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Grand Tour: viaje a los exóticos corazones de dos amantes europeos

Crítica de Grand Tour Miguel Gomes

Con Grand Tour, Miguel Gomes reafirma su talento para experimentar con el lenguaje cinematográfico a un nivel poético. Mediante el montaje, Telmo Churro y Pedro Filipe Marques (editores de los tres volúmenes de Las mil y una noches) aportan lírica a imágenes que individualmente poseen una impresionante fuerza evocativa, sin necesidad de un argumento.

Esperando el arribo de su prometida, un funcionario británico de la Birmania colonial decide embarcarse con destino a Singapur, iniciando un largo viaje a través de diferentes regiones asiáticas. Desconcertada por la huida de su novio, Molly (Crista Alfaiate) se aventura en la misma ruta continental con la esperanza de encontrar respuestas al evasivo comportamiento de Edward (Gonçalo Waddington).

El Grand Tour no solo es una costumbre turística, también encierra raíces colonialistas que perduran hasta nuestros días, puesto que implica la persistente idea de un exterior exótico en la mente de los privilegiados viajantes. Inspirado por El caballero en el salón de W. Somerset Maugham y su propio matrimonio con la directora Maureen Fazendeiro (guionista del filme), Miguel Gomes utiliza el metalenguaje para retorcer la usual perspectiva con la que Occidente mira al resto del mundo. 

Al igual que en Tabú (Tabu, 2012), la herida poscolonial es un tópico que sobrevuela en cada plano de Grand Tour (2024), compuesta por un montaje experimental que mezcla el trabajo documental de varios años con una artificiosa ficción filmada en estudio. La narración en diferentes idiomas y las bellísimas postales de Asia hacen que lo extraño y bizarro del filme sean los códigos e ideas europeas que originan la “patética” ruptura de los personajes. 

La particular curaduría audiovisual de Gomes construye un pudocente entre la ficción y el “realismo”. ¿Para qué recrear el folclore del pasado si la actual cultura es igual de deslumbrante? De forma excepcional, la producción logra retratar la majestuosidad contemporánea de los lugares visitados por los protagonistas, quienes resultan pequeños ante la inmensidad del paisaje y el tiempo. El anacronismo de las imágenes y la diversidad multicultural acentúan la distancia entre el egocéntrico dramatismo de los colonos y la frenética cotidianeidad de “los nativos”.

Crítica de Grand Tour Miguel Gomes
‘Grand Tour’ (Miguel Gomes, 2024)

A nivel visual, Grand Tour homenajea al cine clásico hollywoodense, al mismo tiempo que altera sus principios hegemónicos. Ya que el realizador tenía en mente las películas de Katharine Hepburn, son perceptibles los ecos de La reina africana (The African Queen, 1951) o Summertime (1955), con Cláudio da Silva interpretando una versión alternativa de Rossano Brazzi. Sin embargo, solo se trata de una ilusión cinéfila, pues el realizador rompe constantemente el pacto de verosimilitud y la estructura lineal del relato, ya sea mediante un intrusivo número operístico o alguna toma del staff. Esa forma cínica de remarcar lo falso del arte cinematográfico es uno de los grandes atractivos de la película. 

La trama (escrita a partir de lo rodado en Asia) es apenas un pretexto para explorar la ficción como un rasgo elemental de la condición humana. Con el objetivo de crear un gran panorama, Gomes filmó los diferentes espectáculos de marionetas en los países visitados, puesto que el melodrama de Molly y Edward es otra manifestación del primitivo arte de contar historias, igual de complejo y emotivo que la tradición escénica. Con el presagio de la bà đồng (médium) o la epifanía espiritual de Edward, los guionistas crearon una interesante combinación entre tragedia clásica y metafísica asiática que atenúa la frontera entre los diferentes modelos narrativos. 

Con Grand Tour, Miguel Gomes reafirma su talento para experimentar con el lenguaje cinematográfico a un nivel poético. Mediante el montaje, Telmo Churro y Pedro Filipe Marques (editores de los tres volúmenes de Las mil y una noches) aportan lírica a imágenes que individualmente poseen una impresionante fuerza evocativa, sin necesidad de un argumento. Ante una composición tan barroca, la monocromía es el principal elemento que da homogeneidad a un filme tan impredecible como su fugitivo protagonista. 

Crítica de Grand Tour Miguel Gomes
‘Grand Tour’ (Miguel Gomes, 2024)

En esencia, la edición se compone de rimas entre pasado y presente, contrastando las historias sentimentales de Molly y Edward con los retratos de personas que solo sobrevivirán en la memoria histórica como parte de una multitud. Si bien la mirada es europea, Grand Tour comparte la visión crítica de Tabú al momento de observar más allá de las fronteras portuguesas, porque hay una fascinación hacia las culturas extranjeras, pero no desde la extrañeza, sino reconociendo los puntos de encuentro. Escenas como la noria mecánica emulando al destino o el tránsito vehicular “danzando” al ritmo de un vals son sofisticadas metáforas que llevan al terreno de lo abstracto una historia que replica arquetipos del arte occidental, añadiendo algunas dosis de  rareza a sentimientos que no son tan universales. 

Experimentando con las limitantes de un estudio (algo nuevo en su filmografía), Miguel Gomes vuelve a explorar en lo peculiar y lo extraño las formas menos convencionales de belleza; además, su nueva película es otro intento por demostrar que el mejor cine surge cuando permites que el entorno determine la composición del metraje. Con tres directores de fotografía, un rodaje remoto en China (debido a la pandemia de COVID-19) y dos amantes que jamás comparten escena, Grand Tour es un viaje sublime y enigmático a territorios donde todos somos seres exóticos que temen a “abandonarse al mundo”.

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Irving Javier Martínez Ver todo

Licenciado en Comunicación. Redactor especializado en cine.

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