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Tony Manero: retrato de una obsesión

tony manero pablo larrain

Es 1978. Raúl corre por las calles de Chile sin que nada lo detenga, excepto los ruidos de la dictadura de Pinochet acercándose. Va en camino al cine, verá Fiebre de sábado por la noche, como es su costumbre, para admirar a John Travolta y repetir los diálogos de la película. Raúl, de 52 años, no es un espectador común, sino un hombre obsesionado con Tony Manero y sus pasos de baile.

Encarnado por Alfredo Castro, el personaje vive en el segundo piso de un restaurante junto a otros bailarines amateur, con quienes monta un espectáculo nocturno; su relación con ellos va de la indiferencia a la envidia y hasta al placer sexual fallido, ya que sufre de disfunción eréctil. Lo peor para Raúl no es el horror militarizado que azota a su país, más bien envejecer y perder una contienda televisiva donde buscan al mejor imitador de su ídolo.

Matar, robar o manchar con excremento el vestuario de su competencia son sólo algunas de las fechorías que Raúl comete. En este contexto, deambula sin culpa, al ritmo de You Should Be Dancing, canción de los Bee Gees que adquiere un aire sombrío entre los huesos del histrión. Al igual que el Joker de Todd Phillips, este protagonista existe plenamente sólo cuando mueve su cuerpo en danza. El rey de la comedia (Martin Scorsese, 1982) parece una influencia evidente de Pablo Larraín, el director de Tony Manero (2008), ya que su personaje principal anhela también el reflector; si Rupert Pupkin se atrevió a secuestrar al conductor de su programa televisivo favorito para atraer la atención, Raúl es capaz de abandonar a su familia postiza (el grupo de bailarines) frente a los emisarios de la dictadura con tal de ganar el premio.

Uno diría prematuramente que escapa para esconderse, sin embargo, lo vemos competir en el programa, recibir los aplausos del público y quedar en segundo lugar.Observa cómo el triunfador definitivo sube al transporte público con su esposa, suceso que invita a pensar si volverá a matar. En este punto cabe decir que ni siquiera con el brillo del escenario Raúl pierde el patetismo, ya que el presentador se burla alusivamente de su edad.

Tony Manero de Pablo Larraín: retrato de una obsesión
‘Tony Manero’ (2008)

A pesar de eso, los movimientos de Alfredo Castro resultan siempre hipnotizantes, ya sea por el semblante abstraído del intérprete o por un componente femenino en sus danzas. En una charla con Benjamín Naishtat (en el podcaste de MUBI), el histrión dice que aborda la actuación con una sexualidad líquida, la cual trasciende el binarismo, por lo que no extraña dicho matiz afeminado. En un tema distinto, coincide con Naishtat cuando expresa que es más fascinante identificarse con las miserias humanas, que con las virtudes. Tony Manero, a tono con dicha aseveración, exhibe no solamente la ruina chilena de algunos barrios frente a una zona acomodada, sino que muestra las acciones de un hombre perdido, quien no encaja con la realidad y que porta una condescendencia extraordinaria por la existencia de los otros.

Tony Manero es el segundo largometraje de Pablo Larraín como director. Se presentó en el Festival de Cannes y en el Festival de Cine de Rotterdam, por nombrar un par. Actualmente, el realizador es conocido por el estreno de la biopic de Jacqueline Kennedy (Jackie), y próximamente la de Lady Diana (Spencer).

Puedes ver Tony Manero en Netflix 

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Miguel Sandoval Ver todo

Me gustan las películas de Éric Rohmer y de Robert Bresson. Escribo en un intento por expresar lo inexpresable.

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