Ya no estoy aquí: el despojo de la tribu

Por: Ivonne Najera 

Si miramos a nuestro alrededor nos daremos cuenta de algo innegable: vivimos cerca de otros, nacimos de otros y necesitamos de ellos para sobrevivir, para desarrollarnos a diferentes niveles… es gracias a otros que nos sentimos protegidos, amados y en ocasiones comprendidos. Aristóteles dijo: “Somos seres sociales por naturaleza”, y esa naturaleza es lo que continuamente buscamos, si se nos niega en un lado, la buscaremos en otro…y en otro, hasta encontrarla o hasta cansarnos.

En Ya no estoy aquí  (Fernando, Frías 2020) se encuentra un poco de esa naturaleza perdida en un grupo de adolescentes que se hacen llamar “Los Terkos”, quienes viven en una zona marginada de Monterrey. Entre la violencia y la falta de oportunidades se reúnen para disfrutar de la música que a ellos les llena: las cumbias rebajadas. Se protegen entre ellos y comparten lo poco que tienen; es en ese pequeño círculo, que ellos mismos han construido, donde encuentran apoyo, quizá una familia, una tribu… fuera de él sólo les espera corrupción, incomprensión de sus padres, prejuicios, discriminación y la ausencia del estado como proveedor de seguridad, igualdad o justicia. El único futuro al que parecen tener acceso es al de ser reclutados por algún cártel del crimen organizado.

Ulises es el protagonista, el líder de este clan; más que una figura de autoridad, es un hermano mayor. A ellos los unió la música, y eso no es algo nuevo, nos ha unido por siglos a lo largo de la historia. La música es también un fenómeno social, quizá para conectar con otros, o para olvidarse un poco de la realidad; refleja las ideologías, emociones y carencias de quien la crea y quien la escucha. La cumbia nació en Colombia en la época colonial a partir del encuentro de tres culturas: la de los indígenas de la costa del caribe, la de los esclavos llevados ahí desde África y la de los españoles conquistadores, es una mezcla, igual que toda la cultura actual en Latinoamérica. Llevamos partes de diferentes lugares, que en conjunto crean nuevos significados. La cumbia rebajada es más lenta y pausada, posiblemente para prolongarla, o como lo dice Ulises “es apropósito, más suave, pos dura más, rebajada, más sentimiento”. En la película, esta cumbia “ralentizada” cobra un significado más profundo, nostálgico… busca que eso que une a los personajes no termine, que se prolongue, porque ante tanta precariedad se vive muy rápido, se deja de ser niño pronto, o adolescente, para enfrentar la realidad que les ha tocado.

Ya no estoy aquí inicia con la ruptura, la separación que vive Ulises de su hogar y su familia, principalmente, la que eligió, y no tanto de la que le tocó. Es arrastrado por una serie de circunstancias a un lugar muy distinto: el barrio de Queens, donde coexisten variedad de migrantes de distintos lugares. Está rodeado de personas, y aun así está solo, incluso quienes hablan su idioma lo ridiculizan. Él no pertenece, no se identifica, no entiende, ni tampoco quiere hacerlo; no está ahí por elección…es aquí cuando la narrativa se fragmenta, retorna hacia un tiempo y un espacio que el protagonista añora, a partir de ahí transcurren paralelamente dos partes de la misma historia.

Los recorridos de su pasado por calles estrechas, entre construcciones abandonadas y casas humildes, resultan estéticamente pintorescos. El director de fotografía, Damián García, retrata la escasez; la vuelve ornamental sin restar su significado. En este espacio se muestra sutilmente la presencia eventual que tiene la política legislativa y la seguridad pública, el crimen organizado se encuentra más presente, pero no de forma escandalosa, sino cotidiana. La escena del tiroteo es inesperada, pero transcurre como cualquier otro evento, se siente ordinaria, sin efectos dramáticos, es puntual y ocurre casi en el silencio, reafirmando que, pese a su gravedad, es uno de los eventos ya normalizados para los habitantes de ese lugar.

En Jackson Heights Ulises encuentra a una amiga, Lin, quien fascinada por su aspecto lo ayuda: permite que duerma en secreto en su azotea y regala objetos de uso personal. Se interesa por su música e intenta entenderlo sin lograrlo. Su entusiasmo hacia él es algo inocente; ella también habita una realidad desigual, pero tiene más privilegios, más oportunidades, y no logra reparar en la naturaleza de Ulises; no tiene idea de las circunstancias de su amigo, entiende su apariencia como una moda nueva, imitable, como cualquier otra. La empatía poco sustancial de Lin ocasiona que Ulises se sienta aun más solo. Para él, escupir es un acto de desprecio: escupe al escuchar un anuncio político cuando llama a la radio, cuando recibe burlas de sus compañeros de trabajo, y en el baño de una fiesta por el hastío del lugar y la situación que está viviendo. Le escupe a su reflejo.

Camina por las calles sin ningún rumbo, no tiene a dónde ir. Entre la depresión disuelve su identidad, se despoja de ella, de nada le sirve estar donde está. Pronto regresa a donde contaba con el respaldo de su tribu. Pero en Monterrey ésta ya se ha separado; unos murieron y otros buscaron la forma de adaptarse. Lo único que valoraba ya no existe, sólo le queda la realidad que ya no puede ser retrasada por más tiempo.

Este texto es resultado del Taller de redacción y periodismo cinematográfico, impartido por Zoom F7. 

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