Los imperdibles de Docs MX 2019

Por: Cuauhtémoc Juárez Pillado (@cuaupillado)

Como un proyecto que surgió en 2006 al apostar por el cine documental, el Festival Internacional de Cine Documental DocsMX ha logrado acercar al público a distintos contextos sociales, políticos e históricos, así como vislumbrar mundos posibles y otras formas de colaboración entre el ser humano con su entorno.

En su decimocuarta edición, que se realizará en la Ciudad de México del 10 al 19 de octubre, el festival contará con 13 sedes en las que destacan la Cineteca Nacional, Cine Tonalá, Centro Cultural Universitario, Parque México y Ciudad Universitaria. 

De mil 373 títulos, el equipo a cargo de la programación eligió 110 documentales provenientes de 32 países, los cuales estarán divididos en 11 secciones temáticas. Este año se contará con 10 premios del Jurado, un premio Doctubre MX, un premio de la crítica, un Docs Talks (espacio de discusión entre espectadores y cineastas) y la proyección de sus tradicionales rally’s de realización (Reto DocsMX y Reto Doctubre).

A continuación cinco proyecciones imprescindibles: 

#Female Pleasure (Barbara Miller, 2018)

¿Qué relación tienen las mujeres con su sexualidad sin importar la cultura o religión? Sobre esta cuestión se desarrolla el documental, el cual nos muestra a mujeres de distintas regiones del mundo hablando del placer sexual y cómo el cuerpo femenino está sujeto al deseo masculino y a la procreación.

#Female Pleasure será el título que inaugurará el festival el 10 de octubre a las 19:00 horas en el Teatro Esperanza Iris. Se contará con la presencia de la directora suiza, quien previamente trabajó en el documental nominado al Oscar War Photographer.

Oblatos, el viento que surcó la noche (Acelo Ruiz Villanueva, 2018)

Reconocido con el Premio del Público en el reciente Festival Internacional de Cine de Guadalajara, aborda la historia de Guaymas y Toño, quienes estuvieron presos en el Penal de Oblatos (Guadalajara) por ser miembros de la Liga Comunista 23 de Septiembre, la guerrilla urbana más grande de México en los años setenta.

Ambos se fugaron del penal el 22 de enero de 1976 en una compleja operación que tomó por sorpresa a las autoridades policíacas. El documental relata cómo organizaron la fuga, por qué se manifestaban y cuál es su lucha actual. 

La Disgrâce (Didier Cros, 2018)

Cinco personas cuyos rostros están malformados, o gravemente desfigurados, son retratados en el famoso estudio parisino Harcourt, donde las estrellas más grandes de Francia han sido inmortalizadas. Los cinco sujetos manejan un perfil discreto en su vida cotidiana, pero en el estudio experimentan un cambio y es su oportunidad de redefinir la forma en que se ven a sí mismos.

Los protagonistas expresan con franqueza sobre su alteridad y el proceso de aceptación; al hablar sobre sus luchas nos obligan a reflexionar sobre nuestras ideas preconcebidas e insensibilidades. Un hombre con la mandíbula destruida por el cáncer concluye que él no es el “monstruo”: las reglas establecidas por la sociedad lo son.

Las sanadoras (Rodrigo Occelli, 2019)

En México, donde la guerra contra las drogas ha generado cientos de miles de muertos y desaparecidos, la legalización de la mariguana ha sido un tema recurrente en el actual gobierno, aunque sin avances claros.

Este documental nos acerca a las mujeres mexicanas –y de otros países de Latinoamérica- quienes corren el riesgo de ir a la cárcel por practicar el autocultivo para su uso medicinal. Su lucha no ha sido fácil pero no descansarán hasta lograr la legalización de esta planta.

Born in Gambia (Natxo Leuza Fernandez, 2019)

Seleccionado en 40 festivales alrededor del mundo, este cortometraje, que forma parte de la sección Fragmentos, nos muestra la vida de Hassan, un niño que vive en la calle. Su hermano fue acusado de brujería y quemado vivo delante de él, por lo que huye de su casa para no tener el mismo destino. Hassan lleva consigo una grabadora con la que nos cuenta cómo es su vida en Gambia, un país hermoso pero anclado en peligrosas tradiciones. 

Para más información de la selección oficial, sus categorías y los horarios de las funciones, te recomendamos visitar su página web.

La utopía de la mariposa: buscar la justicia desde la antropología y la danza

Las historias sobre desapariciones y homicidios dolosos se han escuchado cada vez y con más fuerza en nuestro país. Y aunque su cotidianidad acapare los noticieros, no quiere decir que las pérdidas sean menos significativas. Tan sólo recordemos que 2018 se consideró como el año más violento del que haya registro en el territorio nacional..son cifras que no dejan indiferente a nadie.

Ante el evidente desinterés de las autoridades por brindar algún tipo de respuesta, los familiares de las víctimas han recurrido a utilizar sus propios medios para hacerse visibles. Este es el caso de Lucas Avendaño.

En cuanto a su forma, La utopía de la mariposa (Miguel J. Crespo, 2019), producido por Plumas Atómicas, se desarrolla de manera sencilla; se limita a entregar los elementos necesarios como la música incidental, ambiental, los planos generales y a detalle, y algunos archivos de stock como actas constitutivas y ordenes por parte del encargado del caso en este momento.

Sin embargo, esa simpleza condicionada por el presupuesto de filmación, debido al recién nacimiento de esta casa productora de no ficción llamada Todo lo que somos, no le desmerece el tratamiento hecho a Lucas, su protagonista y a quien seguimos principalmente en un viaje realizado desde Oaxaca hasta la Ciudad de México con el propósito de acercarnos a los motivos de la desaparición de su hermano Bruno, sucedida el 10 de mayo del 2018.

El corto documental presenta a Lucas, el artista muxe más importante de la región del istmo de Tehuantepec y cuya visión de “romper las fronteras” lo ha llevado a combinar sus dos grandes pasiones: la antropología y la danza; ambas como herramientas divulgadoras para hablar sin necesidad de palabras sobre su origen y las de sus raíces, las zapotecas.  

El documental, más allá de mostrar el lado creativo de su protagonista, revela a una persona rota, debido en gran medida a la negligencia judicial de la que está siendo víctima. Alguien que sin mayor remedio, al igual a los hombres y mujeres de Soles negros (Julien Elie, 2018) tuvo que juntar coraje, salir a la calle y luchar por respuestas para llegar a esa utopía: la de encontrar a su hermano con o sin ayuda de las autoridades, la de ser libres sin importar el género o las preferencias, y donde el gobierno escuche, no simplemente prometa.

Supongo que, considerando el año en el que nos encontramos, medio siglo después de publicado el gran texto escrito por Tomas Moro, más que una ideología filosófica esto debería ser una realidad.

El miércoles 24 de julio se presentará en la Pulquería Insurgentes a las 20 horas.

Entrada libre.

Para enterarte de más funciones, te recomendamos seguir su página de Facebook.

Diana Mendoza 

Editora audiovisual del Museo de Antropología y admiradora del séptimo arte.

Me llamaban King Tiger: el retrato del líder chicano

Por: Gustavo E. Ramírez (@gustavorami_)

A mitad de la década de los 60, en el momento cumbre del movimiento por la tierra que encabezaba en Nuevo México, Reies López Tijerina era admirado e incluso frecuentado por figuras morales de la talla de Malcolm X y Elijah Muhammed. No era un personaje político común, y tampoco sus enérgicos discursos acerca de la autonomía del pueblo hispano en los Estados Unidos y la defensa simbólica de las tierras que alguna vez le pertenecieron a México. Magnéticas, las palabras de Reies tenían algo de religioso, un misticismo de profeta alimentado por un mito que el líder fue construyendo entorno a sí mismo, como elegido de Dios, mesías de un pueblo marginado que también parecía proclamar: «God Speaks Spanish Too».

La Alianza de Mercedes, organización política que King Tiger –como también era conocido López Tijerina– fundó en 1963 y lideró hasta 1967, lleva casi 50 años de haber sido extinguida tras una maniobra judicial que terminó por enjuiciar y desaparecer a su carismático líder. No obstante, las huellas de su breve paso por la historia reciente estadounidense están bien presentes.

Te puede interesar: El buen cristiano, un invaluable documento histórico

Muestra de ello son la serie de testimonios que el documentalista mexicano Ángel Estrada Soto recoge entre historiadores, expertos en los movimientos civiles de Estados Unidos y miembros de la comunidad chicana para Me llamaban King Tiger, una película que rememora (y para muchos podría develar) la figura de un personaje que, a mitad de camino entre la lucha por la resistencia política y el llamado religioso, consiguió visibilizar políticamente a una minoría poco tomada en cuenta en el panorama nacional de Estados Unidos.

Salvo una introducción en leve modo thriller que culmina –microspoiler aquí– con la aparición del propio Reies Tijerina poco antes de su muerte en 2015, Me llamaban King Tiger es un documental convencional en forma; sin embargo, el retrato que lleva a cabo resulta en un envolvente y justo reconocimiento a un personaje del que tampoco intenta ocultar defectos o contradicciones.

Gustavo E. Ramírez 

Coordinador editorial en la Cineteca Nacional. Especialista en cine documental.

 

M: el peligro del silencio

“Ni mi alma ni mi cuerpo me pertenecían a mí ni a Dios”, nos dice Menahem Lang en un plano contenido en la oscuridad propia de la noche, en esa atmósfera en la que confesar se vuelve regla. Este inicio siembra la característica visual sobre la que se edifica el documental, y la del protagonista es una frase que revela la crueldad de los actos de los que fue víctima.

M (Yolande Zauberman, 2018) muestra la historia de Menahem Lang, un judío ortodoxo que desde los siete años fue objeto de violaciones en su tierra natal, la ciudad israelí de Bneï Brek. Diez años antes, en un video que fue retomado por la televisión, uno de sus violadores admitió su responsabilidad. Aun con ello, Lang no recibió el apoyo de la comunidad. Desde entonces no pisa su tierra natal en la que aún viven sus padres, a quienes no ve desde hace 15 años. 

El detonante de la trama es el regreso de Menahem a Bneï Brek¿en búsqueda de venganza? Inicialmente así se perfila la misión. En este primer acto se reitera la exposición de los crímenes; el interés de la cineasta francesa se resiste a abandonar el señalamiento y el sentido iracundo del personaje. Pero conforme se recorren las calles de un lugar distinguido en apariencia por la cordura, las experiencias de Menahem escalan el tópico de la victimización y la necesidad de la justicia; nos adentran en un panorama desolador y complejo, en el que se confronta y cuestiona el papel de diversas convenciones: la familia, la cultura, el lugar de origen, el cuerpo y la sexualidad.  

Te puede interesar: Lo que debes conocer sobre el FICUNAM 2019

El relato del protagonista se transforma en una entrada a otras historias igualmente perturbadoras. Lejos de los lugares de comunión de la vida ortodoxa, el personaje esboza un grito colectivo. Son platicas que trastornan y manifiestan la magnitud de los actos de violación. La cámara de Yolande y el desenfado de Menahem al acercarse a otros hombres, quiebran los códigos de una agrupación hermética e incluso alcanzamos a ver que está atrapada en un circulo vicioso: hay víctimas que después perpetraron los mismos actos. 

M adolece al agregar un punto que no termina de aportar. La exploración del tema de la sexualidad es natural a partir de la narración de los otros hombres; uno de ellos no concibe que dos mujeres puedan tener relaciones sexuales, otro, previamente al matrimonio, confiesa su incomodidad a la idea de tener sexo con mujeres, cuando siempre lo ha tenido con hombres, sin embargo el tema de la transexualidad entra sin una clara intención. Al principio, el personaje transexual funciona para conocer la inquietud de Menahem. Cuando su compañera le comparte que a partir de que ella se convirtió se siente liberada, él, ahora un consolidado actor, expresa su deseo de ir tras esa misma sensación de liberación, ya que huir de su lugar natal no fue suficiente. El tópico retorna en el tercer acto, pero igualmente sin resolución alguna.

Menahem halla la redención en una pizca de ecos que le indican que el panorama puede cambiar a uno menos doloroso. También encuentra el consuelo en una comunidad con la que le es imposible no identificarse aunque está alejado de los elementos físicos que definen a un habitante de Bneï Brek; el poder del regreso a casa es innegable.

M desarrolla un valioso argumento que lejos de juicios reduccionistas como el bien y el mal, responde a la cuestión de la identidad al mostrar cómo el pasado subsiste a nuestra esencia, pero también que es posible transgredir sus huellas. Yolande Zauberman logra exponer hechos turbios y trascender el plano de la denuncia.

Leticia Arredondo

Cofundadora y editora de ZOOM F7. Escribo sobre cine y fotografía.

 

Nueva Venecia: las esperanzas de una aldea flotante

Por: Gustavo E. Ramírez (@gustavorami_)

El caserío flotante que da forma al pequeño pueblo colombiano de Nueva Venecia, en las cercanías de Barranquilla, es una suma de reflejos, colores radiantes y sonidos acuáticos. Aunque descansa completamente sobre el agua del Mar Caribe que anega la Ciénega Grande de Santa Marta –una de las más extensas del continente–, en él hay escuelas, tiendas, una iglesia y hasta una cancha de futbol, el deporte favorito de muchas de las 3,000 personas que habitan la comunidad pesquera. Es un paraíso suspendido entre los azules del agua y el cielo nítido, con calles “pavimentadas de mar” para las lanchas –única forma de transporte– y techos de paja que resguardan a los venecianos de la intensidad solar. Sin embargo, no todo es tan bondadoso, porque hace exactamente 18 años, el 22 de noviembre del 2000, un comando paramilitar en busca de simpatizantes del grupo guerrillero ELN ingresó al pueblo de noche y asesinó a 39 hombres, muchos de ellos en las puertas de la iglesia. Desde entonces Nueva Venecia ha tenido que resurgir del apagón que significó esa masacre, y su resistencia al hundimiento físico y moral es el objeto principal detrás del más reciente estreno del documentalista uruguayo Emiliano Mazza (Multitudes, 2013) y la productora mexicana de documentales Martha Orozco (Cuates de Australia, 2011; Lecciones para una guerra, 2012).

Te puede interesar: El buen cristiano: un invaluable documento histórico

La cámara del cinefotógrafo colombiano y también director de documentales Ricardo Restrepo –en uno de sus últimos proyectos antes de su muerte en el 2017– igualmente parece flotar entre las casas del pueblo “palafito” (de viviendas construidas sobre estacas en la superficie del agua). Resplandecen los destellos de mar reflejados sobre las paredes, las barcas con nombres pintados o los rostros de los pescadores curtidos por el sol. En la escuela secundaria local algunos adolescentes evocan sus sueños a petición de una maestra: unos quieren convertirse en médicos, otros en ingenieros; algunos más en futbolistas profesionales.

Y es que junto a la narración de una bella historia fantástica escrita por un cuentista local integrando parte de la historia de Nueva Venecia, es precisamente el futbol el leitmotiv que amalgama muchos de los elementos que dan forma al segundo largometraje de Emiliano Mazza. Así, la reconstrucción de la característica cancha sobre el agua del pueblo –particularidad que según el mismo documentalista fue la primera cosa que llamó su atención para hacer la película– no sólo funciona como uno de los hilos que conducen su intimista exploración sobre la psique y las esperanzas de una aldea flotante, sino como una poderosa metáfora de la superación del dolor, la belleza de su tranquilidad isleña y las miras hacia un futuro más brillante, más cálido, tal vez como el sol que cae sobre la cuadrícula de esta isla de madera fijada en el centro de una extensión del mar. En medio de todo esto, el homenaje de Nueva Venecia al pueblo “veneciano” también irradia su propia luz de película destacada en el actual panorama del documental latinoamericano.

Gustavo E. Ramírez Coordinador editorial en la Cineteca Nacional. Especialista en cine documental.

El buen cristiano: un invaluable documento histórico

Por: Gustavo E. Ramírez (@gustavorami_)

Guatemala, 1982. El general Fernando Romeo Lucas García, entonces presidente del país, fue derrocado por una sublevación del ejército que colocó al general retirado y excandidato a la presidencia Efraín Ríos Montt al frente del poder. En medio de un complicado momento político de la prolongada Guerra Civil Guatemalteca (1960-1996) que incluía el avance de diferentes grupos guerrilleros como el Ejército Guerrillero del Pueblo (EGP), el breve gobierno de Ríos Montt –derrocado tan solo un año después– se caracterizó por su brutalidad represiva, aniquilando a miles de campesinos pobres de la región de El Quiché y provocando el desplazamiento forzado de muchos más como parte de operaciones militares que arrasaron comunidades enteras de indígenas mayas. A la dureza genocida del presidente de facto (no poco común entre los regímenes fascistoides de la época en Latinoaérica) se agrega una peculiaridad: Ríos Montt era un obstinado miembro de la iglesia protestante que justificaba cada acción en nombre de Dios y se conducvo ía –como él mismo declaró alguna vez– «con un fusil en una mano y una biblia en la otra».

El buen cristiano, opera prima de la directora guatemalteca egresada del Centro de Capacitación Cinematográfica de México (CCC), Izabel Acevedo, parte del juicio político por genocidio realizado a Ríos Montt 30 años después en su país, en mayo de 2013, para revisitar uno de los momentos más duros de la historia centroamericana reciente. Con imágenes de archivo que muestran ciertos discursos televisivos del fugaz dictador, así como reveladoras entrevistas a algunos de sus colaboradores más cercanos intercaladas con el registro del juicio, la película da forma a un invaluable documento histórico. Por ella, igual desfilan los testimonios de desfachatados exmilitares, empresarios que colaboraron en la trayectoria política del presidente de facto –más tarde fundador de un poderoso partido de derecha en Guatemala–, repugnantes abogados abonados a su defensa jurídica e indígenas de la etnia ixil –probablemente, la que más sufrió la embestida militar durante su mandato– que vivieron en carne propia la persecución y las vejaciones desatadas por su terrorismo de estado.

Lleno de un lenguaje técnico que ahonda en el desarrollo jurídico del caso Ríos Montt, El buen cristiano es más el necesario documento de un momento histórico fundamental de Guatemala que una pieza de no-ficción con grandes valores técnicos o formales. Su más grande acierto reside en la agitación de una memoria asentada –pese a la cercanía temporal–, algo que se mueve en el fondo de la identidad rota de los pueblos y que poco a poco va transitando del dolor silenciado al clamor por la justicia.

Gustavo E. Ramírez Coordinador editorial en la Cineteca Nacional. Especialista en cine documental.

Rush Hour: la violencia de las megaurbes


Quienes vivimos en la Ciudad de México quizá ya no lo notamos por costumbre, pero la densidad urbana de este territorio es tremenda. Para nosotros es perfectamente normal tardar una hora en un traslado (a veces, hasta resulta poco). Según la legislación en materia laboral, la jornada estándar de un obrero común es de ocho horas (aunque eso ya casi nadie lo respete e incluso se tome como apatía no chingarle más); si tomamos en cuenta el tiempo de traslado -ida y vuelta-, hay quien puede hacer más de la mitad de su jornada únicamente en transporte. En suma, ¿cuánto tiempo de vida es eso?

Rush Hour de Luciana Kaplan, conocida por su ópera prima La revolución de los alcatraces (2012), trata -en apariencia- sobre las historias paralelas de tres personas que habitan en megaurbes (Estambul, Los Ángeles y Ciudad de México), padecen de su sobrepoblación en horarios laborales y de la necesidad de ganar un salario para poder cubrir sus necesidades básicas.

Sobre esta aparente trama, el documental, intercala el seguimiento que hace a los tres personajes que viven contextos socioculturales totalmente distintos: una mujer musulmana que no atraviesa una ciudad, sino -estrictamente- un continente para llegar a su trabajo en una tienda de ropa y que deja atrás a sus hijos pequeños; un señor pequeñoburgués, ingeniero-planeador de los presupuestos de las construcciones y músico frustrado que tiene traslados desde los suburbios hasta la parte desértica de California; y, una mujer jefa de familia que se mueve de Ecatepec a la Ciudad de México para llegar a su trabajo en un salón de belleza superfifí.

La mujer musulmana tiene como preocupación principal el dejar a sus retoños en casa valiéndose prácticamente por ellos mismos, pues para regresar a casa tiene que pasar dos horas y media en el colectivo. El señor, atorado en la monotonía de la oficina y de su sueño no conseguido, es quien posee una estabilidad financiera, pero a costa de haber sacrificado su verdadero deseo en la vida de ser un rockero, agobiándolo a cada segundo de sus horas en carretera. La señora ecatepequense teme por su vida cada que abandona su hogar, pues el recuerdo de su violación la acecha constantemente en esas dos horas y media que recorre los caminos. Y como si no fuera suficiente, se enfrenta constantemente con un entorno que le resulta totalmente ajeno, escuchando charlas de salón de gente cuya mayor preocupación es no haber llegado a la clase de yoga. La disparidad en el género y la clase social se remarca fuertemente, pues todos son sujetos violentados de alguna forma por su posición en la pirámide, pero no todos pasan las mismas penumbras ni engorros.

Con una cuasi-siniestra planeación, Rush Hour explota los planos generales -tomados con drone- para ubicar al espectador en una sensación de diminutez ante el monstruo de concreto y destellos luminosos. Y lo logra, pues se percibe el movimiento de los minúsculos componentes que somos de este gran organismo artificial que sobrevive únicamente por la exigencia fisiológica-social de los requisitos primarios para la vida. Otro elemento importante es el sofocante ruido de la ciudad. Los claxons, las pistas en el radio, las conversaciones fugaces, los gritos… El diseño sonoro potencia el atosigante estruendo de fragores sin sentido en el que todos estamos envueltos y al que, para bien o para mal, nos hemos acostumbrado.

¿Por qué marqué tanto que este es el argumento “en apariencia”? Si el desarrollo se concentra en el tiempo de traslado de tres peones para llegar a su trabajo… ¿no es esta una exploración, bastante amplia y precisa, al capitalismo? El sujeto que se mueve (distancias horribles) únicamente por la enajenación provocada por la explotación, en un sistema piramidal violento que afecta más dependiendo de tu condición de género, estrato social e incluso nacionalidad, que obliga a dejar sueños en la búsqueda de la firmeza económica y que paulatinamente consume la salud del trabajador… todo ubicado en el estandarte de las obras planeadas para la mejor obtención del capital: las ciudades. Sí, en esencia, esta es una película sobre el capitalismo.

Toda esta frustración del explotado se unifica en la mirada perdida de los protagonistas a través de la ventana del camión o el parabrisas del auto, aquella que contiene los días perdidos, los proyectos no realizados, la vida que se fue… Hay alternativa, pero no hay más opción. Y “pues bueno, aquí sigo” (seguimos)…

Desolador y contundente, Rush Hour es un espejo para muchos o una mirada al futuro, dependiendo de la edad. Un recordatorio, englobado en un excelente documental, de dónde estamos, hacia dónde vamos y cuánto tiempo de vida nos va a tomar llegar ahí.  

Mauricio Hernández

(R) egresado de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Colaborador en la Revista Encuadres.