Exterminio: La Evolución. Boyle y Garland acortan la distancia entre humanos e infectados
Mientras Europa y el resto del mundo han superado la crisis, Gran Bretaña permanece en cuarentena rigurosa. Acompañado por su padre (Aaron Taylor-Johnson), Spike (Alfie Williams) realiza su primera excursión de cacería al asolado continente, pero el encuentro con un infectado “Alpha” les complica el regreso a la isla. No obstante, el adolescente encuentra en ese inhóspito lugar una posible solución a la dolorosa enfermedad que padece su madre (Jodie Comer).
Exterminio (28 Days Later, 2002) no solo es una película de “zombis”, ya que su argumento lleva a otros tópicos más siniestros que el propio contagio, como la deshumanización de los sobrevivientes, el abuso sexual y (sobre todo) el control militar.
En ese sentido, Guerra Civil (Civil War, 2024) era lo más cercano a una secuela “espiritual” del filme de Danny Boyle, siendo ese hipotético movimiento secesionista una versión realista de la fantasiosa pandemia desatada por el virus de la ira. Por lo tanto, era obvio que Alex Garland llevaría el desarrollo de Exterminio: La Evolución (28 Years Later, 2025) hacia el terreno de lo simbólico y la crítica política.
Pasando por alto las aportaciones comerciales de Juan Carlos Fresnadillo (28 Weeks Later, 2007), Boyle y Garland tomaron el camino del folk horror para construir una inquietante metáfora sobre el Brexit y la preocupante escalada del conservadurismo en todo el mundo.
Del escenario apocalíptico pasamos a una tensa cotidianidad que paulatinamente va quitando capas de horror a “los infectados”, quienes comienzan a tener un aspecto parecido al hombre prehistórico. En consecuencia, las conductas bélicas del ejército y los cazadores pasan de la defensa al injustificado exterminio de la supuesta amenaza; una variación argumental que ofrece algunas lecturas sobre la naturaleza depredadora de las “progresistas” sociedades occidentales.
Lo anterior es una idea que termina definiendo la propia estética del filme. Mediante un brutal trabajo de edición a cargo de Jon Harris (Kingsman: The Secret Service), la sugestiva secuencia “Boots” (donde se escucha el poema escrito por Rudyard Kipling) intenta evocar a la Inglaterra imperialista y su disciplina militar, un espíritu colonialista que está presente en las escenas de los niños entrenados para la guerra o los viajes de Spike hacia la zona cero.

Recordando que el virus no solo es un agente “zombificador”, la secuela explora en el instinto primitivo de convertir a “los otros” en adversarios, sin importar que el imaginario enemigo se encuentre a kilómetros de distancia o no cuente con el mismo nivel de armamento. Mencionado por Boyle y Garland, el principal objetivo de la actual trilogía es acortar la distancia entre humanos e infectados.
Como en otros guiones de Garland, la subestimación de la condición humana de “los otros” (sean zombis o androides) se convierte en una bomba a punto de estallar, escenario que nos hace dudar sobre quién es el verdadero peligro. A lo largo del filme, lo “salvaje” (como la torre de cráneos) se va transformando en testimonio de “algo” trascendental que el ideal de “hombre civilizado” nos obliga a renunciar; una artificiosa normalidad que no tiene espacio para personajes como el ermitaño doctor Kelson (Ralph Fiennes) o la madre del protagonista (Jodie Comer).
Con ecos del terror sexista de Men (2022), las dinámicas en la isla sugieren un peligroso arraigo a tradiciones patriarcales. Dicho conservadurismo fragmenta al filme en dos cosmovisiones que coinciden con los viajes realizados por Spike, donde la guerra se asocia al padre (Taylor-Johnson) y su frágil virilidad, mientras la excursión con su madre (Comer) le revela al protagonista una mirada bucólica y luminosa de la vida, sin importar que se encuentren al borde de la muerte.
En ese sentido, Exterminio: La Evolución es una emotiva coming of age sobre masculinidades deconstruidas y otros aprendizajes sentimentales. Así como Selena (Naomie Harris) acepta la importancia de la compasión y la empatía durante un apocalipsis, Spike comprende que el llanto y el miedo son necesarios para fortalecer su carácter, un arco que posiblemente continuará en las películas posteriores. Al final, toda la brutalidad termina perdiendo fuerza frente al gran espectáculo melodramático que nos ofrece la segunda parte del filme, una ingeniosa reflexión sobre la vida y la muerte que trasciende las fronteras del cine de género.
Evitando la mesura de T2 Trainspotting (2017) y emulando al estilo amateur de Exterminio (filmada con una Canon XL1), Boyle empleó iPhones, drones, plataformas bullet time y otros recursos para dar al filme una pesada atmósfera que solo es interrumpida por la anticlimática aparición de Jack O’Connell y sus Teletubbies asesinos. Sin importar que el caos desconcierte o decepcione al espectador, el director incluyó en Exterminio: La Evolución todas las ocurrencias visuales que pasaron por su mente, construyendo un retorcido umbral hacia regiones melancólicas de la existencia.
El largometraje podría ser una de las secuelas más arriesgadas e inusuales en la historia del cine, ya que desafía las expectativas del público con un escenario que se aproxima más a Holocausto Caníbal (1980) que a las usuales películas sobre contagios. Incluso su cuestionable final (preámbulo al filme de Nia DaCosta) es una muestra perfecta del lenguaje cinematográfico más temerario que sobrevive con los últimos enfants terribles, quienes no temen mezclar ideas metafísicas con cuerpos desmembrados y alocados montajes. Negándose a producir un placentero fanservice con el rostro de Cillian Murphy en el cartel, Boyle y Garland entregan una de las mejores películas del año, demostrando nuevamente que la humanidad puede ser más aterradora que cualquier amenaza sobrenatural.
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