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Crítica de ‘El Eternauta’: el horror latinoamericano de no regresar a casa

El Eternauta 1

Mientras juegan al truco, un grupo de amigos queda aislado por una tormenta de nieve que asesina a todos en el exterior. Equipado con ropa impermeable, Juan Salvo (Ricardo Darín) sale en búsqueda de su hija Clara y su exesposa Elena (Carla Peterson), encontrando en el camino la aniquilación y destrucción ocasionadas por una invasión extraterrestre.

Con el recorte a la producción cinematográfica como contexto, El Eternauta (2025) se ha convertido en un éxito que hace más incómoda la herida cultural ocasionada por las políticas conservadoras de Javier Milei. Desde el primer episodio queda claro que no se trata de otra serie mediocre de Netflix, pues detrás del proyecto se encuentra Bruno Stagnaro, codirector de Pizza, Birra, Faso (1998), una de las películas inaugurales del Nuevo Cine Argentino. Los valores fílmicos aportados por el realizador y colaboradores permiten rescatar del cómic homónimo (creado por Héctor Germán Oesterheld y Francisco Solano López) el mejor de sus componentes: la crítica política y social. 

El gran reto para esta producción fue adaptar el futurismo de los 50 a una actualidad que ya no fantasea con viajes al espacio ni teletransportaciones. Para ello, la trama explota el contexto ideológico de la obra, marcado por las dictaduras del país, haciendo algunos cambios significativos que actualizan los simbolismos y las alegorías que conforman la siniestra ocupación imaginada por Oesterheld.

La variación más llamativa es lo relacionado con la búsqueda de Clara (Mora Fisz), un misterio paralelo a la invasión alienígena que permitió a los guionistas (liderados por Stagnaro y el actor Ariel Staltari) acentuar las ideas de Oesterheld sobre el heroísmo y la lucha colectiva. A lo largo de la temporada somos testigos de cómo Salvo (Darín) va dejando de lado su amor paternal para comprometerse con la resistencia, abandonando su terco individualismo que pone en riesgo al resto de sobrevivientes.  

¿Por qué una búsqueda es más importante que otra? En comparación con el cómic, la adaptación es más optimista respecto a los efectos de una crisis mundial, con una perspectiva influenciada por la era post-Covid. La solidaridad y el apoyo hacia los grupos vulnerables tiene mayor peso que la violencia y el vandalismo, pues los guionistas ponen especial atención al carácter edificante de la obra gráfica. En la ficción, la compasión se convierte en el único medio para salvaguardar lo que resta de humanidad en la tierra, siendo el heroísmo de las mujeres (personajes incidentales en la historieta) un factor central en dicha reconstrucción social. 

'El Eternauta' (2025)
‘El Eternauta’ (2025)

De forma brillante, los nuevos personajes aportan capas emotivas al sci-fi, como Inga (Orianna Cárdenas), la sobreviviente que más lazos afectivos encuentra en el camino hacia la cancha de River. Tales pinceladas sentimentales contribuyen a que las muertes de los personajes sea más shockeantes para el espectador, sumado a la incorporación de otra herida nacional al relato: la guerra de las Malvinas, hecho que seguramente habría sido incluido por Oesterheld en alguna reedición de su obra. 

La serie desarrolla una analogía entre la brutalidad latinoamericana y la surrealista invasión extraterrestre, pues en ambos escenarios la sangre es derramada por similares asesinos “teledirigidos”. De forma auténtica, El Eternauta recrea (desde la fantasía) un tipo de crueldad que ha marcado el destino de toda la región, donde el principal miedo es “la desaparición” repentina de seres queridos. En ese sentido, los creadores del título logran una efectiva representación simbólica de la glándula del terror que todos los “latinos” llevamos en la cabeza, ya que hasta la paz y el silencio pueden ser el preámbulo de peores tragedias. 

Ingeniosamente, los guionistas depuran la saturada ficción de la historieta para conformar un bloque narrativo que solo se enfoca en la aniquilación, rematando con la insinuación de una amenaza mayor: la militarización de prisioneros. Omitiendo el encuentro con Oesterheld y los toques metafísicos, que podrían suceder en temporadas posteriores, el argumento se centra en “los civiles” y la destrucción de la cotidianeidad argentina. El show utiliza la cultura popular para marcar distancia del resto de producciones locales llenas clichés y arquetipos anglosajones, sello nacional que es reconocible en el soundtrack y las detalladas referencias a Buenos Aires. 

La fotografía y los efectos especiales van en conjunto para construir un apocalipsis a gran escala, pero ajustándose a los recursos de la producción. Sin extensas sombras que ocultan las imperfecciones de la imagen, Gaston Girod (director de fotografía) crea una “luminosa” Larga Noche que, mediante soluciones prácticas, contribuye a la narrativa de la muerte del mundo digital y el retorno de “lo viejo”. No obstante, lo espectacular del programa no se encuentra en sus logros técnicos, sino en la maestría para hacer verosímil una ciencia ficción que tenía más posibilidades de caer en la fantasía naif del cómic. 

Aunque al final se vuelve tan críptica como la obra de Oesterheld, siendo demasiado experimental con las analogías visuales y el montaje, El Eternauta es la síntesis de los valores audiovisuales que integran las obras maestras del cine argentino. El incendio del campanario o la secuencia del Jugo de tomate frío son emotivos por su carga cultural, propia de una generación que ha crecido con Ricardo Darín como máxima representación del “hombre común”. Especulando sobre las próximas temporadas, será interesante ver cómo la producción soluciona la circularidad de la historia, los viajes en el tiempo o si habrá más lecturas políticas sobre la actualidad argentina, igual de oscura que el terror distópico imaginado (y vivido) por Oesterheld. 

El Eternauta está disponible en Netflix

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Crítica

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Irving Javier Martínez Ver todo

Licenciado en Comunicación. Redactor especializado en cine.

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