Habitar el desasosiego: una mirada al cine de Arturo Ripstein

Por: Eduardo Carrasco Díaz (@drfarabeuf)

Corre el año de 1958, y un novel Arturo Ripstein está a punto de observar el largometraje Nazarín de Luis Buñuel, el cual lo ayudará a decidir, de forma definitiva, su carrera profesional como director de cine. Hijo del prestigioso productor Alfredo Ripstein, el joven Arturo ha crecido entre sets de filmación y cámaras, por lo que hacer películas parece ser un destino ineludible. 

La convicción de Arturo por convertirse en cineasta lo lleva a invertir la mayoría de sus horas en los estudios de grabación para aprender a realizar un filme. Tal es su entusiasmo que decide visitar al creador de Los olvidados (1950) para trabajar con él. Este primer acercamiento fracasa, ya que el director español no lo admite. Sin embargo, las ganas por estudiar con Buñuel no disminuyen, por lo que Ripstein no dejará de insistir. Será hasta la cinta El ángel exterminador (1962) cuando él pueda estar cerca del autor de La Edad de oro (1930).

En una entrevista para el diario El País, Ripstein señaló que esa relación con Buñuel lo marcó mucho. “Él tenía 62 años y yo 18. Al principio lo llevaba en coche y cargaba su portafolios, después ya me dejó pasar a su casa. Conversábamos, íbamos al cine juntos. Sin ser amigos, era generoso y amable conmigo”. 

1965-1969: el debut y las primeras adaptaciones

Esta influencia fue definitiva para Ripstein, quien en 1965 (con apenas 18 años de edad) debutó en la escena cinematográfica mexicana con la cinta Tiempo de morir, un western —hecho como película de vaqueros por consejo de su padre, quien le dijo que era lo que más vendía— con guion de Gabriel García Márquez y Carlos Fuentes. La película narra la tragedia de Juan Sagayo, un hombre que, tras estar 18 años encarcelado, decide pasar el resto de sus días con el amor de su vida. El plan de este individuo se trunca cuando los hijos de su antiguo contrincante quieren vengarse de él y buscan obsesivamente asesinarlo. 

Después de este primer filme, Arturo Ripstein buscó de manera infatigable la forma de crear una obra cinematográfica. Esa gran labor, hasta el día de hoy, no se ha detenido y le ha legado al cine mexicano una basta filmografía con más de 40 largometrajes, los cuales han obtenido reconocimientos en los festivales más prestigiosos como Venecia, Sundance, Málaga y San Sebastián. Sin embargo, es preciso mencionar que su cine se encuentra alejado del gran público y la crítica porque en ocasiones la sordidez que presenta en pantalla causa zozobra. Prostitutas, criminales y gente del subsuelo forman parte de su catálogo visual, en donde se evidencia los más oscuro del ser humano. 

Tiempo de morir

Tras dirigir Tiempo de morir (1965), el siguiente proyecto de Ripstein fue Juego peligroso (1967), el cual codirigió con Luis Alcoriza. Este largometraje presenta dos historias que tienen como protagonista la bahía de Río de Janeiro, en Brasil. En el segmento que le tocó dirigir a Ripstein, ya se pueden observar los primeros esbozos de los temas recurrentes en sus películas. La sexualidad, la moral, el deseo y el drama aparecen como parte de su bagaje fílmico que más adelante pulirá en cada obra.  

En este periodo también se empezó a configurar y perfilar el Ripstein que adapta obras literarias en la pantalla grande. Tal es el caso de Los recuerdos del porvenir (1969), largometraje basado en la novela de Elena Garro. Esta cinta tuvo como actores principales a Renato SalvatoriDaniela RosenJulián Pastor y Pedro Armendáriz Jr., quienes interpretaron una desdicha amorosa situada en plena guerra cristera. Más adelante, Ripstein adaptará obras de autores como José Donoso, Juan Rulfo, Luis Spota y Gabriel García Márquez, las cuales le traerán su prestigio como director.  

Para 1969, Ripstein también dirigió y adaptó La hora de los niños, un cuento del escritor español Pedro Miret. En ese filme, el incipiente director mexicano cuenta una historia retorcida e inquietante de un niño que ha sido encargado a un payaso, quien le narra cuentos para mantenerlo entretenido. 

El cine mexicano en los años 70: renovación y nuevas temáticas 

A mitad de los años 60 había una inquietud por cambiar el estatus quo que reinaba en la época. Sería hasta el año de 1968 cuando se daría un verdadero parteaguas en México. No sólo las estructuras políticas y sociales entraron en una crisis de identidad por su desgaste orgánico. También la industria audiovisual en nuestro país tuvo algunos cambios importantes, ya que el cine mexicano poco a poco veía cómo la fórmula de la época de oro se agotaba hasta sus últimas consecuencias.

Este deterioro dio como resultado una nueva generación de cineastas en la década de los 70. Paul Leduc, Felipe Cazals, Jaime Humberto Hermosillo, Arturo Ripstein y Jorge Fons, piedras de lanza para un renovado cine mexicano que trajeron a las pantallas un nuevo horizonte de temas e imágenes alejadas del folclor y los gritos desmesurados del ranchero. En el caso específico de Ripstein encontramos a un director que afianza su carrera con la creación de tres filmes, que pronto pasarían a formar parte de la historia del cine mexicano por sus temáticas descarnadas y su tratamiento fílmico. 

1970-1979: la década de consolidación

En los años 70, Arturo Ripstein realizó los cortometrajes Crimen, Exorcismos, La belleza y Autobiografía. Los primeros tres trabajos fílmicos ahondaban en el problema de la mirada y el deseo llevado hasta el extremo. La última pieza, de corte más experimental, fue un acercamiento personal a él como director de cine.

También, durante estos años Ripstein se dedicó a la grabación de documentales y realizó algunos filmes con temáticas educativas por encargo de la Secretaria de Educación Pública (SEP). Aquí, quizá la obra más destacada es el largometraje Lecumberri (1976), un retrato sobre la vida en una de las prisiones más antiguas del país. 

Ahora bien, como toda obra en construcción es necesario entender que no todos los trabajos cinematográficos de Ripstein han sido un acierto en su carrera. De hecho, en su longeva trayectoria encontramos cintas de menor calidad que apuntan a evidenciar el proceso por el que atraviesa un autor en la cimentación de su voz, además de que muestra el contexto de producción para hacer cine en nuestro país, el cual principalmete ha estado ligado al apoyo estatal. 

Asimismo, la crítica en nuestro país suele polarizarse cuando se habla del cine de Arturo Ripstein, ya que muchos consideran que su amplia obra cuenta con pocas películas imprescindibles. Por ejemplo, Gustavo García señala, en una nota para la revista Letras Libres, que Ripstein es “un director de aciertos menos frecuentes” y que en sus primeros años este cineasta mexicano tenía “más intuición que ideas”. Esto lo apunta de forma tajante porque él considera que durante los años 70 las únicas películas importantes de Ripstein son: El castillo de la pureza (1972), El lugar sin límites (1977) y Cadena perpetua (1979). Películas como El santo oficio (1973), La viuda negra (1977) e incluso la internacional Foxtrot (1976), en donde participa el actor Max von Sidow, no contaron con la calidad fílmica para compararse con los éxitos anteriores. 

El castillo de la pureza

Si se mira con ojo crítico, las tres cintas que menciona Gustavo García han pasado a la posteridad y consolidaron a Ripstein como director por su capacidad de tocar fibras sensibles de la imaginería mexicana y mostrar la desgracia de personajes habitados por la irremediable tragedia. Por un lado, tenemos en la primera cinta el drama de un padre que mantiene cautivos a sus hijos para salvarlos del peligro que existe en el mundo exterior. Narración asfixiante que pone sobre la mesa los desvaríos de un patriarca autoritario, opresivo. El segundo filme es una visión sórdida del deseo entre dos hombres en un pueblo sucio y olvidado. La tercera historia es el retrato de un exconvicto que busca la redención, en un México lleno de corrupción. Para la crítica Fernanda SolórzanoCadena perpetua es “una de las mejores películas de cine negro”, porque muestra cómo la corrupción social —mal endémico en nuestro país— orilla a los individuos a transitar por “callejones sin salida”. 

1980-1992: un período oscuro entre la televisión y las cintas menores 

El esplendor del cine de Ripstein trajo después un lapso de proyectos que no tuvieron la potencia cinematográfica de sus anteriores filmes. Su trabajo osciló entre los documentales Aprendamos juntos (1982), Una semana en la vida del presidente (1988), largometrajes de ficción como La seducción (1980), Rastro de muerte (1981) y El otro (1988); hasta capítulos para el programa Mujer, casos de la vida Real (1985) y las series de televisión Simplemente María (1986) y Dulce desafío (1988). El crítico Gustavo García menciona que los años 80 fueron para el director de El lugar sin límites una “década de fiascos que hubieran hundido, de nuevo, a otro que no fuera Arturo Ripstein”. 

No obstante, cabe mencionar que esta irregularidad cinematográfica también debe comprenderse a la luz de la crisis que sufrió la industria audiovisual mexicana en tal época, cuando el Estado tuvo problemas económicos y dejó de financiar las películas. Alejandro Pelayo Rangel, director de la Cineteca Nacional, mencionó en un ciclo de conferencias en 2014 que “no había momento más triste para la cinematografía mexicana que los años 80, ya que no había ningún apoyo”.

La cinta más destacable de Ripstein en esta época fue El imperio de la fortuna (1986), basada en la obra de Juan Rulfo. Esta historia brilló por las interpretaciones de Blanca Guerra y Ernesto Gómez Cruz, quienes llevaron a la pantalla grande una historia que explora el tema del azar, el deseo y la avaricia.

El imperio de la fortuna

El guion fue adaptado por Paz Alicia Garcíadiego, quien tomaría la responsabilidad de convertirse en guionista de cabecera para todos los proyectos futuros. Esta dupla creativa encontraría una nueva forma de contar historias, ancladas en un realismo fatalista y conseguiría, para las siguientes décadas, afianzar un estilo fílmico, donde los diálogos —en su estructura y forma— retratan el infierno interno que viven los personajes. En una nota para Gatopardo, el crítico Ricardo Marín sostiene que “en las películas escritas por Garcíadiego los personajes son en misma medida pervertidos y frágiles, figuras deleznables y simpáticas”.

1993-2005: el segundo aire

Los años 90 fueron para el director de El castillo de la pureza una época de resignificación cinematográfica. Con Paz Alicia Garcíadiego como compañera y cómplice en sus largometrajes, Arturo Ripstein puso en escena nuevos relatos visuales, los cuales muestran una realidad sin ningún tamiz. 

Principio y fin (1993) sacudió por su sordidez al representar la pobreza de la clase media mexicana y sus aspiraciones. A ese filme le sigue La reina de la noche (1994), biografía de la vida tormentosa de Lucha Reyes; Profundo Carmesí (1996), la historia de dos amantes que se dedican a asesinar mujeres viudas, y El evangelio de las maravillas (1998), retorcida visión sobre los cultos religiosos. Esta década se distingue también por la adaptación cinematográfica de la novela de Gabriel García Márquez, El coronel no tiene quien le escriba (1999), relato sobre la vida de un coronel que espera con ansias, casi patéticas, recibir su pensión. El ciclo de este período se cierra con La perdición de los hombres (2000), La virgen de la lujuria (2002) y Los hombres y el tiempo (2005). 

2006-2020: realismo decadente en su máxima expresión 

El carnaval de Sodoma (2006), Las razones del corazón (2011), La calle de la amargura (2015) y El diablo entre las piernas (2019) conforman el último tramo de la carrera cinematográfica de Ripstein. Sus historias y su construcción visual tienen un patrón muy marcado, ya que siguen acentuando la tragedia de personajes habitados por el desasosiego, de individuos encarcelados por la amargura de la existencia. Ahora bien, aunque sus largometrajes ya nos son tan frecuentes como en otras décadas, la puesta en escena no deja de estar vigente porque con el paso del tiempo este director ha construido un castillo sensorial que detona significados desesperanzadores para quien se acerca a su cine. 

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