La vida de Chuck: Flanagan regresa a su desasosiego existencial, cambiando el horror por fantasía
En La vida de Chuck, Mike Flanagan aprovecha los elementos sobrenaturales de la novela corta de Stephen King para entregar otra melancólica ficción sobre destinos funestos.
Historia fragmentada en tres actos que retrata la infancia y vida adulta de un hombre común llamado Charles ‘Chuck’ Krantz (Tom Hiddleston). La angustia por el apocalipsis, una memorable secuencia de baile y el misterio en el ático de una casa victoriana conforman este fractal fílmico sobre lo único que la humanidad tiene asegurado: la muerte.
Solo Mike Flanagan (director) puede regresar tantas veces a la misma idea y volver a trastocar al espectador como si fuera la primera vez. Además de un impactante plot twist, la trama de Nell (Victoria Pedretti) y La dama del cuello torcido en The Haunting of Hill House (Netflix) es el punto más alto en la trayectoria del director, principalmente porque exploraba de forma compasiva y hermosa en el trauma despertado por una tragedia familiar. En La vida de Chuck (The Life of Chuck, 2024), Flanagan utiliza el mismo giro argumental para ahondar nuevamente en la aflicción que despierta la finitud de nuestras existencias.

Cambiando el terror gótico por un drama existencial, el cineasta lleva la literatura de Stephen King a su propio universo audiovisual, ya que aprovecha los elementos sobrenaturales de la novela corta para entregar otra melancólica ficción sobre destinos funestos. Tanto en cine como televisión, las historias de Flanagan suelen dirigirse hacia la inevitable aceptación de que la humanidad continuará sin nosotros, pero no de forma fatalista, sino celebrando la efímera belleza de lo vivido. Dicha idea es representada en La vida de Chuck por una inolvidable secuencia de baile que condensa mediante la gracia de Tom Hiddleston el éxtasis de una ardiente flama a punto de apagarse.
Al kubrickeano desenlace también antecede un sosegado apocalipsis, sin huidas ni pánico, pues las personas solo se resignan a buscar lugares tranquilos para esperar el final, tal como sucedía en el desenlace de Midnight Mass (Netflix). Dicho capítulo del filme evoca al estilo metafísico de Miracle Mile (1988) o Last Night (1998), clásicos de culto que también recurrían al horror cósmico para ahondar en la angustia de los “10 segundos” mencionados por el personaje de Chiwetel Ejiofor. La actitud pasiva de los personajes de Flanagan ante la muerte siempre supone una amarga aceptación de lo absurdo que es la existencia humana, especialmente cuando se compara con la inmensidad del universo. Para los protagonistas, la muerte pierde su peso trágico, porque se aceptan como una milagrosa particularidad en el espacio, donde existen cosas tan hermosas como la felicidad y la tristeza.
No obstante, lo más llamativo de La vida de Chuck es el montaje del propio Flanagan, el cual reta la paciencia del público al privilegiar la esencia abstracta de la historia, sin pistas que den claridad sobre el objetivo real del argumento. Para lograrlo, el realizador sustituye los easter eggs de sus series por codificados paralelismos entre el pasado y la imaginación de Chuck, los cuales dejan la sensación de que ignoramos muchos detalles por buscarle lógica a los fragmentos que integran la estructura del filme.
Lo más llamativo de La vida de Chuck es el montaje del propio Flanagan, el cual reta la paciencia del público al privilegiar la esencia abstracta de la historia, sin pistas que den claridad sobre el objetivo real del argumento.
Sin embargo, a pesar de su intrincada naturaleza, el largometraje es conmovedor en todos sus segmentos, en especial cuando la batería de The Pocket Queen y los pasos de Hiddleston y Karen Gillan nos regalan una espectacular secuencia musical que, por su sentido agónico, podría estar al nivel emotivo Bye Bye Life de All That Jazz (1979). El único inconveniente en este alternativo coming of age es Nick Offerman, pues las mejores cosas suceden cuando el narrador guarda silencio y el público descubre significados sin ayuda de una voz en off.
Superficialmente, luce como otra ficción pseudo-filosófica o un comercial de Johnnie Walker, pero La vida de Chuck termina convirtiéndose en una extraordinaria fantasía que utiliza los juegos de perspectiva para explorar nuestra relación con los otros. En cierto sentido, el largometraje realiza una lectura ingeniosa sobre cómo la ficción es inseparable de su autor, porque aunque Chuck se encuentra ausente en el primer acto, el personaje de Chiwetel Ejiofor representa otra versión del protagonista, la cual es todavía más auténtica y genuina que las interpretadas por Hiddleston, Benjamin Pajak o Jacob Tremblay. Lo anterior podría ser intrascendente, pero adquiere un trasfondo más complejo si viene dirigido por el mismo creador de The Midnight Club (Netflix) y su deslumbrante ejecución de la metaficción, sumado al subtexto psicológico en la obra de Stephen King.
La mezcla Flanagan-King ha dado grandes resultados, debido a que el cineasta transforma en sutilezas los excesos narrativos del escritor. Además, las apariciones de Kate Siegel, Samantha Sloyan, Rahul Kohli y demás actores fetiche del director dan la sensación de estar en un macro-universo donde conviven todas las producciones de Flanagan, tal como sucede con los libros interconectados de King.
Por otra parte, aunque la película es densa en su discurso metafísico, también es una feel-good movie que satisface con su acogedor mensaje. La vida de Chuck es más disfrutable al segundo visionado, cuando se conoce su plot twist y el espectador descubre que lo ordinario tenía una carga trascendental, puesto que la única misión de aquello que llamamos “vida” se reduce a embellecer el mundo de las “multitudes” que llevamos en la cabeza.
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