Proyecto Fin del Mundo: un peligroso viaje hacia el corazón del público
Con Proyecto Fin del Mundo, Ryan Gosling regresa al arquetipo del hombre encantadoramente imperfecto que no ha soltado desde Lars and the Real Girl (2007), rol que aporta la dosis correcta de patetismo que equilibra la carga “trágica” en la última parte del largometraje.
El profesor Ryland Grace (Ryan Gosling) despierta en una constelación lejana como el único sobreviviente de una expedición que intenta revertir el enfriamiento del Sol, catástrofe ocasionada por astrófagos que consumen su energía. Varado en el espacio, Grace es contactado por la nave del simpático “Rocky” (con voz de James Ortiz), un alienígena que proviene de otro planeta amenazado por los mismos microbios. Ambos astronautas colaboran para encontrar alguna forma de detener la destrucción de sus hogares.
Los realizadores Phil Lord y Chris Miller (productores del Spider-Verse animado) han alimentado a la maquinaria hollywoodense con dos productos tan rentables como el remake de la serie Comando especial (21 Jump Street) o una película de LEGO que llevó a otro nivel la explotación del branded content. Por tal motivo, sorprende que el regreso del dúo a la dirección sea con un proyecto que tiene más afinidad con el cine indie de Spike Jonze o Los Daniels que con sus golosinas comerciales, poniendo los efectos especiales al servicio de una trama profundamente sentimental.
Aunque el “inesperado” éxito de Proyecto Fin del Mundo (Project Hail Mary, 2026) confirma la agudeza de los cineastas para convertir cualquier producto cultural en taquillazo, el triunfo del largometraje también se debe a otro responsable: Drew Goddard. Regresando al universo de Andy Weir (The Martian, 2015), Goddard construye una divertida aventura espacial, al mismo tiempo que explora temas tan oscuros como el miedo a la soledad y la muerte.
La familiaridad del guionista con el material de origen le permite profundizar en el lado metafísico del universo de Weir, cuyo existencialismo es condensado en El Huevo (The Egg), un relato corto que representa a la humanidad como un alma eterna y colectiva que puede ser tan vil como bondadosa. El significado de dicho cuento adquiere mayor sentido mediante las versiones fílmicas de Grace y Rocky, con hermosas personalidades que sintetizan la belleza de sus respectivos mundos.
Uno de los grandes logros de la adaptación fue convertir a la relación entre los protagonistas en algo tan entrañable que justificara el sacrificio por un nuevo amigo. Para lograrlo, Goddard empleó un recurso que no es tan común en el cine comercial: respetar la estructura general del libro y su emotivo desenlace. Tratándose de Andy Weir, la novela tenía solucionada la mayor parte del sustento científico, permitiendo que la producción solo se preocupara por añadir el máximo de ternura a la amistad entre los héroes involuntarios.
Retornando a su fascinación por los flashbacks que ya conocimos en la infravalorada Malos momentos en el Hotel Royale (Bad Times at the El Royale, 2018), Drew Goddard logra con su guion que la película sea una obra compleja y llena de sorpresas narrativas, incluso para quienes conocían todos los giros argumentales de la novela. A nivel de edición, fue un gran acierto respetar los saltos retrospectivos del libro, ocasionando que los personajes secundarios de Sandra Hüller y Lionel Boyce tuvieran mayor relevancia de la que tendrían en una trama lineal.
Drew Goddard logra con su guion que Proyecto Fin del Mundo sea una obra compleja y llena de sorpresas narrativas, incluso para quienes conocían todos los giros argumentales de la novela.
La presencia de Weir en la producción también hizo posible que Proyecto Fin del Mundo alcanzara un nivel técnico a la altura de Interstellar (2014) o Gravity (2013), porque su fantasía cósmica no se logra quebrantando radicalmente las leyes científicas para llegar a rebuscadas digresiones filosóficas, sino a través de una cadena verosímil de teorías y principios que resuelven hipótesis tan concretas como la posibilidad de inventar “un combustible basado en la conversión de masa”.
Teniendo un material literario tan sólido, Lord y Miller solo tuvieron que ajustar su talento humorístico para convertir lo improbable en la experiencia transformadora de un hombre común, lo cual es remarcado por la ausencia de conflictos dramáticos del protagonista, más allá de los relacionados con su misión espacial. La aparente simpleza de la historia y el arco de Grace ocasiona que los momentos cómicos tengan mayor impacto en el público, porque el suspenso se reduce al miedo de perder a alguno de los adorables protagonistas.
Con Proyecto Fin del Mundo, Ryan Gosling regresa al arquetipo del hombre encantadoramente imperfecto que no ha soltado desde Lars and the Real Girl (2007), rol que aporta la dosis correcta de patetismo que equilibra la carga “trágica” en la última parte del largometraje. Con la muerte asediando a los protagonistas, los cineastas convierten a la adaptación en un festival de comedia que nunca flaquea, ni siquiera en los momentos más dramáticos del filme. Entre tantos elementos, la música es un recurso central que afina el tono cálido del viaje espacial, incluyendo al inolvidable cover de Sign of the Times cantado por Sandra Hüller.

Lo ecléctico del montaje y los efectos especiales dan como resultado una propuesta vibrante que llena cada rincón de la pantalla grande. Con el verde de Tau Ceti y el glitter rojizo en la línea Petrova, la ficción alcanza su punto máximo en una brillante estética que opta por la fantasía vintage de un diseño de producción que evoca al universo de Alien (1979), con esas máquinas electrónicas y espacios cavernosos sustituyendo a la actualidad tecnológica. Gracias a la fotografía del oscarizado Greig Fraser (Dune), Lord y Miller llevan al live-action los excesos de sus producciones animadas, algo que es evidente en la manera de buscar el impacto visual mediante la “simple” saturación cromática o el cambio del grano de la película durante los flashbacks.
Ya sea por las marionetas de Rocky o las imágenes del astrofotógrafo Rod Prazeres mostradas en los créditos, la película posee cierto toque artesanal que enriquece los valores artísticos de su CGI y una edición que convierte a las dos horas y media de metraje en un suspiro. Sin embargo, lo mejor de Proyecto Fin del Mundo no radica en sus logros técnicos, sino en la forma de buscar entre partículas atómicas, microbios y almas solitarias la belleza de nuestra existencia. En definitiva, un éxito taquillero con todo el potencial de convertirse en otro clásico de la ciencia ficción.
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