburn: Emerald Fennell convierte a la frivolidad en una virtud

Saltburn: Fennell convierte a la frivolidad en una virtud

‘Saltburn’ es la frivolidad que mañana veremos como tesoro de la cultura pop; una película que captura perfectamente la superficialidad estética del momento.

Oliver Quick (Barry Keoghan), un estudiante becado con fama de freak, se convierte en amigo de Felix Catton (Jacob Elordi), el aristócrata más popular de todo Oxford. Cuando la universidad termina, el noble adolescente invita a su infortunado compañero a pasar el verano en la villa de sus padres. Oliver se gana rápidamente la confianza de la familia, mientras su amor por Felix se transforma en deseo incontrolable

El fantasma de Joseph Losey ha estado presente este año, tanto en May December (por The Go-Between) como en Saltburn, que según Emerald Fennell (directora y guionista) está inspirada por el siniestro juego de roles de El Sirviente (The Servant, 1963). En la cultura mainstream, la audiencia ha asociado a Oliver Quick con el Tom Ripley de Patricia Highsmith –o de El talentoso Sr. Ripley (1999), mejor dicho–, pero es más acertado compararlo con el Barrett de Dirk Bogarde, porque en la película de Fennell hay un germen de injusticia social que muta progresivamente en la picaresca más inmoral que nos podamos imaginar. 

Para examinar el filme es mejor ahondar en la literatura y la industria pop. En cierto sentido, Saltburn (2023) es una actualización de la novela Retorno a Brideshead, cuyo autor es mencionado. Más allá de sus intenciones malévolas, el personaje de Keoghan es Charles Ryder trasladado a una película adolescente de los 2000, cuando el plato fuerte era la venganza del oprimido contra los populares, como ver a los Clovers ganarle a Los Toros en Triunfos Robados (Bring It On, 2000) o la coronación en Jawbreaker (1999). Por lo tanto, la directora no busca construir un thriller inteligente y sin cabos sueltos, sino crear un fantasioso cuento gótico donde el outsider vence de la manera más humillante a su bully

Con el old money en boga, Saltburn es otra sátira post-Parásitos contra los ricos y sus excentricidades. ¿Es realmente el protagonista un villano o consecuencia del capitalismo más salvaje? Como en las obras de Joseph Losey o cualquier comedia negra que involucre desigualdades sociales, el objetivo de esta película es muy concreto: desacralizar simbólicamente todo lo asociado a la riqueza, los títulos nobiliarios o cualquier privilegio. Similar a las películas de Ruben Östlund, el filme parece una broma de mal gusto a primera vista, pero en el fondo es una fábula memorable sobre el aspiracionismo sin escrúpulos y lo absurdo de idolatrar a las élites y sus estilos de vida. 

Saltburn: Fennell convierte a la frivolidad en una virtud
Saltbun (2023)

Es notable cómo Emerald Fennell trabaja los géneros cinematográficos para jugar con las expectativas de la audiencia y que el plot twist final adquiera mayor intensidad emotiva. Mientras Promising Young Woman (2020) tenía una atmósfera de comedia romántica que se desvanecía en el último acto, Saltburn rescata el soft porn del cine erótico italiano para sensualizar el comportamiento vampírico del protagonista, recurso que también empleó Luca Guadagnino en Llámame por tu nombre (2017). Si bien el eye candy es Jacob Elordi, la directora convierte a Barry Keoghan en un sensual depredador que usa su cuerpo para expresar el lado perverso del personaje; interpretación que está a la altura de Marlon Brando en El Último Tango en París (1972) o Eva Green y Louis Garrel en Los Soñadores (2003).

Como en Promising Young Woman (2020) y su ilógica venganza sincronizada, Saltburn puede resultar una película de difícil visionado por la excesiva cantidad de agujeros de guion que debes eludir para disfrutar la experiencia. Bastantes decisiones de Fennell como guionista son cuestionables, porque responden a la inmediatez emotiva de las series melodramáticas y telenovelas, donde un villano puede asesinar a medio elenco sin que la policía intervenga. No obstante, esa irregularidad argumental es compensada con finales apantallantes que se convierten en potenciales referentes culturales. A Fennell no le importa dejar interrogantes en el camino, mientras el desenlace logre causar impacto. ¿Es negativo? Depende, porque lo ha convertido en el sello autoral de su trabajo para cine y televisión. 

Te puede gustar o no la trama, pero es innegable lo brillante de Saltburn en su reformulación del relato gótico-romántico. En la línea de Mike Flanagan y sus series para Netflix, los equipos artísticos lograron dar la vuelta a los clichés estéticos de oscuridad y ruinas, sustituyéndolos por el decadente mal gusto al inicio de milenio. Como Sofia Coppola con los 80 en María Antonieta (2006), Fennell extrapola la ambigua identidad generacional de los 2000 a los nobles habitantes del castillo, quienes desean ser modernos, pero son arrastrados por su desfasado conservadurismo y viejas tradiciones. 

El estilo y gustos personales de Emerald Fennell son caprichosos y exagerados, pero esperar de su cine un equilibrio académico es demeritar aquello que ha conectado con cierto espectro de la audiencia… el de Euphoria, específicamente. Saltburn es la frivolidad comercial que el día de mañana veremos como tesoro de la cultura pop, una película que captura perfectamente la superficialidad estética del momento.  

Puedes ver Saltburn en Amazon Prime Video 



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Irving Javier Martínez Ver todo

Licenciado en Comunicación. Redactor especializado en cine.

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