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El hoyo en la cerca: el miedo que anima a las élites | Crítica 

El hoyo en la cerca critica

Por: Carlos Carrizales

Una grieta es una amenaza para quien la ve desde adentro. Es el miedo a la  apertura, al escape de lo que se quiere mantener al interior. También es el ansia de que los de afuera se asomen y descubran. Un hoyo en una cerca es un centro hemorrágico que revela la fragilidad de lo que parece sólido; el recordatorio de que lo instituido necesita protegerse tanto porque, en el fondo, no es tan inobjetable.  

Con El hoyo en la cerca (2021), el director Joaquín del Paso entrega una reflexión aguda, explícita y vigorosa sobre las creencias en las que reposa la educación de las élites en México. Un repertorio ideológico patriarcal, racista, homofóbico, machista y clasista enmarca una historia que ataca directamente a la clase  privilegiada de un país inmerso en dinámicas jerárquicas y desiguales.  

La película gira en torno a un campamento de verano. Ahí, un grupo de adolescentes varones de una escuela católica de clase alta son sometidos a un adoctrinamiento ideológico a través de juegos, dinámicas de grupo y castigos que les inculcan la obediencia a sus superiores, ritos de hombría y, sobre todo, la adherencia incuestionable a la élite a la que pertenecen. La aparición de un hoyo en la cerca —que divide el campamento del pueblo vecino— levantará tanto las sospechas de los jóvenes como un estado de alerta entre los tutores, sospechas que serán cada día más insostenibles. 

El hoyo en la cerca: el miedo que anima a las élites | Crítica 

Si el cine mexicano ha renunciado a confrontar a las élites, la película de del Paso cuestiona de lleno a este sector social. Se aleja de las caricaturas del mirrey o del  “chavo bien” para presentar a personajes con matices, pulsiones y hábitos, inscritos a fuerza del círculo social en el que se desenvuelven y en las enseñanzas que reciben. El reparto adolescente, compuesto por jóvenes que asisten a escuelas privadas y que fueron preparados para actuar, otorga una dinámica de grupo bastante verosímil y coherente con la atmósfera que se construye.  

Desde el principio, la propuesta visual evoca una realidad alterada, a medio camino entre la utopía conservadora y la impostada fantasía. Colores saturados que resaltan el azul del cielo y el verde de los prados; encuadres simétricos y abiertos en contradicción con ojos de animales en primer plano, evocando una mirada  recelosa. La fotografía de Alfonso Herrera Salcedo genera un clima de tensión en este paraíso aburguesado y fársico, donde la vida sólo es segura dentro de los límites del campamento.  

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Bajo esta idea, es evidente que todo se erige en una cultura del miedo y de la paranoia hacia los pobres, de piel morena y pocas palabras, esos otros que rodean el campamento y cuya hostilidad debe ser mitigada con caridad y tratada con precaución. Porque algo es necesario: mantener la distinción entre la gente del pueblo y ellos. Si alguna vez se encuentran en la disyuntiva de ayudar a alguna de  esas personas o protegerse a sí mismos o a sus amigos, siempre deben elegir la segunda, como les enseñan los tutores extranjeros con una anécdota. Hay que  proteger a la élite, siempre. 

En este sentido, Joaquín del Paso, en el guion que escribe junto a Lucy Pawlak, reconoce la dinámica de grupo cerrado entre la clase alta y, a través de sus prácticas, la unifica como colectivo. Esto contrasta con el imaginario tradicional de  la multitud en las representaciones cinematográficas; si Nuevo Orden (2020) de Michel Franco (el referente más reciente del cine nacional sobre la problemática de  clases) presentaba a la multitud con rasgos proletarios y racializados (la idea común sobre “la masa”), El hoyo en la cerca la subvierte para presentar, en uno de  los momentos más viscerales de la película, a una multitud constituida por adolescentes blancos de clase alta. Este giro en la representación es uno de los puntos más audaces de la cinta, en tanto el terror social de la muchedumbre descontrolada suele protagonizarse por los de abajo, casi nunca por los de arriba. 

Esta diferencia fundamental que surge de la comparación, contribuye a poner a la película en un nicho particular de obras que miran de frente al clasismo en México, pero observándolo desde lo que sucede en la cima, no en los barrios populares o las clases empobrecidas. Esto da pie a que el tono del filme juegue con toques de género, presentando secuencias satíricas, de farsa, de suspenso o incluso terror.  

Si bien esta decisión es mayoritariamente excesiva y de trazo grueso, se destaca en un panorama audiovisual empeñado en la búsqueda de lo sutil y lo contemplativo. Ya en su anterior trabajo, Maquinaria Panamericana (2016), el  director había jugado con la sátira y lo absurdo, pero en esta segunda obra se percibe una depuración de ese estilo.  

Con El hoyo en la cerca se presenta una disección del miedo que anima a las élites: el temor de perder la posición. La consciencia de que deben aferrarse a ella, reafirmarla y hacerla valer, se materializa en un conjunto de prácticas orientadas a la exaltación de una mitología privada que legitima su lugar en la cima.  

A ese parnaso idílico hay que protegerlo de los intrusos: el alumno becado que no  pertenece a la misma clase; las mujeres, invisibles; los pobres habitantes del  pueblo, a quienes hay que seguir entreteniendo con espejos, ropa usada y  condescendencia. Ellos son los enemigos, a los que hay que temer y aplacar. Tienen a Dios, a sus profesores y al dinero, de su lado. No puede haber hoyos en  la cerca.  

El hoyo en la cerca se puede ver en la Cineteca Nacional, La Casa del Cine, Cinemex y Cinépolis 

Tráiler de El hoyo en la cerca

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