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La balada de la isla: aceptar que el pasado no volverá

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La balada de la isla es encantadora por sus detalles; una de las películas más tiernas que nos ha entregado el cine británico en los últimos años. 

El intérprete de folk Herb McGwyer (Tom Basden) recibe medio millón de libras por un concierto privado en la remota isla Wallis. A su llegada, descubre que solo cantará para Charles Heath (Tim Key), un solitario lugareño que organizó la presentación en memoria de su difunta esposa. Sin embargo, no es la única sorpresa para Herb, pues a la isla también arriba Nell Mortimer (Carey Mulligan), excompañera de escenarios y un amor del pasado que no ha superado. 

Hay historias que necesitan cierta madurez emocional para ser contadas, especialmente si se desea llegar a lo más profundo de un corazón devastado por los errores de toda una vida. El ejemplo perfecto es La balada de la isla (The Ballad of Wallis Island, 2025), pues lo que era una premisa ocurrente en el cortometraje The One and Only Herb McGwyer Plays Wallis Island (2007), en la adaptación adquiere una intensa carga nostálgica que el material de origen no tenía.  

Ya sea en el guion o con sus actuaciones, Tom Basden y Tim Key agregan a la idea original sus crisis y experiencias de la mediana edad, llenando un vacío que dejaba el final del cortometraje. Para añadir auténticos conflictos a la vida de Herb (Basden), los comediantes convierten a Sweet Denisse en Nell Mortimer (Carey Mulligan), un malogrado romance que representa a la gran montaña de malas decisiones que alejaron a McGwyer del artista puro que vimos en el corto del 2007. 

Basden y Key utilizan al folk como eco de “los buenos tiempos” y a partir de esa melancolía construyen una hermosa feel-good movie sobre superar el pasado. La arrogancia del artista emergente se convirtió en amargura y decadencia, por lo que su reencuentro con Nell revive todo lo perdido en la búsqueda de una fama que jamás llegó. Si bien hay muchas películas similares, La balada de la isla tiene esa chispa que llega al corazón sin demasiado esfuerzo. 

Si bien hay muchas películas similares, La balada de la isla tiene esa chispa que llega al corazón sin demasiado esfuerzo. 

Los cambios argumentales transforman la visita a Wallis en algo más trascendental, porque Herb McGwyer no solo lleva manzanas en su maleta, también deja en la isla los restos de una carrera musical fallida. A nivel metafórico, los guionistas reflexionan sobre renunciar a grandes ambiciones para rescatar la felicidad perdida en la búsqueda de efímeros éxitos. Quizás el mejor camino sea continuar con una guitarra acústica y la única misión de satisfacer los propios estándares artísticos.

Crítica de La balada de la isla James Griffiths
‘La balada de la isla’ (2025)

El mayor acierto de esta producción fue el fichaje de Carey Mulligan, familiarizada con el ambiente folk por Inside Llewyn Davis (2013) y su relación con Marcus Mumford (Mumford & Sons). La llegada de Nell Mortimer a la isla rompe la fiel adaptación del cortometraje, trayendo consigo una mirada adulta que ayuda a los protagonistas a enfrentar sus mayores conflictos: la frustración de Herb y la introversión de Charles. Solo el personaje de Mulligan da a la historia un trasfondo sentimental que hace al final todavía más entrañable. 

Las variaciones entre corto y largometraje son detalles que enriquecen la experiencia cinematográfica, como el hecho de que Herb pase de rechazar un apretón de manos a abrazar efusivamente a Charles, un cambio significativo en la manera como los personajes reaccionan al cariño entre hombres. También es encantador el costumbrismo incorporado a la historia, en particular lo relacionado con la tienda de Amanda (Sian Clifford). En la ficticia isla galesa, el tiempo tiene menos importancia que el encargo de una bolsa de arroz, pues la lejanía del mundo hace que la cotidianeidad urbana y las ambiciones materiales pierdan sentido. En esencia, lo único importante es huir de la soledad.

Mediante la particular anticomedia de Basden y Key, La balada de la isla profundiza en la complicada relación de los músicos con su obra, espacialmente cuando sus carreras pasan de lo autoral a “lo comercial”. “El repertorio viejo” se vuelve una carga pesada para Herb McGwyer porque simboliza los principios artísticos que abandonó por su carrera en solitario. La transformación del personaje parte de un melodrama convencional, pero va encontrando su propio tono cuando la fórmula “Sweet Home Alabama” se convierte en la trama intimista de un poeta  recuperando su primera guitarra. 

Para evitar lo cursi, el director James Griffiths opta por un aspecto austero que acentúa la vida anodina en la isla, a veces demasiado sobria. No obstante, las canciones escritas por Tom Basden aportan un plus musical que recuerda a las películas de John Carney, especialmente porque las letras son el componente principal de la atmósfera melancólica del filme, por encima de la fotografía o las imponentes locaciones, como lo ejemplifica el mágico y sencillo momento de Give Your Love

Aunque la propuesta es “pequeña”, La balada de la isla es encantadora por sus detalles, como ver a Charles peinarse antes de ver a Amanda o el entusiasmo que ponen Nell y Herb al “Día del Marino”, gestos de ternura que tienen mayor valía que un guion perfecto. Sin lugar a dudas, una de las películas más tiernas que nos ha entregado el cine británico en los últimos años.

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Irving Javier Martínez Ver todo

Licenciado en Comunicación. Redactor especializado en cine.

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