Crítica de ‘La Máquina’: la amistad por encima del thriller
La Máquina marca el reencuentro actoral de Diego Luna y Gael García tras más de una década sin trabajar juntos. Desde Casa de mi padre (Matt Piedmont, 2012) no se le veía junta a una de las parejas de actores más amadas en el cine mexicano.
Muy pocos actores mexicanos contemporáneos pueden presumir de una relación tan longeva y fructífera como la de Diego Luna y Gael García Bernal, quienes durante poco más de dos décadas han cimentado una de las duplas más memorables del cine mexicano. Su amistad nació fuera de las pantallas debido a un estrecho vínculo entre sus familias; posteriormente, se consolidó por su coincidencia en distintos proyectos, tanto televisivos como cinematográficos, saltando a la fama de la mano de Alfonso Cuarón en la aclamada Y tu mamá también (2002).
Desde entonces, los histriones han generado una sinergia muy poderosa que han sabido aprovechar dentro de la pantalla, con personajes que les han permitido explorar su amistad y explotar su gran química. Fuera de ella han impulsado proyectos variados, como su compañía productora La Corriente del Golfo y Ambulante, gira de documentales, fundada por ambos junto con Elena Fortes.
La Máquina: una historia colmada de temas

Aunque la serie ha sido promocionada como un sentido homenaje al mundo del boxeo, esto sucede de fondo en una historia que parece diseñada como una celebración (muy entretenida) a esos años de amistad entre Diego Luna y Gael García. En ella conocemos a Esteban “La Máquina” Osuna, —diegéticamente— uno de los boxeadores mexicanos más célebres de la actualidad, quien en el último tramo de su carrera comienza a ser acosado por una aterradora organización que amenaza con matarlo si no pierde su ultima pelea.
La primera producción de Hulu en español es otra agradable entrada a la nueva ola de televisión mexicana que viene gestándose desde algunos años, respaldada por grandes estudios de cine norteamericanos como Warner Bros., MGM, Netflix y, en este caso, Searchlight Pictures. Esto hace que La Máquina goce de un aparato técnico a la altura de una superproducción para la pantalla grande, aunque a menudo su dirección carece de ingenio para sacarle provecho, provocando que sus llamativas imágenes sean un tanto sosas en su contenido simbólico.
Gabriel Ripstein, director de todos los capítulos de la miniserie, adopta un estilo demasiado básico; los planos se emplean únicamente para seguir a los personajes, abonando muy rara vez en significados de los estadios de los mismos, para lo que recurre siempre al diálogo. Llegan a destacar excelentes ideas para resolver ciertas situaciones dramáticas, como en el flashback dedicado a narrar el triste pasado de uno de sus protagonistas, lo cual hace lamentar que esa imaginación no se aplique a sus secuencias de boxeo o que le ayude a crear tensión real en los momentos de suspenso.

Sin embargo, lo anterior no resulta tan problemático como su guion, cuyas dificultades para contar su historia son debido a la multitud de temas que toca, pero que no termina por desarrollar. El resultado de esto es que su historia se siente dispersa e indecisa. La Máquina arranca como un thriller deportivo que tiene como objetivo criticar el negocio alrededor del boxeo y cómo pasa por encima de la auténtica demostración de destreza física, la ética o la propia salud de los peleadores, para después plagarse de elementos que le quitan el foco, lo que provoca que no termine por afianzar del todo su misterio.
Entre deseos de embarazo, enamoramientos fugaces y extendidos gags con botox, la serie se va comiendo tiempo importante que pudo ocupar en abordar mejor su amenaza central mediante otras subtramas que deja inertes o resuelve de forma muy decepcionante. El mejor exponente de esto es Irasema, la esposa de Esteban —interpretada por una Eiza González completamente limitada por el libreto— personaje que llega a ser víctima de fuertes contradicciones a sus motivaciones sólo para permitir a los guionistas cerrar caminos que podrían ser problemáticos de resolver más adelante.
No obstante, la serie se sostiene debido a su dupla protagonista que logra acertar sus golpes al encarnar la dicotomía entre la frivolidad del éxito. Gael interpreta con mucha sensibilidad a Esteban Osuna y su dilema de arriesgar aquello que ama por su competitividad, su amor al deporte y a su legado; un arco que tiene ecos con otras obras sobre deportistas envejecidos aferrándose a la gloria, como The Wrestler (Darren Aronofsky, 2008).
Por su parte, Diego Luna lo da todo con una notable interpretación como un representante deportivo que, aun con su predominante tono fársico, está lleno de sorprendentes matices y un arco que nos ayuda a comprender el objetivo final de La Máquina. El viaje de Andy queda sellado por una última gran muestra de amistad después de años de egoísmo hacia Esteban, un gesto que no solo es una expresión de amor dentro de la ficción, sino un vistazo a la conexión de sus dos estrellas protagónicas.
Esto unifica lo que de otra manera pudo resultar como algo verdaderamente desastroso, dando una conclusión suficientemente satisfactoria a la trama de su dúo protagonista, al menos para llenar el espacio de la gran mayoría de sus preguntas sin resolver y sus limitantes de género. Si se le juzga como thriller, La Máquina se queda bastante corta por su tratamiento desafortunado, pero si se le ve como una historia de amistad, la serie se cobra un poco más de gracia y de sentido como un bello homenaje hacia sus creadores, cuya sola dinámica hace valioso el visionado.
La Máquina está disponible en Disney+
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