Abandonado: el título señala a un responsable, pero el argumento apunta hacia otra dirección
SINOPSIS: Crónica de los once días previos al asesinato de Samuel Paty (Antoine Reinartz), un profesor francés que sufrió acoso escolar después de mostrar caricaturas de Charlie Hebdo a sus alumnos. La película reconstruye la cadena de eventos que llevaron al ataque terrorista, desde la mentira de una alumna hasta el colaboracionismo de adolescentes en el crimen.
Aceptar que Abandonado (L’abandon, 2026) es una crónica imparcial sobre los últimos días de Samuel Paty exige demasiada ingenuidad por parte del espectador, porque la historia del cine nos ha demostrado que los argumentos más persuasivos suelen ser aquellos promocionados como “objetivos”. Intuitivamente, deberíamos preguntarnos: ¿por qué se está contando esta historia, con tal narrativa y en este timing? En entrevistas, los involucrados mencionan que solo se trata de compartir “la verdadera historia” de la víctima, pero la simple selección de “los hechos” que aparecerán en pantalla ya involucra intenciones específicas que deben analizarse.
Parte de ese recelo se debe a que la película dispara hacia múltiples direcciones sin ser concreta en sus objetivos narrativos. La más evidente de esas imprecisiones es el hecho de que el título habla sobre la desprotección del Estado hacia las víctimas, pero solo vemos dicha inacción de las autoridades en un apresurado epílogo que resume todo como un burocrático “fallo” del sistema. En lugar de plantear una incisiva crítica contra la ineptitud judicial y educativa, pareciera que el objetivo real del largometraje es despertar la paranoia del público hacia puntuales amenazas.
Mientras la trama es ambigua al señalar burócratas, el director Vincent Garenq sí da identidad a la familia de Bachira Saïdi (Emma Boumali) y a los adolescentes que entregaron al profesor. Ese apego a “los hechos” resulta selectivo cuando no incluye a todos los involucrados en la cadena de violencia e injusticias, como los cómplices chechenos o la Fiscalía que solicitó penas “indulgentes” para los colaboradores del homicidio. Es decir, el guion deja fuera a gran parte del corrupto sistema judicial, donde se supone que se encuentran los principales culpables del “abandono”, lo cual es consecuencia de la temprana producción de este largometraje cuando aún no concluía la aplicación de justicia.

Dicho apego a “los hechos”, sin muchos contextos explicados mediante diálogos o un lenguaje cinematográfico más elaborado, representa un problema importante en las intenciones “didácticas” del filme. La omisión de matices y notas al margen ocasiona que el plano se cierre tanto que no permite entender plenamente que los victimarios radicales son apenas una fracción de toda la comunidad musulmana en Francia; una vaguedad argumental que da la razón a quienes ven islamofobia en la película.
La producción no solo muestra “las consecuencias del terrorismo”, puesto que es muy insistente en señalar a los grupos que conforman ese peligro. De hecho, en ciertos momentos se percibe como si el racismo y la islamofobia solo fueran una idea obsesiva en la mente de unas cuantas personas cegadas por la rabia. Tampoco ayuda que el antirracismo solo sea representado como falso activismo, dado que el argumento no corrige esa perspectiva, lo cual podría interpretarse como una postura conservadora sobre las luchas sociales del progresismo contemporáneo.
Con tantos contenidos televisivos y cinematográficos abordando el mismo tópico, resulta evidente que el mensaje de Abandonado está inconcluso al restar profundidad a la crónica de los hechos, porque ni siquiera nos muestra en su totalidad “el mecanismo” de propagación del odio en una comunidad. Lo escueto del argumento es algo extraño viniendo de un director con varios thrillers legales en su filmografía, ya que concluir la trama con el asesinato del profesor es reducir el discurso al nivel de telefilmes sensacionalistas o la paranoia tecnológica de Black Mirror (Netflix) .
Aunque se muestra cómo la violencia callejera sobrepasa a la ingenuidad de las autoridades educativas, no se ahonda lo suficiente en el verdadero problema educativo: la falta de material didáctico profesional que tome en cuenta la demografía del alumnado, un importante aspecto mencionado por Mickaëlle Paty (hermana de Samuel y consultora de la producción) pero no incluido en el largometraje. En realidad, la película llega a justificar la proyección de las caricaturas de Charlie Hebdo como “libertad de expresión”, en lugar de cuestionar la deficiente capacitación de los docentes franceses, sin un enfoque adecuado que reconozca la multiculturalidad en las aulas.
El supuesto “realismo” también desdibuja gran parte de la personalidad del propio Samuel Paty y su relación con la comunidad, más allá del acoso resultante de la calumnia. Esa falta de desarrollo argumental en torno a su vocación y trabajo social convierte al profesor en un personaje unidimensional que rara vez muestra sus pensamientos más íntimos. Lo sustancial del Samuel de Antoine Reinartz se encuentra en escenas muy aisladas, como las breves interacciones con su alumna Alma (Sarah Zapata), quien con solo una mirada sugiere que no fue tan inofensiva la decisión de sugerir la salida de los alumnos “ofendidos” por las imágenes de Mahoma.

Abandonado sería una película perfecta si también nos hubieran mostrado cómo se instrumentalizó la tragedia con fines políticos o para alimentar la islamofobia.
Algo notable en la película es que reconoce lo problemático en la dinámica escolar que desató la tragedia, no por la “blasfemia”, sino por lo sesgado de esa lección sobre una libertad de expresión muy eurocentrista. Lamentablemente, el guion y el montaje también condicionan un posicionamiento concreto por parte del espectador, especialmente con la caracterización de los personajes musulmanes que apoyan a Samuel Paty como individuos acríticos que poco aportan a la función “didáctica” del filme, mientras que la furia del padre de Bachira (Nedjim Bouizzoul) y el ficticio Abdelhakim Sefrioui (Azize Kabouche) resuena a lo largo del metraje.
Entre tanta “objetividad”, encontramos un mensaje importante al final del filme: lo fácil que es convertirnos en victimarios si nos dejamos llevar por la rabia colectiva. Abandonado sería una película perfecta si también nos hubieran mostrado cómo se instrumentalizó la tragedia con fines políticos o para alimentar la islamofobia. La rigidez del guion obliga al director a pasar por alto aquellos aspectos en los que la producción sí tenía permitido ficcionar, como en la cálida relación de Paty con sus alumnos o la negligencia de las autoridades en el caso, lo cual es apenas una nota final para justificar el título del filme.
Son válidas las buenas intenciones que Vincent Garenq expresa en entrevistas, aclarando que no existe un propósito racista en el largometraje, pero algunos sesgos dejan claro que el cineasta estaba más preocupado por mostrar el “peligroso” comportamiento de ciertos grupos sociales que por denunciar las crisis institucionales en Francia. En consecuencia, Abandonado es el perfecto ejemplo de que alejarse de la ficción no significa ser “fiel a los hechos”, especialmente si esa “realidad” necesita algunos ajustes para tener mayor claridad en su mensaje.
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