Rostros y Lugares, la sabiduría de los años

Por: Denise Roldán

JR hace lo que más deseo: fotografiar nuevos rostros

para que no se pierdan en el olvido de mi memoria. Agnès Varda

 

Este tren visitará lugares a los que tú nunca irás. JR

No se conocieron en una carretera, ni en una parada de autobús, y tampoco en una panadería, aun así, ninguno olvidaba las imágenes del otro.

Debo admitir que para mí en la contienda “representantes de la Nouvelle vague”, nombres como Truffaut o Godard le habían ganado al nombre de Agnès Varda. Fue hasta Rostros y Lugares (2017), que hice un acercamiento a su cine.

Llegar tarde a la obra de un artista quizá solo sea conocerla a la inversa. Como Agnès en sus playas, caminando hacia atrás, recorrí su trabajo. En su última producción, a sus más de 80 años, hallé a la misma Agnès de La Pointe Courte (1955); sigue en ella un cine social que no pretende ser retratado; no abandona la cámara y deja que las cosas pasen, si es parte de la Nueva ola francesa, tenía que haber algo artificioso. De entrada, la voz omnisciente que propone una poética de lo decible, de lo audible más allá de los ruidos incidentales. Le aplaudo que en su momento confesó haber pensado que el cine eran imágenes con palabras y en su andar se había dado cuenta que no es así, pese a tantos años de esa primera impresión, mantiene esa voz unida a las imágenes no para describirlas, sino para potencializarlas y viceversa.

¿Por qué habría de unirse al camino de Varda un artista 55 años menor que ella? El arte de JR también responde a su contexto. Joven parisino interesado en el arte callejero, toma la fotografía y la ciudad como medio y espacio de expresión.

Si Agnès vivió la Segunda Guerra Mundial, él observó los conflictos entre Israel y Palestina.

Ella, los movimientos feministas. Él, las mujeres de Brasil y Sierra Leona.

Ella, los murales de Los Ángeles. Él, las enormes fotografías en paredes de todo el mundo.

Ambos buscan, desde lo artístico, poner un bloque que detenga lo que la gente continúa haciendo sin darse cuenta. Como en el proyecto Face to face, JR coloca el retrato de un palestino a lado del de un israelí. Nadie sabe reconocer quién es quién. Agnès, en las playas de su documental autobiográfico, puso espejos que permiten ver cómo va y viene la ola y en algún punto choca contra ese espejo. Si la ola tuviera conciencia, se daría cuenta qué es lo que hizo, cómo llegó hasta allá. El arte se convierte en reflejo que da profundidad y al mismo tiempo pone un muro de contención

Rostros y lugares pierde la sonoridad de su nombre original, pero en la simpleza conserva la vastedad de su contenido: recorramos Francia, encontremos rostros nuevos y construyamos memoria desde las arrugas y las grietas. Las personas habitan los lugares, peros son éstos los que moldean a las personas. Al llegar a cada nuevo sitio, Agnès y JR reavivan las paredes y las avenidas con los rostros gigantes de quienes han sido cercados por esos espacios.

La producción francesa es un buen punto de partida para conocer y reencontrar a sus realizadores. Aunque la película no tenga una veta social tan marcada como los antiguos proyectos de cada uno, sí se alinea a sus preocupaciones e intereses: crear historias desde la imagen, la fotografía, el muralismo urbano y la voz narrativa.

El documental establece una luz diurna, juega poco con la cámara, lo importante es enmarcar la interacción de las personas y no hay por qué perder la naturalidad y el realismo del que parten sus obras. Sin embargo, es en la introducción y en las transiciones donde se fragua la parte artificiosa porque ahí se devela a los protagonistas. Si bien los personajes que le dan relleno al documental son los rostros nuevos, azarosos, los personajes principales se encuentran en esas transiciones; uno es testigo de esas charlas, cuando él no quiere quitarse las gafas, cuando ella se lo vuelve a pedir, de nuevo se presenta la artificiosidad que permite una narrativa interesante.

Aunque con cada una de esas pláticas atisbamos sus principales puntos de encuentro, cuando hay una disonancia se entiende con mayor claridad por qué trabajan juntos. Agnès, en cada filme, deja algo suyo, la ciudad donde vive, la gente que conoce, su amor por Jacques. Ella parte de lo íntimo. De JR no sabemos su verdadero nombre, jamás se quita las gafas, no se deja ver cuál es. Hay aquí un encuentro entre partes disímiles, entre la intimidad que ella busca y expone y la distancia de la que él parte. A manera de obsequio, para Agnès y para nosotros, JR en esta ocasión muestra una parte importante de su vida. Es entonces, que lo que podría ser un motivo de discordia se vuelve amalgama. Quizá Agnès ya no pueda guardar nuevas caras, pero la acompañará JR para conservarlas por ella.

Solo me queda, siguiendo la línea intimista de Agnès Varda, cerrar el texto imitando el regalo de JR, cediendo un poco de mí. Jamás he ocultado mi temor a la vejez. Mis cercanos sabrán que no se debe a los miedos comunes. No me veo siendo vieja porque no sabría qué hacer cuando lo que conozca me rebase. Por el contrario, a Agnès, como copiloto del pequeño estudio fotográfico, no le pesa la sabiduría de los años, me di cuenta que a cada lugar podía agregarle una anécdota, esto me recuerda a tal persona, esto lo vi en alguien más. Envejecer no significa saber tanto, sino tener muchas más historias que contar.

 

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