Crítica de ‘El Brutalista’: la sumisión artística en tierra de libertades
Con su espectacular plano invertido de la Estatua de la Libertad, El Brutalista abre una lectura pesimista sobre las falsas libertades que las minorías y grupos vulnerables (de ayer y hoy) encuentran en suelo estadounidense.
Tras huir del Holocausto y emigrar a Estados Unidos, el prestigioso arquitecto húngaro László Tóth (Adrien Brody) recibe la propuesta del empresario industrial Harrison Lee Van Buren (Guy Pearce) para diseñar un centro comunitario de estilo brutalista. Sin embargo, la relación con su mecenas va deteriorándose con los años, especialmente después de la llegada de su esposa Erzsébet (Felicity Jones).
Solo era cuestión de tiempo para que Brady Corbet dirigiera una obra como El Brutalista (The Brutalist, 2024), la cual fuera monumental en su estilo cinematográfico, pero sobre todo en el subtexto social. Sus películas previas también aspiraban a la elocuencia en temas tan serios como el totalitarismo o la hipocresía estadounidense, pero fracasaban a la hora de mezclar sus rebuscados mensajes con la ficción, tal como sucedía en Vox Lux (2018), donde el contexto de los tiroteos masivos tenía poca (o nula) relación con la crisis artística de la popstar interpretada por Natalie Portman.
Para su nueva película, el cineasta utilizó un modelo narrativo más convencional y legible, puesto que la intolerancia resulta un tema obvio desde la llegada de László (Brody) a la mueblería de su primo Attila (Alessandro Nivola), siendo el verdadero reto aportar una nueva tesis que se diferenciara de otros clásicos sobre segregación social. Los guionistas (Mona Fastvold y el propio Corbet) convierten al capital intelectual de los Toth en el origen de la hibris que rompe el velo de “buena voluntad” estadounidense que cubría a sus despóticos mecenas, interpretados por Guy Pearce y Joe Alwyn.
Aunque la película simula clasicismo cinematográfico con el uso deslumbrante del formato VistaVision o el ochentero final en DigiBeta, en realidad se trata de un salvaje arrebato de tremendismo y excentricidades, comenzando por el llamativo interludio que establece una ruptura entre “el sueño americano” y “la pesadilla yanqui”. Cuando la violencia explota, tras casi tres horas de contención dramática, lo hace de una forma tan shockeante e inesperada que evoca a los años dorados de Michael Haneke o Lars von Trier, enfants terribles con los que Corbet trabajó como actor.

La estética ostentosa nos distrae de un odio cocinado a fuego lento contra el talento artístico de László (Brody), revelando a una alta sociedad que no es diferente a la élite nazi que expulsó al protagonista de Europa. A partir de esa idea, el retrato histórico de Corbet explora en las consecuencias del fascismo en el orden mundial, donde el capitalismo aportó a la sociedad estadounidense sus propios mecanismos de exclusión, los cuales son más “discretos” en la ejecución, pero con el mismo nivel de crueldad.
Sin embargo, El Brutalista no solo trata sobre la experiencia judía: incluye a cualquier comunidad migrante o racializada, donde el fin de la tolerancia conlleva dolores físicos y emocionales. Con su espectacular plano invertido de la Estatua de la Libertad, el filme abre una lectura pesimista sobre las falsas libertades que las minorías y grupos vulnerables (de ayer y hoy) encuentran en suelo estadounidense, pues hasta la supuesta gentileza de los sectores progresistas y aliados tiene un límite de flexibilidad. Y dentro de ese gran panorama lleno de injusticias, Fastvold y Corbet centran su atención en la tradición primermundista de “arropar” valores artísticos foráneos que consideran rentables, pero borrando a sus autores y culturas de origen.
El Brutalista no solo trata sobre la experiencia judía: incluye a cualquier comunidad migrante o racializada, donde el fin de la tolerancia conlleva dolores físicos y emocionales.
Van Buren (Guy Pearce) es la personificación del lado más podrido e inmoral de las oligarquías, donde el productor o financiador es capaz de robar la gloria y el crédito al propio artista. Al inicio, El Brutalista parece otra clásica apología a la meritocracia, pero lentamente se transforma en un viaje oscuro hacia la deshumanización del protagonista, la cual culmina con un doloroso: “¿quién te crees que eres?”. La brutalidad sexual es necesaria para ejemplificar de forma cruda y explícita cómo la sed de triunfo de László (Brody) es sustituida por una profunda vergüenza que ni siquiera es silenciada por las drogas. En pocas palabras, la miseria humana en su versión más sórdida y desesperanzadora, radicalmente opuesta a la espiritual visión arquitectónica de Tóth.
El estilo brutalista es pesado y burdo, como la cinematografía del filme, la cual se balancea entre el ruido y la serenidad contemplativa. Los movimientos de cámara y la edición (a cargo de Dávid Jancsó, hijo de Miklós Jancsó y colaborador de Kornél Mundruczó) establecen un ecléctico diálogo visual, con el único objetivo de crear una sosegada atmósfera que posteriormente se fractura con la inesperada violencia del último acto. Similar al modelo de Todd Field en Tár (2022), Corbet utiliza los recursos del biopic para dar mayor verosimilitud al protagonista, siendo el “perfil creativo” del ficticio László Tóth (inspirado por Marcel Breuer) un rasgo más llamativo que su propia “historia de vida”.
No obstante, lo notable de El Brutalista es el talento de toda la producción para diseñar la fantasía de cine a gran escala. La película es un magistral bloque de ideas y estilos que no solo representan el sueño megalómano de un cineasta, también tiene sustancia crítica en su áspera trama, la cual oculta en sus excesos argumentales el grito desesperado de quienes no tienen acceso al prestigio y el reconocimiento. Con total seguridad, El Brutalista será una obra que soportará la erosión del tiempo con bastante dignidad.
El Brutalista está en cines de México
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