Devs: los dioses son computadoras cuánticas

Irving Javier Martínez (@IrvingJavierMtz)

Tras ser ascendido, el novio de Lily (Sonoya Mizuno) desaparece y un día más tarde es localizado muerto. Ella no cree la versión del suicidio, así que investiga la conexión de Sergei (Karl Glusman) con Devs, una división tecnológica de Amaya, comandada por el visionario techie Forest (Nick Offerman) y Katie (Alison Pill). Con la ayuda de su expareja Jamie (Jin Ha), Lily intentará descubrir por qué la empresa de inteligencia artificial asesinó al chico.

El punto central de la miniserie es el miedo a las realidades alternas en la ciencia ficción. ¿Esa madre del pasado es mi madre o una “simulación”? La necesidad de certezas sobre la realidad es una consecuencia de la inteligencia artificial. En Aniquilación (2018) ya aparecía la “incógnita del replicante”, al dejar dudas sobre la identidad de un personaje. En Devs, el principal conflicto de Forest es lograr proyectar a la hija muerta de su línea temporal, no la de otra realidad paralela. La ansiedad del científico convierte al hiperrealismo fotográfico en antónimo de realidad; dimensión filosófica resultante del pánico a ser engañado por una copia fiel.

En un sentido menos tecnológico, Lily también es “engañada” por otra simulación, pues su relación con Sergei sólo era el espejismo de los buenos años al lado de Jamie; tal subtrama amorosa da un paralelismo argumental entre ciencia y melodrama. A partir del episodio cinco, el determinismo adquiere una carga sentimental sobre la relación de Lily y Jamie: ¿en realidad se acabó el amor o la rutina forzó la ruptura? El journey de ocho episodios ayuda a Lily a esclarecer las emociones hacia un amor que creía terminado.

La serie tira más en dirección del drama y no hacia las concepciones técnicas del determinismo. Mediante supuestos (de tipo “¿qué pasaría si?”), la trama busca dejar atónito al espectador sobre su existencia en un universo temporal legible mediante algoritmos. En ese sentido, Devs se aproxima más a la fantasía científica de los hermanos Strugatsky que a la ciencia ficción formal. La paradoja del río cambiante (enunciada por el padre moribundo de Lily), por ejemplo, explica con mayor precisión la lógica de la ficción que cualquier teoría cuántica en boga.

Si bien ha sido criticada por dicha simplicidad tecnológica, la serie se da a entender en todas sus “metáforas” y no queda en libre simbolismo. La mayoría de los conceptos abstractos, como el paraíso celestial, sigue el patrón marcado por sus contemporáneos. Parecido al conceptual San Junipero en Black Mirror, la computadora cuántica de Devs es otra aproximación al sueño del “más allá” digital, extendiendo en la nube la longevidad del alma humana.

Una inconsistencia en continuidad son las reglas narrativas en el uso de la computadora cuántica. ¿Por qué no aplicaron Forest y Katie el “poder de elección”? ¿Cómo descubrieron que el determinismo llevaba los hechos a un mismo punto predeterminado? Garland no se corta por esos vacíos argumentales y continúa de forma desenfadada hacia el final metafísico sobre el paraíso digital. Lo anterior genera una división entre la audiencia (hambrienta de elevadas paradojas científicas), porque la carga filosófica no da respuestas concretas, sólo estiliza los diálogos y situaciones.

[INICIA SPOILER] 

La dimensión teológica también es constante en esa “estilización”, según el realizador, para reflexionar acerca del mayor absurdo de las religiones: la existencia de un arquitecto divino omnisciente y omnipotente, indolente hacia los males de la humanidad. Forest y Katie  son esos dioses, ya que fuerzan los eventos para seguir el curso marcado por la computadora; si cambiaban la narrativa, darían la  razón a Lyndon (Cailee Spaeny) sobre la teoría del Multiverso. El “conocimiento” adquirido por Lily (el “fruto prohibido” de la Biblia) la lleva a un acto de insurrección, el cual  destruye el proyecto de “Dios”. La serie se presta para múltiples lecturas, mas ninguna está de forma explícita.

[TERMINA SPOILER]

La idea original surgió tras leer a David Deutsch, enunciador de complejas teorías que el director quería abordar en la serie; para eso, Garland sólo bosquejó el pesado tema a la audiencia, sin datos específicos sobre las partículas cuánticas. El resultado final es una libre ficción fantástica a lo Julio Verne, sugerente a posibles avances científicos no concretados. Por otra parte, Devs también se regodea en la fantasía del “destino trágico”, en su forma más clásica. Lo “predecible” de la historia responde a la moiras, hybris, catarsis y demás elementos que conforman la tragedia aristotélica; entonces, la razón científica se convierte en un “dios” automatizado, el cual determina la longitud de los hilos vitales.

De acuerdo con Garland, sus proyectos no son trabajos documentados sobre el futuro tecnológico, sino interpretaciones personales resultantes de su afición por la ciencia. A nivel entretenimiento, Devs nos brinda una poética concepción del individuo en el tiempo. Rob Hardy y Mark Digby firman un excelente trabajo en la fotografía y el diseño de producción, haciendo de Amaya un minimalista Silicon Valley perturbador. Es pretencioso (y desproporcionado) compararla con 2001: odisea del espacio (Stanley Kubrick, 1968), pero la experiencia de insignificancia frente a la Historia es muy parecida al filme de Kubrick; un intenso drama (a fuego lento) sobre la incertidumbre temporal y el libre albedrío. Programa merecedor de un lugar en tu lista de series pendientes.

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