El Testimonio de Ann Lee: la plegaria pudo ser más estridente y frenética
El testimonio de Ann Lee es superior a la mayoría de películas biográficas sobre mesías, santos y mártires religiosos, básicamente porque retrata un perfil que se olvida del sufrimiento para ahondar en la convulsa espiritualidad de una mujer adelantada a su tiempo.
En búsqueda de una iglesia que la lleve al éxtasis espiritual, Ann Lee (Amanda Seyfried) se integra a la congregación shaker de Jane Wardley (Stacy Martin), fundadora de una sociedad que cree en el regreso de Cristo en un cuerpo femenino. Sus contribuciones al movimiento la llevan a emigrar a América, donde encontrará una violenta resistencia a sus ideas sobre comunidades eclesiásticas sin jerarquías.
La versión de Mona Fastvold sobre la vida y obra de Ann Lee no busca ser históricamente correcta, sino rescatar el nombre de una mujer que rompió con el principal tabú del mundo occidental: el liderazgo femenino. Sin vituperar las creencias cristianas ni caer en la religiosidad ciega, la trama escrita por la directora y Brady Corbet (El Brutalista) exalta los elementos más radicales en el dogma shaker, como el rechazo al esclavismo estadounidense o la igualdad de género entre los miembros de la comunidad.
Como biografía, El testimonio de Ann Lee (The Testament of Ann Lee, 2025) ofrece un punto de vista subjetivo que exagera las costumbres y tradiciones del culto shaker, con el objetivo de crear una fantasía folclórica que se aleja de los registros históricos. La visión de Fastvold explora la belleza de un caos espiritual que va en contra del canon cristiano, comenzando por las danzas que Celia Rowlson-Hall transforma en versiones litúrgicas de su siniestra coreografía en la “escena del pasillo” de Smile 2 (2024). Aunado a lo excéntrico y vanguardista del trabajo de Rowlson-Hall, las cámaras y el montaje logran convertir lo moderno en representaciones geométricas de un pasado tribal que se niega a desaparecer.
Estéticamente, la película es la combinación perfecta de fotografía, talento escénico y una banda sonora a cargo del oscarizado Daniel Blumberg, quien entrega un diseño sonoro que deja sin palabras por su mezcla de melodías tradicionales, ritmos electrónicos e improvisación vocal que transforma la esencia del fervor shaker en un espectáculo único. A partir de himnos originales proporcionados por el Hancock Shaker Village, Fastvold y Blumberg llevan las plegarias al terreno experimental, siendo la imperfección vocal de los actores el gran acierto del montaje musical.

No obstante, la mayor revelación del largometraje es el trabajo de William Rexer en la fotografía, construyendo la atmósfera de un atardecer eterno que comulga con las obsesiones apocalípticas de los movimientos cuaqueros. Inspirado por el arte barroco, los aportes de Rexer convierten la luz solar y artificial en un ente omnipresente que bendice o condena la misión evangelizadora de los protagonistas; características visuales que tienen mayor presencia durante la primera parte del filme. Paralelamente, el montaje contribuye a alterar la linealidad temporal de la historia para representar la vehemencia en el pensamiento mágico de los shakers, rasgo que es llevado a lo sublime en la secuencia de la plegaria sobre el mar o durante el bellísimo funeral de Ann Lee.
La mayor revelación de El testimonio de Ann Lee es el trabajo de William Rexer en la fotografía, construyendo la atmósfera de un atardecer eterno que comulga con las obsesiones apocalípticas de los movimientos cuaqueros.
Todo el trabajo artesanal en torno a la recreación del patrimonio shaker da como resultado una obra con impostada austeridad. Más que un recurso narrativo, la voz de Thomasin McKenzie se une a las cacofonías de la banda sonora para dar a la película el tono solemne de todas las películas sobre la Pasión de Cristo, llevando al espectador hacia un “viacrucis” final que es más emocional y menos gráfico. Lo anterior es una osadía sacrílega que la producción desarrolla con relativo éxito… al menos durante la primera parte del filme.
Desafortunadamente, el largometraje está lejos de convertirse en la epifanía fílmica que el público esperaba, porque el fuego místico se apaga cuando los creyentes pisan suelo estadounidense. El preciosismo visual de Fastvod alcanza su mayor punto durante las primeras secuencias musicales (todo lo visto en los avances), para seguir por un camino narrativo más convencional que desplaza a un segundo plano el trabajo musical de Blumberg y Rowlson-Hall. El gran trabajo de los vocalistas experimentales (como Shelley Hirsch, Phil Minton o Maggie Nicols) se va diluyendo en un montaje sonoro que da prioridad a la parsimonia de pesados diálogos que sustituyen lo que pudo ser expresado mediante artes escénicas.
También están ausentes algunos tópicos que se esperan de una trama sobre los orígenes religiosos de Estados Unidos, especialmente lo relacionado con la influencia de los movimientos cuáqueros en la conformación del capitalismo contemporáneo y las restricciones regulatorias del sistema. Tampoco se profundiza en la obsesión de los creyentes por el final de los tiempos, la influencia de personas que habían sido esclavizadas en el movimiento o tantos elementos contextuales que se omiten por centrarse en los aspectos dramáticos en la vida de la líder shaker, ocasionando que la misión evangelizadora en América se sienta superficial. La película desaprovecha gran parte de las particularidades y tradiciones que rodearon a la secta, aunque las actuaciones de Amanda Seyfried y Lewis Pullman (interpretando al hermano de Ann Lee) hacen que la película se mantenga en un nivel evocativo.

La experiencia mejora cuando se entiende como una obra conectada con El Brutalista (The Brutalist, 2024), esencialmente cuando vemos la construcción de la iglesia shaker o el violento trato de los estadounidenses hacia los migrantes. Mona Fastvold retorna a los horrores de vivir en Occidente siendo parte de cualquier minoría o grupo vulnerable, problemáticas que el guion asocia con la propia visión teológica de la protagonista. Del mismo modo que la xenofobia desencadena la shockeante escena de agresión sexual en El Brutalista, la misoginia motiva un celibato que no pretende satanizar la sexualidad, sino construir una vida tranquila sin las hostilidades de un mundo dominado por hombres despreciables.
Como si fueran el dios con doble género venerado por los shakers, el dúo Fastvood-Corbet ha demostrado su talento para retratar el virtuosismo en su forma más majestuosa. A pesar de sus altibajos argumentales, El testimonio de Anne Lee es superior a la mayoría de películas biográficas sobre mesías, santos y mártires religiosos, básicamente porque retrata un perfil que se olvida del sufrimiento para ahondar en la convulsa espiritualidad de una mujer adelantada a su tiempo.
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