Bird: cálido coming of age, pero frío cine fantástico
Como cine de género, Bird es una película que puede resultar tibia y poco emocionante, debido a la endeble combinación de drama social y fantasía.
Bailey (Nykiya Adams) vive con su padre (Barry Keoghan), un okupa que trafica con la baba alucinógena de un sapo, pero la relación se rompe cuando él decide volver a casarse. En vísperas del matrimonio, la adolescente conoce al excéntrico Bird (Franz Rogowski), quien está en la búsqueda de una dirección en los suburbios de Kent.
Bird (2024) es el tipo de película que puede ser un triunfo o una decepción, dependiendo del criterio de valoración. Como drama social, la nueva película de Andrea Arnold es otra mirada conmovedora y empática hacia las comunidades marginadas del primer mundo, explorando narrativas diferentes a las típicas apologías morbosas, pero que al mismo tiempo tengan cierto impacto discursivo. La incorporación de elementos mágicos le permite a la cineasta variar el tono de su estilo, trayendo a la ficción algo de ternura que no depende directamente de la vulnerable condición social de sus protagonistas.
Arnold opta por personajes más fantasiosos, sin la caótica maraña de contradicciones y antipatía que integra su filmografía, incluida su adaptación no idealizada de Cumbres Borrascosas (Wuthering Heights, 2011). En esta ocasión, se trata de una fábula ligera que va en dirección opuesta al enfoque “realista” de sus películas, pues al final le propone a la audiencia que un poco de ingenuidad e ilusión no le viene mal a la vida.

Dejando atrás las miradas subjetivas de Fish Tank (2009) o American Honey (2016), en Bird los personajes son intencionalmente arquetípicos y entrañables, para llegar a un clímax que resalta la amistad, los lazos familiares u otros valores que son escasos en ambientes donde la compasión es algo imposible. Con su hermosa presencia etérea, la llegada de Bird (Rogowski) le permite a Bailey (Adams) descubrir algunos toques de bondad y delicadeza ocultos en su entorno, como la sororidad de su próxima madrastra (Frankie Box) o la fragilidad de su hermano Hunter (Jason Buda). El mensaje parece cursi, pero es solo el punto de partida para explorar otro tópico: el viaje hacia la madurez.
En Bird los personajes son intencionalmente arquetípicos y entrañables, para llegar a un clímax que resalta la amistad, los lazos familiares u otros valores que son escasos en ambientes donde la compasión es algo imposible.
Según la directora, en el primer guion Bailey era un personaje extrovertido y alegre, pero Arnold adecuó la personalidad de su protagonista al perfil introvertido inspirado por la emergente actriz. Lo anterior se ve reflejado en la orgánica interpretación de Nykiya Adams, dando vida a una adolescente que no sabe hacia dónde dirigir tanto fastidio y resentimiento. La presencia de Bird es una brújula alegórica que le enseña a superar frustraciones triviales (por ejemplo, el matrimonio de su padre) y a confrontar problemas verdaderos, como el albergado en el hogar de su madre. Dicho arco dramático aporta matices al discurso sobre la justicia en Red Road (2011), ya que hay contextos donde la violencia es la única vía.

No obstante, como cine de género, Bird es una película que puede resultar tibia y poco emocionante, debido a la endeble combinación de drama social y fantasía. Este adorable coming-of-age está lleno de buenas intenciones, pero son desafortunados los esfuerzos de la realizadora por elevar mediante lo trashy una historia sin misterios o sorpresas en el camino. El resultado final ni siquiera es vanguardista, pues comparte rasgos con el desestructurado realismo dosmilero que ni siquiera Ken Loach produce actualmente.
La única carta fuerte del filme está en su título, pero el argumento falla al ser tan obvio y literal con el vínculo entre Bird (Rogowski) y las aves, recurriendo a una predecible moraleja sobre la libertad. Lo que sería la premisa perfecta de una producción infantil, Arnold intenta convertirlo en cine adulto que es demasiado naif para ser tomado en serio, incluso cuando la violencia y lo sobrenatural llegan al final del metraje.
La presencia de Keroghan y Rogowzki solo agrega ruido a la ficción, con interpretaciones que confunden la sobreactuación con backstory. El esfuerzo por hacer entrañables a los personajes provoca contradicciones y ambigüedades que no llegan a ningún punto, especialmente con la incompleta historia de Bird, un personaje tan llamativo que ameritaba más minutos en pantalla. Sin embargo, también destacan algunos chispazos de originalidad que justifican el visionado en salas, incluida la cautivadora caracterización queer de Franz Rogowski sobre los edificios de Kent.
Andrea Arnold explora en los rincones oníricos de su registro autoral y crea una propuesta artística que es todavía más osada que sus incursiones en el drama o el documental, regalándonos más bailes de Keroghan y un bellísimo retrato del decadente paisaje suburbano, a cargo de Robbie Ryan (La Favorita, Pobres Criaturas). Una vez que asimilas sus excesos y vacíos, Bird enamora a golpe de nostalgia y esperanza, rasgos que confirman el talento de la realizadora para tocar el corazón de su audiencia.
Bird llega a cines de México el 10 de julio
Categorías